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Agradezco a los
organizadores del Festival que me hayan invitado a
participar en este acto de clausura con unas palabras
sobre el homenajeado. Las he titulado “El misterio
García Espinosa” sabiendo que sobre él se ha dicho todo,
o casi todo, inclusive en tono confesional, pues ahí
tenemos ese estupendo retrato de sí mismo y de toda una
época que, con envidiable memoria y el corazón en la
mano, nos ofrece Julio en Conversaciones con un
cineasta incómodo, su diálogo con Víctor Fowler.
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Pero me gustaría
someter a prueba esa impresión de que lo sabemos todo
sobre él haciendo algunas preguntas elementales:
¿cuántos de ustedes conocen su verdadero nombre, por
ejemplo, o el título de su único poemario, o lo que
realmente quiso decir con aquello de “cine imperfecto”?
Tan pronto como
tratamos de encerrar a Julio en un molde o una fórmula
sentimos que se nos escapa, no sólo porque es realmente
polifacético —de hecho, el único negrito de teatro
vernáculo, el único rumbero que ha llegado a
viceministro, como observó en cierta ocasión uno de sus
amigos— sino también porque toda su trayectoria
artística e intelectual está montada sobre la base del
rechazo a las convenciones y los lugares comunes de la
crítica.
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En la filmación de
Reina y Rey junto a Consuelo Vidal y
Titón |
Se me antoja que esa
huidiza personalidad pudiera ser simbólicamente
representada por “Un largo camino hacia la luz”, el
ensayo que dio título a su último libro. En él Julio
describe paso a paso el proceso mediante el cual un
hecho individual, como suele serlo la escritura de un
guión, se convierte en un fenómeno colectivo, como lo es
inevitablemente la prefilmación, rodaje y elaboración
definitiva de una película. Hay entre los dos extremos
del proceso una contradicción interna que el público no
percibe y que tal vez nunca llegue a resolverse; en
efecto, la fase inicial —la dominada por la escritura
del guión— es un espacio vacío, como la propia página en
que se escribe, y por tanto abierto a todas las
ensoñaciones, mientras que la final —aquella en que el
resto del proceso se da por terminado— es la del choque
con la dura realidad de la película. En esta todos los
delirios de la imaginación se han convertido en una
representación visible y palpable, encuadrada entre
límites precisos, con rostros y contornos exactos, un
espacio, en fin, del que se han esfumado las resonancias
secretas y los niveles de ambigüedad que le daban al
guión el temblor de lo que estaba allí, aunque no
hubiera llegado a decirse.
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Por eso —nos revela
Julio— cuando el día del estreno se encienda el
proyector y el resultado de tantos meses de esfuerzos y
desvelos se proyecte al fin sobre la pantalla, el
realizador sentirá que lo asalta la nostalgia: nostalgia
de “aquel guión que ya no es”, de “aquel momento único”
en que fue público de sí mismo sintiendo que él también
iniciaba, junto con el boceto de la película, su “largo
camino hacia la luz”.
Si el fenómeno así
descrito me parece una metáfora de la trayectoria
artística e intelectual de Julio es porque revela en sus
propias palabras el “misterio García Espinosa”, que
radica en una explosiva mezcla de inventiva e
inconformidad. El arco que se tiende a lo largo de casi
medio siglo entre El Mégano y sus últimos textos
ensayísticos puede describirse como un resuelto alegato
contra el conformismo y la pereza mental, como una tenaz
impugnación de las formas anquilosadas —o, si lo
prefieren, mercantilizadas— del pensamiento y el gusto
dominantes. Pero esa impugnación no se ejerce desde
posiciones dogmáticas sino en dinámica relación con el
medio, en el contexto que impone la dialéctica de la
ruptura y la continuidad.
Julio asimila la
filosofía y la estética del neorrealismo para enfrentar
la dramaturgia jolivudense y su incesante reproducción
de estereotipos, pero llegado el caso acude al cine de
aventuras —con Juan Quinquín como máximo ejemplo— para
impugnar desde adentro los tópicos del género, operación
típicamente guerrillera que los mambises describían como
“disparar sobre el contrario con su propio cañón” y
Julio —con el lenguaje del medio— como “hacer un
espectáculo de la destrucción del espectáculo”.
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No niega de manera
irresponsable e ingenua que el cine sea también —y a
veces exclusivamente— una actividad mercantil: lo que
exige de sus colegas es que se esfuercen por invertir
los procesos, que no hagan películas para el mercado
sino que promuevan la apertura de mercados para las
películas. Observen que dentro de esa gran paradoja
inherente al propio cine, que consiste en ser a la vez
arte e industria, Julio no cesa de echar mano a las
paradojas conceptuales para llamar la atención sobre el
absurdo que implica poner el arte al servicio
incondicional de la industria. O al servicio de un Arte,
con mayúscula, que tienda a desvincular el cine de sus
raíces populares y de sus posibilidades de comunicación
con el público, siempre teniendo en cuenta que para
Julio la “popularidad” no es algo externo a la obra —que
pueda medirse por el resultado de las encuestas o los
ingresos en taquilla—, sino que radica en su intrínseca
capacidad para poner al espectador en contradicción
consigo mismo, invitándole a revisar sus propios gustos
y a deshacerse de prejuicios sobre lo que es o debe ser
el cine.
