Año V
La Habana
18 al 24 de NOVIEMBRE
de 2006

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Revelación y misterio de una ciudad,
películas mediante

Joel del Río La Habana


En ninguna de las primeras etapas del cine cubano, la capital conoció tal profusión de odas, semidiatribas, nostálgicas evocaciones ni tan elocuentes confirmaciones de pertenencia como las que, durante los últimos diez años, verificaran en la gran pantalla algunos realizadores de las más diversas formaciones y edades. La Habana, o más bien una cierta mística sobre sus fulgores y erosiones, se ha impuesto en los últimos quince años con una fuerza apenas pulsada en fechas precedentes. Seleccionar las mejores películas cubanas de los últimos tres lustros, y además verlas, viene a significar, por tanto, una especie de excursión, no siempre gratificante, hasta la esencia primigenia del espíritu habanero, cubano, en perenne intercambio con lo universal y cosmopolita (es difícil recordar los grandes momentos de Suite Habana, Barrio Cuba, Frutas en el café o Páginas del diario de Mauricio, y prescindir de alguna locación capitalina).

Antes de que Buena Vista Social Club, de Win Wenders, impusiera en el mundo entero su tendenciosa perspectiva, medio turística y medio apocalíptica, sobre paredes desconchadas y atmósferas congeladas en los años 50, el mayor de los realizadores cubanos, Tomás Gutiérrez Alea, había consagrado un importante y conmovedor segmento de Fresa y chocolate al lamento de los cubanos por el estado precario de una ciudad todavía orgullosa, enhiesta sobre los cimientos de su heredad, seductora en su aire trashumante y sensual. Diego, uno de los protagonistas, mantenía una relación doble, ambigua y compleja con su ciudad, elemento cardinal en una cultura cuyos iconos (Lezama, Benny Moré, Cervantes) devenían objetos de culto para el sensitivo e inconforme personaje. Esa misma cuerda, contemplativa e hipercrítica, pulsaba el Sergio de Memorias del subdesarrollo, (también de Gutiérrez Alea) quien a principios de la Revolución contemplaba con un telescopio, desde su vedadense apartamento, el águila defenestrada, y la infinita ebullición de aquella París del Caribe que nunca más volvería a ser como antes. Pero sería mucho tiempo después, en los años 90, cuando se registra la tendencia del cine cubano a volver sus lentes a La Habana como redescubriéndola.

Con el llamado período especial se impuso, lógicamente, una visión más oscura, pero en los mejores y en la mayoría de los casos resultaba reflexiva, responsable, ineludible. En la memoria de muchos cubanos permanecen los infinitos y sombríos túneles, poblados de bicicletas, de Madagascar, obra mayor de Fernando Pérez cuyo epílogo, con aquel tren interminable flanqueado por los acordes de Quiéreme mucho, representaba una suerte de apasionada negativa a la desesperanza. Como mismo perseveran, se abroquelan, confían los personajes centrales de Reina y Rey, Amor vertical y La ola, (dirigidas respectivamente por Julio García Espinosa, Arturo Sotto y Enrique Álvarez) quienes apuestan por muy diversas estéticas y estilos narrativos para entretejer sus historias en torno al concepto de representar la ciudad como raíz y amparo, bálsamo y herida, confluencia y atalaya, sin obviar la visión de la urbe como entidad onírica, fantasmagórica y medio absurda que subraya por momentos la propia Amor vertical, y de lleno la extravagante Kleines Tropicana.

El acercamiento al destino de la urbe, más allá de la utilización como simple marco escenográfico, se reforzó en 1991, cuando se estrenó la supercoproducción con Francia y Rusia, El siglo de las luces, de Humberto Solás (Lucía, Cecilia), quien se detenía en la recreación de los imperativos iluministas que la Revolución francesa le imponía a una metrópoli colonial estúpida y podrida, a decir de Sofía, uno de los personajes más activos y fecundos salidos de la creatividad intelectual cubana. El propio Humberto regresaría sobre las huellas ocultas de una ciudad mucho menos épica que la descrita por Carpentier, una ciudad humilde y sentimental, en Barrio Cuba (2005) que rechaza casi todas las locaciones citadinas con fuerte valor iconográfico (Prado, La Rampa, Malecón, Parque Central…), y se adentra en la vida barrial, periférica y desaliñada.   

Otras visiones, más amables y complacientes tal vez, sin duda menos amargas y profundas, se impondrían posteriormente. Zafiros, locura azul o Bailando chachachá, de Manuel Herrera, tomaban como coartada la celebridad de ciertos artistas y géneros musicales para proponer, desde el inicio hasta el final, la recuperación nostálgica de la bohemia y de la vida nocturna habanera en los años 50 y 60. La Habana contemplada a través de la nostalgia, mediante la panorámica o el plano, detalles indispensables para dar una idea sobre lo que antes era, se reitera en Tres veces dos (primer cuento), El Benny, La edad de la peseta.

Un paraíso bajo las estrellas y Perfecto amor equivocado, ambas de Gerardo Chijona, optaban por la clásica comedia de enredos, de extracción telenovelera o vodevilesca. Una se ambientaba en el cabaret más famoso del mundo, (otro de los símbolos inmarcesibles de la capital), la otra se distinguió por ser una de las películas que mostraba entornos habaneros distintos y diferentes, profundos, barrioteros y costumbristas, en una óptica similar a Los pájaros tirándole a la escopeta, Se permuta o Plaff, Las profecías de Amanda, Nada, o Entre ciclones, en las cuales la sonrisa ante el chiste y la fenomenología capitalina se va convirtiendo en mueca amarga y reflexiva.

Sería otra vez Fernando Pérez, mediante La vida es silbar (1998) y Suite Habana (2003) quien conseguiría modelar la imagen fílmica de la ciudad con toda su savia y sus excesos. En la primera, son tres personajes: una bailarina con aspiración al mejoramiento profesional, un desajustado social con crisis de autorreconocimiento, y una timorata, reprimida y doméstica mujer; los tres buscan la manera de trascender, de encontrarse. Para la bailarina, La Habana quiere decir cuerpos masculinos desnudos, sensualidad, sudores, concupiscencia en el paseo del Prado; el paria necesita entender a Cuba entre el solar y el malecón, Santa Bárbara y la Plaza de la Revolución, mientras la mujer limitada presencia desmayos colectivos por toda la ciudad (en locaciones inteligentemente seleccionadas) ante la enunciación de hermosos principios tenidos por escandalosos. A medias entre el documental y la ficción, Suite Habana insiste en recuperar el escurridizo rostro, la generosidad inmanente de una ciudad elegida como indiscutible protagonista del más reciente y mejor cine cubano. Ahí están para demostrarlo no solo Suite Habana sino también Habana Blues, Frutas en el café, Barrio Cuba, El Benny y La edad de la peseta, todas con la ciudad capital como referente  dinámico.

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