Año V
La Habana
18 al 24 de NOVIEMBRE
de 2006

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Con Poseidón en La Habana
P. Armas F. La Habana


Quizá como nací en un pueblo sin mar, amo tanto el Malecón. Lo conocí la primera vez que estuve en La Habana, unos años antes de mudarme definitivamente. No solo lo conocí, sino que lo recorrí de la Punta a La Chorrera, en un atardecer en que la quietud del agua me permitió caminar con calma sin temor a mojarme. Supe del profundo amor de Poseidón a la tierra que bordeaba, luego aprendí que si generalmente la acaricia algunas veces la ha poseído con furia.

Ese día sentí como nunca antes el olor a mar, ese olor que me refresca los pulmones y el alma. También ese día empecé a amar la ciudad de las columnas como Alejo Carpentier -uno de sus hijos más ilustres- llamó a La Habana. Desde entonces, el Malecón se ha convertido en el sitio donde celebro mis grandes alegrías y, ¿cómo no?, mis tristezas.

Sentada en el muro puedo estar horas hablando con el mar, con esa masa gigante capaz, al igual que el hombre, de acariciar o desgarrar, susurrar o gritar. Solo el misterio humano es más complejo y profundo que el océano, y el Malecón brinda la posibilidad única de estar a su lado y con él, sin mojarse ni un dedo si es tu gusto.

Mirando las olas me he imaginado la edificación del muro y a su inventor, el ingeniero Francisco Albear, quien desde 1837 preparó un proyecto para la construcción de un paseo marítimo, en 1863 lo presentó; pero no se llevaría a efecto hasta décadas después, cuando empezaba el siglo XX, exactamente en el 1901. Y hablando de Albear, a él se debe una de las obras ingenieras cubanas más singulares: el acueducto homónimo que aún presta su valioso servicio.

Volviendo al muro: su primer tramo abarcó desde el Castillo de la Punta hasta el actual Parque Maceo, que entonces se nombraba la caleta de San Lázaro. Avenida del Golfo se le bautizó primero a esta zona y después Avenida de la República. Con justicia el 2 de diciembre de 1908 se decidió darle el nombre del Mayor General Antonio Maceo y el 6 de diciembre de 1909 se ratificó, pero siempre popularmente ha sido el Malecón. Hasta cerca de la calle 23 se llevó la construcción en 1921, y en 1930 llegó a G. Solo en la década del 50 continuaron las obras hasta la desembocadura del río Almendares, lugar que dio fin a la singular frontera marítima.

Por la avenida de seis vías, una de las más rápidas de La Habana, han transitado los más increíbles visitantes. En los años 30 en su entorno comenzó, bajo la égida estadounidense, la construcción de numerosos edificios para lujosos hoteles, casinos y clubes nocturnos, que se manejaban con dinero e influencia de la mafia: Santo Traficante llevaba la ruleta del Sans-Souci, Meyer Lanski dirigía el Hotel Riviera; Lucki Luciano, el Hotel Nacional.
 

La suntuosidad de las instalaciones se complementaba con los últimos modelos de Cadillac, Chevrolet y Buick. Una galería de fotos en blanco y negro de personajes de aquella época, adorna aún los muros del bar del Nacional. Pueden verse a Frank Sinatra y Ava Gardner, al gran torero Dominguin, a Marlene Dietrich y Gary Cooper. No hay retratos pero puedo imaginar a Marlon Brando en su moto recorriendo el Malecón, cuando regresaba de una noche de rumba y ron con el Chori en Marianao.
 


 

Pero si quedan recuerdos de esas figuras del glamour de los años 50, también perviven los de caravanas de carros de mafiosos que llegaban a invertir en negocios turbios en esta querida Habana, que devino capital del juego y de la corrupción. ¿Y cómo no recordarlo? Las perseguidoras, los policías, los casquitos persiguiendo a los jóvenes capitalinos que se habían rebelado contra la dictadura de Fulgencio Batista.


El hormigón del que está hecho el Malecón ha sido fondo de decenas de pies de películas filmadas. Las carreras automovilísticas, incluso en la que no intervino Juan Manuel Fangio en 1958, cuando fue secuestrado por los combatientes clandestinos, o decenas de tanques en la vía durante la crisis de Octubre en 1962, son algunos de los hechos reales captados en esa singular orilla del Océano Atlántico, pero también hay filmes como La vida es silbar y Suite Habana, de Fernando Pérez en los que el mar chocando contra el Malecón forman parte de las puestas en escenas.
 


Y… ¡¡¡lo más importante!!! el Malecón es escenario cotidiano de la vida habanera. En él confluyen pescadores de diversas generaciones que han hecho sus grupos y marcado áreas. Temprano en la mañana, en el atardecer o incluso con el sol fuerte, hombres y mujeres que corren por hábito, adornan con sus pasos las amplias aceras. Durante las primeras horas de la noche, familias completas van a refrescar con la brisa marina, también los enamorados que si se embullan amanecen arrullándose cerca de las olas. No faltan los alegres noctámbulos que, al salir con unos cuantos tragos de una fiesta, cantan frente al mar como si ese fuera su mejor público. Cada año, con los carnavales, la música invita a bailar hasta al mismo Poseidón.

Porque sin el Malecón La Habana no es La Habana ni para sus habitantes que adoran y se enorgullecen de su paseo marítimo, ni para los visitantes que disfrutan la magia singular de un lugar hecho de la cotidianidad y de la historia que ya llega a un siglo acumulando cansancios, huidas, alegrías, tristezas, y sobre todo mucho amor.

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