Año V
La Habana

18 al 24 de NOVIEMBRE
de 2006

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Sin Réquiem por Antonia
Eduardo Jiménez García  La Habana


Pensé que no vendrías

Juanelo y lunes primero de abril de 1929. Regía el bélico e imprudente planeta Marte, astro de la seducción y del arrojo. La familia Eiriz acababa de tener su quinta hija: Aries, según el zodiaco. Signo de inicio, energía, extroversión; símbolo de fuego y de embestida ciega, pasionaria. Teodora tenían que nombrarla, como lo aconsejaba el santoral: santa mártir del día. Pero primero le dieron por nombre el de Antonia.

Sus padres venían de Chantada, una aldea norteña de la hermosa y pobre Galicia. Llegaron a La Habana, según se cuenta, muy a principios del pasado siglo para “probar suerte”, que era sinónimo de trabajar duro y mucho, quedarse, no regresar nunca.

Una casita de madera en los suburbios habaneros, un puesto de sirvienta, y un carretón tirado por cuatro mulas, para cargar mercancías en el puerto, era todo el capital amasado por los Eiriz al nacer Ñica —como ya comenzaban a llamar a Antonia. Después, con mucho esfuerzo, vendría una moderna máquina de coser norteamericana —presumiblemente Singer—, que se convertiría en nueva fuente de sobrevivencia familiar, puesto de trabajo de sus hermanas. Pero antes de la ligera mejoría económica, llegó la polio, y Antonia —niña aún— sintió perder fuerza en una de sus piernas; la invadieron dolores irresistibles. El desarrollo de la extremidad enferma quedó atrofiado.

Se sintió diferente. Y lo era. Lo sufría. Una potencia interior —su sino astral diría ella— la iría enseñando a vérselas de frente con la vida, sin lamentos. Tentando los límites, desacatándolos en ocasiones, poniendo ella también sus reglas. Con el tiempo sería diferente por ella misma, no por un traumático accidente en su salud.

A los trece años Antonia tuvo su primer “noviecito”. Iba a verla todas las tardes. Ella parapetaba su cuerpo tras el muro de cemento del jardín. Conversaban a prudente distancia. Un día su madre le pidió que la acompañara a hacer una visita. De regreso, debían cruzar un parque y al avanzar vio que en uno de los bancos conversaban unos muchachos. Entre ellos estaba su enamorado, Danilo. Quiso morirse, que se la tragara la tierra. El parque le pareció infinito. Tuvo que pasar cojeando frente al grupo. Por la tarde, Ñica fue al muro donde siempre hablaban, convencida de que el muchacho no llegaría. Se sorprendió al verlo entrar en su callejón. Pensé que no vendrías, le dijo. ¿Y por qué?, preguntó él. Porque esta mañana viste que yo soy coja. Y él respondió: Antonia, yo siempre supe que tú eras coja.

Pero aquí estamos

Vedado y viernes 27 de octubre de 2006. Galería Servando. Plutón, el planeta que debió regir este tramo de zodiaco, fue recientemente degradado a la categoría de objeto extra planetario por la Unión Astronómica Internacional. El voto para su expulsión fue mayoritario. No cumplía con ciertos abstrusos requisitos. En el nuevo santoral para cuerpos celestes le ha tocado llamarse 134340. Escorpión, signo del secreto, de la magia y la meditación —también de la envidia y del sexo— se ha quedado sin astro regente. Pero a pesar de las purgas allá en lo alto, aquí estamos. Por Antonia Eiriz, quien de estar viva no hubiese perdido la oportunidad de hacer su “Réquiem por Plutón”. (1)

Se inaugura La vida en pelota. Así se ha titulado esta exposición colectiva de homenaje a Ñica. La muestra no sigue la regla de las “fechas cerradas”. No se hace por su natalicio ni por su muerte. Tampoco por cumplirse años de algún acontecimiento trascendental dentro de su vida artística. La vida en pelota no se propone, además, existir apelando a una coherencia estética ni conceptual. Es, tan solo, un ejercicio desenfadado y libre de recordación. Una fiesta por la vida y la obra de ese espíritu tremendo. Agradecimiento hondo a uno de los más grandes artistas del siglo XX cubano y latinoamericano. Probablemente también uno de los más incomprendidos.

