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Pensé que
no vendrías
Juanelo y lunes
primero de abril de 1929. Regía el bélico e imprudente
planeta Marte, astro de la seducción y del arrojo. La
familia Eiriz acababa de tener su quinta hija: Aries,
según el zodiaco. Signo de inicio, energía,
extroversión; símbolo de fuego y de embestida ciega,
pasionaria. Teodora tenían que nombrarla, como lo
aconsejaba el santoral: santa mártir del día. Pero
primero le dieron por nombre el de Antonia.
Sus padres venían de
Chantada, una aldea norteña de la hermosa y pobre
Galicia. Llegaron a La Habana, según se cuenta, muy a
principios del pasado siglo para “probar suerte”, que
era sinónimo de trabajar duro y mucho, quedarse, no
regresar nunca.
Una casita de madera
en los suburbios habaneros, un puesto de sirvienta, y un
carretón tirado por cuatro mulas, para cargar mercancías
en el puerto, era todo el capital amasado por los Eiriz
al nacer Ñica —como ya comenzaban a llamar a Antonia.
Después, con mucho esfuerzo, vendría una moderna máquina
de coser norteamericana —presumiblemente Singer—,
que se convertiría en nueva fuente de sobrevivencia
familiar, puesto de trabajo de sus hermanas. Pero antes
de la ligera mejoría económica, llegó la polio, y
Antonia —niña aún— sintió perder fuerza en una de sus
piernas; la invadieron dolores irresistibles. El
desarrollo de la extremidad enferma quedó atrofiado.
Se sintió diferente.
Y lo era. Lo sufría. Una potencia interior —su sino
astral diría ella— la iría enseñando a vérselas de
frente con la vida, sin lamentos. Tentando los límites,
desacatándolos en ocasiones, poniendo ella también sus
reglas. Con el tiempo sería diferente por ella misma, no
por un traumático accidente en su salud.
A los trece años
Antonia tuvo su primer “noviecito”. Iba a verla todas
las tardes. Ella parapetaba su cuerpo tras el muro de
cemento del jardín. Conversaban a prudente distancia. Un
día su madre le pidió que la acompañara a hacer una
visita. De regreso, debían cruzar un parque y al avanzar
vio que en uno de los bancos conversaban unos muchachos.
Entre ellos estaba su enamorado, Danilo. Quiso morirse,
que se la tragara la tierra. El parque le pareció
infinito. Tuvo que pasar cojeando frente al grupo. Por
la tarde, Ñica fue al muro donde siempre hablaban,
convencida de que el muchacho no llegaría. Se sorprendió
al verlo entrar en su callejón. Pensé que no vendrías,
le dijo. ¿Y por qué?, preguntó él. Porque esta
mañana viste que yo soy coja. Y él respondió:
Antonia, yo siempre supe que tú eras coja.
Pero aquí estamos
Vedado y viernes 27
de octubre de 2006. Galería Servando. Plutón, el planeta
que debió regir este tramo de zodiaco, fue recientemente
degradado a la categoría de objeto extra planetario por
la Unión Astronómica Internacional. El voto para su
expulsión fue mayoritario. No cumplía con ciertos
abstrusos requisitos. En el nuevo santoral para cuerpos
celestes le ha tocado llamarse 134340. Escorpión, signo
del secreto, de la magia y la meditación —también de la
envidia y del sexo— se ha quedado sin astro regente.
Pero a pesar de las purgas allá en lo alto, aquí
estamos. Por Antonia Eiriz, quien de estar viva no
hubiese perdido la oportunidad de hacer su “Réquiem por
Plutón”. (1)
Se inaugura La
vida en pelota. Así se ha titulado esta exposición
colectiva de homenaje a Ñica. La muestra no sigue la
regla de las “fechas cerradas”. No se hace por su
natalicio ni por su muerte. Tampoco por cumplirse años
de algún acontecimiento trascendental dentro de su vida
artística. La vida en pelota no se propone,
además, existir apelando a una coherencia estética ni
conceptual. Es, tan solo, un ejercicio desenfadado y
libre de recordación. Una fiesta por la vida y la obra
de ese espíritu tremendo. Agradecimiento hondo a uno de
los más grandes artistas del siglo XX cubano y
latinoamericano. Probablemente también uno de los más
incomprendidos.
