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Una veintena de pintores de estilos y conceptos
estéticos diferentes están compartiendo espacio en una
galería de La Habana por una sola razón: reverenciar a
Antonia Eiriz, una de las grandes artistas cubanas del
siglo XX cubano y latinoamericano.
Fallecida en Miami en 1995, ciudad a la que había
llegado dos años antes, Eiriz sigue siendo una
referencia sólida para cualquier pintor cubano residente
o no en la Isla, de ahí que la invitación a este tributo
recibió una respuesta rápida y entusiasta de todos los
artistas.
La
exposición se titula La vida en pelota,
paráfrasis de “La muerte en pelota”, lienzo que
Eiriz trabajó en 1966.
Emblema del expresionismo, Eiriz fue profesora de varias
generaciones de pintores, creó con libertad —como le
dictó su personalidad desenfadada—, vivió intensamente y
dejó una huella profesional que resiste las corrosiones
del tiempo.
Por eso, en la galería Servando Cabrera, en la barriada
de El Vedado, concurren obras de creadores consagrados y
de otros más jóvenes sin restricciones estéticas ni
conceptuales. Solo la consecuencia con el espíritu
rebelde de Antonia Eiriz ha sido el punto de comunión
entre todas las piezas expuestas.
De
acuerdo con el periodista Eduardo Jiménez, quien
escribió las palabras del catálogo y coordinó la
exposición junto a Sachie Hernández, especialista
principal de la galería, el criterio de la libertad guió
la idea del homenaje, pues es el mejor modo de enaltecer
un espíritu que era contrario a la monotonía y la
rutina. No quisieron correr el riesgo de restringir la
muestra y conducirla por una camino estrecho, de ahí su
variedad temática y la diferencia de concepto entre las
obras expuestas.
Entre los creadores hay cuatro que fueron alumnos de
Antonia Eiriz y que desde hace varios años son de lo
mejor de la pintura insular: Pedro Pablo Oliva —quien
recibió en estos días el Premio Nacional de Artes
Plásticas 2006 en Cuba—, Tomás Sánchez, Flavio
Garciandía y Nelson Domínguez.
Cuando lo llamaron, Oliva conformaba una serie de
dibujos de homenaje precisamente a Eiriz, y presentó uno
de ellos. Los materiales de Garciandía y Sánchez son
préstamos del Museo Nacional de Bellas Artes, mientras
Domínguez aportó uno que conservaba hacía años y cuya
esencia se aviene con el objetivo del homenaje.
Otro de los puntales del arte cubano presente en la
muestra es Moisés Finalé, paradigmático en la década del
80, y lo acompañan Sandra Ceballos, Alain Pino,
Alejandro González y Liudmila & Nelson, además de Lázaro
Saavedra.
Dos pintores presentaron trabajos a partir de la
Anunciación, una pieza crucial en la obra de Eiriz:
Mabel Poblet, la más joven de los artistas, y Fernando
Rodríguez, y volvieron a la identidad, tema esencial en
la obra de ambos.
De
acuerdo con las palabras del catálogo, “resultaba
impensable que artistas tan cercanos a Antonia en alma y
tiempo no estuvieran aquí con sus obras. Porque
homenajear a Ñica —como ellos sí la llamaban— es también
rendir tributo a esa hermosa y valiente generación de
pintores. No se podía destapar esa misteriosa caja que
desde hace años está por abrirse en un rincón de la
historia de nuestra cultura sin invitarlos a asomarse”.
Por eso, la presencia de Antonio Vidal, de Manuel Vidal
—primer esposo de Ñica—, y de Guido Llinás.
Ahora, en el centro de La Habana, se asoman estos
pintores rebosantes de talento y de deseos de hacerle a
Antonia un guiño de ojo cómplice desde el privilegio que
representa poder penetrar en lo recóndito de la esencia
humana y extraer todo lo que les interesa para hacer
pensar.
Quizá sea esta una de las muestras más atractivas de los
últimos tiempos en la plástica en la Isla, donde Eiriz
dejó una huella tan sólida que ningún artista, viejo o
nuevo, puede obviar.
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