“La muerte en pelota”, antológico lienzo trabajado por Antonia en 1966, era un título tentadoramente “pervertible”. A Ñica de seguro no le hubiera molestado el “jueguito”. Nadie tan experta como ella en el oficio de re-significar, de desnudar vistiendo. Por eso La vida en pelota (en cueros o en baseball, según se desee): afirmación del espíritu sincero y apasionado de esta inmensa artista; elogio de su consecuencia, de su irrefrenable decisión para nombrar las cosas tal como se les siente, sin temores ni cortapisas.

La paráfrasis del título de esta conocida pieza de la Eiriz, más que una simple manipulación de sentidos es graficación de otras dos características muy importantes de la obra de Antonia: su aguzado y muchas veces mordaz humor, y la gracia admirable con que supo unir lo culto y lo popular. Basta ver los nombres de muchas de sus piezas y el efecto polisémico y pregnante que estos crean: “Cristo saliendo de Juanelo”, “Los de arriba y los de abajo”, “El dueño de los caballitos”, “Ni muertos”, “El vendedor de periódicos”, “Mis compañeras”, “El vaso de agua”…

La vida en pelota fue en sus inicios —como casi todo— un sueño. No bien comenzó a consumarse, se convirtió en campal atrevimiento. Había decisiones difíciles que tomar. Riesgos que correr. Trabajos. Muros. Deseos de cumplimiento improbable (en ciertos casos imposibles). Pero se trataba de Antonia, de nuestra Eiriz, y un halo de generosidad y entusiasmo, casi místico, iba ablandando aquellos cerrojos y corazones que en principio se mostraron reticentes.

No fue difícil obtener el SÍ de los artistas que se invitaban. Decir “Antonia”, “Homenaje”, “Libre”, era comenzar a trabajar casi de inmediato en las piezas, o a pensar en buenas obras, nunca antes expuestas. Muchos dieron buenos consejos, prestaron valiosas ayudas, y se implicaron con fervor en esta exposición, más allá de sus obras. Por eso La vida en pelota es también muy de ellos.

Lo más dramático era la elección, porque magníficos pintores, grabadores, escultores —muchos de ellos alumnos de Antonia o admiradores consecuentes de su obra—, quedarían fuera. La galería Servando tenía su espacio contado. Ya era un alto riesgo exponer veinte piezas que, además, tendrían formatos, dimensiones y lenguajes disímiles. Además, el perfil mismo de la galería —arte joven y experimental— sugería incluir a creadores de promociones más actuales.

El jabón no lo regalan

La maestra habló conmovida de cómo los españoles le habían dado muerte a Martí, y de cómo aquel caballo blanco salió despavorido hacia el monte sin su jinete apóstol. Un balazo en el corazón. Otro en la mandíbula. Última mirada al cielo de Dos Ríos. Antonia escuchaba con tristeza la terrible historia. Sus padres eran tan españoles como los que mataron al Maestro. De regreso a casa tuvo un cruel impulso de niña: ¡Que mueran!

Llegó para el almuerzo. Vio a su madre, sudorosa, sirviendo la mesa y a sus hermanas ordenando de prisa algunos retazos de tela. Su padre, siempre agotado pero tierno, había llegado de los muelles. Se sentaron a comer. Antonia, en silencio, los miraba a todos. Estaba confundida. Un llanto incontenible comenzó a lloverle por dentro. Ella no quería la muerte de sus padres. Había sido espantoso pensarlo. Como era la más pequeña le tocaba fregar. Oportunidad para expiar su culpa. Castigarse. Lavó los platos y las ollas dos veces. Pero le pareció poco y volvió a hacerlo. Se fue sintiendo mejor. Todos notaron que Ñica no terminaba nunca. ¿Pero te has vuelto loca? —le dijo la madre. Esta es la tercera vez que lavas la loza. El jabón no lo regalan, mi hija. Basta ya.

