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Con una sonrisa permanente en su rostro Blanca Rosa
Blanco me recuerda a Enrique Santiesteban, actor del
cine, el teatro y la televisión de Cuba. Aquel excelente
artista siempre presentaba su rostro distendido y presto
a una frase amable para quien se le acercara. En una
sala del hospital Frank País, con un yeso puesto, un día
le escuché decir a Enrique el porqué de esa actitud: “Ni
usted ni nadie tiene la culpa de que me duela una muela,
o una pierna, como me está viendo ahora. Espera mi
sonrisa, mi ¡hola! optimista, mi alegría, porque para el
público soy el personaje, el que recuerdan, y ese no les
puede fallar para que amen al actor”.
No sé
si Blanca opina lo mismo, lo cierto es que siempre la he
visto sonreír y comunicarse con quienes la rodean. Es
igual que hace en el plató o en el set.
Ganadora del premio Caricato en 2003, esta bella y
sensual actriz ha dado vida a diversas mujeres, desde
las malvadas más puras hasta las buenas casi castas, y
en todos esos personajes ha conseguido convencer al
público, sea en una sala de teatro, en la televisión o,
por fin, en el cine. Ha representado desde una experta
policía o una dulce y joven dama de compañía, hasta una
madre llena de contradicciones con su propio hijo. Ha
sido modelo y también presentadora de importantes
encuentros artísticos o sociales.
Tu
afición por actuar, ¿es una aptitud en solitario dentro
de tu familia? ¿No hay ningún gen con esa vocación?
Si no es por mi
madre, que descubre y apoya todo disparate posible desde
los primeros años de vida, aún sin saber leer, y que me
vincula y pone a prueba la vocación, nada hubiera sido
suficiente, aunque la necesidad de actuar, la afición,
no está vinculada directamente a ninguna razón familiar.
La confianza de mi familia, aun cuando estaba muy lejos
la posibilidad de ser “actriz” —defendida a ultranza con
“la niña quiere ser actriz”—, me llenó cada espacio
vacío de entonces y aún lo consigue: mi familia ha sido
determinante.
En la etapa de la
adolescencia, actuar se convirtió en una obsesión al
punto de no querer otra cosa. Cuando era obligatorio
ofrecer opciones en las listas para las carreras y las
planillas y las ofertas y los compromisos sociales, me
sobraron las líneas. Definitivamente quería ser sobre
todo una estudiante de la escuela de arte, del Instituto
Superior de Arte (ISA). Añoraba ese lugar, que descubrí
antes de entrar y era —o es— un sitio de un encanto
especial. Creo que a todos les ha pasado un poco eso en
diferentes momentos. En fin, no hay genes…, pero sin mi
familia no hubiera sido posible, tal vez lo lleven
escondido y me lo legaron a mí.
¿Quién
o quiénes te animaron a entrar al ISA?
No hubo que animarme…
tal vez yo animaba a otros. Hacía teatro en la Casa de
la Cultura —o al menos lo intentábamos—, también teatro
infantil, obteníamos premios en los festivales de
aficionados. El movimiento era fuerte y competíamos con
ingenuidad, pero siempre hay alguien que te dice que
existe un sitio que es fabuloso como en los cuentos, un
camino que es largo pero existe, el lugar de los
artistas, pintores, músicos, bailarines, donde te dirán
todo y que no es un sueño. Y es verdad… aun cuando la
cátedra de actuación, mi especialidad, se vio dañada por
millones de razones, muchos queríamos estar ahí.
Me escapaba del
preuniversitario de Playa donde estaba para sentarme en
los bancos del ISA, y me quedaba días enteros allí
mirando el mundo donde quería pertenecer, al silencio
que me daría espacio para decir y que alguien se
encargaría de ordenar mi cabeza de ilusiones. Algunos lo
hicieron, otras ilusiones siguen ahí navegando. El ISA
me brindó muchas dudas, canalizó deseos, me dio
disciplina y sobre todo saber que era una carrera de
todos los días, pero me quitó el sueño durante cinco
años.
Te
graduaste prácticamente con La Noche (1995), la
pieza de Abilio Estévez, premio Tirso de Molina y que
obtuvo varios galardones en los Festivales de Teatro de
La Habana
¿Estabas lista para esa obra? ¿Qué piensas once años
después? ¿La volverías a interpretar?
¿Han pasado 11 años?…
Esto infiere una pausa larga, 11 años… La noche
llegó como resultado justamente de la falta de
profesores de actuación en el ISA. Había un cartel en la
facultad llamando a casting para la obra, y por
allí pasó medio instituto y más. Yo estaba dispuesta a
todo, entonces (creo que ahora también, pero lo pienso
mejor). Mi personaje tenía que desnudarse: era Eva, y
así fue, entre la decisión de hacerlo, dejarme llevar,
confiar en Abilio Estévez, Ariel Wood que entonces hacía
parte de su tesis de dirección, y luego llegó Roberto
Blanco que le dio el sello de la Compañía de Teatro
Irrumpe. Me pidieron doblar tres personajes más. No me
pregunté entonces si estaba preparada o no, solo me
arriesgué; hoy haría otros personajes de esa obra que
adoro, que tiene cosas que decir muy a tono con las que
quiero decir yo y una generación entera.
Fue fabuloso, fue la
primera vez que vi al público de pie minutos enteros.
Experimenté un susto grande, la obra era un suceso en
todos los sentidos y yo era parte de eso hace 11 años.