No olvidemos, por lo
demás, que durante el período en que dirigió el ICAIC,
este rendido admirador de Brecht —y uno de sus más
aventajados discípulos latinoamericanos— promovió el
desarrollo de una “dramaturgia de lo cotidiano” que
permitiera realizar películas de bajo presupuesto,
aumentar así la producción e incorporar nuevos
realizadores a la dirección de largometrajes. No
olvidemos que este implacable fiscal de lo que Adorno
llamó la “psicotécnica” —es decir, la técnica de la
manipulación del ser humano— es también el defensor de
un desarrollo tecnológico que sin duda permite
democratizar el acceso a los medios de producción
audiovisuales.
Ahora bien, en lo que
atañe a su propia obra, todo el esfuerzo de Julio se
orienta hacia la impugnación teórica y práctica de la
dramaturgia tradicional, cuyo gran promotor y difusor
―el cine de Hollywood— la ha convertido en un medio de
idiotizar al público con el pretexto de «entretenerlo».
De ahí esos textos ensayísticos y fílmicos desafiantes
que nos dejan atónitos, algunos tan audaces como «Por un
cine imperfecto» —su célebre manifiesto contra la
tecnolatría— y como Son... y no son o El plano
—sus sacrílegas apuestas a una estética de lo
experimental—, o esos otros, como La inútil muerte de
mi socio Manolo, en los que Julio decide desmentir
en la práctica uno de los dogmas intocables del medio
—que el cine es imagen, no palabras— y de paso afirmar
que su correlato, la etiqueta de “teatro filmado”, no es
un juicio de valor que pueda descalificar sin más una
película de pocas locaciones y muchos diálogos.
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En pleno rodaje de
La inútil muerte de mi socio Manolo,
J.G.E. al centro junto a Mario Balmaseda
(derecha) |
Nosotros —la
generación que vivió su primera juventud en los años
sesenta— le debemos a Julio —y a Titón— una buena parte
de nuestro vocabulario crítico y nuestra visión del cine
como experiencia social y cultural. Fue Julio quien
introdujo en nuestro medio ciertas actitudes e
inquietudes de vanguardia, representadas por preguntas
como “¿Por qué nos aplauden?”, por propuestas como la de
“descolonizar nuestras pantallas”, por
conceptos-metáforas como el de las contradicciones
anacrónicas, es decir, las propias de un sistema que se
organiza en torno a economías que perpetúan la pobreza,
a filosofías que reproducen la ignorancia, a ideologías
que estimulan la discriminación y el despilfarro, a
industrias culturales que promueven el mercantilismo y
la frivolidad.
Quizás lo más
duradero de la obra de Julio sea su propio potencial de
futuro, ese empeño de proyectar su actividad teórica y
práctica hacia el objetivo supremo de cambiar la vida y
forjar una nueva cultura, una nueva escala de valores
permanentemente enriquecida por la experiencia cotidiana
y desembarazada al fin de falsas dicotomías del tipo
“arte culto/arte popular”, o “cine de minorías/cine para
las masas”. Que hoy ese superobjetivo nos parezca tan
lejano no le resta al proyecto ni un ápice de
legitimidad.
Termino ya,
convencido de que no es posible abarcar en unas pocas
líneas una personalidad tan polifacética. Alguien podría
evocar a Julio del brazo de una dama huyendo de los
gases lacrimógenos por las cercadas callejuelas de
Pésaro, o visitando la tumba de Carlos Marx en Londres,
o emplazando la cámara en el lugar exacto de Vietnam
donde horas después habrá de dibujarse el cráter de una
bomba, o entrevistando a Robert Redford y Costa Gavras
para un documental sobre el centenario del cine, o
recibiendo un homenaje en Nueva Inglaterra o un premio
en el Festival de Bogotá... Semejante desfile
iconográfico nos llevaría a preguntarnos si se trata del
mismo personaje que estamos habituados a ver como ese
diligente funcionario capaz de dirigir con éxito tanto
el ICAIC como un viceministerio encargado de la Música o
una Escuela de Cine, y si por casualidad estos últimos
no serán, a su vez, ese mismo provocador, ese mismo
agitador de conciencias que hemos venido describiendo.
Y al comprobar que
así es, que se trata de un hombre versado en oficios tan
disímiles, volveríamos automáticamente al principio, a
lo que nos atrevimos a llamar el Misterio García
Espinosa, que ahora vemos claramente asociado al mito de
la Fuente de la Eterna Juventud; en efecto, es la
inconformidad permanente, la inquietud creadora y la
irrenunciable perspectiva de futuro las que explican
tanta vitalidad y nos trasmiten la jubilosa convicción
de que tenemos Julio para rato.
Palabras de Homenaje a Julio García
Espinosa en la clausura del XXII Festival CINEPLAZA,
octubre 2005. |