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Un hombre joven y fuerte me conmina, me invita, casi me
amenaza para que me le acerque. El detalle
imprescindible es que el individuo se encuentra –con su
cara hosca y sus dientes dorados- en la puerta de casa
de los amables Cordero, aquí donde vivo y trabajo junto
a Tania. No voy, y el robusto desconocido no entiende.
Cuando se percata de que no me levantaré de la silla es
que anuncia –masticando las palabras con rabia- el
producto que anda ofreciendo. Fervor similar despliegan
otros “visitantes”, sin importarles de que la telenovela
esté en su momento crucial, falte un out para decidir el
campeonato de pelota o una cucharada para dar cuenta del
almuerzo del día.
Ya se
sabe que vinculado a la más añeja tradición de la música
popular cubana, “El manisero”, de Moisés Simons, le ha
dado la vuelta al mundo en todas las direcciones
posibles. Mi madre (o mamá, como solemos decir los
cubanos) me contaba hace poco sobre lo pintorescos e
ingeniosos que resultaban los vendedores que penetraban
en lo hondo de la campiña con sus mercancías. Ahí se
daba la figura del comerciante integral, ese que lo
mismo vendía un jabón que compraba un cesto de huevos
criollos y frescos. También estaban los de telas, casi
todos moros, nombre que se le daba en Cuba a
hebreos y otros extranjeros que se dedicaban al
comercio. Se trata de una vocación de nombrar tan cómoda
e inexacta como llamar gallegos a todos los españoles
que llegaron a Cuba.
Mami me
habla de un vendedor de joyas y me extraño, conociendo
la tremenda pobreza que solía padecer mi familia y la
mayoría de los vecinos en nuestro campo de origen. Me
aclara que las jóvenes trataban de quedarse con un
recuerdo, una coquetería, un alivio después de meses
escogiendo el tabaco. Me gusta la imagen de la muchacha
rural separando las hojas, asumiendo el dolor de espalda
y soñando con –al final de la temporada- comprarse una
sortija para que luzcan más bellas esas manos destinadas
a la dura faena.
El
pregón actual no suele tener casi nada de canto ni
dulzura lírica alguna. Más bien puede parecer un breve
ladrido. Claro, hay excepciones. Una panadera que
atraviesa nuestra calle Amistad logra un simpático
acento en la segunda sílaba de su continuo pregonar. Ya
escribí una crónica sobre el sobrio vendedor de
golosinas que trabaja a la entrada de la cinemateca y
después entra a disfrutar la película. Pero la mayoría
de los “luchadores” callejeros dan la idea de que lo más
importante no es el atractivo de su ofrecimiento, ni la
necesidad que pueda tener el potencial comprador, sino
la prisa del que vende, su imperiosa ansiedad por
llevarse la plata al bolsillo.
Se da el
caso de vendedores muy familiares. Se ha hecho común
recibir el tratamiento de tío, abuelo, padrino y otras
lindezas de cualquier desconocido. Hubo uno que me
sacaba de la siesta a menudo con aquello de “Arriba, que
llegó Papito”, si lograba reconciliarme con el sueño,
volvía a despertar, pues media hora después de proclamar
su arribo, el hombre se despedía con similar alboroto:
“Arriba, que se va Papito…”. Tal vez los caramelos
serían dulces y bien recibidos, pero a mí lograban
amargarme la tarde. |