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Si no fuera porque catorce años antes hubo Nosotros
la música, de Rogelio París, diría que Son o no
son (1978), de Julio García Espinosa, calificaría
como el experimento más inusitado y necesario en torno
al registro fílmico de la música cubana.
Vinculo las dos películas como respuestas necesarias
ante las maneras en que otras cinematografías del mundo,
y la nuestra también, vienen enfocando en los últimos
tiempos esta activa y representativa zona de nuestra
cultura, y para resaltar además las carencias de un cine
musical vernáculo.
Nosotros la música,
sin pretenderlo, dejó una huella que se ha hecho mucho
más visible en estos tiempos donde se mitifica tanto
Buenavista Social Club, de Wim Wenders, como la
banda sonora de Habana Blues, de Benito Zambrano.
Mientras en estos dos últimos filmes referidos entran en
contrapunto la nostalgia de la tradición y la innovación
iconoclasta, en contextos contrastantes —La Habana
ruinosa que supuestamente olvida a sus hijos pródigos y
la que presuntamente no comprende que los jóvenes
quieren cambiar su tiempo y su destino—, la película de
París, sin discursos intermedios, articula el pulso de
la tradición con la inmediatez de su recepción como
hecho vivo en un momento dado del proceso de
construcción de una identidad cultural.
Los danzones interpretados por la Charanga de Odilio
Urfé, las invocaciones rituales de los espiritistas, los
sabrosos sones del Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro,
el “fílin” de Elena Burke, las descargas de Frank
Emilio, Barreto, Papito, Tamayito y Tata Güines, la
rumba de salón de Ana Gloria y la de solar de Celeste
Mendoza, y el guaracheo de Cuní y Chappotín estaban a la
orden del día en los inicios de los años 60.
Pero cuando García Espinosa se planteó la realización de
Son o no son, la música popular cubana y sus
instancias de representación escénica se hallaban en un
momento crítico, entendido este como punto en el que el
agotamiento da paso a la ruptura, al necesario salto
cualitativo. El teatro popular, como se había cultivado
últimamente en el Martí, se hallaba en un callejón sin
salida, no solo por errores burocráticos y político
culturales que afectaron sensiblemente la escena
nacional en la década de los 70, sino por una falta de
renovación estética que venía produciéndose desde mucho
tiempo antes.
La propia evolución de los géneros bailables y
cancionísticos transitaba entre fórmulas anquilosadas y
repetitivas y nuevas propuestas que comenzaban a ganar
densidad con el trabajo creativo de Juan Formell, Chucho
Valdés y Adalberto Álvarez por una parte y de otra la
primera generación de la Nueva Trova.
A todas estas, por efecto del bloqueo impuesto por las
administraciones norteamericanas contra Cuba y sus
efectos sobre la psicología de quienes tenían poder en
los medios de difusión y circulación de la música, se
había registrado determinado grado de aislamiento y
desconexión con los grandes cambios de orientación de la
producción y distribución comercial de la música a
escala internacional. Una de sus consecuencias estuvo en
que los canales oficiales de difusión privilegiaron el
pop español sobre el rock anglosajón, la balada
romántica sobre la canción de autor, y la invención
artificial doméstica de géneros bailables sobre los
resultados de la derivación sonera hacia la salsa.
Esas realidades de diverso modo están presentes en
Son o no son. García Espinosa ha dicho que el caos
interno de la película obedece a una lógica interna
dictada por la intuición. Respeto su criterio pero
difiero de su apreciación. Son o no son es un
filme de corte ensayístico y una pensada experimentación
que cuestiona tanto las coordenadas estéticas de la
creación popular como sus modos escénicos de
representación.
Entre sus planteamientos esenciales se halla la
indagación en torno a la dialéctica que se establece
entre la tradición y la innovación; la observación de
los vínculos entre lo local y lo universal; y la
discusión acerca de la pertinencia de trazar nuevos
derroteros al teatro musical de proyección popular.
Tales propuestas tenían que necesariamente que
contradecir el modo narrativo, y borrar las fronteras
entre el documental y la ficción. Había que poner
distancia a tópicos discursivos y resaltar más las
interrogantes que las posibles respuestas. De ahí su
aparente carácter inconexo e inacabado.
Es por ello que Son o no son, más que un filme
conclusivo, constituye un punto de partida aún no
resuelto en la cinematografía musical. Mientras la
música popular cubana, desde aquel momento y hasta el
sol de hoy, creció exponencialmente en calidades y
diversidades con plena sintonía universal, sin dejar de
registrar nuevos momentos de crisis, el cine musical
cubano, sumamente escaso por demás, ha apostado por las
convenciones, por el hacer seguro sin riesgos. Y eso es
lo que se echa de menos después de repasar Son o no
son. |