Año V
La Habana
18 al 24 de NOVIEMBRE
de 2006

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Llave del Nuevo Mundo.
Antemural de las Indias Occidentales

José Martín Félix de Arrate


Capítulo III

Del apresto de Diego Velázquez para pasar a Cuba, su arribo a ella, principios de su población y primitivo establecimiento de la villa de La Habana

Nombrado ya, como dejo dicho en el capítulo primero, el capitán Diego Velázquez para que pasase a poblar a Cuba, se divulgó por toda La Española el armamento que disponía para esta empresa[i]; y como era persona rica y acreditada de gran prudencia y afabilidad en los manejos y comisiones que había obtenido, y por eso generalmente aceptable a los castellanos, le siguieron hasta trescientos de ellos; y en cuatro embarcaciones que estaban preparadas para el transporte en Salvatierra de la Sabana, situada en el cabo de la isla de Santo Domingo, pasaron con felicidad a la de Cuba, desembarcando en el puerto de Palmas, cercano a la punta de Maisí[ii].

Desde este paraje, venciendo muchas dificultades que ocasionaba la espesura de los montes, que por aquella parte son, aun hoy, fragosos o intraficables, y alguna leve resistencia de los habitadores de aquella provincia, que eran los más indios fugitivos y malcontentos de La Española, a quienes esforzaba la ojeriza del cacique Hatuey, adverso a la dominación de los castellanos, comenzó Velázquez a intentar su población, año de 1512, fundando en la ribera de un puerto de la costa del norte la villa de la Asunción de Baracoa, que fue la primera de la Isla, y estimada algún tiempo cabeza suya.

Establecido ya en la nueva villa dicho capitán y poblador, determinó enviar con suficiente acompañamiento a Pánfilo de Narváez, y al licenciado Bartolomé de las Casas, que fue después el decantado Obispo de Chiapa, a reconocer y pacificar los lugares y gentes de la Isla; siendo el efecto algo contrario a los fines de su intención y de la jornada, porque el ardor natural e imprudencia del primero dio varios motivos de desazón e inquietud a los isleños[iii]. Pero serenados los ánimos de éstos, parte por la docilidad y mansedumbre de sus genios y parte por la bondad del padre Casas, pasaron desde las provincias del Bayamo y Camagüey, que es donde se asentaron después las villas de San Salvador y Sta. María del Puerto del Príncipe, hasta lo más occidental de la Isla, en que estaba situada la provincia de La Habana.

Detuviéronse en ésta algún tiempo con el designio de recobrar ciertos españoles que habían librado de un naufragio y residían en ella, los cuales les mandó entregar el Cacique; pero luego que tuvieron aviso de que Diego Velázquez venía a encontrarse con ellos en el puerto de Jagua, partieron para allí los citados Narváez y Casas con la demás gente que habían traído, y se juntaron con Velázquez en el prevenido lugar. Tomáronse en él las providencias de fundar la villa de la Trinidad, en la costa del Sur, y la de Sancti-Spíritu en lo interior de la Isla, a distancia de veinte leguas de aquélla, habiéndose plantificado en este mismo año, que fue el de 1514, las otras tres villas de Santiago de Cuba, San Salvador del Bayamo y Santa María del Puerto del Príncipe, y al año siguiente la de San Cristóbal de La Habana.

La escasa y confusa noticia que los historiadores de las Indias han dejado en sus obras cerca de las referidas poblaciones, y particularmente de la última que es la de mi intento, se ha hecho más sensible, y aun irreparable, por no tener recurso a los archivos y monumentos antiguos de esta Isla, que se han perdido por varios accidentes, experimentándose la misma desgracia en los de esta ciudad; porque habiéndola sorprendido un corsario francés el año de 1538, a los veintitrés de su fundación, perecieron, como he referido en el prólogo, en el incendio que padeció entonces, y ha sido el único que hasta ahora le ha ocasionado la envidia de los enemigos. Por cuya razón no tocaré este punto con la claridad y certeza que es necesaria, sino con la que ministran algunas inferencias de las citadas historias y tradición de los antiguos.

Dio principio Diego Velázquez, con la asistencia de los ya nombrados Narváez y Casas, a la fundación y establecimiento de La Habana el referido año de 1515, llamándole villa de San Cristóbal por haberla comenzado a poblar su propio día, que es el veinticinco de julio, aunque acá se celebra, por especial indulto de la Silla Apostólica, a dieciséis de noviembre, porque no se embarace la festividad con la de Santiago patrón de España y de la Isla[iv]. Pero a más del expresado motivo puede discurrirse concurriría también el de obsequiar con la memoria y título de este santo mártir al Almirante de las Indias, por haber tenido su glorioso padre este mismo nombre.

