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Aunque
el artefacto, técnica o medio expresivo es el mismo:
una cámara fotográfica, históricamente no ha sido
exactamente igual posicionarse detrás de un lente como
foto-reportero que como artista. Incluso hoy —tras las
licenciosas actitudes postmodernas y los diluidos
límites estéticos y socio culturales de los campos
mediáticos y artísticos— no se suele mirar igual por el
visor cuando se afronta la fotografía documental como
manera de producir arte que cuando se asume de antemano
un pensamiento de fotógrafo entrenado para registrar
“objetivamente” la realidad.
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El conflicto
demarcador y cada día más difuso entre ambas posiciones
radica en los grados de libertad que ha de procurarse
la mirada discrecional al atrapar los mejores
significantes de lo cotidiano y lograr la imagen
documental más contundente en términos de significación
para con: la pesada carga de referentes del pasado, el
propio y volátil tiempo de su generación, y el
impredecible futuro donde deberán revalidarse
históricamente como memoria cultural o artística.
Para el artista, el
debate generalmente se agudiza cuando lo documental le
exige cuidados ante una posible desmedida o libérrima
trasgresión de los códigos comunicativos, para el
foto-reportero de oficio los dilemas suelen aflorar en
el proceso de sopesar, ante la riqueza de la realidad,
esa quimérica objetividad que utilizan los grandes
medios para justificar, muy a menudo, una masiva
complacencia al tamizado ojo espectador que aguarda por
la espectacular o veraz gráfica que certifica la gran
noticia.
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Es en los predios de
ese sostenida y global disyuntiva de lo visual
retratado, conscientemente asumida o no, donde
encuentro las más polémicas atracciones de la muestra
De este lado del Mundo: cinco visiones fotográficas
latinoamericanas, exposición colectiva que
actualmente se muestra en la galería Majadahonda del
Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau y donde son
protagonistas como hacedores los fotógrafos Pedro
Guzmán (Republica Dominicana), Fuad Valenzuela
(Bolivia), Eduardo Valenzuela (Ecuador) y los cubanos
Alain Gutiérrez y Daniel Hernández.
Y reflexiono más
sobre estas polémicas atracciones sin obviar que la
colección tiene otros valores meridianos como son su
innegable contribución a la necesaria diversidad de
miradas sobre el presente acontecer universal,
enfocando auténticamente, y con ánimos de reflexión
positivistas, el duro vivir de varias regiones del sur,
latinas, pobres, pero no exentas de belleza y derroches
humanos trascendentes.
Volviendo entonces a
lo más complejo del asunto expositivo, De este lado
del Mundo evidencia en su conjunto total de fotos
esa pugna ingénita al foto-reportero, quien finalmente
termina queriendo de igual manera a aquellas mejores
piezas que consiguen lo mismo un mayor acercamiento a
los presupuestos artístico-contemporáneos que esas otras
que él sabe la escuela y el gremio más ortodoxos
felicitarían por su muy buena o perfecta hechura e
incluso a aquellas menos magistrales que por especial
motivo representan en la imagen un instante único.
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En las cinco series
que integran esta interesante muestra la curaduría se
permitió esa posibilidad. Y obviando alguna que otra
foto prescindible por dañar el aura de una mayoría,
cualquiera de los conspicuos ángulos valorativos por
donde se observen estas fotografías nos permitirán
felices sorpresas ante esas visuales maneras de
relacionar hombre-objeto que consigue Pedro Guzmán, el
magnífico manejo de planos con que Fuad Laudivar resalta
las vívidas tradiciones de su pueblo, las profundidades
que consigue Eduardo Valenzuela con un lente entrenado
en la teatralidad, la ingenuidad e inocencia que expiran
las obras de Daniel Hernández y la alta espiritualidad
introspectiva con que Alain Gutiérrez recorre cada día
La Habana, adecuándose al entrono de su vejez y saltando
por encima de esas convenciones con que se suele
contemplar la provocación habitual de lo nuevo. |