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La trayectoria
pública del gran Francis Bacon terminó con una parábola
perfectamente ilustrativa de ese falaz refrán que dice:
«Quien mal anda, mal acaba». Ocupaba el cargo de gran
canciller cuando fue acusado de aceptar sobornos y
encarcelado. Los años en que fue lord canciller cuentan,
con sus ejecuciones, sus concesiones de nocivos
monopolios, sus detenciones arbitrarias y sus fallos
judiciales impuestos desde arriba, entre los más negros
y vergonzosos de la historia de Inglaterra. Su fama
mundial de humanista y filósofo motivó el que, una vez
desenmascarado y confeso, se diera publicidad a sus
delitos más allá de las fronteras del reino.
Era ya un
anciano cuando se le permitió salir de prisión y
retirarse a su casa de campo. Su cuerpo estaba
debilitado por tantos esfuerzos como había gastado en
arruinar a sus semejantes, así como por los sufrimientos
que le habían hecho pasar quienes, a su vez, provocaron
su ruina. Pero tan pronto como pisó otra vez su casa,
entregóse de cuerpo y alma al estudio de las ciencias
naturales. Puesto que había fracasado en el gobierno de
los hombres, ahora dedicaba las pocas fuerzas que le
quedaban a investigar cómo podía la humanidad dominar
más fácilmente las fuerzas de la naturaleza.
Sus
investigaciones, referidas siempre a cosas útiles, le
obligaban a trocar de vez en cuando su estudio por los
campos, los jardines y los establos de su hacienda.
Pasaba horas enteras hablando con los jardineros sobre
la posibilidad de mejorar mediante injerto los frutales,
o bien daba instrucciones a las criadas sobre cómo medir
la producción lechera de cada una de las vacas. En medio
de estas actividades, le llamó la atención un mozo de
cuadra. Había enfermado un caballo muy valioso, y el
mozo informaba al filósofo dos veces al día acerca del
estado del animal. El tesón y las grandes dotes de
observación del muchacho entusiasmaron al anciano.
Una noche, sin
embargo, al entrar en el establo vio junto al muchacho a
una vieja, a la que oyó decir:
—Es un hombre
malo; ten cuidado con él. Aunque sea un gran señor y
tenga montones de dinero, es un hombre malo. Él te da de
comer: haz, pues, con esmero lo que te ordene, pero no
olvides nunca que es un hombre malo.
El filósofo,
sin detenerse siquiera a escuchar la respuesta del mozo,
diose media vuelta y regresó presto a casa. A la mañana
siguiente pudo comprobar, sin embargo, que el muchacho
no había cambiado de actitud hacia su persona.
Cuando hubo
sanado el caballo, el anciano filósofo comenzó a hacerse
acompañar del joven en muchos de sus paseos e incluso
confió al muchacho pequeñas tareas. Poco a poco fue
acostumbrándose a hablar con él de algunos de sus
experimentos. Para ello, el filósofo no escogía en
absoluto aquellas palabras que los adultos en general
consideran adecuadas al nivel de comprensión de un niño,
sino que le hablaba como a una persona instruida.
Durante toda su vida había alternado con las mentes más
brillantes, y muy pocas veces se le había comprendido,
no porque fuera poco claro, sino precisamente por serlo
en exceso. El anciano no se preocupaba, pues, por las
dificultades del muchacho, aunque, eso sí, le corregía
pacientemente cada vez que trataba de utilizar palabras
nuevas para él.
El ejercicio
fundamental del mozo consistía en describir las cosas
que veía y los fenómenos que observaba a su alrededor.
El filósofo le enseñaba cuántas palabras había y cuántas
de esas palabras se necesitaban para describir el
comportamiento de tal o cual objeto de modo que
resultara reconocible por la descripción que de él se
hacía y, sobre todo, que pudiera ser tratado sobre la
base de esa descripción. Existían también ciertas
palabras que convenía evitar, pues en el fondo no
querían decir nada: palabras como «bueno», «malo»,
«bonito», etcétera.
El joven
pronto comprendió que apenas tenía sentido calificar de
«feo» a un escarabajo. Ni siquiera «rápido» bastaba como
calificativo, pues hacía falta precisar a qué velocidad
se movía en comparación con otros seres de su mismo
tamaño, amén de establecer qué le permitía esa rapidez.
