Año V
La Habana

18 al 24 de NOVIEMBRE
de 2006

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Andy García perdió tiempo y dinero
Joel del Río La Habana


Si no fuera tan pretenciosa, cargante, exánime y falsificadora, uno pudiera concederle a Lost City (2006), de Andy García, que no le faltan tres o cuatro momentos “bonitos”, de los diseñados por agencias turísticas para ilustrar postalitas cromadas o video clips de playa y cocotero, donde atardece en  el trópico al son de una música evocadora. Pero no. El actor devenido aquí productor, director, coguionista y protagónico absoluto intentó entregarnos su manifiesto de cubanía supuestamente exultante escrito con la tinta preferida por el conservadurismo miamense durante casi 50 años de histérica intolerancia. Esa es la atmósfera que Andy García, o mejor dicho Andrés Arturo García Menéndez ha respirado desde niño, de modo que cuando pudo convertir en realidad su proyecto, solo vio ante sus ojos la posibilidad del libelo contrarrevolucionario, convoyado con la nostalgia melodramática por aquella Habana que ya no existe más; solo acertó a tratar de explotar las posibilidades dramáticas que le inspiran el odio infinito y cerval, la negación de toda virtud agitadora o cambio positivo.

Ocurre que la negación extremista, sostenida con fervor, puede confundirse con la pasión, y Lost City parece a ratos apasionada, pero vista con detenimiento aparece su verdadero lenguaje, el que hablan la ceguera y el fanatismo. Tratemos de abordar otras aristas, ya que el concepto de panfleto anticastrista sobre el cual está edificada toda la dramaturgia, y el diseño de personajes y peripecias, no me inspiran el detenimiento. No vale la pena emborronar cuartillas de Word poniendo en claro presupuestos conceptuales tan obvios, simplistas, manipuladores y previsibles, todos en sintonía con la agenda política del exilio cubano más derechista y ultraconservador.  Esta película está hecha para los convencidos, para quienes piensen exactamente igual que el director —he ahí las razones de su escuálido éxito fuera de Miami—, pues en el fondo Andy no pretende promover las dudas ni el cuestionamiento, sino la exaltación de las virtudes filiales, de la bohemia nocturna, de las piscinas y palacetes para solaz de la sacarocracia cubana, en contraposición con el salvajismo arrasador de las revoluciones.

Razones ideológicas y objetividad histórica aparte, el primer mandamiento cinematográfico que viola flagrantemente Lost City es el de la síntesis, la sorpresa y el suspenso. Las escenas son abrumadoramente largas, lentas y verbosas, tres características mortales para un proyecto que quiso ser tan fascinante, rítmico y sugestivo como el terral que despeina los cañaverales. Le sobra metraje, la acción redunda, los personajes nos espetan sin consideración alguna lo que ya sabe, o se imagina, cualquier espectador de mediana inteligencia, pues todos se expresan mediante topicazos, lugares comunes y frases hechas.

En contraste con los bellos colores que elige para pintar nobles y patriarcales potentados, mafiosos y hampones, los revolucionarios son, en el mejor de los casos, una manga de ilusos, pues las más de las veces se muestran violentos y taimados, esquizoides y estalinistas, sanguinarios y manipuladores, especializados en destrozar familias y capaces de clausurar un night club solo porque el saxo es un instrumento de dominación imperialista. ¿De dónde habrán salido algunos de los mejores músicos de latin jazz que tiene el mundo? Un melómano como Andy debiera saberlo, pero es tanta su ceguera que es capaz de asegurar que el régimen cubano los ha forjado a latigazo y racionamiento en campos de concentración especializados en culturar instrumentistas.

