Año V
La Habana

23 - 29 de SEPTIEMBRE
de 2006

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Silvio Rodríguez:
Sigo debiendo muchas canciones

Johanna Puyol y R.A. Hernández
La Habana
 

 
CONSAGRACIÓN  (PRESENTACIÓN DEL ÁLBUM)
 

 

Érase que se era:
No es lo mismo, pero es igual

Guille Vilar La Habana


La primera impresión que tenemos de un disco antes de escucharlo viene dada por la imagen de la portada. Realmente, en el caso del disco de Silvio Rodríguez titulado Érase que se era (Ojalá 2006), la sobriedad, elegancia y buen gusto desplegados en la carátula por el diseñador Eduardo Moltó, a partir de la recreación del entorno para las ilustraciones de Roberto Fabelo, uno de nuestros pintores imprescindibles, no deja margen de duda para asumir que la propuesta musical está en franca armonía con el rango de la gráfica del soporte. Y así es. Se trata de una producción de alto vuelo artístico, tanto por la equilibrada selección de los temas como por el talento desarrollado para el realce de cada uno de ellos en un impecable nivel de la grabación. Desde los primeros trabajos discográficos de Silvio hasta en los más recientes, se percibe las ansias del trovador por colocar, entre composiciones nuevas, aquellas otras que por mayoría de edad, reclaman el espacio que les toca. Por ejemplo, en el disco Unicornio (1982), encontró lugar para "La primera mentira"; en el Descartes (1998), aparecen "La cosa está en", "Las ruinas" y "Por todo espacio, por todo tiempo", mientras que "Hace no se que tiempo ya" es parte del disco Expedición (2002), canciones todas compuestas en los días de su travesía en el barco pesquero Playa Girón a fines de 1969.

Para el CD Érase… Silvio ha decidido saldar, en buena medida, semejante compromiso. De acuerdo con sus palabras en la introducción al folleto del álbum, este viene "para reparar un vacío, un pago más de mi deuda con la acumulación de experiencias que me llevó hasta Días y Flores". Representa el complemento necesario para consolidar nuestra información sobre la proyección del trovador en esa etapa pródiga de su quehacer como compositor, justamente una década antes de la edición del antológico disco Días y Flores en 1975. Es el homenaje a canciones, en la mayoría inéditas, pero desde su óptica actual como creador. Por tal motivo, el hecho de que se recojan canciones con casi 40 años, para nada implica que estamos ante un disco plantado en el ayer. Es tal la vigencia de los textos y la vitalidad del aliento en los arreglos que aunque sea un trabajo de recopilación, se recibe como un proyecto con temas acabados de escribir.

No obstante, la selección de la pieza "Oda a mi generación" (1970) para comenzar este álbum doble de 25 canciones con un video clip incluido, marca su apego emotivo a aquellos años donde "vivirle a la vida su talla" era un honor para los jóvenes de entonces. Sin embargo, quién que vibre con la intensidad de estos días que corren no "está dispuesto a morir sobre su papel"; quien no deja de reconocerse en el altruismo de "los que no tienen nada que perder", de "Todo el mundo tiene su Moncada" (1968) o quien no identifica a los oportunistas "que saben callar" en "Cuántas veces al día" (1969) y a los que quieren "cortar la medida de cada revolución" en "Nunca he creído que alguien me odia" (1972). A estos "delimitadores de la primavera", la crítica planteada en "Epistolario del subdesarrollo" (1972), les resulta un motivo para fruncir el ceño, incapaces de comprender el mensaje, que por encima de actitudes conformistas o justificaciones inaceptables, nuestros productos deben estar regidos por la aspiración hacia una calidad superior, exigencias que se mantienen entre los reclamos cotidianos de la sociedad en que vivimos. Así lo manifiesta el video clip de dicha canción, conmovedor audiovisual dirigido por Jorge Perugorría con fotografía de Ángel Alderete, en donde por medio de un código directo y sencillo, este texto del joven Silvio asume imágenes de problemáticas diversas en nuestra cotidianeidad. Igualmente necesaria, por reafirmar la valía de una estética de la belleza, es la presencia de canciones que evocan la relación de la pareja en "No aparezcas más sin avisar" (1970), como continuidad de la monumental "Ojala" ó al despedirse en "El día en que voy a partir" (1969) de "Judith" (1969), reservorio de pura poesía inspirada en una mujer, resplandor del desbordante lirismo, que lo ubicara desde décadas atrás entre los cantores del amor más representativos de lengua hispana.

