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"Un país sin imagen es
un país que no existe"
Julio García Espinosa
Cuando le pregunté el
sitio en el cual originalmente había pronunciado la
anterior frase, el cineasta Julio García Espinosa dudó;
un poco porque no recordaba con exactitud y otro porque
suele repetir la proposición bajo las más diversas
maneras, como algo que está por entero integrado a su
personalidad y no como una simple frase que pronuncia o
escribe. Es difícil justificar los homenajes de figuras
que extienden su quehacer intelectual en campos diversos
y en todos ellos realizan aportes. En el caso de García
Espinosa habría que identificar el trabajo del creador
de obras cinematográficas, el pensador de los medios
audiovisuales y el pedagogo que se ha dedicado a
transmitir su experiencia a los más jóvenes. En lo
primero, el arco abierto con la realización de esa obra
fundacional que es El mégano, documental de 1955 que
marca el inicio de un nuevo modo de entender el acto de
hacer cine en nuestro país, se extiende hasta esa vuelta
y reescritura del neorrealismo italiano que fue Reina y
Rey (1994). En el interior de esos poco más de treinta
años se encuentra una obra creativa ineludible dentro
del cine cubano y latinoamericano del último medio
siglo, acaso una de las que con mayor insistencia ha
perseguido el riesgo estético antes que la comodidad de
cualquier éxito fácil.
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García Espinosa afirma que, luego
del éxito de taquilla que significó su Aventuras de Juan
Quinquín (1967), película que todavía hoy integra la
lista de las diez películas cubanas con mejor respuesta
de público, bien pudo repetir los hallazgos formales y
el tipo de humor con el que trabajó entonces, para de
ese modo seguir cosechando halagos: puesto que ya sabía
cómo hacerlo se podía copiar a sí mismo. En lugar de
ello, cuando en 1978 dirige esa ficción-ensayo (o tal
vez docu-ensayo ficcionado) que es
Son o no son, sus
seguidores quedaron por entero desconcertados e imagino
que hasta sus enemigos. Todavía hoy, más de un cuarto de
siglo después, Son o no son clasifica como una de las
muy pocas películas cubanas que invitan al espectador a
abandonar la ilusión del cine y a no buscar una
identificación emocional con lo que sucede en la
pantalla, sino intelectiva. La aplicación del
extrañamiento brechtiano, que en Aventuras de Juan
Quinquín interceptaba el relato (que mantendría una
entera coherencia narrativa sin tales insertos), en Son
o no son es tan inseparable de lo narrado que es la
historia misma. Después de esto, con La inútil muerte de
mi socio Manolo (1989), en esta película voluntariamente
"fea", despojada de encanto escénico, que se anuncia
desde el título mismo, llega al límite la confrontación
con la ilusión del cine por parte del cineasta (durante
la hechura y en la propuesta conceptual) y del
espectador (en la sala y la decodificación)... La
publicación en 1969 de Por un cine imperfecto, documento
de inspiración gramsciana y uno de los más discutidos
manifiestos del cine latinoamericano en cualquier
tiempo, abrió las puertas a posibilidades que entonces,
en su fecha de formulación, ni siquiera podíamos
entender. Han tenido que pasar casi cuarenta años para
que, con el abaratamiento de las técnicas de producción
en formato digital, la aparición de ese escenario
insólito que es Internet y la intensificación de las
batallas por el fortalecimiento de la sociedad civil en
el continente (incluyendo aquí fenómenos tan diversos
como el surgimiento de la radio y televisión
comunitaria, o la creación de circuitos alternativos de
exhibición o distribución), adquieran su verdadero
sentido estas frases que entonces confundieron a tantos:
"Hoy en día un cine perfecto
—técnica y artísticamente
logrado— es casi siempre un cine reaccionario." o "Al
cine imperfecto no le interesa más la calidad ni la
técnica. El cine imperfecto lo mismo se puede hacer con
una Mitchell que con una cámara de 8mm. Lo mismo se
puede hacer en estudio que con una guerrilla en medio de
la selva". Si las credenciales de García Espinosa como
pensador del cine y de aquello a lo que antes llamábamos
"el papel del creador", habían sido establecidas desde
años antes, este texto particular significa un salto
dentro de un pensamiento que, hasta el presente, destaca
por su inquietud. De hecho, hoy día, tal vez sea el
único de los cineastas cubanos que ha extendido su
reflexión sobre el cine hacia el terreno de la
televisión y las nuevas tecnologías. En este sentido, y
sin entrar a considerar el contenido de su reflexión
(cosa que dejo para que el hipotético lector lo disfrute
o contradiga) se trata de un hombre del futuro por el
sencillo hecho de haber avizorado el proceso de cambio
que atraviesa hoy día la producción audiovisual en el
mundo entero. Junto a todo lo anterior, hablamos de una
de las figuras que fundara en 1959 el ICAIC y que,
durante casi 30 años, se mantuviera entre sus
directivos, de modo que no poco de las políticas de
producción y exhibición en el país a lo largo de ese
tiempo ha de haber pasado por sus manos. Cuando
pasábamos horas hablando, para lo que terminó siendo el
libro-entrevista, Conversación con un cineasta incómodo,
me encantó saber que había sido quien favoreció la
puesta en las salas de aquellas películas de samurai
japoneses que vi durante mi niñez y que recuerdo ahora
como algo mágico. El más reciente empeño pedagógico de
García Espinosa ha sido su labor al frente de la Escuela
Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los
Baños. Allí puede cumplir su sueño
de transformar al cine y al espectador del continente,
esta vez mediante el estímulo al nuevo
talento. Por cierto que fue en uno de los documentos de
la Escuela en donde quedó
escrita la frase que utilizo como exergo: "Un país sin
imagen es un país que no existe". A dotarnos de imagen
ha estado dedicada la vida de Julio García Espinosa y se
supone que
ahora sus alumnos rieguen la semilla. |