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Julio García Espinosa ha cumplido
80 años inmerso en el afecto y el respeto de cineastas,
artistas e intelectuales por igual. Es un tributo merecido el que
le brindan a este maestro indiscutible del cine cubano,
un homenaje de varios días donde se han presentado y
comentado sus filmes, y se ha podido seguir el trabajo
de su vida a través de cartas, fotografías, libros y
otros documentos que por primera vez se muestran al
público. No es de extrañar que sea el ICAIC, del que fue
fundador y presidente por varios años, el organizador y
la sede de la exhibición, pues este realizador no solo
tiene una obra fílmica importante, que ha roto cánones y
abierto camino a la experimentación, sino que ha sido
una figura imprescindible en la edificación de la
cinematografía cubana. Siempre abocado al desarrollo del
cine, Julio García Espinosa fue presidente, en la década
del 50, de la sección de cine de la Sociedad Cultural
Nuestro Tiempo, y más tarde ayudó a plantar, con el
documental El Mégano, la semilla de lo que luego
germinaría en el Nuevo Cine Latinoamericano, que también
ha cimentado con una sólida obra teórica, referente para
los cineastas de toda América Latina. Fue merecedor del
Premio Nacional de Cine en 2004, actualmente es director
de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San
Antonio de los Baños (EICTV) y, según reconoce, sus
proyectos no han terminado aún, todavía quedan energías
para continuar la labor incansable a la que ha dedicado
más de medio siglo.
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Ha transcurrido más de cinco
décadas desde El Mégano. ¿Cree que después de
estos años ha logrado lo que se propuso con aquel
llamado a la libertad creativa y a la justicia social?
He logrado más de lo que me
imaginaba. Porque nosotros, los que vivíamos en Cuba
antes de la Revolución, pensábamos que era muy difícil
que hubiera un cambio grande en este país. Fuimos a
estudiar cine (al Centro Sperimentale di Cinematografia
de Roma) por pura locura, porque no había posibilidad
ninguna de hacer cine aquí. Pero así es que suceden a
veces las cosas.
Cuando regresamos hicimos este
pequeño corto, El Mégano, y caímos presos.
Inmediatamente nos dedicamos a ayudar a cambiar el país,
a hacer la lucha clandestina. Y, efectivamente, hacía
falta cambiar el país para que hubiera cine, entre otras
cosas más importantes.
Fue para nosotros un milagro. Con
la aparición de la Revolución hizo su aparición el cine:
nació la primera ley de la cultura, la Ley que fundó el
ICAIC. Y desde entonces hemos logrado, entre otras
cosas, a nivel regional, en el continente, lo que se ha
llamado Nuevo Cine Latinoamericano, que no es otra cosa
que la conciliación de la vanguardia artística con la
vanguardia política.
Muchas veces a lo largo de su
carrera ha tenido que dejar de lado al cineasta creador
para ocuparse de fundar y mantener los cimientos del
cine cubano. ¿Cómo lo ha enfrentado?
No me ha costado, siempre he
tratado de no fragmentarme. Si yo amo el cine, lo lógico
es que me preocupe no solo de hacer mis películas, sino
de ayudar a que otros también hagan cine. Trato de tener
una visión no solamente local, sino una noción
internacional, en este caso de América Latina.
Siempre he tratado de responder no
solo como artista, sino como persona. No creo que no
tener una posición política nos hace más independientes
a la hora de crear, a la hora de hacer una película. Al
contrario, tener una posición política es algo inherente
a tener una posición artística. Me resulta muy extraño
que se hable como si el artista tuviera más
independencia quedándose exclusivamente como artista.
Creo que la lucha estética debe estar acompañada por la
lucha política también.
Uno no debe aparentar que es
objetivo. Francamente, no soy objetivo. Tengo una
actitud parcial, me identifico con un proyecto político,
que es el de la Revolución, y estoy muy lejos de
disimularlo o esconderlo. Tengo una actitud parcial
frente a la vida. Pienso que lo único que hay que ser es
honesto. La objetividad es una especie de engaño. Tengo
una posición ante la vida y se me debe medir por mi
honestidad ante esa posición, no por mi objetividad.
Fue fundador del Nuevo Cine
Latinoamericano. ¿Cuánto se ha avanzado, utilizando sus
palabras, en “hacer visible a nuestro continente” a
través de la imagen?, ¿cuánto falta por avanzar?
