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Si no fuera
tan pretenciosa, cargante, exánime y falsificadora, uno
pudiera concederle a Lost City (2006), de Andy
García, que no le faltan tres o cuatro momentos
“bonitos”, de los diseñados por agencias turísticas para
ilustrar postalitas cromadas o video clips de playa y
cocotero, donde atardece en el trópico al son de una
música evocadora. Pero no. El actor devenido aquí
productor, director, coguionista y protagónico absoluto
intentó entregarnos su manifiesto de cubanía
supuestamente exultante escrito con la tinta preferida
por el conservadurismo miamense durante casi 50 años de
histérica intolerancia. Esa es la atmósfera que Andy
García, o mejor dicho Andrés Arturo García Menéndez ha
respirado desde niño, de modo que cuando pudo convertir
en realidad su proyecto, solo vio ante sus ojos la
posibilidad del libelo contrarrevolucionario, convoyado
con la nostalgia melodramática por aquella Habana que ya
no existe más; solo acertó a tratar de explotar las
posibilidades dramáticas que le inspiran el odio
infinito y cerval, la negación de toda virtud agitadora
o cambio positivo.
Ocurre que la
negación extremista, sostenida con fervor, puede
confundirse con la pasión, y Lost City parece a
ratos apasionada, pero vista con detenimiento aparece su
verdadero lenguaje, el que hablan la ceguera y el
fanatismo. Tratemos de abordar otras aristas, ya que el
concepto de panfleto anticastrista sobre el cual está
edificada toda la dramaturgia, y el diseño de personajes
y peripecias, no me inspiran el detenimiento. No vale la
pena emborronar cuartillas de Word poniendo en claro
presupuestos conceptuales tan obvios, simplistas,
manipuladores y previsibles, todos en sintonía con la
agenda política del exilio cubano más derechista y
ultraconservador. Esta película está hecha para los
convencidos, para quienes piensen exactamente igual que
el director —he ahí las razones de su escuálido éxito
fuera de Miami—, pues en el fondo Andy no pretende
promover las dudas ni el cuestionamiento, sino la
exaltación de las virtudes filiales, de la bohemia
nocturna, de las piscinas y palacetes para solaz de la
sacarocracia cubana, en contraposición con el salvajismo
arrasador de las revoluciones.
Razones ideológicas y
objetividad histórica aparte, el primer mandamiento
cinematográfico que viola flagrantemente Lost City
es el de la síntesis, la sorpresa y el suspenso. Las
escenas son abrumadoramente largas, lentas y verbosas,
tres características mortales para un proyecto que quiso
ser tan fascinante, rítmico y sugestivo como el terral
que despeina los cañaverales. Le sobra metraje, la
acción redunda, los personajes nos espetan sin
consideración alguna lo que ya sabe, o se imagina,
cualquier espectador de mediana inteligencia, pues todos
se expresan mediante topicazos, lugares comunes y frases
hechas.
En contraste con los
bellos colores que elige para pintar nobles y
patriarcales potentados, mafiosos y hampones, los
revolucionarios son, en el mejor de los casos, una manga
de ilusos, pues las más de las veces se muestran
violentos y taimados, esquizoides y estalinistas,
sanguinarios y manipuladores, especializados en
destrozar familias y capaces de clausurar un night
club solo porque el saxo es un instrumento de
dominación imperialista. ¿De dónde habrán salido algunos
de los mejores músicos de latin jazz que tiene el mundo?
Un melómano como Andy debiera saberlo, pero es tanta su
ceguera que es capaz de asegurar que el régimen cubano
los ha forjado a latigazo y racionamiento en campos de
concentración especializados en culturar
instrumentistas.