“La muerte en
pelota”, antológico lienzo trabajado por Antonia en
1966, era un título tentadoramente “pervertible”. A Ñica
de seguro no le hubiera molestado el “jueguito”. Nadie
tan experta como ella en el oficio de re-significar, de
desnudar vistiendo. Por eso La vida en pelota (en
cueros o en baseball, según se desee): afirmación del
espíritu sincero y apasionado de esta inmensa artista;
elogio de su consecuencia, de su irrefrenable decisión
para nombrar las cosas tal como se les siente, sin
temores ni cortapisas.
La paráfrasis del
título de esta conocida pieza de la Eiriz, más que una
simple manipulación de sentidos es graficación de otras
dos características muy importantes de la obra de
Antonia: su aguzado y muchas veces mordaz humor, y la
gracia admirable con que supo unir lo culto y lo
popular. Basta ver los nombres de muchas de sus piezas y
el efecto polisémico y pregnante que estos crean:
“Cristo saliendo de Juanelo”, “Los de arriba y los de
abajo”, “El dueño de los caballitos”, “Ni muertos”, “El
vendedor de periódicos”, “Mis compañeras”, “El vaso de
agua”…
La vida en pelota
fue en sus inicios —como casi todo— un sueño. No bien
comenzó a consumarse, se convirtió en campal
atrevimiento. Había decisiones difíciles que tomar.
Riesgos que correr. Trabajos. Muros. Deseos de
cumplimiento improbable (en ciertos casos imposibles).
Pero se trataba de Antonia, de nuestra Eiriz, y un halo
de generosidad y entusiasmo, casi místico, iba
ablandando aquellos cerrojos y corazones que en
principio se mostraron reticentes.
No fue difícil
obtener el SÍ de los artistas que se invitaban. Decir
“Antonia”, “Homenaje”, “Libre”, era comenzar a trabajar
casi de inmediato en las piezas, o a pensar en buenas
obras, nunca antes expuestas. Muchos dieron buenos
consejos, prestaron valiosas ayudas, y se implicaron con
fervor en esta exposición, más allá de sus obras. Por
eso La vida en pelota es también muy de ellos.
Lo más dramático era
la elección, porque magníficos pintores, grabadores,
escultores —muchos de ellos alumnos de Antonia o
admiradores consecuentes de su obra—, quedarían fuera.
La galería Servando tenía su espacio contado. Ya era un
alto riesgo exponer veinte piezas que, además, tendrían
formatos, dimensiones y lenguajes disímiles. Además, el
perfil mismo de la galería —arte joven y experimental—
sugería incluir a creadores de promociones más actuales.
El jabón no lo
regalan
La maestra habló
conmovida de cómo los españoles le habían dado muerte a
Martí, y de cómo aquel caballo blanco salió despavorido
hacia el monte sin su jinete apóstol. Un balazo en el
corazón. Otro en la mandíbula. Última mirada al cielo de
Dos Ríos. Antonia escuchaba con tristeza la terrible
historia. Sus padres eran tan españoles como los que
mataron al Maestro. De regreso a casa tuvo un cruel
impulso de niña: ¡Que mueran!
Llegó para el
almuerzo. Vio a su madre, sudorosa, sirviendo la mesa y
a sus hermanas ordenando de prisa algunos retazos de
tela. Su padre, siempre agotado pero tierno, había
llegado de los muelles. Se sentaron a comer. Antonia, en
silencio, los miraba a todos. Estaba confundida. Un
llanto incontenible comenzó a lloverle por dentro. Ella
no quería la muerte de sus padres. Había sido espantoso
pensarlo. Como era la más pequeña le tocaba fregar.
Oportunidad para expiar su culpa. Castigarse. Lavó los
platos y las ollas dos veces. Pero le pareció poco y
volvió a hacerlo. Se fue sintiendo mejor. Todos notaron
que Ñica no terminaba nunca. ¿Pero te has vuelto
loca? —le dijo la madre. Esta es la tercera vez
que lavas la loza. El jabón no lo regalan, mi hija.
