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Quizá
como nací en un pueblo sin mar, amo tanto el Malecón. Lo
conocí la primera vez que estuve en La Habana, unos años
antes de mudarme definitivamente. No solo lo conocí,
sino que lo recorrí de la Punta a La Chorrera, en un
atardecer en que la quietud del agua me permitió caminar
con calma sin temor a mojarme. Supe del profundo amor de
Poseidón a la tierra que bordeaba, luego aprendí que si
generalmente la acaricia algunas veces la ha poseído con
furia.
Ese día
sentí como nunca antes el olor a mar, ese olor que me
refresca los pulmones y el alma. También ese día empecé
a amar la ciudad de las columnas como Alejo Carpentier
-uno de sus hijos más ilustres- llamó a La Habana. Desde
entonces, el Malecón se ha convertido en el sitio donde
celebro mis grandes alegrías y, ¿cómo no?, mis
tristezas.
Sentada
en el muro puedo estar horas hablando con el mar, con
esa masa gigante capaz, al igual que el hombre, de
acariciar o desgarrar, susurrar o gritar. Solo el
misterio humano es más complejo y profundo que el
océano, y el Malecón brinda la posibilidad única de
estar a su lado y con él, sin mojarse ni un dedo si es
tu gusto.
Mirando
las olas me he imaginado la edificación del muro y a su
inventor, el ingeniero Francisco Albear, quien desde
1837 preparó un proyecto para la construcción de un
paseo marítimo, en 1863 lo presentó; pero no se llevaría
a efecto hasta décadas después, cuando empezaba el siglo
XX, exactamente en el 1901. Y hablando de Albear, a él
se debe una de las obras ingenieras cubanas más
singulares: el acueducto homónimo que aún presta su
valioso servicio.
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Volviendo al muro: su primer tramo abarcó desde el
Castillo de la Punta hasta el actual Parque Maceo, que
entonces se nombraba la caleta de San Lázaro. Avenida
del Golfo se le bautizó primero a esta zona y después
Avenida de la República. Con justicia el 2 de diciembre
de 1908 se decidió darle el nombre del Mayor General
Antonio Maceo y el 6 de diciembre de 1909 se ratificó,
pero siempre popularmente ha sido el Malecón. Hasta
cerca de la calle 23 se llevó la construcción en 1921, y
en 1930 llegó a G. Solo en la década del 50 continuaron
las obras hasta la desembocadura del río Almendares,
lugar que dio fin a la singular frontera marítima.
Por la
avenida de seis vías, una de las más rápidas de La
Habana, han transitado los más increíbles visitantes. En
los años 30 en su entorno comenzó, bajo la égida
estadounidense, la construcción de numerosos edificios
para lujosos hoteles, casinos y clubes nocturnos, que se
manejaban con dinero e influencia de la mafia: Santo
Traficante llevaba la ruleta del Sans-Souci, Meyer
Lanski dirigía el Hotel Riviera; Lucki Luciano, el Hotel
Nacional.
La
suntuosidad de las instalaciones se complementaba con
los últimos modelos de Cadillac, Chevrolet y Buick. Una
galería de fotos en blanco y negro de personajes de
aquella época, adorna aún los muros del bar del
Nacional. Pueden verse a
Frank
Sinatra y
Ava
Gardner, al gran torero Dominguin, a
Marlene Dietrich y
Gary
Cooper. No hay retratos pero puedo imaginar a
Marlon Brando en su moto recorriendo el Malecón, cuando
regresaba de una noche de rumba y ron con el Chori en
Marianao.
Pero si
quedan recuerdos de esas figuras del glamour de los años
50, también perviven los de caravanas de carros de
mafiosos que llegaban a invertir en negocios turbios en
esta querida Habana, que devino capital del juego y de
la corrupción. ¿Y cómo no recordarlo? Las perseguidoras,
los policías, los casquitos persiguiendo a los jóvenes
capitalinos que se habían rebelado contra la dictadura
de Fulgencio Batista.
El hormigón del que está hecho el Malecón ha sido fondo
de decenas de pies de películas filmadas. Las carreras
automovilísticas, incluso en la que no intervino Juan
Manuel Fangio en 1958, cuando fue secuestrado por los
combatientes clandestinos, o decenas de tanques en la
vía durante la crisis de Octubre en 1962, son algunos de
los hechos reales captados en esa singular orilla del
Océano Atlántico, pero también hay filmes como La
vida es silbar y Suite Habana, de Fernando
Pérez en los que el mar chocando contra el Malecón
forman parte de las puestas en escenas.
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Y…
¡¡¡lo más importante!!! el Malecón es escenario
cotidiano de la vida habanera. En él confluyen
pescadores de diversas generaciones que han hecho sus
grupos y marcado áreas. Temprano en la mañana, en el
atardecer o incluso con el sol fuerte, hombres y mujeres
que corren por hábito, adornan con sus pasos las amplias
aceras. Durante las primeras horas de la noche, familias
completas van a refrescar con la brisa marina, también
los enamorados que si se embullan amanecen arrullándose
cerca de las olas. No faltan los alegres noctámbulos
que, al salir con unos cuantos tragos de una fiesta,
cantan frente al mar como si ese fuera su mejor público.
Cada año, con los carnavales, la música invita a bailar
hasta al mismo Poseidón.
Porque sin el Malecón La Habana no es La Habana ni para
sus habitantes que adoran y se enorgullecen de su paseo
marítimo, ni para los visitantes que disfrutan la magia
singular de un lugar hecho de la cotidianidad y de la
historia que ya llega a un siglo acumulando cansancios,
huidas, alegrías, tristezas, y sobre todo mucho amor.
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