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Esta receta me la enseñó el insigne Ingeniero en
Química, Aquiles Catá, devenido chef de cocina, quien
desde hace no pocos años logra las delicias y manjares
que se ofertan en el restaurante “Las Ruinas” del Parque
Lenin. No voy a abundar en detalles para describir la
extrañísima odisea que propició nuestra amistad, solo
cabe añadir el hecho de que primero fuimos enemigos
jurados, y que nuestras diferencias (estrictamente
culinarias) comenzaron por una disputa sobre el tiempo
de cocción del dulce de coco, y quedaron zanjadas con
estos mirmidones de gallina. Nada, petulancias y
envanecimiento propios de dos seres imperfectos y
testarudos. Que sirva pues esta receta, para alegrar la
mesa y aplacar las tontas discordias entre amigos.
Primero consíguete un buen par de gallinas criollas y
rechonchas. Luego de peladas y limpias, adóbelas con
naranja agria, comino, pimienta y póngalas sobre un
brasero o una parrilla sobre carbón abundante ya
encendido para que apure la cocción y algunas hojas de
guayabo para perfumarlas. Cuando estén doradas, sácalas
y trocéalas en octavos. Coloca los trozos en una olla a
presión con un cuarto de libra de mantequilla, medio
jarrito de nata de leche, pimienta blanca, un poco de
bijol, dos cebollas blancas enteras, un macito de apio,
un puñado de pasas, los granos molidos de cinco mazorcas
de maíz tierno, dos plátanos machos pintones picados en
trozos, cuatro cucharones de caldo de ternera, un
puntico breve de sal, dos cucharadas de azúcar prieta y
un buen chorro de vino blanco. Tapa la olla y dale
treinta minutos de presión. A esas alturas ya los
mirmidones de gallina han de estar bien sofocados en el
harinazo. Baja la olla del fuego y sirve los trozos de
gallina en su salseo, polvoreándoles por encima
galletitas de soda machacadas y unas gotas de picante
casero. Este plato se come a pulso o cuando más, con
unas rebanadas de pan suave. La vida misma si lo baja
con limonada fría. |