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El
sobrio y pequeño edificio neoclásico conocido por El
Templete, situado en uno de los bordes de la Plaza de
Armas de La Habana Vieja, pareciera dominado
arquitectónicamente por sus vecinos del Castillo de la
Fuerza, el Palacio del Segundo Cabo o el imponente
Palacio de los Capitanes Generales, todos emblemas
significativos del poder español en Cuba durante el
período colonial. Sin embargo, la enorme carga simbólica
de esta edificación para la historia pasada y presente
de la ciudad, sigue desafiando con sus sólidas columnas
rematadas por piñas —“la airosa piña de esplendor
vestida / la pompa de mi patria”, como la entrevió el
poeta alucinado Manuel de Zequeira y Arango— y su
majestuosa ceiba —“el Briareo, que con cien brazos
abiertos parece amenazar los cielos eternamente”, al
decir del polígrafo Esteban Pichardo— la monumentalidad
que la circunda, mientras generaciones de cubanos acuden
allí cada 16 de noviembre, con la secreta esperanza de
hacer cumplir sus más íntimos deseos.
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Templete de La Habana.
¿Será esta confluencia vegetal sobre la piedra,
confundida en anhelos y sueños por cumplir, una metáfora
de la propia Isla? ¿Su pequeñez clásica frente al
barroco exuberante, no es una alegoría de la pobreza
irradiante de que hablara José Lezama Lima, por
oposición a la opulencia sin sentido histórico? ¿Qué
tiene de singular o inquietante este templo diminuto,
con sus columnas dóricas y basamento ático, en cuyo
estrecho recinto descansan los restos del pintor Vermay,
acompañados por sus óleos? Ciertamente, una cohorte de
ilustres historiadores, arquitectos y estudiosos de la
tradición habanera se han debatido por explicar los
orígenes del lugar y el sentido prístino de sus
símbolos, tema en el que, como tantas veces en la
historia, se dan la mano lo real y lo mítico, llegando
hasta nuestros días la leyenda de la primera misa
consagratoria de la villa al pie de una tupida ceiba,
luego sustituida por la Columna de Cagigal, erigida en
el lugar donde se dice que estuvo el primitivo árbol.
Mas,
esta búsqueda en el pasado para iluminar el presente se
ha tornado angustiosa, y por momentos el significado
profundo del Templete y su ceiba aledaña ha sido centro
de arduas controversias y polémicas, las cuales a veces
suelen alejarse de una lectura literal del patrimonio
construido para desembocar en el inquietante territorio
de las luchas políticas y las disputas simbólicas. Quizá
el primero que objetó con una evidente intencionalidad
política el simbolismo del Templete fue el historiador y
patriota villareño Antonio Miguel Alcover (1875-1915),
en un texto publicado en la revista Cuba y América
durante el período de la ocupación militar
norteamericana en la Isla (1899-1902). Los argumentos de
Alcover, repletos de fervor nacionalista, están
encaminados a subsanar ciertos “errores históricos”,
asociados todos a la tradición hispánica que, al
finalizar la guerra del 95, era preciso desterrar del
imaginario cubano.
Uno de
estos “deslices” de la tradición sería asumir que la
ceiba primigenia murió de muerte natural, cuando en
realidad, nos dice Alcover siguiendo a José María de la
Torre, la misma fue mandada a cortar por el gobernador
Cagigal “gran ortodoxo y profanador de monumentos
históricos”, dejándonos tan solo en el lugar del árbol
original “una suplantación inicua, una superchería sin
nombre”. En virtud de semejante impostura, Alcover opina
que no deben los cubanos reverenciar una ceiba apócrifa,
bajo cuya sombra “se habrían arrodillado, sin fe ni
sentimientos nobles, algunos sátrapas de los que, como
Tacón, Balmaceda y Weyler, pisaron y ensangrentaron
nuestro suelo, pero nunca aquellos gentiles fundadores
de la hoy capital cubana, que al pie de una hermosa y
frondosa ceiba (…) celebraron la primera misa y el
primer cabildo de la genuina ciudad de La Habana”.