Basta ya.
Antonia maduró
rápido. Igual que todos los niños del Juanelo: un barrio
de gente más bien pobre, decente, con condiciones de
vida que a veces rayaban lo marginal. Las tragedias, las
alegrías y los chismes solían compartirse como la sal y
los huevos. Era un mundo quizá algo promiscuo, pero
menos hipócrita. A esa patria vecinal, llena de seres
humildes, se entregaría Ñica. Ellos serían su pintura y
también su refugio. Por eso aquella resuelta y
categórica salida suya, en una memorable reunión que se
celebró en la Escuela de Arte de Cubanacán a finales de
los 60: Yo no tengo que acercarme al pueblo. Yo soy
el pueblo. Un alto funcionario del entonces Consejo
Nacional de Cultura, tal vez intentando aleccionar al
auditorio, había insistido en que los artistas debían
reflejar mejor la gran epopeya del pueblo, “acercarse” a
él.
Era difícil aceptar
aquella “sugerencia”. Antonia pertenecía a una
generación de creadores que no solo estaba
revolucionando las artes plásticas en Cuba, sino la
literatura, el teatro, el cine, la música y la danza.
Era una hornada re-descubridora de lo cubano. Defensora
cabal y lúcida de nuestra cultura. Agente de
contemporaneidad. Se trataba de artistas genuinos: José
Lezama Lima, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Virgilio
Piñera, Tomás Gutiérrez Alea, Servando Cabrera, Alicia
Alonso, Benny Moré, Antonio y Manuel Vidal, Raúl
Martínez, Guido Llinás, Tomás Oliva, Hugo Consuegra. El
arte cubano había crecido con ellos: había dado —y
daría— un paso gigante en su universalización.
Antonia no se iba a
“acercar al pueblo” según los edictos del dogmatismo
naciente: adorador de “un arte más realista”, de corte
épico-promocional. Más que las externalidades de la
epopeya, a Ñica le interesaban las honduras. Su
expresionismo agresivo y lúgubre no era bien visto.
Había dolor y drama en sus lienzos y en sus ensamblajes.
Sismos existenciales. Así comenzaron a llegar las
críticas —para ella insoportables— desde cierta curia
funcionarial que, embebida de manuales de “estética
socialista”, pretendía administrar la producción
artística. Después vino la censura. Esa pieza no se
puede premiar: es conflictiva, dijo uno de ellos
(2). La obra de Antonia no encajaba dentro del perfecto
esquema del “arte nuevo”.
Ñica dejó de pintar.
Lo consideró, tal vez, preferible. Guardó todos sus
lienzos y mandó al patio lo que quedaba de algunos de
sus ensamblajes. Desde 1972 hasta 1991 se dedicó a
enseñar, en Juanelo y en Cuba, el arte del papier maché,
de la bisutería, del trabajo con textiles y esmaltes, de
la pintura mural callejera y del teatro comunitario.
Sin réquiem por
Antonia
La vida en pelota
es abrazo. Encuentro de varias generaciones por Antonia.
Muchos artistas cubanos le han rendido, y le rinden,
íntimos homenajes a través de sus obras, pero a once
años de su muerte Ñica aún no ha recibido una reverencia
colectiva. Y esta va sin luto ni Réquiem. (3)
Resultaba impensable
que artistas tan cercanos a Antonia en alma y tiempo, no
estuvieran aquí con sus obras. Porque homenajear a Ñica
—como ellos sí la llamaban siempre— es también rendir
tributo a esa hermosa y valiente generación de pintores.
No se podía destapar esta misteriosa caja que desde años
está por abrirse en un rincón de la historia de nuestra
cultura, sin invitarlos a asomarse.
Así ha llegado a
La vida en pelota Antonio Vidal, quien a pesar de
cierta incomprensión no dejó de hacer sus abstracciones.