Había que colocarlo sobre una superficie accidentada y a
continuación sobre otra plana, y hacer ruidos que lo
movieran a huir, o bien colocarle pequeños cebos para
atraerle. Conforme uno se acostumbraba al bicho, iba
perdiendo éste su fealdad. En cierta ocasión, el
filósofo pidió al muchacho que describiera el trozo de
pan que tenía en aquel momento en la mano.
—En este caso
puedes emplear sin miedo la palabra «bueno» —le explicó
el anciano—, pues el pan se ha hecho para que el hombre
lo coma y puede ser bueno o malo para él. Por el
contrario, cuando se trata de cosas de mayor tamaño,
pertenecientes al reino de la naturaleza, pero que no
han sido creadas con una finalidad precisa y mucho menos
pensando en el provecho de los hombres, resulta absurdo
contentarse con palabras como ésas.
El muchacho
recordó en ese momento lo que le había dicho su abuela
acerca de milord.
Hacía el mozo
rápidos progresos en punto a comprensión, pues todo lo
que había que entender —por ejemplo, que el caballo
había sanado gracias a los remedios empleados o que un
árbol perecía por culpa de otros supuestos remedios— se
reducía a cosas tangibles. Igualmente, comprendía el
muchacho que siempre debía quedar una duda razonable
respecto a si las transformaciones observadas se debían
realmente al empleo de tal o cual método. Si bien el
mozo apenas alcanzaba a comprender la importancia
científica de las teorías del gran Bacon, le
entusiasmaba, en cambio, la evidente utilidad de
aquellas empresas.
Él entendía
así al filósofo: Había comenzado para el mundo una nueva
era. La humanidad acumulaba nuevos conocimientos casi
diariamente. Y toda esa ciencia contribuía al bienestar
y la felicidad terrena. La ciencia marchaba ahora a la
cabeza. Estudiaba la ciencia, el universo, todo lo que
existe sobre la tierra: plantas, animales, suelo, agua,
aire, para sacar de todo ello el máximo provecho. Lo
importante no era ya lo que uno creía, sino lo que se
sabía. Se creían demasiadas cosas, y eran muy pocas las
que se sabían con certeza. Por eso era preciso someterlo
todo personalmente a examen, y no hablar más que de lo
que uno podía ver con sus propios ojos y podía además
resultar provechoso.
Era ésa la
nueva doctrina, y era cada vez mayor el número de
personas que la seguían, entusiasmadas y dispuestas a
llevar a cabo las nuevas tareas.
Los libros
desempeñaban un papel importante en aquella grandiosa
empresa, aun cuando no todos ellos fuesen buenos. El
muchacho comprendía perfectamente que debía acercarse a
los libros si es que quería contarse algún día entre
aquellos pioneros del saber.
Naturalmente,
jamás se le permitió el acceso a la biblioteca de la
casa. Esperaba siempre a milord frente a los establos. A
lo más que llegó en cierta ocasión fue a entrar en el
parque para hacerse allí el encontradizo con el anciano,
y si recurrió a eso fue porque el filósofo llevaba ya
varios días sin aparecer por los establos. Mas su
curiosidad por aquel pequeño estudio en el que todas las
noches ardía una lámpara hasta muy tarde iba en aumento.
Desde un seto que había frente al cuarto del filósofo
pudo un día el muchacho echar un vistazo a las
estanterías de libros.
Por fin
decidió aprender a leer. No era aquélla en absoluto una
empresa fácil. El párroco, a quien comunicó su deseo, le
miró como a un bicho raro.
—¿Pretendes
acaso leer a las vacas el Evangelio del Señor? —le
preguntó malhumorado, y el muchacho pudo darse por
satisfecho con salir de allí sin una bofetada.
No le quedó,
pues, más remedio que elegir otro camino. En la
sacristía de la iglesia había un misal. Mas allí tan
sólo lograría entrar si se ofrecía como campanero. Con
tal de averiguar cuáles eran los pasajes que el cura
cantaba durante la misa, debía ser posible hallar una
relación entre las palabras y las letras. En cualquier
caso, el mozo comenzó a aprenderse de memoria las
palabras latinas que oía cantar al cura: si no todas,
por lo menos algunas. Lo malo era que éste no
pronunciaba con demasiada claridad y que, además, muchas
veces ni siquiera leía la misa.
