Año V
La Habana
11
al 17 de NOVIEMBRE
de 2006

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El experimento
Bertolt Brecht


La trayectoria pública del gran Francis Bacon terminó con una parábola perfectamente ilustrativa de ese falaz refrán que dice: «Quien mal anda, mal acaba». Ocupaba el cargo de gran canciller cuando fue acusado de aceptar sobornos y encarcelado. Los años en que fue lord canciller cuentan, con sus ejecuciones, sus concesiones de nocivos monopolios, sus detenciones arbitrarias y sus fallos judiciales impuestos desde arriba, entre los más negros y vergonzosos de la historia de Inglaterra. Su fama mundial de humanista y filósofo motivó el que, una vez desenmascarado y confeso, se diera publicidad a sus delitos más allá de las fronteras del reino.

Era ya un anciano cuando se le permitió salir de prisión y retirarse a su casa de campo. Su cuerpo estaba debilitado por tantos esfuerzos como había gastado en arruinar a sus semejantes, así como por los sufrimientos que le habían hecho pasar quienes, a su vez, provocaron su ruina. Pero tan pronto como pisó otra vez su casa, entregóse de cuerpo y alma al estudio de las ciencias naturales. Puesto que había fracasado en el gobierno de los hombres, ahora dedicaba las pocas fuerzas que le quedaban a investigar cómo podía la humanidad dominar más fácilmente las fuerzas de la naturaleza.

Sus investigaciones, referidas siempre a cosas útiles, le obligaban a trocar de vez en cuando su estudio por los campos, los jardines y los establos de su hacienda. Pasaba horas enteras hablando con los jardineros sobre la posibilidad de mejorar mediante injerto los frutales, o bien daba instrucciones a las criadas sobre cómo medir la producción lechera de cada una de las vacas. En medio de estas actividades, le llamó la atención un mozo de cuadra. Había enfermado un caballo muy valioso, y el mozo informaba al filósofo dos veces al día acerca del estado del animal. El tesón y las grandes dotes de observación del muchacho entusiasmaron al anciano.

Una noche, sin embargo, al entrar en el establo vio junto al muchacho a una vieja, a la que oyó decir:

—Es un hombre malo; ten cuidado con él. Aunque sea un gran señor y tenga montones de dinero, es un hombre malo. Él te da de comer: haz, pues, con esmero lo que te ordene, pero no olvides nunca que es un hombre malo.

El filósofo, sin detenerse siquiera a escuchar la respuesta del mozo, diose media vuelta y regresó presto a casa. A la mañana siguiente pudo comprobar, sin embargo, que el muchacho no había cambiado de actitud hacia su persona.

Cuando hubo sanado el caballo, el anciano filósofo comenzó a hacerse acompañar del joven en muchos de sus paseos e incluso confió al muchacho pequeñas tareas. Poco a poco fue acostumbrándose a hablar con él de algunos de sus experimentos. Para ello, el filósofo no escogía en absoluto aquellas palabras que los adultos en general consideran adecuadas al nivel de comprensión de un niño, sino que le hablaba como a una persona instruida. Durante toda su vida había alternado con las mentes más brillantes, y muy pocas veces se le había comprendido, no porque fuera poco claro, sino precisamente por serlo en exceso. El anciano no se preocupaba, pues, por las dificultades del muchacho, aunque, eso sí, le corregía pacientemente cada vez que trataba de utilizar palabras nuevas para él.

El ejercicio fundamental del mozo consistía en describir las cosas que veía y los fenómenos que observaba a su alrededor. El filósofo le enseñaba cuántas palabras había y cuántas de esas palabras se necesitaban para describir el comportamiento de tal o cual objeto de modo que resultara reconocible por la descripción que de él se hacía y, sobre todo, que pudiera ser tratado sobre la base de esa descripción. Existían también ciertas palabras que convenía evitar, pues en el fondo no querían decir nada: palabras como «bueno», «malo», «bonito», etcétera.