En cuanto a las
actuaciones, aparte de los numeritos breves, taciturnos
y extemporáneos de Bill Murray y Dustin Hoffman, dos
astros capaces de iluminar cualquier escena, todo el
resto del tiempo estamos condenados a la mirada cansina
de Andy (está casi todo el tiempo en pantalla) y reitera
ese mismo decaimiento, zanjado por ráfagas de violencia
eruptiva, que tan aceptable resultó en sus personajes de
Los intocables, Lluvia negra o El
Padrino III. Por cierto, también molesta el aire de
recorte o de ripio respecto a la saga coppoliana, y al
intento de Andy por registrar un tema similar (la
desintegración de una familia) desde un estilo narrativo
y visual que todo el tiempo aspira a reciclar antiguos
éxitos, ya sean del retro norteamericano o de títulos
tan candorosos y bucólicos como La virgen de la
Caridad, Romance del palmar o Casta de
roble.
Pero volvamos a las
actuaciones. No ha conseguido Andy García reactivar su
arsenal de recursos expresivos, ya no en esta película,
sino a lo largo de los últimos cinco o seis años de una
carrera en franco declive, a no ser que se considere un
éxito sus casi penosas intervenciones en la saga
Ocean’s Eleven, haciendo el ridículo, es decir, el
segundón de los Brad Pitt y los George Clooney. Inés
Sastre hace honor a su pasado como modelo de Lancôme y
se las arregla para mantenerse siempre distante,
distinguida y bellísima, con un modelito distinto y bien
chic en cada secuencia, y un aire muy notorio de no
entender de qué iba aquello, así se lo explicaran en
español, en inglés o en francés. En cuanto a las
actuaciones, a pesar de la poca sustancia que tiene su
personaje, solo escapa al low profile, la pose y
el manierismo rampante, Tomás Milián, un actor serio y
profesional donde los haya, quien interpreta al
patriarca de la familia Fellove.
La edición alcanza
cúspides de ridiculez que debieran enseñarse en las
escuelas de cine como modelo de lo que no debe hacerse
nunca si se pretende controlar mínimamente el sentido
dramático de las escenas. Además de que el montajista
nunca tuvo idea del tempo que debía tener el filme en su
conjunto, ni del ritmo preciso al interior y al exterior
de cada secuencia, se repite una y otra vez el montaje
alterno y simultáneo entre dos líneas de acción
relacionadas de modo pedestre. Por ejemplo, las escenas
de asalto al palacio presidencial se alternan —solo Andy
sabrá con qué propósito— con una danza afro dedicada,
quizá, a Oshún.
Lost City
son casi dos horas y media de trama endeble y pobre
diseño de personajes, que pretenden reforzarse con una
banda sonora sobresaturada de bolero, son, chachachá, y
de todos los ritmos cubanos, en un ajiaco compuesto por
más de 40 canciones donde lo que importa es la cantidad
de ingredientes más que su verdadero sabor o feliz
combinación. No quisieron dejar fuera a ninguno de los
creadores y géneros musicales populares entre 1958 y
1961, pero en ese sentido saltan a la vista los gazapos,
licencias, barrabasadas e imposturas (de dónde salieron
semejantes Benny Moré, Bola de Nieve, Rodney, Tropicana,
en una sucesión de simulacros escandalosos y chocantes
por su falta de alma y su distancia aparencial), además
de que la misma música está colocada muchas veces de
cualquier manera, sin atender a la función de subrayado
dramático que le tocaría en una película de este corte,
melodramática y con numerosos momentos de musical retro.
Los profusos
instantes melódicos o bailables detienen la acción, y en
vez de pinceladas de apoyo referencial, devienen
digresivas secuencias que apenas alcanzan algún
significado potencial. Y esa es la Cuba por la que
llora Andy, la despreocupada, sensual y carnavalesca.
Tanta música, glamour y cabaret apenas le permiten
mostrar en su película las razones que motivaron la
ocurrencia de la Revolución. Esa historia no le
interesa, no la pueden ver sus ojos empañados por las
lágrimas que le provoca rememorar su lustrosa y antigua
arcadia. Vale aclarar que Andrés Arturo García Menéndez,
Andy, nació en 1956 y sus padres se lo llevaron de Cuba
poco después del triunfo revolucionario, es decir, que
su nostalgia no es suya, personal e intransferible, sino
la que adquirió por ósmosis de sus padres, o a partir de
los relatos impregnados por el resentimiento de los
amigos y conocidos miamenses. No hay nadie más a quien
culpar si el fracaso resulta estrepitoso.
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