Otra
falacia impugnada por Alcover tiene relación con la
presencia de Diego Velázquez en los cuadros de Vermay,
la cual en su opinión no pudo ser real por hallarse
aquel en Santiago de Cuba en 1519, según reiteran Jacobo
de la Pezuela y Pedro José Guiteras. Finalmente, el
historiador de Sagua La Grande estima que no deben
seguir los cubanos celebrando a San Cristóbal el 16 de
noviembre, según se hacía en la colonia para no recargar
la festividad coincidente de Santiago, patrón de España,
el 25 de julio, proponiendo en su lugar que: “rindámosle
culto a la verdad abriendo las puertas del Templete en
el mismo día que recuerde el año de 1515, ese es el que
debiera servir de regocijo a los habaneros, que no
formaron en las guerras contra los árabes al grito de
¡Santiago y Cierra España!”.
Templete de La Habana.
Un discurso similar al anterior, en el sentido de
sospechar de la ceiba como símbolo digno de homenaje, se
debe a la pluma del erudito Manuel Pérez Beato, sin
dudas uno de los mayores estudiosos de la historia
habanera. Pérez Beato parte de la hipótesis de que ni la
fecha ni el hecho de la fundación de la villa “constan
de manera cierta, y el arraigo que tiene esta tradición
se debe a la confirmación oficial, que le dan, la
erección del pilar e inscripción conmemorativa y la
construcción de un Templete, inaugurado este último como
un remedo o simulacro del acto que se supone realizado
allí en el año referido”.Pero, a semejanza de Alcover,
Pérez Beato también se opone al ritual alrededor del
árbol, aunque por razones diferentes, pues su interés no
radica en la ausencia de la ceiba originaria, un hecho
que era lógico ocurriera después de cuatro siglos, sino
que le concede a la misma una connotación ominosa, de
“picota pública” o “árbol de la infamia” pues “en esta
seiba (sic) se azotaban los delincuentes, que incurrían
en determinadas penas, lo que quita todo respeto a un
árbol honrado por la tradición, con la solemne ceremonia
de una misa, en momento tan sublime para los
fundadores”.En honor a la verdad, no eran estrictamente
“delincuentes” los azotados, sino negros esclavos
criollos o africanos sorprendidos hurtando casabe para
vender o alimentarse, quienes eran condenados a cien
latigazos amarrados al tronco descomunal, evento
doblemente doloroso, pues en las religiones de origen
africano este representa a Iroko y es un reservorio de
enorme sacralidad.
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Sin
embargo, no fue esta la única ceiba “estigmatizada”,
pues sus múltiples sucesoras a partir de la decisión de
Cagigal tampoco corrieron mejor suerte, decidiendo el
Cabildo en vísperas de la erección del Templete “también
cortar la ceiba que causa perjuicios con sus raíces y no
es necesaria”. En la sesión de la Corporación celebrada
el 14 de diciembre de 1827, el regidor Don José
Francisco Rodríguez argumentó acerca de “ los perjuicios
que se inferían a la fábrica del monumento por la
permanencia de la seiba (sic) en el lugar en que se
halla, siendo asimismo de notarse que sus raíces no solo
impedían la solidez de la obra, sino que al mismo tiempo
podía causar alguna ruina en los muros, por lo que creía
que debía cortarse aquel árbol, así por lo expuesto,
como porque la mencionada seiba fue plantada ahora
setenta y pico de años y podía por lo tanto sembrarse
otra u otras donde fuere conveniente en el propio lugar”
y finalmente el ayuntamiento acordó “que no había una
efectiva y verdadera necesidad en reponer esa seiba,
cuando con el monumento se perpetuaba la memoria de la
primera misa que allí se dijo y primer cabildo que se
celebró”.