El joven pronto comprendió que apenas tenía sentido calificar de «feo» a un escarabajo. Ni siquiera «rápido» bastaba como calificativo, pues hacía falta precisar a qué velocidad se movía en comparación con otros seres de su mismo tamaño, amén de establecer qué le permitía esa rapidez. Había que colocarlo sobre una superficie accidentada y a continuación sobre otra plana, y hacer ruidos que lo movieran a huir, o bien colocarle pequeños cebos para atraerle. Conforme uno se acostumbraba al bicho, iba perdiendo éste su fealdad. En cierta ocasión, el filósofo pidió al muchacho que describiera el trozo de pan que tenía en aquel momento en la mano.

—En este caso puedes emplear sin miedo la palabra «bueno» —le explicó el anciano—, pues el pan se ha hecho para que el hombre lo coma y puede ser bueno o malo para él. Por el contrario, cuando se trata de cosas de mayor tamaño, pertenecientes al reino de la naturaleza, pero que no han sido creadas con una finalidad precisa y mucho menos pensando en el provecho de los hombres, resulta absurdo contentarse con palabras como ésas.

El muchacho recordó en ese momento lo que le había dicho su abuela acerca de milord.

Hacía el mozo rápidos progresos en punto a comprensión, pues todo lo que había que entender —por ejemplo, que el caballo había sanado gracias a los remedios empleados o que un árbol perecía por culpa de otros supuestos remedios— se reducía a cosas tangibles. Igualmente, comprendía el muchacho que siempre debía quedar una duda razonable respecto a si las transformaciones observadas se debían realmente al empleo de tal o cual método. Si bien el mozo apenas alcanzaba a comprender la importancia científica de las teorías del gran Bacon, le entusiasmaba, en cambio, la evidente utilidad de aquellas empresas.

Él entendía así al filósofo: Había comenzado para el mundo una nueva era. La humanidad acumulaba nuevos conocimientos casi diariamente. Y toda esa ciencia contribuía al bienestar y la felicidad terrena. La ciencia marchaba ahora a la cabeza. Estudiaba la ciencia, el universo, todo lo que existe sobre la tierra: plantas, animales, suelo, agua, aire, para sacar de todo ello el máximo provecho. Lo importante no era ya lo que uno creía, sino lo que se sabía. Se creían demasiadas cosas, y eran muy pocas las que se sabían con certeza. Por eso era preciso someterlo todo personalmente a examen, y no hablar más que de lo que uno podía ver con sus propios ojos y podía además resultar provechoso.

Era ésa la nueva doctrina, y era cada vez mayor el número de personas que la seguían, entusiasmadas y dispuestas a llevar a cabo las nuevas tareas.

Los libros desempeñaban un papel importante en aquella grandiosa empresa, aun cuando no todos ellos fuesen buenos. El muchacho comprendía perfectamente que debía acercarse a los libros si es que quería contarse algún día entre aquellos pioneros del saber.

Naturalmente, jamás se le permitió el acceso a la biblioteca de la casa. Esperaba siempre a milord frente a los establos. A lo más que llegó en cierta ocasión fue a entrar en el parque para hacerse allí el encontradizo con el anciano, y si recurrió a eso fue porque el filósofo llevaba ya varios días sin aparecer por los establos. Mas su curiosidad por aquel pequeño estudio en el que todas las noches ardía una lámpara hasta muy tarde iba en aumento. Desde un seto que había frente al cuarto del filósofo pudo un día el muchacho echar un vistazo a las estanterías de libros.

Por fin decidió aprender a leer. No era aquélla en absoluto una empresa fácil. El párroco, a quien comunicó su deseo, le miró como a un bicho raro.

—¿Pretendes acaso leer a las vacas el Evangelio del Señor? —le preguntó malhumorado, y el muchacho pudo darse por satisfecho con salir de allí sin una bofetada.

No le quedó, pues, más remedio que elegir otro camino. En la sacristía de la iglesia había un misal. Mas allí tan sólo lograría entrar si se ofrecía como campanero. Con tal de averiguar cuáles eran los pasajes que el cura cantaba durante la misa, debía ser posible hallar una relación entre las palabras y las letras. En cualquier caso, el mozo comenzó a aprenderse de memoria las palabras latinas que oía cantar al cura: si no todas, por lo menos algunas. Lo malo era que éste no pronunciaba con demasiada claridad y que, además, muchas veces ni siquiera leía la misa.