Con todo y
eso, al cabo de algún tiempo el chico era ya capaz de
entonar por su cuenta algún que otro comienzo de
plegaria. Un día le sorprendió el caballerizo mientras
ensayaba detrás del pajar, y le dio una buena tunda por
parodiar al cura. La bofetada llegó a su destino,
después de todo.
Aún no había
logrado averiguar a qué partes del misal correspondían
las palabras que cantaba el párroco, cuando una gran
catástrofe vino a interrumpir sus esfuerzos por aprender
a leer. Milord cayó gravemente enfermo.
Había estado
achacoso durante todo el otoño y no había tenido aún
tiempo de recuperarse cuando, aquel invierno, emprendió
un viaje en trineo abierto con el fin de visitar una
hacienda situada a varias millas de distancia. El
muchacho, que había recibido permiso para acompañarle,
iba de pie sobre el patín, junto al pescante.
Cuando, tras
acabar la visita, volvía el anciano con paso torpe al
trineo acompañado del anfitrión, vio en medio del camino
un gorrión helado. Detúvose y con la punta del bastón
dio la vuelta al pajarillo.
El muchacho,
que trotaba tras ellos cargado con un botellón de agua
caliente, oyó cómo milord preguntaba al dueño de la
casa:
—¿Cuánto
calculáis que lleva ahí tieso?
La respuesta
fue:
—Lo mismo
puede llevar una hora que una semana o más.
El anciano
continuó su marcha pensativo y se despidió luego
distraídamente de su anfitrión.
—La carne
sigue estando fresca, Dick —dijo, volviéndose al
muchacho, cuando el trineo se hubo puesto en marcha.
Hicieron el
último trecho a bastante velocidad, pues ya la noche
comenzaba a descender sobre los campos nevados y el frío
era cada vez más intenso. Así fue cómo al atravesar el
portón de la granja atropellaron a una gallina que se
había escapado, al parecer, de los corrales. El anciano
observó los esfuerzos del cochero por evitar a la
gallina, que revoloteaba torpemente, y mandó parar
cuando vio que la maniobra había fracasado.
Tras liberarse
con dificultad de las mantas y pieles que le cubrían, se
apeó del trineo y, apoyándose en el muchacho, caminó
hasta el lugar donde yacía el ave, sin hacer caso de las
advertencias del cochero sobre el peligro que corría con
el frío.
La gallina
estaba muerta.
El anciano
ordenó al muchacho que la recogiera.
—Sácale las
entrañas —le indicó.
—¿Por qué no
lo hacemos en la cocina? —preguntó el cochero, que temía
que su amo no resistiese, achacoso como estaba, aquel
viento tan frío.
—No, es mejor
aquí —respondió éste—. Dick debe llevar encima un
cuchillo, y necesitamos nieve.
El muchacho
hizo lo que se le ordenaba, y el anciano, que
aparentemente había olvidado su enfermedad y el frío
reinante, se agachó y recogió con esfuerzo un puñado de
nieve. Cuidadosamente rellenó entonces con nieve el
interior de la gallina.
El muchacho
por fin comprendió. También él recogió nieve y se la
entregó a su maestro para que pudiera rellenar
debidamente la gallina,
—Así se
mantendrá fresca durante semanas —explicó, entusiasmado,
el anciano—. ¡Colócala sobre las baldosas del sótano!
El viejo Bacon
recorrió a pie el breve camino que los separaba de la
puerta de entrada. Parecía un tanto agotado y, al
caminar, se apoyaba fuertemente en el muchacho, que
llevaba bajo el brazo la gallina rellena de nieve.
Al entrar en
el vestíbulo sintió un fuerte escalofrío. A la mañana
siguiente, el anciano guardaba cama, aquejado de fuerte
fiebre. El muchacho estuvo rondando, preocupado, la casa
de su maestro, tratando de averiguar algo sobre su
estado de salud. De muy poco pudo, sin embargo,
enterarse; en la hacienda, la vida continuaba como si
tal cosa. Sólo al tercer día se produjo una novedad:
llamaron al muchacho al estudio.
