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Hugo Chávez
sostiene una relación muy particular con los libros. Por
sus discursos pareciera que sus dos más obvias pasiones
fueran Simón Bolívar y la poesía popular de su país.
Cita de memoria, y con asombrosa prolijidad, los
documentos del Libertador, y la vena poética le brota
cuando, entusiasmado por la multitud, da rienda suelta a
estrofas llaneras y a estampas de hondo folclor.
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Pero hay muchas otras apetencias y asimilaciones que
vienen de las letras, cultivadas y aprehendidas aún en
medio del arduo ajetreo de un Jefe de Estado empeñado en
una transformación social sin precedentes en Venezuela y
de las tensiones a que se expone debido a la hostilidad
del imperialismo y la reacción interna.
Una anécdota contada por el arquitecto y poeta Francisco
Sesto, Farruco, ministro de Cultura de la República
Bolivariana, lo retrata. Un sábado en la noche, al
término de una sesión del gabinete, Farruco le entregó
diez breviarios —80 páginas cada uno— de una colección
destinada a la promoción del perfil cultural de la
nación. Al día siguiente, domingo, a las nueve de la
mañana, el Ministro recibió una llamada del Presidente.
Este le dijo a Farruco: “He leído tres de tus libritos y
me parecen interesantes. No obstante, te voy a sugerir
unas cuantas cosas…”
En FILVEN 2006 uno de los grandes acontecimientos fue la
repartición de los primeros juegos de tres tomos de Los
miserables, de Víctor Hugo, que en tirada de un millón y
medio llegarán gratuitamente a todos los ámbitos y
sectores del país.
Chávez es devoto de esa monumental novela del escritor
francés. Ha vivido más de una vez los avatares de Jean
Valjean y puede recorrer los campos de Francia y los más
oscuros circuitos del París del siglo XIX con solo
cerrar los ojos y evocar las palabras que arman tan
prodigiosa narración.
En la inauguración de FILVEN, el Presidente pidió el
primer tomo de la novela hasta que encontró un pasaje
que quería comentar. Un protagonista de las convenciones
revolucionarias de 1791, en articulo mortis, es visitado
por un obispo que por razones de clase responde a la
ideología del ancient regime, en buena medida restaurado
tras la derrota de Napoleón. Chávez leyó el diálogo
fulgurante entre estos dos hombres y subrayó
especialmente algo que el revolucionario dice y le
parece muy importante. Es sobre la cualidad nueva del
viento que sopla pero mueve viejos molinos. Chávez llamó
a reflexionar sobre esa imagen.
Al recorrer el Pabellón de Cuba, no solo apreció y
solicitó literatura política y de ciencias sociales. En
medio de la montaña de libros, divisó una antología de
poesía de amor realizada por la poetisa santiaguera
Teresa Melo, Soy el amor, soy el verso. “¿Puedo llevarlo
conmigo?”, preguntó.
Minutos después, en el acto propiamente dicho de
inauguración, el poeta cubano Miguel Barnet leyó su
poema dedicado a Ernesto Guevara: “Che / tú lo sabes
todo / los recovecos de la sierra / el asma sobre la
yerba fría/ la tribuna, / el oleaje en la noche / y
hasta de qué se hacen los frutos y las yuntas. / No es
que yo quiera darte / pluma por pistola / pero el poeta
eres tú”. Fue escrito en el papel interior de una
cajetilla de cigarros Dorados que le facilitó Margarita
Dalton, hermana del entrañable poeta salvadoreño Roque
Dalton, bajo el impacto de la carta de despedida del Che
a Fidel, leída por el líder cubano en octubre de 1965,
cuando el Comandante Guerrillero se hallaba en el
oriente del Congo.
Chávez se fundió en un abrazo con Miguel y por lo bajo
le dijo: “Cuánto te agradezco. Ese es un poema de mi
época, un poema que nunca he olvidado”. |