Con todo y eso, al cabo de algún tiempo el chico era ya capaz de entonar por su cuenta algún que otro comienzo de plegaria. Un día le sorprendió el caballerizo mientras ensayaba detrás del pajar, y le dio una buena tunda por parodiar al cura. La bofetada llegó a su destino, después de todo.

Aún no había logrado averiguar a qué partes del misal correspondían las palabras que cantaba el párroco, cuando una gran catástrofe vino a interrumpir sus esfuerzos por aprender a leer. Milord cayó gravemente enfermo.

Había estado achacoso durante todo el otoño y no había tenido aún tiempo de recuperarse cuando, aquel invierno, emprendió un viaje en trineo abierto con el fin de visitar una hacienda situada a varias millas de distancia. El muchacho, que había recibido permiso para acompañarle, iba de pie sobre el patín, junto al pescante.

Cuando, tras acabar la visita, volvía el anciano con paso torpe al trineo acompañado del anfitrión, vio en medio del camino un gorrión helado. Detúvose y con la punta del bastón dio la vuelta al pajarillo.

El muchacho, que trotaba tras ellos cargado con un botellón de agua caliente, oyó cómo milord preguntaba al dueño de la casa:

—¿Cuánto calculáis que lleva ahí tieso?

La respuesta fue:

—Lo mismo puede llevar una hora que una semana o más.

El anciano continuó su marcha pensativo y se despidió luego distraídamente de su anfitrión.

—La carne sigue estando fresca, Dick —dijo, volviéndose al muchacho, cuando el trineo se hubo puesto en marcha.

Hicieron el último trecho a bastante velocidad, pues ya la noche comenzaba a descender sobre los campos nevados y el frío era cada vez más intenso. Así fue cómo al atravesar el portón de la granja atropellaron a una gallina que se había escapado, al parecer, de los corrales. El anciano observó los esfuerzos del cochero por evitar a la gallina, que revoloteaba torpemente, y mandó parar cuando vio que la maniobra había fracasado.

Tras liberarse con dificultad de las mantas y pieles que le cubrían, se apeó del trineo y, apoyándose en el muchacho, caminó hasta el lugar donde yacía el ave, sin hacer caso de las advertencias del cochero sobre el peligro que corría con el frío.

La gallina estaba muerta.

El anciano ordenó al muchacho que la recogiera.

—Sácale las entrañas —le indicó.

—¿Por qué no lo hacemos en la cocina? —preguntó el cochero, que temía que su amo no resistiese, achacoso como estaba, aquel viento tan frío.

—No, es mejor aquí —respondió éste—. Dick debe llevar encima un cuchillo, y necesitamos nieve.

El muchacho hizo lo que se le ordenaba, y el anciano, que aparentemente había olvidado su enfermedad y el frío reinante, se agachó y recogió con esfuerzo un puñado de nieve. Cuidadosamente rellenó entonces con nieve el interior de la gallina.

El muchacho por fin comprendió. También él recogió nieve y se la entregó a su maestro para que pudiera rellenar debidamente la gallina,

—Así se mantendrá fresca durante semanas —explicó, entusiasmado, el anciano—. ¡Colócala sobre las baldosas del sótano!

El viejo Bacon recorrió a pie el breve camino que los separaba de la puerta de entrada. Parecía un tanto agotado y, al caminar, se apoyaba fuertemente en el muchacho, que llevaba bajo el brazo la gallina rellena de nieve.

Al entrar en el vestíbulo sintió un fuerte escalofrío. A la mañana siguiente, el anciano guardaba cama, aquejado de fuerte fiebre. El muchacho estuvo rondando, preocupado, la casa de su maestro, tratando de averiguar algo sobre su estado de salud. De muy poco pudo, sin embargo, enterarse; en la hacienda, la vida continuaba como si tal cosa. Sólo al tercer día se produjo una novedad: llamaron al muchacho al estudio.