Aquí está con una de ellas, fechada en 1999. Así
también, gracias a Sandra Ceballos, Manuel Vidal,
imponente en el dibujo y pionero de nuestro
expresionismo —primer esposo de Antonia—, con magníficas
y poco conocidas tintas, hechas entre 1955 y 1956. Así,
el maestro Guido Llinás, con una pieza inusual, nada
abstracta: su “Retrato de Ñica”, de 1962, lienzo que ha
sido cedido generosamente en préstamo por el
investigador y crítico José Veigas.
Después, cuatro
alumnos de Antonia. Tomás Sánchez, quien accedió gustoso
y confió en Hortensia Montero los cuidados de su
participación, llega con un lienzo de su etapa
expresionista: “Por la mañana” (1973). Por primera vez
será expuesto este cuadro —patrimonio del Museo Nacional
de Bellas Artes. Martí, figura inusualmente tratada por
Tomás, es el ente protagónico del lienzo. Nelson
Domínguez, animador de este proyecto, ha querido
participar con una pieza inédita de sus tiempos rebeldes
—como él dice: “El juicio final de un farsante” (1970).
Dibujo a plumilla sobre cartulina. Un Nelson menos
conocido.
Flavio Garciandía no
tuvo que pensarlo dos veces. Ya había hecho su homenaje
hace más de 30 años. Un fantástico retrato de Antonia,
“Nada Personal” (1977), de su época fotorrealista, que
fue expuesto fugazmente en Galería L a mediados de los
70, y que ha estado conservado durante años en los
Fondos del Museo Nacional de Bellas Artes. Y Pedro Pablo
Oliva, casualmente, ya estaba desarrollando una serie de
dibujos dedicada a Antonia, cuando se le invitó a La
vida en pelota. La pieza, tan contenida en sus
colores y tan provocativa en su título como las de Ñica:
“El misterioso enigma de la erección”.
La terrible
anunciación de cada día
Le gustaba dibujar.
Soñaba con ser diseñadora de modas. Qué contrasentido.
Diseñar una pieza y no poderla llevar con gracia por
esta cojera —pensaba. Sus hermanas veían un talento
especial en ella. Entre todas reunieron dinero para
pagarle la matrícula en una escuela de dibujo comercial.
Tiempo después su hermana Mercedes, desde Nueva York, le
insistía: Ñiquita, tú tienes que entrar a San
Alejandro. No te quedes ahí.
Antonia se agenció
una beca para estudiar en la Academia. Pero solo recibía
29 pesos al mes. No alcanzaba siquiera para comprar
materiales. Para colmos, escuchaba a los artistas de
vanguardia decir que de allí salían pintores mediocres.
Al saber que Amelia Peláez se había graduado en San
Alejandro, sintió un San Alivio. Recuperó fuerzas. Logró
costearse parte importante de sus estudios bordando ropa
de niños en la misma máquina de coser de su “…
Anunciación”.
Roberto Matta, el
pintor chileno con quien Antonia mantuviera extensas
conversaciones sobre arte y astrología a finales de la
década del 60, le preguntó un día si “La Anunciación”
era un retrato de su madre. No. Yo no lo hice
pensando en ella, pero realmente se parece, le dijo.
Para emprender la que
después se consideraría su gran obra, Antonia estuvo
durante un tiempo revisando las Anunciaciones
anteriores. Quedó encantada con las de los maestros
italianos Fra Angelico, Leonardo da Vinci, Botticelli, y
con la del pintor alemán Matthias Grünewald. Revisitó
los azules del Giotto, sus texturas, su dramatismo.
Dejó correr las
semanas. Le costaba mucho trabajo pintar, sentirse
segura ante una tela. Acababa de pasar la Crisis de
Octubre. Días realmente tremendos. Antonia bocetaba en
su mente versiones y visiones. Buscaba un lienzo
contemporáneo, iconoclasta, no menos revuelto y duro que
su tiempo. A comienzos de 1963 tuvo la revelación
definitiva: una sencilla señora de pueblo, sentada
frente a su vieja máquina de coser, que de súbito era
visitada por un cadavérico ángel exterminador. Una
Anunciación popular, despojada de toda nota religiosa.
