Año V
La Habana

18 al 24 de NOVIEMBRE
de 2006

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Fe de lo visto en
“Sueño de una noche de verano”

Miguel Gerardo Valdés Pérez La Habana


No es ejercicio frecuente de quien redacta esta crónica —dado el prioritario interés en los procesos comunicativos que ocurren en el hecho teatral— la reseña de piezas para niños. Las razones pudieran parecer verdad de Perogrullo: un género, que más allá del análisis del fenómeno emisión-recepción-retroalimentación de mensajes, exige aguda mirada desde lo medularmente teatral; así como pleno conocimiento de las técnicas escénicas imprescindibles en el tratamiento —y convencimiento— de tan peculiar y menudo público. No obstante, hay ocasiones en que se impone asumir la funcionalidad del popular refrán que sentencia vista hace fe, y dar fe de lo visto.

Tal es el caso de “Sueño de una noche de verano”, adaptación homónima de la novel Liliana Pérez-Recio, que Teatro Nacional de Guiñol (TNG) ha subido a escena en dirección artística compartida con Roberto Fernández.

La puesta recrea personajes y situaciones de la comedia homónima shakesperiana, escrita a finales del siglo XVI. Este fecundo dramaturgo, más reconocido por su producción de tragedias, en las que caracterizó diversos ángulos de las pasiones humanas, también incursionó en la lírica y escribió comedias con ambientes pastorales y personajes de las letras españolas predecesoras.

La intensidad y violencia con que Shakespeare juzgó los comportamientos de los individuos en sus tragedias, y sus fatídicos finales, no han dejado de seducir y atrapar a todos quienes se someten al influjo de sus conflictos y moralizantes tesis. No importa si se trata de creadores o espectadores, la atracción para ambos casos ha sido, es, y de seguro será, una constante para diversos géneros. Algo similar ha ocurrido con muchas de sus comedias.

En esta oportunidad, la sugerencia escénica de TNG ha dirigido su colimador hacia un espectador peculiar en todos los sentidos: inquieta presencia, sagaz imaginación, absoluta ausencia de formalidades en los comportamientos y sobre todo, plena sinceridad para aprobar o rechazar todo lo que no resulte lo suficientemente interesante como para acaparar plenamente su atención. A pesar de los riesgos mencionados, y de los que entraña representar uno de los clásicos del Teatro Isabelino, el equipo creador halló los recursos necesarios para dar en el objetivo.

Elementos bucólicos y fantásticos se aprovechan como recursos de apoyatura para despertar la motivación infantil: espíritus del bosque, nomos, hadas y hasta un simpático burro.

Los títeres de varilla que representan a cada uno de los personajes se han concebido con elegancia y sobriedad. La inusual elección del color blanco, tanto para el ropaje como para los elementos corpóreos de los títeres, es un detalle que bien se aprovecha e impacta en las escenas de “teatro negro”.  La blancura de las túnicas y los peinados típicos  de las clásicas civilizaciones grecolatinas contrastan visualmente con los brillantes colores verde, rojo y amarillo de las telas escenográficas por donde emergen  muñecos y actores.

A la vista del expectante y diminuto público solo aparecen cinco integrantes de la tropa que se infiere detrás del montaje: escenografía, luces, diseños, vestuario, maquillaje y banda sonora. Cinco actores que logran la interrelación mediante razonable conjunción y equilibrio entre experiencia en el medio y renovación actoral.

María Luisa de la Cruz y Mario González integran las filas de las figuras fogueadas. Liliana Pérez-Recio, Rigel González y Yosvany Brito, las del complemento generacional que asegura el relevo y la pervivencia del género. Pérez-Recio, de proverbial modestia escénica y talento, supo combinar las labores de adaptación del texto, producción, dirección artística y actuación. Brito y González, mostraron carisma, potencialidades y un buen decir favorecido por la adecuada proyección de la voz y el cuerpo.

“Sueño de una noche de verano”, bajo la dirección general del maestro Armando Morales, es una obra, además, que abre el diapasón y permite la entrada a los adolescentes y a esos adultos que  no  han  renunciado a las fantasías, la sinceridad y la ternura como condimentos vitales.
 

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