El de Habana, que obtiene y escribe cierta pluma ser voz fenicia, derivada de los hebreos, o de la ciudad de Aba, de donde afirma no está lejos el río Abana de Damasco,[v] que refiere la Sagrada Escritura, lo tomó o se lo dieron en mi sentir por la provincia en cuyos términos fue asentada la nueva villa así como las demás primitivas poblaciones de esta Isla, pues a excepción de la Trinidad y Sancti-Spíritu, que conservan únicamente las denominaciones sagradas que les dio el poblador, todas mantienen el nombre de las provincias en que fueron establecidas, y aun la villa del Puerto del Príncipe es conocida y llamada hasta ahora, aunque no generalmente, Camagüey, título que tenía entre los naturales aquel territorio o provincia en que fue situada, como se percibe del cronista Herrera, infiriéndose también del mismo lo que he dicho del renombre de Habana, pues antes de tratar de la fundación de la villa de San Cristóbal, hace muchas veces mención de la provincia titulada La Habana en que fue asentada después. Lo que desvanece enteramente la conjetura de un moderno, que pensó que este nombre se le pudo haber impuesto por el lugar de Habanilla, encomienda en España del orden de Calatrava, por relación que uno de los principales pobladores de esta villa tenía con los señores del citado lugar, como se tocará en otro de esta obra.

El primer sitio o paraje que eligió y tomó para poblar La Habana no se sabe con certeza, porque aunque algunos ancianos afirman que su primitivo asiento fue junto a la boca del río de la Chorrera, nombrado de los indios Casiguaguas, distante como una legua de donde ahora está situada esta ciudad,[vi] esto se opone a lo que dicen y aseguran muy graves cronistas de estos reinos, cuyos escritos hacen constante que de la banda o costa del Sur, en donde estuvo fundada, se trasladó a la del Norte a la orilla del puerto de Carenas, en que hoy existe, y como la expresada boca de la Chorrera se halla y está en un mismo paralelo y costa que el prevenido puerto, se convence no haber sido allí su primera fundación.[vii]

Ni hace fuerza en contrario la circunstancia en que se particulariza Gómara entre los demás historiadores de Indias, pues aunque tratando del primer asiento que tuvo la villa, la expresa situada a la boca del río Onicajinal, no puede inferirse sea éste el de la Chorrera, porque teniendo la boca al Norte, como se ha dicho, se implicaría notoriamente en afirmar que estuvo fundada en la parte del Sur.[viii] A que se añade que así como se conserva la memoria del apelativo de Casiguaguas, que le daban los naturales, era muy regular el que permaneciese también el título de Onicajinal que le da Gómara, el que hoy no se encuentra, ni aun por consonancia, en ninguno de los que tenemos noticia derraman en una y otra costa, ni se ve ni registra en algunos más antiguos de la Isla, y sólo puedo asentir a que si su primero establecimiento estaba, como se dice y yo supongo, en la costa del Sur, es muy posible fuese el que ahora llaman de la Bija, que desemboca en ella en paraje más oriental que el Batabanó, y en donde estoy informado se divisan algunas señales de que hubo antiguamente embarcadero.

A más del fundamento propuesto arriba que ministra la historia para no convenir en que esta villa estuviese poblada en las proximidades de la boca de la Chorrera, que cae al Norte, sino en otro paraje de la banda del Sur, lo persuade también otra razón apoyada en la autoridad del cronista Herrera, quien escribe que como hasta entonces los más descubrimientos que se hacían y empresas que se intentaban eran hacía el Sur en la Tierra Firme, se discurría por Velázquez ser conveniente para el comercio asentar sus poblaciones en aquella banda de mediodía, y para que mejor pudiese comunicarse con las demás de la Isla, pues exceptuada la de Baracoa, todas tenían sus puertos o surgideros al mismo Sur.[ix]