Antonia maduró rápido. Igual que todos los niños del Juanelo: un barrio de gente más bien pobre, decente, con condiciones de vida que a veces rayaban lo marginal. Las tragedias, las alegrías y los chismes solían compartirse como la sal y los huevos. Era un mundo quizá algo promiscuo, pero menos hipócrita. A esa patria vecinal, llena de seres humildes, se entregaría Ñica. Ellos serían su pintura y también su refugio. Por eso aquella resuelta y categórica salida suya, en una memorable reunión que se celebró en la Escuela de Arte de Cubanacán a finales de los 60: Yo no tengo que acercarme al pueblo. Yo soy el pueblo. Un alto funcionario del entonces Consejo Nacional de Cultura, tal vez intentando aleccionar al auditorio, había insistido en que los artistas debían reflejar mejor la gran epopeya del pueblo, “acercarse” a él.

Era difícil aceptar aquella “sugerencia”. Antonia pertenecía a una generación de creadores que no solo estaba revolucionando las artes plásticas en Cuba, sino la literatura, el teatro, el cine, la música y la danza. Era una hornada re-descubridora de lo cubano. Defensora cabal y lúcida de nuestra cultura. Agente de contemporaneidad. Se trataba de artistas genuinos: José Lezama Lima, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Virgilio Piñera, Tomás Gutiérrez Alea, Servando Cabrera, Alicia Alonso, Benny Moré, Antonio y Manuel Vidal, Raúl Martínez, Guido Llinás, Tomás Oliva, Hugo Consuegra. El arte cubano había crecido con ellos: había dado —y daría— un paso gigante en su universalización.

Antonia no se iba a “acercar al pueblo” según los edictos del dogmatismo naciente: adorador de “un arte más realista”, de corte épico-promocional. Más que las externalidades de la epopeya, a Ñica le interesaban las honduras. Su expresionismo agresivo y lúgubre no era bien visto. Había dolor y drama en sus lienzos y en sus ensamblajes. Sismos existenciales. Así comenzaron a llegar las críticas —para ella insoportables— desde cierta curia funcionarial que, embebida de manuales de “estética socialista”, pretendía administrar la producción artística. Después vino la censura. Esa pieza no se puede premiar: es conflictiva, dijo uno de ellos (2). La obra de Antonia no encajaba dentro del perfecto esquema del “arte nuevo”.

Ñica dejó de pintar. Lo consideró, tal vez, preferible. Guardó todos sus lienzos y mandó al patio lo que quedaba de algunos de sus ensamblajes. Desde 1972 hasta 1991 se dedicó a enseñar, en Juanelo y en Cuba, el arte del papier maché, de la bisutería, del trabajo con textiles y esmaltes, de la pintura mural callejera y del teatro comunitario.

Sin réquiem por Antonia

La vida en pelota es abrazo. Encuentro de varias generaciones por Antonia. Muchos artistas cubanos le han rendido, y le rinden, íntimos homenajes a través de sus obras, pero a once años de su muerte Ñica aún no ha recibido una reverencia colectiva. Y esta va sin luto ni Réquiem. (3)

Resultaba impensable que artistas tan cercanos a Antonia en alma y tiempo, no estuvieran aquí con sus obras. Porque homenajear a Ñica —como ellos sí la llamaban siempre— es también rendir tributo a esa hermosa y valiente generación de pintores. No se podía destapar esta misteriosa caja que desde años está por abrirse en un rincón de la historia de nuestra cultura, sin invitarlos a asomarse.