El anciano
estaba acostado en un catre de madera, cubierto por mil
mantas, pero las ventanas permanecían abiertas, de modo
que hacía frío dentro del cuarto. Sin embargo, el
enfermo parecía estar ardiendo. Con voz temblorosa
preguntó al muchacho por el estado de la gallina que
habían rellenado de nieve. El mozo replicó que seguía
tan fresca como al principio.
—Estupendo
—exclamó el anciano, satisfecho—. ¡Vuélveme a informar
dentro de dos días!
Mientras salía
de la habitación, el muchacho lamentó no haber traído
consigo la gallina. El anciano no parecía estar tan
grave como aseguraba la servidumbre.
Renovaba el
mozo la nieve dos veces por día, por lo que la gallina
continuaba en perfecto estado cuando se encaminó aquél
nuevamente a la habitación del enfermo.
Esta vez
tropezó con obstáculos totalmente imprevistos.
Habían llegado
varios médicos de la capital. El pasillo vibraba de
susurros imperativos y sumisos, y abundaban por todas
partes los rostros desconocidos. Un sirviente que
entraba en el cuarto del enfermo con una bandeja
cubierta por un amplio paño le indicó bruscamente que se
largara.
Durante la
mañana y parte de la tarde el mozo hizo varios intentos,
todos ellos vanos, por entrar en la habitación de su
maestro enfermo. Los médicos parecían querer establecer
allí su residencia. Al muchacho, aquellos individuos se
le antojaban negros pajarracos dispuestos a lanzarse
sobre un pobre anciano indefenso. Al anochecer, Dick se
escondió en un tabuco junto al pasillo, en el que hacía
muchísimo frío. Aunque no dejaba de tiritar, el muchacho
se dio por satisfecho, pues aquella temperatura
favorecía el experimento, ya que era preciso que la
gallina se mantuviera helada.
A la hora de
la cena remitió un poco la marea negra, y el muchacho
pudo colarse en la habitación.
El enfermo
estaba solo; todos se habían ido a comer. Junto al catre
había una lámpara de cabecera con pantalla verde. El
rostro del anciano aparecía extrañamente contraído y
pálido como la cera. Tenía el enfermo los ojos cerrados,
pero sus manos se agitaban nerviosas sobre la tiesa
manta. Hacía en la habitación un calor excesivo; habían
cerrado todas las ventanas.
El muchacho se
acercó al lecho, mostrando con gesto convulso la gallina
y repitiendo en voz queda:
—Milord...
milord.
No obtuvo
respuesta. El anciano no parecía dormir, sin embargo;
movía los labios de cuando en cuando como si hablara. El
muchacho decidió llamar su atención, firmemente
convencido como estaba de la necesidad de recibir nuevas
instrucciones en relación con el experimento. Pero antes
de que pudiera tirar de la manta, cuando ya había
depositado sobre una silla la caja que contenía la
gallina, sintió que le asían por detrás y le apartaban
violentamente del lecho. Quien le había agarrado era un
tipo gordo de rostro gris, que se le quedó mirando como
si tuviera delante a un asesino. Sin perder un instante
la serenidad, el muchacho logró zafarse de las garras de
aquel hombre y, dando un salto, recuperó la caja con la
gallina para salir de naja por la puerta.
Mientras
atravesaba el pasillo parecióle que le había visto el
mayordomo segundo, que subía en aquel instante la
escalera. Aquello era grave. ¿Cómo demostrar que había
acudido a la casa cumpliendo sólo una orden de milord,
con quien estaba colaborando en un importante
experimento? El anciano estaba totalmente en poder de
los médicos; el hecho de que todas las ventanas de su
cuarto permanecieran cerradas era prueba más que
suficiente.
Como se temía,
no tardó en ver a uno de los sirvientes cruzar el patio
en dirección al establo. Renunció, pues, a su cena y
—tras dejar la gallina otra vez en el sótano— se
escondió en la parte del establo donde se guardaba el
forraje.
No pudo dormir
tranquilo, preocupado como estaba por la posibilidad de
verse envuelto en algún lío con la justicia. A la mañana
siguiente, no sin grandes titubeos, dejó su escondite.