Como hemos visto, los antiguos habaneros eran bastante
pragmáticos en cuestiones de ecología, sin importarles
demasiado si había una o varias ceibas en aquel lugar, o
si no había ninguna. Después de todo, hasta se corrió la
especie (más tarde se demostró que era falsa) de que las
astillas de la ceiba original habían sido vendidas a
sendos museos en Washington y Londres. Dentro de esta
lógica utilitaria, una interpretación sugerente de los
cambios en la Plaza de Armas entre 1754 y 1828 nos habla
de “un proceso de sacralización de los símbolos
existentes. Primero, la sustitución de la hipotética
ceiba fundacional por tres nuevos árboles y un monumento
alegórico (…) como gesto de reafirmación de la
existencia urbana”, cuya lectura, en tanto “acto
sacrílego” contra la costumbre secular “es representante
del espíritu comercial imperante en el ámbito antillano:
en La Habana (…) todo se compra y todo se vende”.
Al margen de estas impugnaciones a la ceiba como árbol
impuro o de inmerecida memoria, hay otro razonamiento
que, de no ser tomado en cuenta, invalida cualquier
discusión seria al respecto, y fue ofrecido por una
autoridad suprema en la materia, el doctor Emilio Roig
de Leuchsenring, historiador oficial de la ciudad entre
1935 y 1964, cuando afirma: “…el suceso trascendente de
la fundación de La Habana, que hubiera podido dar motivo
para la celebración de una misa y cabildo conmemorativo,
no tuvo lugar en el puerto de Carenas, sino que este
solo se realizó al tercer traslado de la Villa,
posiblemente, según queda anticipado, con el correr de
los meses y los años, y, por tanto, sin ceremonias de
ninguna clase”. Por otro lado, nos recuerda Roig que la
Plaza de Armas fue desplazada al menos tres veces entre
1559 y 1577, fechas todas posteriores a la supuesta
consagración, por lo que ello “no permite asegurar que
el sitio preciso en que Cagigal levantó el pilar
existiese una ceiba, ni mucho menos que esa ceiba fuese
la que se eligió para celebrar bajo ella la primera misa
y el primer cabildo”, hechos sobre los cuales, además,
no existe ningún documento que pruebe su autenticidad.
Finalmente, un elemento más que vendría a redondear esta
“leyenda negra” tejida en torno a los significados de la
ceiba y el Templete, sería el hecho de que dicha
construcción fue promovida durante el gobierno del
Capitán General Francisco Dionisio Vives (1823-1832)con
un claro objetivo político de índole colonialista. Por
un lado saludar el onomástico de la reina Josefa Amalia
y, según consta en las actas capitulares, conmemorar el
viaje de Fernando VII a Cataluña para aplastar la
facción liberal. A tales efectos se grabaría una medalla
alegórica al hecho, que luego sería colocada debajo de
una de las columnas del Templete.
En la
práctica, el efecto político iba más allá de un ritual
de sumisión al monarca absoluto, pues el gobernador
Vives envió un informe a las Cortes donde dejaba claro
el interés de distraer al pueblo habanero de los eventos
emancipadores en la América continental, donde ese
propio año 1827 estaba teniendo lugar el postrer intento
bolivariano para promover la independencia de la Isla, y
al mismo tiempo enfatizar la lealtad de los cubanos a la
Corona, explícito en la inscripción que remata el
tímpano del Templete: “Reinando el señor Don Fernando
VII, siendo presidente y gobernador Don Francisco
Dionisio Vives, la fidelísima Habana, religiosa y
pacífica, erigió este sencillo monumento decorando el
sitio donde el año 1519 se celebró la primera misa y
cabildo. El obispo don Juan José Díaz de Espada
solemnizó el mismo augusto sacrificio el día diez y
nueve de marzo de mil ochocientos veinte y ocho”.
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Sobre la ceremonia inaugural, a un tiempo “solemne y
pomposa”, nos dice Emilio Roig: “Consistió en una misa
que dijo el obispo Espada y a la que asistió el Capitán
General y autoridades eclesiásticas, civiles y militares
de la ciudad, así como personas importantes de la misma.