Así ha llegado a La vida en pelota Antonio Vidal, quien a pesar de cierta incomprensión no dejó de hacer sus abstracciones. Aquí está con una de ellas, fechada en 1999. Así también, gracias a Sandra Ceballos, Manuel Vidal, imponente en el dibujo y pionero de nuestro expresionismo —primer esposo de Antonia—, con magníficas y poco conocidas tintas, hechas entre 1955 y 1956. Así, el maestro Guido Llinás, con una pieza inusual, nada abstracta: su “Retrato de Ñica”, de 1962, lienzo que ha sido cedido generosamente en préstamo por el investigador y crítico José Veigas. 

Después, cuatro alumnos de Antonia. Tomás Sánchez, quien accedió gustoso y confió en Hortensia Montero los cuidados de su participación, llega con un lienzo de su etapa expresionista: “Por la mañana” (1973). Por primera vez será expuesto este cuadro —patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes. Martí, figura inusualmente tratada por Tomás, es el ente protagónico del lienzo. Nelson Domínguez, animador de este proyecto, ha querido participar con una pieza inédita de sus tiempos rebeldes —como él dice: “El juicio final de un farsante” (1970). Dibujo a plumilla sobre cartulina. Un Nelson menos conocido.

Flavio Garciandía no tuvo que pensarlo dos veces. Ya había hecho su homenaje hace más de 30 años. Un fantástico retrato de Antonia, “Nada Personal” (1977), de su época fotorrealista, que fue expuesto fugazmente en Galería L a mediados de los 70, y que ha estado conservado durante años en los Fondos del Museo Nacional de Bellas Artes. Y Pedro Pablo Oliva, casualmente, ya estaba desarrollando una serie de dibujos dedicada a Antonia, cuando se le invitó a La vida en pelota. La pieza, tan contenida en sus colores y tan provocativa en su título como las de Ñica: “El misterioso enigma de la erección”.

La terrible anunciación de cada día

Le gustaba dibujar. Soñaba con ser diseñadora de modas. Qué contrasentido. Diseñar una pieza y no poderla llevar con gracia por esta cojera —pensaba. Sus hermanas veían un talento especial en ella. Entre todas reunieron dinero para pagarle la matrícula en una escuela de dibujo comercial. Tiempo después su hermana Mercedes, desde Nueva York, le insistía: Ñiquita, tú tienes que entrar a San Alejandro. No te quedes ahí.

Antonia se agenció una beca para estudiar en la Academia. Pero solo recibía 29 pesos al mes. No alcanzaba siquiera para comprar materiales. Para colmos, escuchaba a los artistas de vanguardia decir que de allí salían pintores mediocres. Al saber que Amelia Peláez se había graduado en San Alejandro, sintió un San Alivio. Recuperó fuerzas. Logró costearse parte importante de sus estudios bordando ropa de niños en la misma máquina de coser de su “… Anunciación”.

Roberto Matta, el pintor chileno con quien Antonia mantuviera extensas conversaciones sobre arte y astrología a finales de la década del 60, le preguntó un día si “La Anunciación” era un retrato de su madre. No. Yo no lo hice pensando en ella, pero realmente se parece, le dijo.

Para emprender la que después se consideraría su gran obra, Antonia estuvo durante un tiempo revisando las Anunciaciones anteriores. Quedó encantada con las de los maestros italianos Fra Angelico, Leonardo da Vinci, Botticelli, y con la del pintor alemán Matthias Grünewald. Revisitó los azules del Giotto, sus texturas, su dramatismo.

Dejó correr las semanas. Le costaba mucho trabajo pintar, sentirse segura ante una tela. Acababa de pasar la Crisis de Octubre. Días realmente tremendos. Antonia bocetaba en su mente versiones y visiones. Buscaba un lienzo contemporáneo, iconoclasta, no menos revuelto y duro que su tiempo. A comienzos de 1963 tuvo la revelación definitiva: una sencilla señora de pueblo, sentada frente a su vieja máquina de coser, que de súbito era visitada por un cadavérico ángel exterminador. Una Anunciación popular, despojada de toda nota religiosa. La terrible Anunciación de cada día.