Otra de las piezas significativas del disco en cuestión es "La canción de la Trova" (1967), puente entre la Nueva Trova y la tradicional, en una versión donde Silvio se da el gusto de que le haga la segunda voz Adriano Rodríguez, uno en los que se inspiró para componerla. Pero a la vez, la magia se revierte cuando se escucha al recio trovador entonar versos que sin extraviar la continuidad, conformaron el surgimiento de una aproximación diferente al hecho de trovar desde la guitarra.

Ya en estos trabajos iniciales encontramos reminiscencias del surco abierto en su obra por poetas como César Vallejo o Walt Whitman, porque para Silvio nada humano le es ajeno, nada desdeña para su canto. Si en la pieza "Cuando digo futuro" (1969) es "tan importante un niño como el largo de un vestido", la pieza "Discurso fúnebre" (1971), incluida en el CD Érase…, está dedicada al amoroso recuerdo de un perro, quizá una temática no apropiada para ocupar a las personas mayores, pero, por suerte, "para estos asuntos no he crecido mucho todavía", asevera el cantor. En cuanto a los arreglos de las canciones del disco, menos la pieza "Todo el mundo tiene su Moncada", grabada en el acento criollo del grupo del tresero Pancho Amat, el resto está concebido por un tratamiento que Silvio ha simplificado en lo esencial para destacar la voz, la guitarra y la melodía por medio de una instrumentación adicional, donde él mismo ejecuta las guitarras, el tres, la vihuela, la armónica, la percusión, el bajo y teclados —arsenal meticulosamente escogido para obtener la nueva estructura que necesita cada canción en particular. En tal sentido, la atmósfera lograda por la sonoridad de las flautas y clarinetes a cargo de su compañera Niurka González, tiende a rememorar el sello de su estancia en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Es una búsqueda para acercarse a la profunda huella que dejó en él este periodo, pero con la habilidad de no presentarla en una cuerda retro, sino procesada conceptualmente desde la abarcadora perspectiva del tiempo.

Acompañado por el reconocido Cuarteto Sexto Sentido así como por el prestigioso Coro Nacional” que dirige Digna Guerra y los coros de su propia voz, el inteligente tratamiento de estas voces coloca tales versiones en un escalón artístico superior. Por ejemplo, si la dramática impronta en la grabación original de "Fusil contra fusil" permanece incólume, en esta versión la épica adquiere una solemnidad todavía mayor, como se merece semejante motivación. Para quienes conocíamos las grabaciones anteriores de "Nunca he creído que alguien me odia", sorprenden el ajuste de dicha pieza al aire folk así como la dinámica impregnada a "Después que canta el hombre" (1969) por la guitarra flamenca de Ernesto Bravo. Pero es en "Cuántas veces al día" donde aparecen más señales de su expedición al ambiente sonoro de los años 60, bien por la colocación de las voces al estilo de esa época, por el timbre escogido para la guitarra eléctrica de Elmer Ferrer o hasta incluso por algunos pasajes del teclado que recuerdan al añejo órgano Hammond, detalles que en su conjunto resumen la autenticidad ajena a resultados impostados, porque obviamente, continúa bebiendo de su propia fuente originaria.

De este breve acercamiento al CD Érase que se era de Silvio, pudiéramos coincidir en que resulta imposible obviar aquella sonoridad original de canciones relacionadas a pasajes indelebles de nuestras vidas. Tales melodías permanecen impregnadas en la memoria de cada uno de nosotros, como también sucederá con el enriquecimiento del pensamiento y la sensibilidad al que nos convoca el trovador desde estas versiones que a pesar de no parecer lo mismo, en definitiva, es igual.

Antes de terminar, regresemos a la portada de la cubierta exterior del disco, en la que aparece la foto del joven trovador sentado al lado de enseña nacional. Según el propio Silvio, esa bandera cubana se encontraba en la sala de la casa del fotógrafo, cuando este decide hacerle algunas fotos porque ya pronto se embarcaba en el pesquero Playa Girón. Pero para un maestro, a quien se le elogió por su capacidad de atrapar el valor de esos instantes, como Mario García Joya, pareciera como si hubiera querido dejar plasmada su visión premonitoria de la dimensión que alcanzaría el novel artista y por lo tanto del especial significado, para en ese momento, de aparecer junto a la bandera de su patria. La foto escogida como carátula del CD Érase que se era, simboliza el regocijo de un pueblo, el sentimiento enaltecedor de una nación que se ve reflejada en el transcurrir del tiempo como ocurre con el fotografiado, pero igualmente fiel a ideología expresada en los cantos de luchas y de esperanzas que integran el disco.

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