El anciano estaba acostado en un catre de madera, cubierto por mil mantas, pero las ventanas permanecían abiertas, de modo que hacía frío dentro del cuarto. Sin embargo, el enfermo parecía estar ardiendo. Con voz temblorosa preguntó al muchacho por el estado de la gallina que habían rellenado de nieve. El mozo replicó que seguía tan fresca como al principio.

—Estupendo —exclamó el anciano, satisfecho—. ¡Vuélveme a informar dentro de dos días!

Mientras salía de la habitación, el muchacho lamentó no haber traído consigo la gallina. El anciano no parecía estar tan grave como aseguraba la servidumbre.

Renovaba el mozo la nieve dos veces por día, por lo que la gallina continuaba en perfecto estado cuando se encaminó aquél nuevamente a la habitación del enfermo.

Esta vez tropezó con obstáculos totalmente imprevistos.

Habían llegado varios médicos de la capital. El pasillo vibraba de susurros imperativos y sumisos, y abundaban por todas partes los rostros desconocidos. Un sirviente que entraba en el cuarto del enfermo con una bandeja cubierta por un amplio paño le indicó bruscamente que se largara.

Durante la mañana y parte de la tarde el mozo hizo varios intentos, todos ellos vanos, por entrar en la habitación de su maestro enfermo. Los médicos parecían querer establecer allí su residencia. Al muchacho, aquellos individuos se le antojaban negros pajarracos dispuestos a lanzarse sobre un pobre anciano indefenso. Al anochecer, Dick se escondió en un tabuco junto al pasillo, en el que hacía muchísimo frío. Aunque no dejaba de tiritar, el muchacho se dio por satisfecho, pues aquella temperatura favorecía el experimento, ya que era preciso que la gallina se mantuviera helada.

A la hora de la cena remitió un poco la marea negra, y el muchacho pudo colarse en la habitación.

El enfermo estaba solo; todos se habían ido a comer. Junto al catre había una lámpara de cabecera con pantalla verde. El rostro del anciano aparecía extrañamente contraído y pálido como la cera. Tenía el enfermo los ojos cerrados, pero sus manos se agitaban nerviosas sobre la tiesa manta. Hacía en la habitación un calor excesivo; habían cerrado todas las ventanas.

El muchacho se acercó al lecho, mostrando con gesto convulso la gallina y repitiendo en voz queda:

—Milord... milord.

No obtuvo respuesta. El anciano no parecía dormir, sin embargo; movía los labios de cuando en cuando como si hablara. El muchacho decidió llamar su atención, firmemente convencido como estaba de la necesidad de recibir nuevas instrucciones en relación con el experimento. Pero antes de que pudiera tirar de la manta, cuando ya había depositado sobre una silla la caja que contenía la gallina, sintió que le asían por detrás y le apartaban violentamente del lecho. Quien le había agarrado era un tipo gordo de rostro gris, que se le quedó mirando como si tuviera delante a un asesino. Sin perder un instante la serenidad, el muchacho logró zafarse de las garras de aquel hombre y, dando un salto, recuperó la caja con la gallina para salir de naja por la puerta.

Mientras atravesaba el pasillo parecióle que le había visto el mayordomo segundo, que subía en aquel instante la escalera. Aquello era grave. ¿Cómo demostrar que había acudido a la casa cumpliendo sólo una orden de milord, con quien estaba colaborando en un importante experimento? El anciano estaba totalmente en poder de los médicos; el hecho de que todas las ventanas de su cuarto permanecieran cerradas era prueba más que suficiente.

Como se temía, no tardó en ver a uno de los sirvientes cruzar el patio en dirección al establo. Renunció, pues, a su cena y —tras dejar la gallina otra vez en el sótano— se escondió en la parte del establo donde se guardaba el forraje.

No pudo dormir tranquilo, preocupado como estaba por la posibilidad de verse envuelto en algún lío con la justicia. A la mañana siguiente, no sin grandes titubeos, dejó su escondite.