Esta comedia humana

La vida en pelota pretende ser, también, modesta graficación de los ecos y marcas que el talante artístico de Antonia y su obra, han tenido en algunos de los creadores que la sucedieron. Su huella no quedó solo en sus alumnos. Más allá de mitificaciones y estigmas, Antonia remonta su tiempo por la osadía tan contemporánea —formal y esencial— de sus creaciones. En su hiperestésico expresionismo está su trascendencia estilística, su inconfundible sello, pero no su vigencia. Su versatilidad, su afán —en principio pobremente valorado— por expresarse en términos tridimensionales, su necesidad de trabajar con formas y soportes “sucios”, con “cachivaches” y otros “desechos”, sus notables arrestos experimentales, la mantienen palpitando al compás de estos días. Pero su actitud frente al arte, su lucidez rebelde, su atrevida sinceridad y su humildad bien plantada, la hacen todavía una interlocutora imprescindible.

Muchos conflictos ya no son los mismos de ayer. Los soportes expresivos se han diversificado. Las nuevas tecnologías han entrado avasallantes al escenario. Pero hay temas y dolores que permanecen. Temas y dolores que son hijos de los de Antonia. De esta comedia humana, diría Balzac.

Aquí están, pasadas por un sensible y a la vez irónico tamiz, dos síntesis discursivas muy diferentes acerca del mundo femenino dentro del contexto doméstico. Las obras de Aimée García y Cirenaica Moreira. El nexo entre ambas es la violencia —o la presunción de ella. Fuerte extensión de sentido al ámbito social.

El agresivo y por momentos crudo lenguaje visual de algunas piezas incluidas en La vida en pelota, remite al tedio y al rechazo frente a las “formas correctas” y a los discursos suaves, amodorrados, circunloquiales y enajenantes que estas no pocas veces encierran. Es el caso, por ejemplo, de obras como las de Damián Aquiles y Carlos Montes de Oca. Es el de Moisés Finalé, protagonista de la revolución plástica de los 80 en Cuba, que expone un lienzo suyo de 1990 (únicamente mostrado en París aquel año): “Su doble cabeza”. “Mala pintura” que registra el mundo subconsciente del gran macho. Y es también el caso de Sandra Ceballos: dibujo de deliberado look expresionista, que podría sugerirnos una parodia de “El grito”, de Edvard Munch. Con textos copiados a bolígrafo y en apretadas líneas, compone Sandra el ambiente atormentado, el terrible gesto de su obra.

Escrutadoras, mordaces, por momentos bien humoradas en su aproximación, son las obras de Alain Pino, Alejandro González y Liudmila & Nelson. Sus piezas son viajes interiores de resonancia colectiva. Pequeños vértigos. Límites, referentes y fantasías que se comparten. Lázaro Saavedra, con su cáustico e inteligente modo de hacer, instala una sala de proyección donde varios muñecos de papier maché (alegoría a Antonia) observan un “instructivo” video-arte. Sandra Ramos, cronista aguda de estos tiempos, ha tridimensionalizado el lenguaje de sus grabados para provocar aún lecturas más amplias.

En soportes muy diferentes, y con tonos dramáticos también distintos, Mabel Poblet (la más joven de los artistas participantes) y Fernando Rodríguez, se apropian de la emblemática pieza de Antonia, “La Anunciación”, para referirse a un tema medular en la obra de ambos: la identidad —ya sea de modo autobiográfico (Mabel), o a través de la creación de un alter ficticio, ingenuo y opinático que conecta ingeniosamente al Yo con lo colectivo.