Sin embargo,
nadie se fijó en él. Reinaba en la hacienda un gran
ajetreo. Milord había muerto al amanecer.
El muchacho
anduvo todo el día de un lado para otro, como aturdido.
Tenía la sensación de que no iba a poder soportar
aquella pérdida. Cuando aquella tarde descendió al
sótano con una fuente llena de nieve, su dolor por la
desaparición del anciano se trocó en aflicción por el
experimento interrumpido. Y el muchacho lloró
amargamente sobre la caja que contenía la gallina. ¿Qué
sería del gran descubrimiento?
Al regresar a
la casa de su amo —sentía los pies tan pesados que se
volvió para mirar sus huellas en la nieve, pensando que
serían más profundas que lo habitual— pudo comprobar que
los médicos londinenses no se habían marchado aún. Sus
coches continuaban allí. Venciendo la repugnancia que le
inspiraba la idea, el muchacho resolvió comunicarles el
descubrimiento. Eran hombres de ciencia y reconocerían
la trascendencia del experimento. Fue a buscar la caja
donde tenía la gallina congelada y se escondió detrás
del pozo hasta que vio pasar a uno de aquellos señores,
un individuo rechoncho y de aspecto no demasiado
temible. El muchacho se le acercó y le mostró su caja.
Al principio, por más que se esforzaba, no le salía la
voz, pero por fin consiguió exponer el caso con frases
un tanto incoherentes.
—Milord la
encontró muerta hace seis días, excelencia. La
rellenamos de nieve. Milord pensó que así lograría
conservarse fresca. ¡Compruébelo usted mismo! Se
conserva como al principio.
El hombrecillo
miró asombrado dentro de la caja.
—¿Y qué más?
—preguntó.
—No se ha
descompuesto —replicó el muchacho.
—Ajá —exclamó
el hombrecillo.
—Examínelo
usted mismo —le instó el muchacho.
—Ya lo veo
—contestó el hombrecillo meneando la cabeza. Y con ese
movimiento de cabeza se alejó.
El muchacho le
siguió con la vista, completamente desilusionado. No
podía comprender al hombrecillo. ¿Acaso milord no había
muerto por apearse del trineo y exponerse al frío para
llevar a cabo aquel experimento? Incluso había recogido
la nieve con sus propias manos. Aquélla era la realidad.
El mozo
regresó con paso lento hacia la puerta del sótano, pero
antes de llegar se detuvo, giró rápidamente sobre sus
talones y echó a correr en dirección a la cocina.
Encontró al
cocinero muy ocupado, pues se esperaba la visita de
algunos vecinos de la comarca que deseaban expresar su
pésame personalmente.
—¿Qué quieres
hacer con esa ave? —gruñó el cocinero—. Está congelada.
—No importa
—replicó el muchacho—, milord dijo que no importaba.
El cocinero le
miró distraído un instante; después se dirigió
torpemente hacia la puerta con una gran sartén en la
mano y la intención evidente de arrojar algunos
desperdicios. El muchacho le siguió tenaz con su caja en
las manos.
—¿Por qué no
probamos? —suplicó.
Al cocinero se
le había agotado la paciencia. Agarró la gallina con sus
poderosas manos y la arrojó al centro del patio,
—¿No tienes
otra cosa en qué pensar? —bramó—. ¿Es que no sabes que
milord ha muerto?
Indignado, el
muchacho recogió la gallina y se alejó de allí.
Los dos días
siguientes estuvieron dedicados casi exclusivamente a
las ceremonias fúnebres. El mozo estuvo muy atareado
unciendo y desunciendo caballos. Cada noche, sin
embargo, introducía nieve fresca en la caja de la
gallina antes de acostarse. Dormía, además, con un ojo
abierto. Todas las esperanzas parecían haberse
desvanecido de pronto; la nueva era había tocado
prematuramente a su fin.
Pero al tercer
día, el del sepelio, bien lavado y con sus mejores
galas, el muchacho sintió renacer su optimismo. Era un
hermoso y sereno día de invierno, y desde el pueblo
llegaba el tañido de las campanas.
Lleno de
nuevas esperanzas, se dirigió al sótano y examinó larga
y minuciosamente la gallina muerta. No encontró huella
alguna de descomposición. Con sumo cuidado la introdujo
nuevamente en la caja, que rellenó con blanquísima y
pura nieve. Tomó entonces la caja bajo el brazo y se
encaminó al pueblo.