Sin embargo, nadie se fijó en él. Reinaba en la hacienda un gran ajetreo. Milord había muerto al amanecer.

El muchacho anduvo todo el día de un lado para otro, como aturdido. Tenía la sensación de que no iba a poder soportar aquella pérdida. Cuando aquella tarde descendió al sótano con una fuente llena de nieve, su dolor por la desaparición del anciano se trocó en aflicción por el experimento interrumpido. Y el muchacho lloró amargamente sobre la caja que contenía la gallina. ¿Qué sería del gran descubrimiento?

Al regresar a la casa de su amo —sentía los pies tan pesados que se volvió para mirar sus huellas en la nieve, pensando que serían más profundas que lo habitual— pudo comprobar que los médicos londinenses no se habían marchado aún. Sus coches continuaban allí. Venciendo la repugnancia que le inspiraba la idea, el muchacho resolvió comunicarles el descubrimiento. Eran hombres de ciencia y reconocerían la trascendencia del experimento. Fue a buscar la caja donde tenía la gallina congelada y se escondió detrás del pozo hasta que vio pasar a uno de aquellos señores, un individuo rechoncho y de aspecto no demasiado temible. El muchacho se le acercó y le mostró su caja. Al principio, por más que se esforzaba, no le salía la voz, pero por fin consiguió exponer el caso con frases un tanto incoherentes.

—Milord la encontró muerta hace seis días, excelencia. La rellenamos de nieve. Milord pensó que así lograría conservarse fresca. ¡Compruébelo usted mismo! Se conserva como al principio.

El hombrecillo miró asombrado dentro de la caja.

—¿Y qué más? —preguntó.

—No se ha descompuesto —replicó el muchacho.

—Ajá —exclamó el hombrecillo.

—Examínelo usted mismo —le instó el muchacho.

—Ya lo veo —contestó el hombrecillo meneando la cabeza. Y con ese movimiento de cabeza se alejó.

El muchacho le siguió con la vista, completamente desilusionado. No podía comprender al hombrecillo. ¿Acaso milord no había muerto por apearse del trineo y exponerse al frío para llevar a cabo aquel experimento? Incluso había recogido la nieve con sus propias manos. Aquélla era la realidad.

El mozo regresó con paso lento hacia la puerta del sótano, pero antes de llegar se detuvo, giró rápidamente sobre sus talones y echó a correr en dirección a la cocina.

Encontró al cocinero muy ocupado, pues se esperaba la visita de algunos vecinos de la comarca que deseaban expresar su pésame personalmente.

—¿Qué quieres hacer con esa ave? —gruñó el cocinero—. Está congelada.

—No importa —replicó el muchacho—, milord dijo que no importaba.

El cocinero le miró distraído un instante; después se dirigió torpemente hacia la puerta con una gran sartén en la mano y la intención evidente de arrojar algunos desperdicios. El muchacho le siguió tenaz con su caja en las manos.

—¿Por qué no probamos? —suplicó.

Al cocinero se le había agotado la paciencia. Agarró la gallina con sus poderosas manos y la arrojó al centro del patio,

—¿No tienes otra cosa en qué pensar? —bramó—. ¿Es que no sabes que milord ha muerto?

Indignado, el muchacho recogió la gallina y se alejó de allí.

Los dos días siguientes estuvieron dedicados casi exclusivamente a las ceremonias fúnebres. El mozo estuvo muy atareado unciendo y desunciendo caballos. Cada noche, sin embargo, introducía nieve fresca en la caja de la gallina antes de acostarse. Dormía, además, con un ojo abierto. Todas las esperanzas parecían haberse desvanecido de pronto; la nueva era había tocado prematuramente a su fin.

Pero al tercer día, el del sepelio, bien lavado y con sus mejores galas, el muchacho sintió renacer su optimismo. Era un hermoso y sereno día de invierno, y desde el pueblo llegaba el tañido de las campanas.