Ante todos ellos pronunció Espada un discurso que
Pezuela calificó de erudito. Colgaduras, iluminaciones y
diversos festejos populares sirvieron para celebrar
durante tres días la inauguración de este monumento, uno
de los pocos de carácter histórico que posee la
Habana”.Por otro lado, los óleos de Vermay, tanto los de
los laterales, de carácter histórico-conmemorativo, como
el que cubre el espacio central, contemporáneo a estos
eventos, a pesar del ademán neoclásico, contribuyen a
reforzar el simbolismo colonial, al representar a la
oligarquía habanera en toda su complicidad y arrogancia,
al lado de la monarquía hispana.
Mas, he aquí, dentro de la ceremonia citada, un
personaje que introdujo un nuevo nivel de lectura a los
sucesos que hemos venido analizando. Me refiero a la
presencia del obispo vasco Juan José Díaz de Espada y
Fernández de Landa en las ceremonias del Templo, tanto
en su fase de proyección civil como de consagración
religiosa, lo que constituye un elemento que modificó
por completo las interpretaciones negativas que una
parte de la historiografía venía promoviendo. El que
comenzó este giro radical en las visiones de la ceiba y
el monumento, de emblema de escarnio público y de la
opresión hispana, a su opuesto total, es decir, la
insignia de las libertades ciudadanas de la villa
habanera, fue el sabio etnólogo cubano Don Fernando
Ortiz y en su explicación la figura de Espada y de la
tradición de los Fueros Vascos es un componente
fundamental, que muchos habían pasado por alto.
La primera vez que Ortiz hace pública su tesis sobre el
Templete fue en 1928, en ocasión del Centenario del
monumento y apareció como nota al libro conmemorativo de
Mario Lescano Abella titulado El primer Centenario
del Templete, 1828–1928. En opinión de Ortiz,
contraviniendo a la tradición que prevalecía desde
Arrate, el simbolismo de la ceiba no era eminentemente
religioso y “representaba por sí misma y a virtud de la
consagración que de ella se hizo, algo más que un hecho
histórico”. A continuación niega la afirmación de Pérez
Beato de que la ceiba debió ser abominable y afirma
tajante: “No. Creemos que la ceiba del Templete fue el
emblema de la municipalidad de la villa de la Habana, y
el más antiguo y permanente emblema de libertades
ciudadanas que conservamos en Cuba. A esa ceiba debiera
concurrir nuestro pueblo habanero en peregrinación, cada
vez que sienta mermadas sus libertades”.
Podría pensarse, después de leer la anterior afirmación,
que la misma resultaba de gran actualidad en aquellos
momentos, cuando el dictador Gerardo Machado intentaba
perpetuarse en el poder a partir de una reforma
constitucional espuria, pero la reflexión orticiana
tenía una raíz histórica más honda, señalando que no era
la suya una “opinión precipitada, aromada por el perfume
de lo romántico”, sino “una interpretación documentada,
basada en la historia de las municipalidades castellanas
y americanas, que han olvidado los historiadores locales
y los que han tratado de los municipios de Cuba”.
Sin embargo, llegado a este punto, Ortiz anota que: “No
es este el momento oportuno para desarrollar la
demostración. Pero quede afirmada aquí por primera vez
la tesis: la ceiba del templete es el símbolo monumental
de la libertad municipal de La Habana, es el histórico
padrón municipal de su justicia y señorío”. Finalmente,
don Fernando afirma que tiene en su poder una lámina
policromada a mano, adquirida a un librero en Leipzig,
donde se observa a la ceiba “frondosa y emblemática,
como el venerado Gernikako Arbola de Vizcaya”, mucho
antes de la construcción del Templete, y promete una
próxima publicación sobre el tema. Notemos aquí como la
explicación de Ortiz ha pasado a legitimar la ceiba
habanera, como reflejo de las libertades civiles, no
solo a partir de su comparación con la tradición
castellana y americana, sino con el roble de Gernika,
bajo el cual debían jurar los monarcas hispanos el
respeto de los Fueros tradicionales del pueblo vasco.
