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Según ha contado Roberto Fernández Retamar, Julio García
Espinosa publicó en Roma, en 1952, una modesta edición
de su libro de poemas Aquí en mi país.
Por
esos años había otros tres latinoamericanos fascinados
por el nuevo cine que nacía en Italia:
Tomás
Gutiérrez Alea, Gabriel García Márquez y Fernando Birri,
que junto, entro otro amantes del cine, a uno de los
grandes guionistas del neorrealismo, Cesare Zavattini,
soñaban, experimentaban y buscaban su verdad en el
Centro Experimental de Cinematografía de Roma.
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Julio
había desembocado en los brazos del séptimo arte luego
de amores contrariados: primero, uno infantil por la
música, al que abandonó, por prejuicios según sus
propias palabras “Yo
había estudiado piano siendo niño pero tuve la
fatalidad, aunque por otro lado la recuerdo con mucho
cariño, de estudiarlo con una profesora que me impartía
las clases junto a una ventana que daba a la calle. Y
allí estaba yo obligado a tomar clases de solfeo, rezado
ni siquiera cantado, a la vista de todo el mundo.
Prácticamente tenía que fajarme todos los días con los
muchachos del barrio, se burlaban de mí por estudiar
piano. Tuve que abandonarlo y dedicarme a la tumbadora
porque aquello no tenía remedio y yo quería que me
aceptaran en su ambiente. (…) Hoy me río, pero,
entonces, estudiar piano cerca del parque Trillo, en el
mismo centro de Cayo Hueso, era tremendo. Ese barrio me
marcó de una manera definitiva porque allí me hice de
una formación popular”.
También
había sido actor; junto a los hermanos Raquel y Vicente
Revuelta, fundó el grupo Teatro Estudio. Pero fue el
cine, tal vez por combinar las otras manifestaciones, el
arte que lo sedujo hasta hoy. Su nombre se inscribe
entre los cineastas que filmaron El mégano,
documental simiente de lo que sería después el cine
revolucionario cubano.
Además
Julio perteneció a la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo,
crisol de intelectuales progresistas y de izquierda,
donde presidió la sección de cine.
A
petición del comandante Camilo Cienfuegos, en enero de
1959, fue Jefe de la Sección de Arte de la Dirección de
Cultura del Ejército Rebelde. En ese entorno se
realizarían los primeros documentales de la Revolución:
Esta tierra nuestra y la Vivienda. Allí
colaborarían también Tomas Gutiérrez Alea y Manuel
Octavio Gómez.
Fundador del ICAIC en marzo de 1959, realizó en 1960
Cuba baila, su primer obra de ficción, a la que
siguió en 1961, con argumento de Cesare Zavattini, El
joven rebelde.
Seis
años
más tarde aparecería Aventuras de Juan Quinquín,
cinta con la que Julio lograría ahuyentar los fantasmas
del neorrealismo que lo rondaron en sus dos piezas
anteriores. Película beneficiada por la crítica y por el
público, devenida para muchos un clásico del cine
cubano, fue la causa de uno de los textos más polémicos
y alucinantes Por
un cine imperfecto.
Lo escribió en 1969, según sus propias palabras, a
partir de las interrogantes que el filme despertó en él.
Treinta
años después García Espinosa dijo “Creo que lo básico,
lo esencial de la posición que defendía en Por un
cine imperfecto, todavía mantiene un potencial
grande, puesto que todavía hoy no podemos ignorar los
códigos que tiene la gente para comunicarse con el cine.
Y esos códigos pueden ser utilizados al mismo tiempo que
son desmontados para desalinearnos”.
A su
vez el crítico Juan Antonio García sostiene “Aquel texto
fue la carta de presentación de un polemista ejemplar,
de uno de los pocos teóricos sistemáticos con el cual
desde entonces ha contado nuestro cine, y en sentido
general, el audiovisual latinoamericano (…) Creo que si
un crédito singulariza a Julio García Espinosa dentro
del grupo de estudiosos que se han aproximado al cine
nacional, es el hecho de haber sido nuestro primer
ensayista sistemático”.
A ese
hecho de la escritura, también de guiones, Retamar le
confiere su justo valor: “Son numerosos los guiones de
películas ajenas en que participara. Recuerdo cómo
alguien tan exigente como Titón me hablaba de su aprecio
por esta labor esforzada y modesta de Julio. Lo que le
debe el cine cubano, el cine a secas, es difícil de
valorar en toda su dimensión”
Otro
ensayista, Víctor Fowler, apunta que “si algo destaca en
esa trayectoria de García Espinosa es su voluntad de
pensar y vivir la vida como un hombre de la época de los
medios de comunicación”.
Tanto
es así que Julio considera que en la caída del Muro de
Berlín “habría que anotar que se perdió la guerra de los
medios de comunicación”.
Hombre
que confiesa “mi agonía fundamental es la contradicción”
no cesa de evaluar el desarrollo de las nuevas
tecnologías “el cine es un espectáculo al cual uno tiene
que salir, y es colectivo en tanto que espectador.
Después aparece la televisión y el espectador sufre un
cambio porque ya es en la casa, no tiene que salir y es
individual. Llega el digital, llega el video, llega
Internet y con ello el espectador sufre un cambio total:
ya no solo es en la casa, no solo es individual, sino
que se puede ser consumidor y también productor.
Entonces esa evolución que la tecnología le permite al
espectador para nosotros significa un desafío, y tenemos
que buscar respuestas a esta situación que nos parece
que puede favorecer, no solo un pensamiento en el cual
el espectador puede moverse con más libertad, sino
también un tipo de pensamiento más contemporáneo, de
manera que en las nuevas tecnologías el problema no es
fascinarse tecnológicamente con ellas, sino ver si esa
tecnología nos favorece a nosotros un pensamiento mucho
más actualizado o contemporáneo que el que hemos tenido
hasta ahora”.
Esta
valiosísima aproximación a las modernas pistas de la
comunicación la realiza un hombre que en este septiembre
cumplió 80 años de vida. Quizás sea uno de los
candidatos más lúcidos al club de los 120 años, porque
aún con cuatro décadas más abrigará el joven y maduro
pensamiento de un hombre (o mujer) de 40 años. |