Año V
La Habana
23 - 29 de SEPTIEMBRE
de 2006

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Música parece, son es
Pedro de la Hoz La Habana


Si no fuera porque catorce años antes hubo Nosotros la música, de Rogelio París, diría que Son o no son (1978), de Julio García Espinosa, calificaría como el experimento más inusitado y necesario en torno al registro fílmico de la música cubana.

Vinculo las dos películas como respuestas necesarias ante las maneras en que otras cinematografías del mundo, y la nuestra también, vienen enfocando en los últimos tiempos esta activa y representativa zona de nuestra cultura, y para resaltar además las carencias de un cine musical vernáculo.

Nosotros la música, sin pretenderlo, dejó una huella que se ha hecho mucho más visible en estos tiempos donde se mitifica tanto Buenavista Social Club, de Wim Wenders, como la banda sonora de Habana Blues, de Benito Zambrano.

Mientras en estos dos últimos filmes referidos entran en contrapunto la nostalgia de la tradición y la innovación iconoclasta, en contextos contrastantes —La Habana ruinosa que supuestamente olvida a sus hijos pródigos y la que presuntamente no comprende que los jóvenes quieren cambiar su tiempo y su destino—, la película de París, sin discursos intermedios, articula el pulso de la tradición con la inmediatez de su recepción como hecho vivo en un momento dado del proceso de construcción de una identidad cultural.

Los danzones interpretados por la Charanga de Odilio Urfé, las invocaciones rituales de los espiritistas, los sabrosos sones del Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, el “fílin” de Elena Burke, las descargas de Frank Emilio, Barreto, Papito, Tamayito y Tata Güines, la rumba de salón de Ana Gloria y la de solar de Celeste Mendoza, y el guaracheo de Cuní y Chappotín estaban a la orden del día en los inicios de los años 60.

Pero cuando García Espinosa se planteó la realización de Son o no son, la música popular cubana y sus instancias de representación escénica se hallaban en un momento crítico, entendido este como punto en el que el agotamiento da paso a la ruptura, al necesario salto cualitativo. El teatro popular, como se había cultivado últimamente en el Martí, se hallaba en un callejón sin salida, no solo por errores burocráticos y político culturales que afectaron sensiblemente la escena nacional en la década de los 70, sino por una falta de renovación estética que venía produciéndose desde mucho tiempo antes.

La propia evolución de los géneros bailables y cancionísticos transitaba entre fórmulas anquilosadas y repetitivas y nuevas propuestas que comenzaban a ganar densidad con el trabajo creativo de Juan Formell, Chucho Valdés y Adalberto Álvarez por una parte y de otra la primera generación de la Nueva Trova.

A todas estas, por efecto del bloqueo impuesto por las administraciones norteamericanas contra Cuba y sus efectos sobre la psicología de quienes tenían poder en los medios de difusión y circulación de la música, se había registrado determinado grado de aislamiento y desconexión con los grandes cambios de orientación de la producción y distribución comercial de la música a escala internacional. Una de sus consecuencias estuvo en que los canales oficiales de difusión privilegiaron el pop español sobre el rock anglosajón, la balada romántica sobre la canción de autor, y la invención artificial doméstica de géneros bailables sobre los resultados de la derivación sonera hacia la salsa.

Esas realidades de diverso modo están presentes en Son o no son. García Espinosa ha dicho que el caos interno de la película obedece a una lógica interna dictada por la intuición. Respeto su criterio pero difiero de su apreciación. Son o no son es un filme de corte ensayístico y una pensada experimentación que cuestiona tanto las coordenadas estéticas de la creación popular como sus modos escénicos de representación.

Entre sus planteamientos esenciales se halla la indagación en torno a la dialéctica que se establece entre la tradición y la innovación; la observación de los vínculos entre lo local y lo universal; y la discusión acerca de la pertinencia de trazar nuevos derroteros al teatro musical de proyección popular.

Tales propuestas tenían que necesariamente que contradecir el modo narrativo, y borrar las fronteras entre el documental y la ficción. Había que poner distancia a tópicos discursivos y resaltar más las interrogantes que las posibles respuestas. De ahí su aparente carácter inconexo e inacabado.

Es por ello que Son o no son, más que un filme conclusivo, constituye un punto de partida aún no resuelto en la cinematografía musical. Mientras la música popular cubana, desde aquel momento y hasta el sol de hoy, creció exponencialmente en calidades y diversidades con plena sintonía universal, sin dejar de registrar nuevos momentos de crisis, el cine musical cubano, sumamente escaso por demás, ha apostado por las convenciones, por el hacer seguro sin riesgos. Y eso es lo que se echa de menos después de repasar Son o no son.    

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