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En
ninguna de las primeras etapas del cine cubano, la
capital conoció tal profusión de odas, semidiatribas,
nostálgicas evocaciones ni tan elocuentes confirmaciones
de pertenencia como las que, durante los últimos diez
años, verificaran en la gran pantalla algunos
realizadores de las más diversas formaciones y edades.
La Habana, o más bien una cierta mística sobre sus
fulgores y erosiones, se ha impuesto en los últimos
quince años con una fuerza apenas pulsada en fechas
precedentes. Seleccionar las mejores películas cubanas
de los últimos tres lustros, y además verlas, viene a
significar, por tanto, una especie de excursión, no
siempre gratificante, hasta la esencia primigenia del
espíritu habanero, cubano, en perenne intercambio con lo
universal y cosmopolita (es difícil recordar los grandes
momentos de Suite Habana, Barrio Cuba,
Frutas en el café o Páginas del diario de
Mauricio, y prescindir de alguna locación
capitalina).
Antes
de que Buena Vista Social Club, de Win Wenders,
impusiera en el mundo entero su tendenciosa perspectiva,
medio turística y medio apocalíptica, sobre paredes
desconchadas y atmósferas congeladas en los años 50, el
mayor de los realizadores cubanos, Tomás Gutiérrez Alea,
había consagrado un importante y conmovedor segmento de
Fresa y chocolate al lamento de los cubanos por
el estado precario de una ciudad todavía orgullosa,
enhiesta sobre los cimientos de su heredad, seductora en
su aire trashumante y sensual. Diego, uno de los
protagonistas, mantenía una relación doble, ambigua y
compleja con su ciudad, elemento cardinal en una cultura
cuyos iconos (Lezama, Benny Moré, Cervantes) devenían
objetos de culto para el sensitivo e inconforme
personaje. Esa misma cuerda, contemplativa e
hipercrítica, pulsaba el Sergio de Memorias del
subdesarrollo, (también de Gutiérrez Alea) quien a
principios de la Revolución contemplaba con un
telescopio, desde su vedadense apartamento, el águila
defenestrada, y la infinita ebullición de aquella París
del Caribe que nunca más volvería a ser como antes. Pero
sería mucho tiempo después, en los años 90, cuando se
registra la tendencia del cine cubano a volver sus
lentes a La Habana como redescubriéndola.
Con el
llamado período especial se impuso, lógicamente, una
visión más oscura, pero en los mejores y en la mayoría
de los casos resultaba reflexiva, responsable,
ineludible. En la memoria de muchos cubanos permanecen
los infinitos y sombríos túneles, poblados de
bicicletas, de Madagascar, obra mayor de Fernando
Pérez cuyo epílogo, con aquel tren interminable
flanqueado por los acordes de Quiéreme mucho,
representaba una suerte de apasionada negativa a la
desesperanza. Como mismo perseveran, se abroquelan,
confían los personajes centrales de Reina y Rey,
Amor vertical y La ola, (dirigidas
respectivamente por Julio García Espinosa, Arturo Sotto
y Enrique Álvarez) quienes apuestan por muy diversas
estéticas y estilos narrativos para entretejer sus
historias en torno al concepto de representar la ciudad
como raíz y amparo, bálsamo y herida, confluencia y
atalaya, sin obviar la visión de la urbe como entidad
onírica, fantasmagórica y medio absurda que subraya por
momentos la propia Amor vertical, y de lleno la
extravagante Kleines Tropicana.
El
acercamiento al destino de la urbe, más allá de la
utilización como simple marco escenográfico, se reforzó
en 1991, cuando se estrenó la supercoproducción con
Francia y Rusia, El siglo de las luces, de
Humberto Solás (Lucía, Cecilia), quien se
detenía en la recreación de los imperativos iluministas
que la Revolución francesa le imponía a una metrópoli
colonial estúpida y podrida, a decir de Sofía, uno de
los personajes más activos y fecundos salidos de la
creatividad intelectual cubana. El propio Humberto
regresaría sobre las huellas ocultas de una ciudad mucho
menos épica que la descrita por Carpentier, una ciudad
humilde y sentimental, en Barrio Cuba (2005) que
rechaza casi todas las locaciones citadinas con fuerte
valor iconográfico (Prado, La Rampa, Malecón, Parque
Central…), y se adentra en la vida barrial, periférica y
desaliñada.
Otras
visiones, más amables y complacientes tal vez, sin duda
menos amargas y profundas, se impondrían posteriormente.
Zafiros, locura azul o Bailando chachachá,
de Manuel Herrera, tomaban como coartada la celebridad
de ciertos artistas y géneros musicales para proponer,
desde el inicio hasta el final, la recuperación
nostálgica de la bohemia y de la vida nocturna habanera
en los años 50 y 60. La Habana contemplada a través de
la nostalgia, mediante la panorámica o el plano,
detalles indispensables para dar una idea sobre lo que
antes era, se reitera en Tres veces dos (primer
cuento), El Benny, La edad de la peseta.
Un
paraíso bajo las estrellas
y Perfecto amor equivocado, ambas de Gerardo
Chijona, optaban por la clásica comedia de enredos, de
extracción telenovelera o vodevilesca. Una se ambientaba
en el cabaret más famoso del mundo, (otro de los
símbolos inmarcesibles de la capital), la otra se
distinguió por ser una de las películas que mostraba
entornos habaneros distintos y diferentes, profundos,
barrioteros y costumbristas, en una óptica similar a
Los pájaros tirándole a la escopeta, Se permuta o
Plaff, Las profecías de Amanda, Nada, o
Entre ciclones, en las cuales la sonrisa ante el
chiste y la fenomenología capitalina se va convirtiendo
en mueca amarga y reflexiva.
Sería
otra vez Fernando Pérez, mediante La vida es silbar
(1998) y Suite Habana (2003) quien conseguiría
modelar la imagen fílmica de la ciudad con toda su savia
y sus excesos. En la primera, son tres personajes: una
bailarina con aspiración al mejoramiento profesional, un
desajustado social con crisis de autorreconocimiento, y
una timorata, reprimida y doméstica mujer; los tres
buscan la manera de trascender, de encontrarse. Para la
bailarina, La Habana quiere decir cuerpos masculinos
desnudos, sensualidad, sudores, concupiscencia en el
paseo del Prado; el paria necesita entender a Cuba entre
el solar y el malecón, Santa Bárbara y la Plaza de la
Revolución, mientras la mujer limitada presencia
desmayos colectivos por toda la ciudad (en locaciones
inteligentemente seleccionadas) ante la enunciación de
hermosos principios tenidos por escandalosos. A medias
entre el documental y la ficción, Suite Habana
insiste en recuperar el escurridizo rostro, la
generosidad inmanente de una ciudad elegida como
indiscutible protagonista del más reciente y mejor cine
cubano. Ahí están para demostrarlo no solo Suite
Habana sino también Habana Blues, Frutas
en el café, Barrio Cuba, El Benny y
La edad de la peseta, todas con la ciudad capital
como referente dinámico. |