Lleno de nuevas esperanzas, se dirigió al sótano y examinó larga y minuciosamente la gallina muerta. No encontró huella alguna de descomposición. Con sumo cuidado la introdujo nuevamente en la caja, que rellenó con blanquísima y pura nieve. Tomó entonces la caja bajo el brazo y se encaminó al pueblo.

Silbando de alegría, entró el muchacho en la pequeña cocina de su abuela. La anciana le había criado, pues había quedado huérfano de muy pequeño, y el chico confiaba en ella. Sin mostrarle el contenido de la caja, le habló del experimento de milord, mientras ella se vestía para el entierro.

Su abuela le escuchó con paciencia.

—Pero eso lo saben todos —respondió cuando su nieto hubo terminado—. Se ponen rígidos con el frío y se conservan algún tiempo. ¿Qué hay de especial en ello?

—Creo que nos la podemos comer todavía —contestó el muchacho, fingiendo indiferencia.

—¿Comerse una gallina que lleva ya muerta una semana? ¿No comprendes que es veneno?

—¿Por qué, si no ha cambiado desde que murió? Y si murió fue porque la atropelló el coche de milord, pero estaba sana.

—Pero ¿y por dentro? ¡Por dentro está descompuesta! —contestó la anciana, perdiendo un poco la paciencia.

—No creo —insistió el muchacho mientras clavaba sus ojos claros en la gallina—. La mantuvimos rellena de nieve todo el tiempo. Creo que la voy a cocinar.

La anciana se enfadó muchísimo.

—Tú vienes al entierro —le dijo en tono perentorio—. Creo que milord hizo por ti lo suficiente como para que te dignes acompañar su féretro como corresponde.

El muchacho no respondió. Mientras su abuela se ataba un pañuelo de negra lana a la cabeza, extrajo el muchacho la gallina de la nieve, la sacudió bien y la colocó junto al horno, sobre los leños. Era preciso descongelarla.

La anciana ya no le miraba. Cuando estuvo lista, le tomó de la mano y le sacó de allí con determinación.

El muchacho la siguió sumiso durante un rato. Hombres y mujeres se dirigían como ellos al entierro. De pronto, el nieto soltó un grito de dolor. Había metido un pie en un bache disimulado por la nieve. Con el rostro crispado logró por fin extraer el pie, y fue cojeando hasta una piedra, sobre la cual se sentó.

—Me lo he torcido —dijo mientras se restregaba el tobillo. La anciana le miró desconfiada.

—Puedes andar perfectamente —le dijo.

—No, rezongó el muchacho. Pero si no me crees, siéntate aquí a mi lado hasta que pase el dolor.

La abuela se sentó junto a él sin pronunciar palabra.

Transcurrió un cuarto de hora. Seguían pasando por delante vecinos del pueblo, aunque cada vez en menor número. Abuela y nieto permanecían acurrucados al borde del camino.

Por fin la anciana habló seriamente:

—¿No te enseñó tu amo a no mentir?

Ante el silencio obstinado del muchacho, la anciana se levantó con un suspiro. No aguantaba más el frío.

—Si no me sigues dentro de diez minutos —le amenazó— se lo contaré a tu hermano para que te dé una buena paliza.

Dicho esto, se alejó renqueante, aunque apretando al mismo tiempo el paso, pues no quería perderse la oración fúnebre.

El muchacho esperó hasta que se hubo alejado lo suficiente. Luego se puso lentamente en pie y echó a andar en la dirección contraria. Seguía cojeando y a cada momento se volvía a mirar. Sólo cuando hubo rebasado un seto y se dio cuenta de que la anciana ya no podía verle, volvió a adoptar el paso normal.

Al llegar a la choza se sentó junto a la gallina y se puso a mirarla lleno de esperanza. La pondría a hervir y se comería un ala; así comprobaría si era o no venenosa.

Seguía sentado en el mismo sitio cuando se oyeron tres salvas de artillería. Las disparaban en honor de Francis Bacon, barón de Verulam, vizconde de St. Albans, ex canciller de Inglaterra, que había sembrado el miedo en no pocos de sus coetáneos, pero que, al mismo tiempo, había fomentado en otros muchos el entusiasmo por las ciencias útiles.
 

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