La terrible Anunciación de cada día.
Esta comedia
humana
La vida en pelota
pretende ser, también, modesta graficación de los ecos y
marcas que el talante artístico de Antonia y su obra,
han tenido en algunos de los creadores que la
sucedieron. Su huella no quedó solo en sus alumnos. Más
allá de mitificaciones y estigmas, Antonia remonta su
tiempo por la osadía tan contemporánea —formal y
esencial— de sus creaciones. En su hiperestésico
expresionismo está su trascendencia estilística, su
inconfundible sello, pero no su vigencia. Su
versatilidad, su afán —en principio pobremente valorado—
por expresarse en términos tridimensionales, su
necesidad de trabajar con formas y soportes “sucios”,
con “cachivaches” y otros “desechos”, sus notables
arrestos experimentales, la mantienen palpitando al
compás de estos días. Pero su actitud frente al arte, su
lucidez rebelde, su atrevida sinceridad y su humildad
bien plantada, la hacen todavía una interlocutora
imprescindible.
Muchos conflictos ya
no son los mismos de ayer. Los soportes expresivos se
han diversificado. Las nuevas tecnologías han entrado
avasallantes al escenario. Pero hay temas y dolores que
permanecen. Temas y dolores que son hijos de los de
Antonia. De esta comedia humana, diría Balzac.
Aquí están, pasadas
por un sensible y a la vez irónico tamiz, dos síntesis
discursivas muy diferentes acerca del mundo femenino
dentro del contexto doméstico. Las obras de Aimée García
y Cirenaica Moreira. El nexo entre ambas es la violencia
—o la presunción de ella. Fuerte extensión de sentido al
ámbito social.
El agresivo y por
momentos crudo lenguaje visual de algunas piezas
incluidas en La vida en pelota, remite al tedio y
al rechazo frente a las “formas correctas” y a los
discursos suaves, amodorrados, circunloquiales y
enajenantes que estas no pocas veces encierran. Es el
caso, por ejemplo, de obras como las de Damián Aquiles y
Carlos Montes de Oca. Es el de Moisés Finalé,
protagonista de la revolución plástica de los 80 en
Cuba, que expone un lienzo suyo de 1990 (únicamente
mostrado en París aquel año): “Su doble cabeza”. “Mala
pintura” que registra el mundo subconsciente del gran
macho. Y es también el caso de Sandra Ceballos: dibujo
de deliberado look expresionista, que podría
sugerirnos una parodia de “El grito”, de Edvard Munch.
Con textos copiados a bolígrafo y en apretadas líneas,
compone Sandra el ambiente atormentado, el terrible
gesto de su obra.
Escrutadoras,
mordaces, por momentos bien humoradas en su
aproximación, son las obras de Alain Pino, Alejandro
González y Liudmila & Nelson. Sus piezas son viajes
interiores de resonancia colectiva. Pequeños vértigos.
Límites, referentes y fantasías que se comparten. Lázaro
Saavedra, con su cáustico e inteligente modo de hacer,
instala una sala de proyección donde varios muñecos de
papier maché (alegoría a Antonia) observan un
“instructivo” video-arte. Sandra Ramos, cronista aguda
de estos tiempos, ha tridimensionalizado el lenguaje de
sus grabados para provocar aún lecturas más amplias.
En soportes muy
diferentes, y con tonos dramáticos también distintos,
Mabel Poblet (la más joven de los artistas
participantes) y Fernando Rodríguez, se apropian de la
emblemática pieza de Antonia, “La Anunciación”, para
referirse a un tema medular en la obra de ambos: la
identidad —ya sea de modo autobiográfico (Mabel), o a
través de la creación de un alter ficticio, ingenuo y
opinático que conecta ingeniosamente al Yo con lo
colectivo.