Silbando de
alegría, entró el muchacho en la pequeña cocina de su
abuela. La anciana le había criado, pues había quedado
huérfano de muy pequeño, y el chico confiaba en ella.
Sin mostrarle el contenido de la caja, le habló del
experimento de milord, mientras ella se vestía para el
entierro.
Su abuela le
escuchó con paciencia.
—Pero eso lo
saben todos —respondió cuando su nieto hubo terminado—.
Se ponen rígidos con el frío y se conservan algún
tiempo. ¿Qué hay de especial en ello?
—Creo que nos
la podemos comer todavía —contestó el muchacho,
fingiendo indiferencia.
—¿Comerse una
gallina que lleva ya muerta una semana? ¿No comprendes
que es veneno?
—¿Por qué, si
no ha cambiado desde que murió? Y si murió fue porque la
atropelló el coche de milord, pero estaba sana.
—Pero ¿y por
dentro? ¡Por dentro está descompuesta! —contestó la
anciana, perdiendo un poco la paciencia.
—No creo
—insistió el muchacho mientras clavaba sus ojos claros
en la gallina—. La mantuvimos rellena de nieve todo el
tiempo. Creo que la voy a cocinar.
La anciana se
enfadó muchísimo.
—Tú vienes al
entierro —le dijo en tono perentorio—. Creo que milord
hizo por ti lo suficiente como para que te dignes
acompañar su féretro como corresponde.
El muchacho no
respondió. Mientras su abuela se ataba un pañuelo de
negra lana a la cabeza, extrajo el muchacho la gallina
de la nieve, la sacudió bien y la colocó junto al horno,
sobre los leños. Era preciso descongelarla.
La anciana ya
no le miraba. Cuando estuvo lista, le tomó de la mano y
le sacó de allí con determinación.
El muchacho la
siguió sumiso durante un rato. Hombres y mujeres se
dirigían como ellos al entierro. De pronto, el nieto
soltó un grito de dolor. Había metido un pie en un bache
disimulado por la nieve. Con el rostro crispado logró
por fin extraer el pie, y fue cojeando hasta una piedra,
sobre la cual se sentó.
—Me lo he
torcido —dijo mientras se restregaba el tobillo. La
anciana le miró desconfiada.
—Puedes andar
perfectamente —le dijo.
—No, rezongó
el muchacho. Pero si no me crees, siéntate aquí a mi
lado hasta que pase el dolor.
La abuela se
sentó junto a él sin pronunciar palabra.
Transcurrió un
cuarto de hora. Seguían pasando por delante vecinos del
pueblo, aunque cada vez en menor número. Abuela y nieto
permanecían acurrucados al borde del camino.
Por fin la
anciana habló seriamente:
—¿No te enseñó
tu amo a no mentir?
Ante el
silencio obstinado del muchacho, la anciana se levantó
con un suspiro. No aguantaba más el frío.
—Si no me
sigues dentro de diez minutos —le amenazó— se lo contaré
a tu hermano para que te dé una buena paliza.
Dicho esto, se
alejó renqueante, aunque apretando al mismo tiempo el
paso, pues no quería perderse la oración fúnebre.
El muchacho
esperó hasta que se hubo alejado lo suficiente. Luego se
puso lentamente en pie y echó a andar en la dirección
contraria. Seguía cojeando y a cada momento se volvía a
mirar. Sólo cuando hubo rebasado un seto y se dio cuenta
de que la anciana ya no podía verle, volvió a adoptar el
paso normal.
Al llegar a la
choza se sentó junto a la gallina y se puso a mirarla
lleno de esperanza. La pondría a hervir y se comería un
ala; así comprobaría si era o no venenosa.
Seguía sentado
en el mismo sitio cuando se oyeron tres salvas de
artillería. Las disparaban en honor de Francis Bacon,
barón de Verulam, vizconde de St. Albans, ex canciller
de Inglaterra, que había sembrado el miedo en no pocos
de sus coetáneos, pero que, al mismo tiempo, había
fomentado en otros muchos el entusiasmo por las ciencias
útiles.
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