En cuanto a las actuaciones, aparte de los numeritos breves, taciturnos y extemporáneos de Bill Murray y Dustin Hoffman, dos astros capaces de iluminar cualquier escena, todo el resto del tiempo estamos condenados a la mirada cansina de Andy (está casi todo el tiempo en pantalla) y reitera ese mismo decaimiento, zanjado por ráfagas de violencia eruptiva, que tan aceptable resultó en sus personajes de Los intocables, Lluvia negra o El Padrino III. Por cierto, también molesta el aire de recorte o de ripio respecto a la saga coppoliana, y al intento de Andy por registrar un tema similar (la desintegración de una familia) desde un estilo narrativo y visual que todo el tiempo aspira a reciclar antiguos éxitos, ya sean del retro norteamericano o de títulos tan candorosos y bucólicos como La virgen de la Caridad, Romance del palmar o Casta de roble.

Pero volvamos a las actuaciones. No ha conseguido Andy García  reactivar su arsenal de recursos expresivos, ya no en esta película, sino a lo largo de los últimos cinco o seis años de una carrera en franco declive, a no ser que se considere un éxito sus casi penosas intervenciones en la saga Ocean’s Eleven, haciendo el ridículo, es decir, el segundón de los Brad Pitt y los George Clooney.  Inés Sastre hace honor a su pasado como modelo de Lancôme y se las arregla para mantenerse siempre distante, distinguida y bellísima, con un modelito distinto y bien chic en cada secuencia, y un aire muy notorio de no entender de qué iba aquello, así se lo explicaran en español, en inglés o en francés. En cuanto a las actuaciones, a pesar de la poca sustancia que tiene su personaje, solo escapa al low profile, la pose y el manierismo rampante, Tomás Milián, un actor serio y profesional donde los haya, quien interpreta al patriarca de la familia Fellove.

La edición alcanza cúspides de ridiculez que debieran enseñarse en las escuelas de cine como modelo de lo que no debe hacerse nunca si se pretende controlar mínimamente el sentido dramático de las escenas. Además de que el montajista nunca tuvo idea del tempo que debía tener el filme en su conjunto, ni del ritmo preciso al interior y al exterior de cada secuencia, se repite una y otra vez el montaje alterno y simultáneo entre dos líneas de acción relacionadas de modo pedestre. Por ejemplo, las escenas de asalto al palacio presidencial se alternan —solo Andy sabrá con qué propósito— con una danza afro dedicada, quizá, a Oshún.

Lost City son casi dos horas y media de trama endeble y pobre diseño de personajes, que pretenden reforzarse con una banda sonora sobresaturada de bolero, son, chachachá, y de todos los ritmos cubanos, en un ajiaco compuesto por más de 40 canciones donde lo que importa es la cantidad de ingredientes más que su verdadero sabor o feliz combinación. No quisieron dejar fuera a ninguno de los creadores y géneros musicales populares entre 1958 y 1961, pero en ese sentido saltan a la vista los gazapos, licencias, barrabasadas e imposturas (de dónde salieron semejantes Benny Moré, Bola de Nieve, Rodney, Tropicana, en una sucesión de simulacros escandalosos y chocantes por su falta de alma y su distancia aparencial), además de que la misma música está colocada muchas veces de cualquier manera, sin atender a la función de subrayado dramático que le tocaría en una película de este corte, melodramática y con numerosos momentos de musical retro.

Los profusos instantes melódicos o bailables detienen la acción, y en vez de pinceladas de apoyo referencial, devienen digresivas secuencias que apenas alcanzan algún significado potencial.  Y esa es la Cuba por la que llora Andy, la despreocupada, sensual y carnavalesca. Tanta música, glamour y cabaret apenas le permiten mostrar en su película las razones que motivaron la ocurrencia de la Revolución. Esa historia no le interesa, no la pueden ver sus ojos empañados por las lágrimas que le provoca rememorar su lustrosa y antigua arcadia. Vale aclarar que Andrés Arturo García Menéndez, Andy, nació en 1956 y sus padres se lo llevaron de Cuba poco después del triunfo revolucionario, es decir, que su nostalgia no es suya, personal e intransferible, sino la que adquirió por ósmosis de sus padres, o a partir de los relatos impregnados por el resentimiento de los amigos y conocidos miamenses. No hay nadie más a quien culpar si el fracaso resulta estrepitoso.
 

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