En su deseo de ser un
homenaje libre, La vida en pelota corría el
peligro de sumirse en la dispersión. Tal vez en la
monotonía. Sin embargo, no restringir el umbral
temático, no “especializar” la muestra (“El
expresionismo en la pintura cubana después de Antonia”,
por ejemplo), parecía lo más coherente. Antonia y su
espíritu artístico no serían el único nexo común de la
muestra. Debía ser también —para la satisfacción misma
de la Eiriz— una reflexión colectiva acerca del
INDIVIDUO, de su historia y sus dramas sobre esta Isla,
sobre este gran Juanelo que todos habitamos.
Reencuentro
Miami. Jueves 9 de
marzo de 1995. Regía Neptuno: astro de la fe y la
caridad, también de la confusión y de los gustos
mórbidos. Un fuerte dolor en el pecho sorprendió a
Antonia. Solo dos años habían transcurrido de su llegada
a la Florida. Sus cartas le habían dicho que volvería a
pintar, pero no que iba a morir así, ahora, tan rápido,
lejos del Juanelo.
Acababa de hacer una
exposición en el Museum of Art - Fort Lauderdale
(4). Una buena muestra, ciertamente, pero no como
aquella de 1991 en la galería Galiano. Reencuentro
la llamaron. Después de mucho ruego unos estudiantes de
arte habían logrado convencerla de que expusiera (5).
Antonia, tal vez más dueña de su soberbia, puso manos
sobre toda aquella obra guardada por más de 25 años en
su casa: restauró ella misma sus lienzos, rehizo algunos
de sus olvidados ensamblajes (anuncios del arte que
estallaría en los 80).
En Reencuentro
pudieron verse por primera vez “La procesión”, “Réquiem
por Salomón”, “El dueño de los caballitos”, junto a
otras telas más conocidas como “La Anunciación”, o
“Cristo saliendo de Juanelo”. Solo así pudo el público
cubano reencontrarse con la mítica Antonia Eiriz. Y solo
así Ñica había podido ver su obra de conjunto. Verla en
su dramático decurso. Si un pintor puede expresar el
momento en que ha vivido, es genuino. Así que me
absuelvo, se dijo a sí misma. Ese había sido uno de
los momentos más felices de su vida.
Epílogo
Es noche ya. La
galería Servando abre sus puertas. Hoy rige Antonia
Eiriz, que ni es astro ni signo en el zodiaco. Es
solamente Antonia. Y eso basta.
Notas:
(1) Se parodia título de un lienzo de
Antonia de 1963, titulado “Réquiem por Salomón”. Con
esta pieza Antonia Eiriz hace homenaje a uno de los
personajes del dibujante Chago Armada. Salomón, el
filósofo bufón, desaparece en noviembre de 1961 con el
cierre del suplemento cultural Lunes de Revolución,
del periódico Revolución.
(2) Se refiere a “Una tribuna para la paz
democrática”. Consultar entrevista realizada a Antonia
Eiriz por Giulio V. Blanc. Revista Art Nexus.
Julio-septiembre 1994.
(3) En diciembre de 1995, la galería La
Acacia organizó el primer homenaje póstumo a Antonia,
Antonia Eiriz. La aspereza que precede al amor, con
obras de la artista nunca antes expuestas. Se trataba de
dibujos en tinta sobre papel. En noviembre de 1998 se
inauguró, en el contexto del Segundo Salón de Arte
Cubano Contemporáneo, la muestra Jao Moch, curada
por el artista José Ángel Toirac. Esta exposición fue
dedicada a Antonia Eiriz, pero su interés era “analizar
los efectos de la relación arte-mercado a nivel local y
la redistribución actual de los espacios de inserción y
localización de la producción plástica…”
(4) “Antonia Eiriz: Tributo a una
leyenda”. Exposición de Antonia en el Museum of Art -
Fort Lauderdale, en 1995.
(5) “Reencuentro” fue organizada por
Silvia Margarita del Valle, Nelson Villalobos y otros
estudiantes de arte. Ellos la convencieron de participar
en un proyecto de tesis de grado que incluía esta
exposición individual de Antonia. “Reencuentro” permitió
que una nueva generación de artistas -más independiente
y crítica respecto a su medio social- redescubriera la
obra de la Eiriz.
Texto introductorio del catálogo de la
exposición La vida en pelota. |