Resulta obvio, aunque Ortiz en este texto no lo mencione
de manera explicita, que detrás de esta analogía estaba
el papel desempeñado por el Obispo Espada en la
construcción del Templete, interpretado como una suerte
de alegoría a la Casa de Juntas y Tribuna Juradera de
Gernika.
No hemos encontrado, revisando la colección de los
Archivos del Folklore Cubano la prometida
demostración, pero sí repetidas alusiones de Ortiz al
tema en ocasiones posteriores, señaladamente durante la
visita a La Habana de José Antonio de Aguirre,
Presidente del Gobierno Vasco en el exilio, y en su
discurso de conmemoración por los 150 años de la
Sociedad Económica de Amigos del País. El lehendakari
Aguirre disertó el 20 de octubre de 1942 en la
Institución Hispano Cubana de Cultura sobre el tema “El
sentido social y el de la libertad de los pueblos en los
momentos actuales”, y fue elogiado por Ortiz en un
discurso donde recorrió los aportes más relevantes de
personalidades vascas en la historia de Cuba. Entre
estos significó de manera especial al Obispo Espada “a
quien se debió el Templete de La Habana, edificado tras
de la ceiba de las libertades comunales habaneras, con
lo cual evocó al árbol de Guernica (símbolo de las
libertades) ante el Palacio mismo de los Capitanes
Generales de Cuba”.
Unos pocos meses después, el 9 de enero de 1943, en la
conmemoración del sesquicentenario de la Sociedad
Económica de Amigos del País, Ortiz pronuncia la
conferencia titulada “La Hija Cubana del Iluminismo”, y
en la misma alude a la relación entre la cultura
ilustrada vasca (“los caballeritos de Azcoitia”) y los
orígenes de la corporación habanera, enfatizando en las
figuras de Don Luis de Las Casas y Aragorri y del obispo
alavés. Sobre este último vuelve a recordar sus palabras
a Aguirre, añadiendo el siguiente comentario: “Tocante a
este (Espada) recordé la jugarreta que el obispo vasco
le hizo a los capitanes generales, disponiendo la
construcción en esta ciudad del llamado Templete tras la
legendaria ceiba, que era signo y padrón de las
libertades jurisdiccionales de la villa de San Cristóbal
de La Habana; con lo cual frente al Palacio de Gobierno
insular se alzó una aproximada reproducción del árbol de
Guernica y de su Sala de Juntas, donde se simboliza la
libertad nacional de su pueblo”.
Hasta aquí los argumentos de Ortiz, cuya tesis central
ya había esbozado en 1928 y que fue elaborando hasta
llegar a la conclusión arriba citada. Es decir, la ceiba
ya tenía un carácter ciudadano antes de la erección del
templete, y apoyándose en ese elemento, por analogía con
su tierra de origen, Espada decide re-significar el
lugar incorporándole un pabellón neoclásico, estilo
predilecto del obispo y de profundo arraigo en su país
natal, al tiempo que consumaba una lectura subliminal
subversiva que desvirtuaba el propósito absolutista
original de la edificación. Esta teoría de Ortiz, muy
seductora en su argumentación y aparentemente obvia en
su analogía, recibió de manera inmediata y entusiasta la
aprobación de Emilio Roig, quien afirma en 1947: “Es
esa, sin duda alguna, (énfasis mío) la justa
significación de la primitiva ceiba que el templete
perpetúa, y ello lo confirma la creación por Cagigal de
la Vega, en 1754, de la columna que hoy allí se
conserva, o sea, de un padrón, picota o rollo de
piedra”. Y agrega Roig que: “Sobre tan interesantes
temas históricos estamos escribiendo el Dr. Fernando
Ortiz y nosotros un libro de inmediata publicación, que
ha de llevar este título: La Ceiba, del Templete, de la
Villa de San Cristóbal de La Habana (sic)”.