En esta duda o contrariedad, que resulta de lo que afianza la historia y persuade la tradición, conformándome más con la autoridad y razones que favorecen aquélla que con la sencilla noticia que comunica ésta, he llegado a creer como indubitable que nuestra villa de San Cristóbal estuvo al principio plantificada en las cercanías de Batabanó, en otro surgidero inmediato de aquella costa o banda meridional: asunto sobre que expondré en el capítulo siguiente algunos fundamentos que corroboren el argumento, dejando al juicio de los más prudentes lectores la decisión de este problema, en que por encontrar o descubrir lo más cierto, propongo lo que me parece más verosímil. No siéndolo para mí en ningún modo el que si hubiese sido situada esta villa en la Chorrera, como se dice, estando este paraje tan próximo a la parte donde ahora está, se dejasen de ver en aquel terreno algunos vestigios de la población antigua o a lo menos se conservase la memoria, llamando a aquel paraje Pueblo Viejo, como sucede con otros lugares que se han mudado en diversos países. Ni considero posible que, estando tan poco distantes ambos sitios, se escogiese aquél que solamente tiene una corta ensenada abierta, y no éste que gozaba de una bahía tan hermosa y resguardada, aunque sufragase por el primero el estar muy contiguo al río, pues esta conveniencia en que excedía al segundo no era comparable con la del puerto que tenía éste, siendo muy fácil de conseguirse, como después se consiguió, el conducir de un sitio a otro las aguas para la provisión de la nueva villa.

Capítulo IV

En que se proponen otras razones que persuaden haber sido poblada en la costa del Sur la villa de La Habana, y sido sus primeros vecinos los que se expresan

Entre las razones de congruencia que reservé tocar en este capítulo, a fin de establecer mejor contra una vulgar tradición la autoridad de una noticia histórica que nos persuade a creer que esta villa estuvo antes fundada en las cercanías del Batabanó o en otro surgidero inmediato, expondré primeramente la de haber venido Diego Velázquez, como refiere Herrera, desde Baracoa al puerto de Jagua por la costa del Sur y ser regular que por esta misma banda pasara desde Jagua a fundar La Habana, y que llegando al Batabanó u otro surgidero que tendría esta provincia por aquella parte, lo escogiese para plantar la nueva villa, concepto en que me hace afianzar un pasaje de la Historia de Nueva España escrita por D. Antonio Solís, que a mi juicio y el de otros sujetos más reflexivos ha parecido muy bien fundado.

Refiriendo este elegante historiador el viaje de Cortés y su armada desde la Trinidad a La Habana, dice: “Partió con la armada al puerto de La Habana, último paraje de aquella Isla, por donde empieza lo más occidental de ella a dejarse ver del Septentrión”. [x]De cuyas cláusulas, omitiendo otras semejantes del mismo autor y de Herrera, se deducen a mi ver dos cosas con bastante claridad. La una que esta villa estuvo antes fundada en aquella costa del Sur, pues si estuviera en ésta del Norte, en que está la boca del río de la Chorrera, que tiene a la frente el Septentrión, no expresara que desde La Habana comenzaba a dejarse ver de éste lo más occidental de la Isla. Y la otra que siendo aquella parte cercana al Batabanó, según demuestra la delineación de la Isla, el paraje por donde parece comienza a inclinarse algo hacia el Norte apartándose un poco del Sur lo más occidental de ella, es consiguiente que en aquel surgidero o en otro inmediato estuviese plantada entonces la antigua o primera villa.

Pero contra todo lo expuesto puede decirse o replicarse, con lo que se infiere del contexto de otras palabras que en su historia de Nueva España trae Bernal Díaz del Castillo, ser muy probable lo contrario.[xi] Son así a la letra: “Fuimos a un puerto, que se dice en lengua de Cuba Jaruco, y es en la banda del Norte, y estaba ocho leguas de una villa que entonces tenían poblada, que se decía de San Christóval, que desde dos años la pasaron a donde agora está”. Las cuales esfuerzan o corroboran más otras del mismo escritor al capítulo siguiente, en donde refiere que: “En ocho días del mes de febrero del año de 1517 salimos de La Habana, y nos hicimos a la vela en el puerto de Jaruco”. Y de unas y otras cláusulas se deduce que, estando esta villa solamente ocho leguas del mencionado puerto, no era su situación en la costa del Sur, cuando es inconcuso que la menor latitud que tiene la Isla de costa a costa es de catorce leguas, y esto de Batabanó a La Habana, que es lo más angosto, pero no de Jaruco a Batabanó, que median sin duda más. De donde se hace más creíble estuviese fundada en la Chorrera, que dista de Jaruco nueve o diez leguas, en que es menos notable la diferencia del número que se asigna.