Creo que se ha avanzado algo. En lo
años 60 cuando se inicia el movimiento del Nuevo Cine
Latinoamericano, América Latina estaba en condiciones de
poder desarrollar una lucha que para los cineastas era
indispensable. Es decir, no se podía hacer un cine
nacional si no había un país independiente. Eso fue lo
que dio nacimiento a este Nuevo Cine, con cineastas que
se identificaron con la necesidad de que los países de
América Latina fueran más independientes, pues no pocos
de ellos fueron hechos prisioneros, torturados,
desaparecidos, exiliados —que por cierto, ninguno de
ellos fue a dar a Miami. Esa herencia es la que recibe
el Nuevo Cine, estar consciente de que la independencia
del cine está relacionada con la independencia nacional.
Hoy en día empiezan a surgir nuevos
aires en América Latina. Eso nos devuelve la posibilidad
de luchar porque se acabe de estabilizar una producción
cinematográfica en nuestra región, porque un país sin
imagen es como un país que no existe. Por tanto, si se
ha logrado algo de visibilidad del continente a través
de las películas, en estos momentos hay más
posibilidades de avanzar por esa dirección.
Además, debo decir que hay que
luchar también por que se vea cine de todas partes del
mundo, no de un solo lugar. No se le garantiza todavía
al público el derecho a elegir. En todas partes está
viendo la misma cinematografía y por lo tanto es un
público cautivo. Hay que recuperar el derecho a elegir,
viendo cine de todas partes. No hay verdadera libertad
para el creador si no hay también libertad para el
espectador.
¿Cree que la Escuela
Internacional de Cine y Televisión (EICTV) ha
contribuido a la emancipación cinematográfica de
Latinoamérica, en estos años de labor?
La Escuela de San Antonio es un
producto de Fidel y de García Márquez, ante una idea que
propuso el Comité de Cineastas de América Latina. Por
tanto, es una escuela que se fundamenta en los
principios que han regido al Comité de Cineastas, esa es
su herencia. Está fomentando un desarrollo docente que
no se base solamente en la técnica. La EICTV no es
tecnocrática. No minimiza la importancia de la técnica,
pero está consciente de que no es lo más importante.
La EICTV no hace artistas: el
artista nace, no se hace en ninguna parte. Nosotros lo
que hacemos es contribuir al desarrollo del talento
artístico. Ese es nuestro propósito fundamental: crear
el ambiente necesario para el desarrollo artístico. Creo
que se ha logrado bastante, pero es algo que siempre
debemos estar perfeccionando. Hasta ahora, por ejemplo,
el curso regular donde se enseña dirección, cámara,
edición, producción, sonido, etcétera… tenía una
extensión de dos años. Ahora lo ampliamos a tres porque
vamos a incorporar la televisión y las nuevas
tecnologías. Es decir, la EICTV aspira a tener un
pensamiento más contemporáneo. No creemos que por tener
un equipo técnico moderno se es moderno: la modernidad
la da el nivel de ideas que se expresen a través de esa
tecnología.
Sin embargo, para usted la
imagen no ha sido suficiente. Ha mostrado su pensamiento
teórico a través del ensayo también. ¿Por qué ha sentido
esa necesidad?
Decía un gran escritor y poeta del
Caribe que la poesía no es más que exploración de uno
mismo. Curiosamente, en el movimiento del Nuevo Cine
Latinoamericano han sido los propios cineastas quienes
han explorado la teoría, más que los críticos. Así
sucedió con Glauber Rocha, con Pino Solana y Octavio
Getino, con La
estética del hambre
y El tercer cine respectivamente,
y yo hice
Por un cine imperfecto en los 60. No
creábamos una teoría para que sirviera de guía al hacer
arte, sino que hacíamos películas para reflexionar sobre
ellas, no para marcar una línea estética del
subdesarrollo, ni mucho menos. En ese aspecto es
bastante orgánico, porque no solo haciendo películas,
sino reflexionando sobre ellas es que uno puede
explorarse cada vez más.
Llegado a la octava década,
Julio, ¿se mantienen la energía, las ideas, quedan
proyectos para seguir creando?
Mientras uno tenga proyectos está
vivo, y yo tengo mis proyectos todavía. Pienso que la
escuela me deje espacio suficiente para poder seguir
haciendo mis películas. |