Ediciones Loynaz 2006
Colección Laurel
56 pp.
Debería ser lo normal, pero no es frecuente, que un
libro nos haga reflexionar sobre su propia materia
(sobre la literatura misma, en última instancia, si se
trata de una obra literaria). Y ese es, en mi opinión,
el primer mérito de Aguardando al guardabosque,
un breve e intenso poemario de la joven poeta cubana
Gleyvis Coro Montanet que, en más de una ocasión y en
más de un sentido, nos invita a replantearnos, si no la
naturaleza de la poesía, sí su función y su vigencia.
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El
título remite a D. H. Lawrence, pero a través de
Virginia Woolf, es decir, con distanciamiento e ironía,
devolviéndole al macho, a modo de espejo burlón, el
estereotipo de la mujer expectante. Y por si cupiera
alguna duda, la autora abre el libro con la
correspondiente cita de Woolf, que me parece fundamental
para la comprensión no solo del título sino del poemario
entero: “...ya que es una mujer, una mujer hermosa, una
mujer en su plenitud, pronto abandonará este simulacro
de escribir y pensará en un guardabosque... y vendrá el
atardecer del domingo y el guardabosque silbará bajo su
ventana, lo cual, naturalmente, constituye la esencia de
la vida y el único tema de la literatura”.
Como
en casi todos los buenos poemarios, el título es un
verso más (mejor dicho, un verso clave), y además nos
recuerda que la poesía actual es necesariamente glosa.
Las metáforas básicas —incluso las adjetivaciones
“sorprendentes”, en el sentido de Jakobson— están
agotadas (en alguna ocasión he intentado demostrarlo
matemáticamente) y puesto que los poetas de hoy no
tienen más remedio que “citar” de una forma u otra a sus
antecesores (Harold Bloom dedicó a esta servidumbre su
ensayo más lúcido: La angustia de las influencias),
es bueno que sean conscientes de ello, incluso que lo
expliciten. Pero veamos a qué guardabosque aguarda
nuestra autora.
Parece
un recurso fácil, tratándose de una poeta cubana actual,
decir que aguarda al “hombre nuevo”; pero,
sencillamente, así es, lo cual constituye, a mi
entender, su segundo y principal mérito, a la vez
literario y político. “La madurez es como el silencio/
que inunda la noche miserable/ en que un hombre nos
abandona/ y lo afrontamos con serenidad”, dice la autora
en “Sin aferrarse”, el primer poema del libro; y esta
forma de despedirse —de desprenderse— es también una
forma de aguardar —de invocar, de reclamar— otra cosa,
con otra actitud. Esa otra cosa y esa otra actitud están
por definir, y es función de la poesía recorrer los
límites de lo establecido —de lo dicho y de lo decible—
y dar cuenta de lo que, un poco más allá, solo existe
como proyecto borroso: “Acaso sea esto lo que se dice
autonomía,/ acaso sea tomar el lápiz/ y que la punta
rasgue tarántula la hoja,/ y que la doble gracia de
mujer module/ la inhóspita sintaxis con ambivalencia
tal/ que a los significados que las palabras tienen,/
puedas sumarle nuevos y deliciosos significados/
dependientes de ti,/ mas no tú de ellos”. No sé si eso
es la autonomía; pero, desde luego, eso es, básicamente,
la poesía.
La
autora también duda de que la autonomía sea modular la
inhóspita sintaxis, y así lo manifiesta poco después en
uno de sus contundentes sonetos: “Pues temo que estas
páginas filosas/ me pongan vieja sin haber vivido/ la
suave infinitud de las esposas/ y así, del libro al
librium, sin libido,/ enajenarme con decir tres
cosas/que a fin de cuentas borrará el olvido”. Dicho sea
de paso, valdría la pena analizar la fascinación de esta
joven autora por los sonetos (los más provocativos y
barrocos remiten a sor Juana Inés de la Cruz) y, a
partir de ahí, reflexionar sobre la vigencia de una
fórmula poética que podría parecer anacrónica
(probablemente fuera el anacrónico Borges su último
cultivador relevante); pero tal empeño excedería la
intención y los límites de este breve comentario.
Además
de los sonetos, me parecen especialmente interesantes
algunos poemas en segunda persona en los que la autora
interpela directamente al “otro” (al guardabosque que no
acaba de llegar o de marcharse), como el titulado “El
trato”: “Tengamos esta misma relación, pero a la
inversa,/ dejemos que sea yo quien movilice la
Historia./ Permíteme la singularidad y el gobierno/ de
las palabras o los gestos y el dominio/ de la
exageración para conquistarte...”. Alguna vez, al hablar
de los desafíos que tiene que afrontar la revolución
cubana, he dicho que me parece más peligroso el
estancamiento patriarcal del discurso político (el
machismo, en una palabra) que la corrupción, el turismo
o el mismísimo bloqueo estadounidense. Y Gleyvis Coro
Montanet, sin agresividad ni estridencia, con woolfiana
ironía, arremete una y otra vez contra el patético (y
profundamente contrarrevolucionario) machismo de esos
“inhábiles” que, por desgracia, a menudo actúan desde
posiciones de poder. Son especialmente significativos,
en este sentido, el “Poema de la estudiante que
obligaron a limpiar de maleza un surco demasiado largo”
y el “Poema político” (“Este es el poema
donde combato/ la incapacidad de mi jefe/para comprender
la poesía...”)
Parecería oportuno, casi obligado, dedicar un párrafo a
las influencias y los referentes literarios de la
autora; pero ella misma nos cierra ese camino (a la vez
que abre otro más fecundo) con “Como la cena que está en
el horno”: “Que no te digan escribes como mengano,/ que
no te comparen con poetas/ de sin igual relieve,/ que no
te hablen de poetas/ ni te obligues tú misma/ a
parecerte a uno de ellos,/ que todos hallaron la poesía
en un pozo/ y no dejaron ni cuerda podrida/ ni nota que
dijera: mujer:/ hemos ido a la taberna,/ la poesía está
en el pozo”.
El futuro de Cuba, como el del resto del mundo, está en
manos de las mujeres, y algunas empiezan a darse cuenta,
es decir, a adquirir conciencia de clase. Tiemblen los
machos dominantes... |