La frase de Roig, que subraya que se trata de un volumen
“de inmediata publicación”, sugiere que el texto ya
estaba escrito, conjetura probable si tomamos en
consideración que ambos venían trabajando el tema por
separado desde hacía varios años. Sin embargo, un libro
con ese título y firmado por ambos no aparece en ninguna
de las bibliografías conocidas hasta hoy de uno y otro
sabios, aunque sí se conoce que en el voluminoso archivo
de Ortiz en la Sociedad Económica de Amigos del País,
entre un elevado número de trabajos inéditos, obra una
carpeta rotulada como “Ceiba y templete”. ¿Sería esta la
investigación de Ortiz, que nunca llegó a publicar?
¿Cuáles fueron los motivos para no ser editada la obra?
Al margen de estas incógnitas, aun por investigar, la
propuesta de Ortiz siguió siendo divulgada y aceptada,
principalmente por los biógrafos del obispo Espada,
aunque introduciéndole pequeñas variantes. Entre los
primeros está César García Pons, quien recoge en su
biografía del prelado vasco la tesis orticiana, no sin
cierta reserva, cuando alega: “El obispo ha tomado parte
activa en la erección del Templete. Nada se hacía en La
Habana sin su intervención, y aquello era cosa de mucha
monta para que él no pusiera allí la mano y el buen
gusto. Prometió Espada un busto de Colón y los cuadros
de la primera misa. Hay quien va más allá y asegura su
participación en la arquitectura y ubicación del
edificio bajo el signo de una intención política”.
García Pons quizá no estaba totalmente convencido de la
explicación ofrecida por Ortiz, que glosa en sus
palabras de la Sociedad Económica de Amigos del País, y
por eso su frase de que “hay quien va más allá” al
señalar una intención política implícita, pero añade un
elemento novedoso que de algún modo complementa la
teoría orticiana, y es que según García Pons “fuera esta
o aquella la intención de Espada, lo cierto es que él
concibió el proyecto, ordenó los planos a José de
O’campo y le pagó por su trabajo. Los planos, dice
O’campo, ya muerto Espada, fueron muy del gusto del
Obispo”.
¿Quién es este José de O’Campo, hombre a todas luces de
la mayor confianza del Obispo, al extremo de confiarle
su proyecto? Nadie lo menciona en la profusa
bibliografía sobre el Templete, y García Pons tampoco
ofrece de donde sacó este dato, pues al que siempre se
nombra como responsable en el trazado del monumento es
al coronel de ingenieros don Antonio María de la Torre,
secretario político de Vives, y es a este último a quien
se le atribuye la idea original de la construcción y no
a Espada. Sobre este particular nos dice el gran
estudioso de la arquitectura colonial cubana, Joaquín
Weiss: “En 1827 propugnó el general Francisco Dionisio
Vives la erección (…) de un monumento conmemorativo (…)
El trazado del nuevo monumento, el actual Templete, se
debió al coronel de ingenieros don Antonio María de La
Torre (…) La construcción del templete se realizó en el
corto plazo de cuatro meses, y aunque se presupuestó en
diez mil pesos, en definitiva su costo fue el doble de
esa cantidad”.
Más recientemente, han sido el arquitecto Roberto Segre
y el historiador Eduardo Torres-Cuevas, quienes han
retomado la teoría de Ortiz argumentando su pertinencia
desde el urbanismo y la historia de las ideas. En el
caso de Segre, su opinión aparece en un estudio
monográfico sobre la Plaza de Armas, en cuyos bordes
—nos dice— aparecen resumidos “los avatares de la
historia cubana: la ancestral fortaleza, la arquitectura
popular y espontánea de las viviendas del siglo XVIII; y
la ceiba originaria, la representación del poder
político metropolitano. Frustrada la aspiración de
lograr un diseño integral del marco circundante, se
agregan otros componentes, expresión de las
contradicciones ideológicas imperantes”. Para Segre, el
ejemplo más significativo de la afirmación anterior lo
es el Templete que, ubicado en sus inicios frente a la
estatua de Don Fernando VII, emblema de tiranía,
“simboliza las luchas libertarias de los
independentistas cubanos”.
