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No es ejercicio frecuente de quien redacta esta crónica
—dado el prioritario interés en los procesos
comunicativos que ocurren en el hecho teatral— la reseña
de piezas para niños. Las razones pudieran parecer
verdad de Perogrullo: un género, que más allá del
análisis del fenómeno
emisión-recepción-retroalimentación de mensajes, exige
aguda mirada desde lo medularmente teatral; así como
pleno conocimiento de las técnicas escénicas
imprescindibles en el tratamiento —y convencimiento— de
tan peculiar y menudo público. No obstante, hay
ocasiones en que se impone asumir la funcionalidad del
popular refrán que sentencia vista hace fe, y dar
fe de lo visto.
Tal es
el caso de “Sueño de una noche de verano”, adaptación
homónima de la novel Liliana Pérez-Recio, que Teatro
Nacional de Guiñol (TNG) ha subido a escena en dirección
artística compartida con Roberto Fernández.
La
puesta recrea personajes y situaciones de la comedia
homónima shakesperiana, escrita a finales del siglo XVI.
Este fecundo dramaturgo, más reconocido por su
producción de tragedias, en las que caracterizó diversos
ángulos de las pasiones humanas, también incursionó en
la lírica y escribió comedias con ambientes pastorales y
personajes de las letras españolas predecesoras.
La
intensidad y violencia con que Shakespeare juzgó los
comportamientos de los individuos en sus tragedias, y
sus fatídicos finales, no han dejado de seducir y
atrapar a todos quienes se someten al influjo de sus
conflictos y moralizantes tesis. No importa si se trata
de creadores o espectadores, la atracción para ambos
casos ha sido, es, y de seguro será, una constante para
diversos géneros. Algo similar ha ocurrido con muchas de
sus comedias.
En esta
oportunidad, la sugerencia escénica de TNG ha dirigido
su colimador hacia un espectador peculiar en todos los
sentidos: inquieta presencia, sagaz imaginación,
absoluta ausencia de formalidades en los comportamientos
y sobre todo, plena sinceridad para aprobar o rechazar
todo lo que no resulte lo suficientemente interesante
como para acaparar plenamente su atención. A pesar de
los riesgos mencionados, y de los que entraña
representar uno de los clásicos del Teatro Isabelino, el
equipo creador halló los recursos necesarios para dar en
el objetivo.
Elementos bucólicos y fantásticos se aprovechan como
recursos de apoyatura para despertar la motivación
infantil: espíritus del bosque, nomos, hadas y hasta un
simpático burro.
Los
títeres de varilla que representan a cada uno de los
personajes se han concebido con elegancia y sobriedad.
La inusual elección del color blanco, tanto para el
ropaje como para los elementos corpóreos de los títeres,
es un detalle que bien se aprovecha e impacta en las
escenas de “teatro negro”. La blancura de las túnicas y
los peinados típicos de las clásicas civilizaciones
grecolatinas contrastan visualmente con los brillantes
colores verde, rojo y amarillo de las telas
escenográficas por donde emergen muñecos y actores.
A la
vista del expectante y diminuto público solo aparecen
cinco integrantes de la tropa que se infiere detrás del
montaje: escenografía, luces, diseños, vestuario,
maquillaje y banda sonora. Cinco actores que logran la
interrelación mediante razonable conjunción y equilibrio
entre experiencia en el medio y renovación actoral.
María
Luisa de la Cruz y Mario González integran las filas de
las figuras fogueadas. Liliana Pérez-Recio, Rigel
González y Yosvany Brito, las del complemento
generacional que asegura el relevo y la pervivencia del
género. Pérez-Recio, de proverbial modestia escénica y
talento, supo combinar las labores de adaptación del
texto, producción, dirección artística y actuación.
Brito y González, mostraron carisma, potencialidades y
un buen decir favorecido por la adecuada proyección de
la voz y el cuerpo.
“Sueño
de una noche de verano”, bajo la dirección general del
maestro Armando Morales, es una obra, además, que abre
el diapasón y permite la entrada a los adolescentes y a
esos adultos que no han renunciado a las fantasías,
la sinceridad y la ternura como condimentos vitales.
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