En su deseo de ser un homenaje libre, La vida en pelota corría el peligro de sumirse en la dispersión. Tal vez en la monotonía. Sin embargo, no restringir el umbral temático, no “especializar” la muestra (“El expresionismo en la pintura cubana después de Antonia”, por ejemplo), parecía lo más coherente. Antonia y su espíritu artístico no serían el único nexo común de la muestra. Debía ser también —para la satisfacción misma de la Eiriz— una reflexión colectiva acerca del INDIVIDUO, de su historia y sus dramas sobre esta Isla, sobre este gran Juanelo que todos habitamos.

Reencuentro

Miami. Jueves 9 de marzo de 1995. Regía Neptuno: astro de la fe y la caridad, también de la confusión y de los gustos mórbidos. Un fuerte dolor en el pecho sorprendió a Antonia. Solo dos años habían transcurrido de su llegada a la Florida. Sus cartas le habían dicho que volvería a pintar, pero no que iba a morir así, ahora, tan rápido, lejos del Juanelo.

Acababa de hacer una exposición en el Museum of Art - Fort Lauderdale (4). Una buena muestra, ciertamente, pero no como aquella de 1991 en la galería Galiano. Reencuentro la llamaron. Después de mucho ruego unos estudiantes de arte habían logrado convencerla de que expusiera (5).  Antonia, tal vez más dueña de su soberbia, puso manos sobre toda aquella obra guardada por más de 25 años en su casa: restauró ella misma sus lienzos, rehizo algunos de sus olvidados ensamblajes (anuncios del arte que estallaría en los 80).

En Reencuentro pudieron verse por primera vez “La procesión”, “Réquiem por Salomón”, “El dueño de los caballitos”, junto a otras telas más conocidas como “La Anunciación”, o “Cristo saliendo de Juanelo”. Solo así pudo el público cubano reencontrarse con la mítica Antonia Eiriz. Y solo así Ñica había podido ver su obra de conjunto. Verla en su dramático decurso. Si un pintor puede expresar el momento en que ha vivido, es genuino. Así que me absuelvo, se dijo a sí misma. Ese había sido uno de los momentos más felices de su vida.

Epílogo

Es noche ya. La galería Servando abre sus puertas. Hoy rige Antonia Eiriz, que ni es astro ni signo en el zodiaco. Es solamente Antonia. Y eso basta.

Notas:

(1) Se parodia título de un lienzo de Antonia de 1963, titulado “Réquiem por Salomón”. Con esta pieza Antonia Eiriz hace homenaje a uno de los personajes del dibujante Chago Armada. Salomón, el filósofo bufón, desaparece en noviembre de 1961 con el cierre del suplemento cultural Lunes de Revolución, del periódico Revolución.

(2) Se refiere a “Una tribuna para la paz democrática”. Consultar entrevista realizada a Antonia Eiriz por Giulio V. Blanc. Revista Art Nexus. Julio-septiembre 1994. 

(3) En diciembre de 1995, la galería La Acacia organizó el primer homenaje póstumo a Antonia, Antonia Eiriz. La aspereza que precede al amor, con obras de la artista nunca antes expuestas. Se trataba de dibujos en tinta sobre papel. En noviembre de 1998 se inauguró, en el contexto del Segundo Salón de Arte Cubano Contemporáneo, la muestra Jao Moch, curada por el artista José Ángel Toirac. Esta exposición fue dedicada a Antonia Eiriz, pero su interés era “analizar los efectos de la relación arte-mercado a nivel local y la redistribución actual de los espacios de inserción y localización de la producción plástica…”

(4) “Antonia Eiriz: Tributo a una leyenda”. Exposición de Antonia en el Museum of Art - Fort Lauderdale, en 1995.

(5) “Reencuentro” fue organizada por Silvia Margarita del Valle, Nelson Villalobos y otros estudiantes de arte. Ellos la convencieron de participar en un proyecto de tesis de grado que incluía esta exposición individual de Antonia. “Reencuentro” permitió que una nueva generación de artistas -más independiente y crítica respecto a su medio social- redescubriera la obra de la Eiriz. 

Texto introductorio del catálogo de la exposición La vida en pelota.

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