En honor a la verdad histórica, nos parece excesiva esta
conclusión que quiere ver en el Templo neoclásico, en
fecha tan temprana como 1828, una expresión de luchas
por la independencia, afirmación que se aleja un tanto
de la tesis originaria de Ortiz, quien hace referencia a
las libertades ciudadanas, en el caso de la ceiba, y al
liberalismo ideológico de Espada en el asunto del
Templete, pero nunca le atribuye un ademán separatista
de España. Más plausibles juzgo los argumentos del
historiador Torres-Cuevas, quien, siguiendo a Ortiz,
explica los orígenes familiares y sociales del prelado
vasco, y la manera en que esto influyó en su pensamiento
posterior: “El ambiente familiar y regional parecen
decisivos para entender algunos aspectos de la
personalidad de quien, con los años, llegara a ser
Obispo de La Habana (…) Su medio social, el País Vasco
(…) impregnó su pensamiento de un sincero amor a las
libertades regionales, las cuales estaban simbolizadas
en el árbol de Guernica, ante el cual los reyes hispanos
tenían que jurar respeto a los fueros vascos. Muchos
años después, en 1828, en pleno absolutismo fernandista,
el obispo Espada erigió en La Habana, justamente en el
lugar donde está la ceiba del lugar en que se fundó la
ciudad, una reproducción del templo de Guernica,
conocido como el Templete, para dejar expresión pétrea
de sus ideas antiabsolutistas y como manifestación del
respeto a las libertades habaneras”.
En otro texto, Torres-Cuevas asevera que el Obispo
Espada “En aquellos años difíciles tuvo un gesto, que
tal parece fue la forma en que elaboró su testamento
político a las generaciones venideras de cubanos” y a
continuación reproduce las ideas antes citadas, acerca
del “sello simbólico” de su pensamiento ilustrado que
representa el Templete, agregando este sutil comentario:
“Fue una obra hecha en el absolutismo y contra el
absolutismo”.Finalmente, el profesor Torres Cuevas
confesó en una entrevista para la revista Opus Habana
que dirige el Dr. Eusebio Leal Spengler —discípulo y
continuador de la obra cultural del Dr. Emilio Roig—
haber visitado Gernika y comprobar allí la validez de
las teorías de Ortiz, en el sentido de que Espada “le
había jugado intencionalmente una mala pasada a Fernando
VII, dedicándole en La Habana un templete semejante al
erigido en aquel sitio del País Vasco como símbolo de su
autonomía con relación a España” y desliza su opinión de
que en el fondo se trata de algo muy típico del cubano
el referir las cosas con un doble sentido, señal que
Espada debió asimilar muy bien durante sus tres décadas
de estancia insular.
Hasta aquí la polémica historiográfica, que perdura ya
más de un siglo, en torno a los significados profundos
de la pequeña edificación habanera, que todo parece
indicar ha encontrado consenso alrededor de las tesis de
Fernando Ortiz y sus continuadores. De cualquier manera,
adjuntamos fotografías recientes tanto del templo
habanero como de la Tribuna Juradera vasca, en las que
se podrán apreciar sus enormes similitudes de estilo,
amén de tratarse de dos construcciones casi simultáneas,
pues como hemos dicho el edificio habanero data de 1828
y la casa vasca de 1827, obra del arquitecto Antonio de
Echevarría. En ambos casos, la severa desnudez
neoclásica imprime al conjunto una rara perfección, y el
árbol es decisivo dentro del ámbito arquitectónico,
haciendo las veces de custodia de las libertades o
fueros y como alegoría de su permanencia en el tiempo.
Sirvan estas reflexiones como una muestra más de la
simpatía y solidaridad entre ambos pueblos, el cubano y
el vasco, que saben que los árboles pueden caer
derribados por el paso del tiempo o la desidia de los
hombres, pero la libertad que ellos simbolizan no se
extinguirá jamás.
*Licenciado en Historia
Oficina del Historiador de La Ciudad de La Habana |