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Supongo que para
la casi totalidad de los aquí reunidos,
el Instituto Superior de Arte es más que
un lugar querido de la ciudad. En
realidad es un pedazo de nuestras vidas,
parte de nuestra geografía sentimental.
Allí nos formamos, allí estudiamos y
trabajamos, allí vivimos y eso lo
explica claramente. Sin sobrevalorar
esos intransmisibles y no poco
importantes sentimientos personales, el
ISA ocupa por sí mismo un sitio en las
coordenadas de la cultura nacional,
gracias a que ha sido el espacio donde
buena parte del arte cubano
–la música, la plástica, el
audiovisual, la danza y el teatro–, ha
encontrado su laboratorio libre,
fecundo, germinativo y renovador.
En
este 2006 ha cumplido 30 años, las
mismas tres décadas que Frank Castorf
lleva haciendo teatro, un teatro
auténtico y revelador, creador de un
universo reconocible en medio mundo,
marca de agua de la cual pocos artistas
de hoy pueden blasonar; asomados, como
estamos todos, al mercado, también de
las estéticas.
Han
sido para él treinta años de intenso
quehacer, al cabo de los cuales puede
presentar una impresionante hoja de
puestas en escena, nacidas a partir de
una brillante constelación de autores
dramáticos clásicos y contemporáneos.
Sus infaltables Goethe, Schiller y
Brecht, los de todos, como también
aquéllos, Shakespeare, Ibsen, Strindberg,
Sartre, Camus y O’Neill, sus
“descubrimientos” llamados Heiner Müller
o Elfriede Jelinek o sus amados rusos
Dostoyevski y Bulgákov, en los últimos
tiempos Tennessee Williams.
Pero
aun más excitante es el tratamiento que
a todos ha dispensado. Castorf mete sus
manos en el magma de los textos
originales, sean teatrales o narrativos,
y los devuelve en su perenne actualidad.
Explora los límites, los bordes mismos
del teatro como manifestación y sobre el
escenario la arquitectura, la plástica,
el cine, la música, la ópera y la
actuación consiguen el milagro de
colocarnos ante el teatro total
preconizado por Wagner.
No se
trata, sin embargo, de un mero ejercicio
de epatancia lúdicra o de un superficial
juego para lustrar el espectáculo con la
textura de los tiempos que corren.
Cierto que resulta provocador, pero sus
imágenes se asientan en el fuego de una
poderosa estructura intelectual y de
sentido. Castorf lee la condición humana
desde una penetrante mirada sobre el
presente sin olvidar nunca que ese
enigma artístico persigue una
comunicación social y hasta política. No
pocas incomprensiones y censuras le
trajo ante los rígidos esquemas de la
extinta República Democrática Alemana,
donde nació y se formó. No escasas
desaprobaciones y polémicas le trae
ahora en la Volksbühne, su enorme
trinchera de trabajo, desde hace 15
años, en el centro de Berlín.
Heredero de Piscator e hijo díscolo de
Brecht, a quienes tanto conocemos y
queremos aquí, Frank Castorf representa
la continuidad renovada de lo mejor del
arte y la cultura alemanas, a las cuales
avistamos en estos días habaneros de la
mano del teatro.
Permítaseme, por último, una estricta
apreciación personal: lo más conmovedor
de Castorf es la consecuencia entre su
obra y su persona, entre su estética y
sus ideas, y la auténtica normalidad de
este hombre, su no fingida humildad, su
curiosidad ante el otro, síntomas de su
verdadera grandeza.
El
Diploma al Mérito Artístico que el
Instituto Superior de Arte le entrega
hoy a Frank Castorf une sus respectivas,
ricas y similares trayectorias,
paralelas en el tiempo, con un puente,
seguramente fuerte e irradiador.
Leído por su autor en la
ceremonia de entrega, por parte del
Instituto Superior de Arte, del Diploma
al Mérito Artístico al director teatral
alemán Frank Castorf, en la tarde del 29
de septiembre de 2006, en la Fundación
Ludwig de Cuba. |