Año V
La Habana

18 al 24 de NOVIEMBRE
de 2006

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La Habana: Una reverencia para Antonia Eiriz
Mario Vizcaino Serrat La Habana


Una veintena de pintores de estilos y conceptos estéticos diferentes están compartiendo espacio en una galería de La Habana por una sola razón: reverenciar a Antonia Eiriz, una de las grandes artistas cubanas del siglo XX cubano y latinoamericano.

Fallecida en Miami en 1995, ciudad a la que había llegado dos años antes, Eiriz sigue siendo una referencia sólida para cualquier pintor cubano residente o no en la Isla, de ahí que la invitación a este tributo recibió una respuesta rápida y entusiasta de todos los artistas.

La exposición se titula La vida en pelota, paráfrasis de “La muerte en pelota”, lienzo que Eiriz trabajó en 1966.

Emblema del expresionismo, Eiriz fue profesora de varias generaciones de pintores, creó con libertad —como le dictó su personalidad desenfadada—, vivió intensamente y dejó una huella profesional que resiste las corrosiones del tiempo.

Por eso, en la galería Servando Cabrera, en la barriada de El Vedado, concurren obras de creadores consagrados y de otros más jóvenes sin restricciones estéticas ni conceptuales. Solo la consecuencia con el espíritu rebelde de Antonia Eiriz ha sido el punto de comunión entre todas las piezas expuestas.

De acuerdo con el periodista Eduardo Jiménez, quien escribió las palabras del catálogo y coordinó la exposición junto a Sachie Hernández, especialista principal de la galería, el criterio de la libertad guió la idea del homenaje, pues es el mejor modo de enaltecer un espíritu que era contrario a la monotonía y la rutina. No quisieron correr el riesgo de restringir la muestra y conducirla por una camino estrecho, de ahí su variedad temática y la diferencia de concepto entre las obras expuestas.

Entre los creadores hay cuatro que fueron alumnos de Antonia Eiriz y que desde hace varios años son de lo mejor de la pintura insular: Pedro Pablo Oliva —quien recibió en estos días el Premio Nacional de Artes Plásticas 2006 en Cuba—, Tomás Sánchez, Flavio Garciandía y Nelson Domínguez.

Cuando lo llamaron, Oliva conformaba una serie de dibujos de homenaje precisamente a Eiriz, y presentó uno de ellos. Los materiales de Garciandía y Sánchez son préstamos del Museo Nacional de Bellas Artes, mientras Domínguez aportó uno que conservaba hacía años y cuya esencia se aviene con el objetivo del homenaje.

Otro de los puntales del arte cubano presente en la muestra es Moisés Finalé, paradigmático en la década del 80, y lo acompañan Sandra Ceballos, Alain Pino, Alejandro González y Liudmila & Nelson, además de Lázaro Saavedra.

Dos pintores presentaron trabajos a partir de la Anunciación, una pieza crucial en la obra de Eiriz: Mabel Poblet, la más joven de los artistas, y Fernando Rodríguez, y volvieron a la identidad, tema esencial en la obra de ambos.

De acuerdo con las palabras del catálogo, “resultaba impensable que artistas tan cercanos a Antonia en alma y tiempo no estuvieran aquí con sus obras. Porque homenajear a Ñica —como ellos sí la llamaban— es también rendir tributo a esa hermosa y valiente generación de pintores. No se podía destapar esa misteriosa caja que desde hace años está por abrirse en un rincón de la historia de nuestra cultura sin invitarlos a asomarse”. Por eso, la presencia de Antonio Vidal, de Manuel Vidal —primer esposo de Ñica—, y de Guido Llinás.

Ahora, en el centro de La Habana, se asoman estos pintores rebosantes de talento y de deseos de hacerle a Antonia un guiño de ojo cómplice desde el privilegio que representa poder penetrar en lo recóndito de la esencia humana y extraer todo lo que les interesa para hacer pensar.

Quizá sea esta una de las muestras más atractivas de los últimos tiempos en la plástica en la Isla, donde Eiriz dejó una huella tan sólida que ningún artista, viejo o nuevo, puede obviar.
 

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