No puedo negar que esta réplica a la primera vista hace fuerza, y parece destruye los fundamentos de mi sistema, y más siendo producida por un autor que con sus propios ojos, y no guiado de ajenos informes, como Herrera y Solís, escribe y da noticia de lo que vio y pudo ver en tres o cuatro ocasiones que consta por su historia haber estado en La Habana. Pero todo esto se desvanece y allana fácilmente si se reflexiona, lo primero, que en aquella edad es muy regular no estuviesen puntualmente medidas las distancias que había de lugar a lugar, y así aunque se reputasen por ocho leguas las que mediaban desde Jaruco a La Habana antigua, podían ser y con efecto serían más en la realidad, porque ni aun hoy hay en esto la mayor exactitud, viniendo a este propósito lo que sintió un grave y moderno autor sobre la diferencia de leguas que se dan en España, diciendo que estas distribuciones de distancias no se hicieron siempre con el cordel en la mano sino por juicio, o como dicen a ojo.[xii] Y lo segundo, que expresando ser la situación del puerto de Jaruco al Norte, nada dice sobre que La Habana estuviese poblada en la misma costa, siendo tan fácil y consiguiente esta expresión; arguyéndose muy bien de este silencio y de otras cláusulas, que trasladaré del capítulo 23 de la misma obra, que la expresada villa estaba fundada en la contraria.

Dice pues en el lugar citado, hablando sobre la demora que tuvo Hernán Cortés en su navegación desde el puerto de la Trinidad al de La Habana, lo siguiente: “Teníamos sospecha no se hubiese perdido en los Jardines que es cerca de las islas de Pinos, donde hay muchos baxos, que son diez o doce leguas de La Habana”.[xiii] Luego, siendo indisputable que los referidos bajos nominados los Jardines están en la costa del Sur, y que distaban según sus cláusulas diez o doce leguas de la primitiva villa, se hace evidente que estaba situada en aquella banda, y no en la del Norte.

Pruébase esto con más claridad, lo primero, porque era regular referir la distancia que había desde dichos bajos a la tierra tomándola desde ellos a la costa del Sur a donde caen, que no desde esos mismos a la del Norte, de que están tan apartados. Lo segundo, por ser innegable que los citados jardines están distantes del Batabanó, o de aquella costa del Sur, trece o catorce leguas, conforme al más ajustado o corriente cómputo; y de aquí es que supuesta la latitud, que por donde menos tiene la Isla, distarían dichos bajos veintiocho leguas de esta banda del Norte; de cuya diferencia debe tenerse por más verosímil el que errase en una o dos leguas, que no en tantas. Y por consiguiente ser muy conforme a la distancia que señala desde aquellos bajos a La Habana el que la situación de ésta fuese en la otra costa y no en ésta. Y si lo expuesto no fuere admisible, considerándose equivocación del autor, también inferiré lo mismo, y con mayor fundamento, de la distancia que expresa había desde Jaruco la antigua villa de San Cristóbal.

Mas aunque faltase todo lo que se ha dicho y alegado arriba sobre el asunto, bastaría en mi entender para afianzar la noticia histórica, y persuadir que el establecimiento primero de la villa fue en aquella costa del Sur y cercanías del Batabanó, un monumento antiguo y auténtico que he encontrado en los libros de este Cabildo, que por la dificultosa inteligencia de la letra redonda no había sido descubierto hasta ahora.

Consta, pues, de él que en 18 de marzo de 1569 hizo pedimento Diego Hernández, indio, suplicando se le concediese para corral de puercos un sitio que estaba en el Pueblo Viejo, dos leguas de Yamaraguas y doce de esta villa. De cuyo contexto se deducen varias reflexiones que califiquen el argumento propuesto y corroboren la opinión que sigo como más probable.

Que el Pueblo Viejo de que hace mención el nominado indio en su pedimento fuese la villa antigua de La Habana, lo persuade verosímilmente el que aquella expresión indeterminada de Pueblo Viejo parece relativa a la nueva población o villa existente con quien hablaba. Lo otro porque no constando de las historias ni de la tradición que en estas inmediaciones haya habido situado otro lugar, ni sido trasladada otra población que la villa de San Cristóbal, es muy presumible que fuese ésta y no otra distinta de que no hay noticia. A más de que afirmando uniformemente Herrera, Gómara y otros que la villa vieja de San Cristóbal estuvo en sus principios fundada en aquella costa, de donde se mudo a la del Norte, conviniendo en el paraje de su situación con el Pueblo Viejo que se refiere en el pedimento, parece sin duda que fue éste y no otro el primitivo asiento de la antigua villa de La Habana, lo que a mi ver se prueba con claridad.

