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Un artesano artista nos acaba de regalar unas sillas.
Son altas, hermosas, a la vez leves y sólidas. Alberto
Cabalé es lo que en buen cubano se le puede llamar un
tipo buena gente, acompañado siempre de Charo y de su
hermosa familia. Supo ver en la mirada de Tania la
ilusión de mejorarnos la vida. Y lo logró. Ahora los
muebles acompañan los cuadros de Aisar, Bejarano,
Douglas, Joel Jover, Azy, Sandra, Aimée, Roberto y
Chencha… en unas paredes que son de nuestros suegros y
no de nosotros, entre el ruido torpe de una calle
polvorienta y muchas veces amarga. Pero tenemos sillas
nuevas y hemos vuelto a comer juntos. Sí, porque hasta
en las familias sólidas como esta de los Cordero, uno
cae en la tentación de masticar frente a la televisión o
ingerir casi de pie el bocado que nos mata el hambre.
Cuando el bolsillo o la circunstancia lo permiten se
vuelve a poner la mesa y uno la pasa bien. Lo que ya no
tiene vuelta de hoja ni marcha atrás son las
conversaciones, el apoyo sutil, la gracia de compartir
ese rato. El llamado “núcleo familiar” debe mantenerse
atento al regadío del afecto porque se corre el peligro
de que –como es bien conocido en el “departamento” de
matrimonios- la rutina empañe el límpido cristal del
cariño.
La
pequeña pantalla es una poderosa enemiga de las comidas
en familia, pero no la única. La palabra prisa suele
mencionarse en estos casos, aunque habría que sumarle la
desidia, el olvido de las costumbres. No he sido hombre
conservador y mi juventud –como la de buena parte de los
cubanos de mi generación- transcurrió en becas o casas
ajenas que acogieron al provinciano en busca de
superación. Sin embargo, debo confesar que al centro de
la cuarentena me gustan las mesas –más o menos bien
servidas- con personas alrededor de un potaje, un tema,
una sonrisa.
Allá
en Tamarindo nos sentábamos juntos –mis padres, mi
abuelo y yo- casi siempre felices en nuestros añejos
taburetes y alrededor de la mesa de cedro. La vida era
oscura literalmente. Aunque el campo se transformaba
para bien de los más, todavía en los sesenta no había
llegado la luz eléctrica. Cuando llovía el fango se
abrazaba a nuestros pies como una amante lujuriosa; pero
comidita sabrosa solíamos tener y mi madre plantaba la
fuente de plátanos maduros fritos. Ya he aprendido que
esa vianda es aliada del colesterol y otros desmanes
porque la textura suave del platanito transporta grandes
cantidades de grasa. Lo acepto, más no me curo de la
nostalgia por esos manjares y guardo en el alma aquellos
atardeceres.
Una
silla es obra de arte complicada y rigurosa. No solo la
salida de las manos de un virtuoso como Cabalé. Hasta
la modesta, simple, que cumple sin grandes pretensiones
la función de que podamos acomodarnos para el
espectáculo, la cena o el debate. A la larga una silla,
si es resistente, puede funcionar hasta para hacer el
amor, equilibrando tal vez la cantidad de diálogos
cruciales que ocurren sobre el colchón de una cama,
muchas veces con el erotismo ausente o transcurrido.
Bien cuidada puede servir para más de una generación y
valdría la pena pensar alguna vez en el noble carpintero
que dedicó gracia y sudor a que nuestros hijos y nietos
hereden cierta postura ante el amanecer, las
preocupaciones, o recuesten sus espaldas para rumiar
nuevas esperanzas o inéditos afanes. |