El sitio Yamaraguas, señalado como confinante del Pueblo Viejo, es hasta hoy conocido por el nombre en esta ciudad, de donde está catorce leguas al Sur, en paraje más occidental que el Batabanó, de quien dista leste oeste como seis leguas: bajo de cuyo concepto es muy regular discurrir y aun creer que por allí fue establecida la primera villa o Pueblo Viejo, así por convenir según se ha dicho con la autorizada noticia de los cronistas citados, que la dan fundada en la banda del Sur, como porque estando dicho sitio de Yamaraguas dos leguas y media a corta diferencia de la playa y costa de mediodía, y casi a la misma distancia de la boca del río de la Bija, que baña su contorno, es muy conforme a razón y práctica se eligiese para la población aquel lugar, que tenía un río tan fértil para su abasto, y un surgidero tan inmediato para su comercio marítimo: sin que se ofrezca reparo ni dificultad, ya se considere situado el Pueblo Viejo dos leguas más allá de Yamaraguas hacia el Sur, o dos leguas más hacía el Norte, porque a más o menos distancia siempre subsistía la conveniencia de poder comunicarse por el río con el mar, como sucede en el Bayamo.

Baste lo referido para que se forme juicio de la incertidumbre que hay en esta materia, en que sólo se encuentran algunas cortas luces entre muchas sombras, quedando únicamente asentado, como irrefragable, el que hubo tal traslación y que ésta parece se ejecutó por el tiempo y motivos que expresaré en el capítulo siguiente.

Nótase igual descuido y silencio en los cronistas de estos reinos en orden a los nombres, número y calidades de los vecinos y primeros pobladores de La Habana,[xiv] aunque me persuado que, entre otros, lo fueron Francisco de Montejo (después Adelantado de Yucatán), Diego de Soto, Garci Caro, Sebastián Rodríguez, Juan de Nájera, Angulo, Pacheco, Rojas, los dos hermanos Martínez, y un Santa Clara, los mismos que salieron de esta villa con Cortés el año de 1518, y es muy presumible estuviesen todos avecindados en ella desde su fundación, por constar plenamente el que Montejo tenía posesiones en el Mariel del distrito de La Habana cuando siguió al expresado caudillo en su jornada, y que deseosos los demás de mejor fortuna dejarían a su ejemplo las que gozaban, pues por lo que toca a Diego de Soto y Alonso de Rojas (distinto del que se conocía por el rico, que era Juan) no se ofrece duda ninguna, porque finalizada la empresa y ocupaciones que en ella alcanzaron, volvieron a La Habana como a lugar propio de su domicilio y vecindad, y dejaron en ella legítima descendencia, que se conserva hasta hoy y tiene justificado serlo de aquellos primitivos pobladores.

No dificulto incluir ni nominar entre los expresados al capitán Antón Recio, porque siempre he oído ser reputado por tal, y hace mucha prueba a su favor el que en el asiento y sepulcro que tiene en la parroquial mayor de esta ciudad, manifiesta la inscripción que sirve de orla a la piedra de su huesa, y se labró el año de 1572, que fue uno de los principales pobladores de la Isla, y por consiguiente de La Habana, en donde fundó casa y mayorazgo, y sirvió el oficio de regidor y depositario general muy desde sus principios, como diré después.

Fundado en otra razonable conjetura, discurro también que el primero teniente de gobernador que tuvo esta villa fue Pedro de Barba, que lo era al tiempo que transitó por ella con su armada Hernando Cortés, porque desde el establecimiento de La Habana, el año de 1515, hasta el de 1518 que arribó a ella, sólo mediaron tres años, término en que era regular permaneciese en dicho encargo desde que se ausentó Velázquez, dejando efectuada la población, y así tendrá en la serie de las personas que consta la han gobernado hasta ahora el primero lugar, reservando para el que competa esta nomenclatura.

Fragmento tomado de Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales, escrita en 1761 y publicada por primera vez por la Real Sociedad Patriótica de La Habana en 1830, del escritor José Martín Félix de Arrate (1701-1765), primer historiador cubano.

Notas

[i] Déc. 1ª, lib. 9, cap. 2, f. 230.
[ii] Oviedo, libro 17, cap. 3, f. 130.
[iii] Déc. 1ª, lib. 9, cap. 3, f. 236.
[iv] Theatro ec., cap. 6, pág. 274.
[v] García, Oríg. de los ind., 1. 4, cap. 7, f. 235.
[vi] Déc. 2ª, lib. 2, capít. 12, página 80, as de 1515.
[vii] Ensayo cronológ. de la Florida, pág. 334.
[viii] Góm., Crón. de la N. Esp., cap. 8, f. 8.
[ix] Déc. 2ª, lib. 1, pág. 17.
[x] Hist. de N. Esp., lib. 1º, cap. 12, pág. 21.
[xi] Hist. verd., cap. 1, f. 1.
[xii] Esp. Sagr. t. 1º, cap. 3, p. 86, nº 127.
[xiii] Hist. verd., cap. 23, fol. 15 vuelta.
[xiv] Déc. 2ª, lib. 4, pág. 95.
 

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