Aún no he superado ese susto de La noche. Es mi
suceso personal más importante, no solo por lo que fue
como espectáculo, sino por todo lo que significó
después, los actores que me dejó conocer, la gente que
amé allí, los amigos en que creí, algunos que ya no
están. Me dio la opción de tener en Roberto Blanco el
maestro que me acogió y me dejó ser parte de Irrumpe.
Desde entonces y hasta que falleció estuve en todas sus
obras, siempre me las arreglé para alternar con la
televisión, con mi embarazo.
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Soy de la última
generación que formó Roberto Blanco, que asumió el rol
de maestro mientras yo hacía trabajos profesionales en
el grupo y seguía estudiando en el ISA. Fue una
temporada intensa, pero llena de satisfacciones. Lo peor
pasó, él murió y desde entonces no he vuelto a poner los
pies en el escenario. Estorino me ofreció participar de
Parece Blanca hace un año, pero después de dos
meses de ensayo muchas cosas impidieron que continuara.
Yo quiero hacer teatro, comprometido con un discurso
actual, contemporáneo, cubano, tal vez no lo saben,
tampoco es que pretenda cambiar nada. A pesar de la
crisis económica —que no es solo nuestra, el mundo
entero está en crisis con las artes, el teatro, el
cine…— creo que los proyectos teatrales nuestros están
haciendo puestas en escena con un valor importante en la
palabra y el actor, sobre todo de este último que es lo
más importante en el escenario. Hay gente muy joven
dejando ya sus huellas en las tablas cubanas, alguna vez
se dirá de ellos que no han dejado de hacer a pesar de
los tiempos, a pesar de lo efímero que suele ser el
teatro. Creo en él definitivamente.
Has
dicho que La
construcción del personaje, de Stanislavsky,
y los tratados de Brecht son, además de obras para la
lectura, textos que te ayudan en tu profesión de actriz.
¿Por qué esos dos dramaturgos?
Hay lecturas
obligadas, son para estudiar, no se trata de que viva
pegada a los legados. Son material de consulta y que en
su tiempo, cuando los descubrí, cumplieron primero la
sensación de lo más extraño, nuevo y desconocido y
cuando Vicente Revuelta (que me dio clases en el primer
año del ISA y no lo terminó) lo explicaba, pues llegaba
a casa con muchas contradicciones, leyendo mil veces de
qué hablaba aquel hombre fabuloso que entonces yo no
entendía y ahora un poco… Solo eran 18 años. Stanislavky
era un mito y Brecht un desconocido. Había que
esforzarse mucho o te quedabas en el camino, en segundo
año. Por eso siempre hablo de los aportes del ISA, si
querías obtener resultados había que estudiar, eso fue
lo que intenté. Algunos se quedaron en el camino, pero
eso siempre pasa.
Entre
tus libros preferidos —según tu confesión— se encuentra
Brando sobre
Brando, ¿por admiración al actor de actores?
Y en ese sentido, ¿qué paradigmas tienes en tu
profesión?
Me gusta conocer la
vida de los mitos, y en eso el libro Brando sobre
Brando se ocupó de decirme todo y más de lo que
imaginaba y también me dejó soñar, me llevó a pasear por
el mundo de una época de lujo. Admiro profundamente la
vida profesional de Brando, aún disparatada para otros,
el misterio de sus silencios… sus pausas, y su obra
toda. Adquirí el libro en Camagüey, en el primer
Festival de Teatro al que fui. Caminaba con mi amigo
Ariel por allí y por 40 pesos teníamos en las manos un
súper texto, eso era un suceso; regresar a La Habana con
el libro soñado.
No me he detenido en
los paradigmas como definiciones, pero sí admiré mucho a
Raquel Revuelta con la que jamás tuve ni un encuentro de
casualidad y también a Verónica Lyn.
Has
dicho: “Quiero envejecer con la dignidad de haber estado
cerca del arte”. ¿Cómo sabes que estás cerca del ARTE?
El arte responde para
comunicar emociones, esa es mi labor como artista en la
medida de lo posible y es lo que intento; cada vez
quiero estar cerca de él porque tengo muchas cosas que
decir a través de las emociones, de mi propio discurso
gestual, de los silencios y la palabra. Defiendo las
vías para contribuir a ello y respeto las poéticas
ajenas que lo hacen posible aún cuando no participe
directamente… Sí me he sentido a veces tan cerca como
otras lejos, como es la vida misma., de eso se trata un
poco todo.
Pienso
que por suerte para ti no te han encasillado en un papel
determinado, ¿cómo lo has logrado?
Los personajes han
llegado de manera orgánica cuando debían llegar, tal vez
algunos más tarde que otros, pero ahí están por suerte
diferentes y tormentosos. Ahora seguro vendrá una etapa
de silencio y será mejor sobre todo para mí, no saturar
y estudiar alguna propuesta que aún es propuesta para el
año que viene. No sé cómo es eso de lograr una cosa o la
otra cuando las oportunidades vienen con producciones
temporales, así que si he logrado no encasillarme es
solo cuestión de haber trabajado mucho y que el tino de
los que eligen me ha ayudado mucho a defender eso de no
hacer lo mismo, el tino de ellos y el mío. Claro que
alguna cosa no he hecho por ser similar, entonces he
dejado de trabajar por meses y así es esta profesión de
complicada, solo depende de una misma si lo haces o lo
dejas pasar, el cuidado de las elecciones de los
personajes, que no siempre se pueden elegir. Por suerte
siempre he hecho lo que he querido, ojalá la vida me
siga dando oportunidad de elegir.
¿Por
qué, según tus palabras, los actores “estamos muy solos
con los personajes”?
Los actores estamos
muy solos con todo, con los personajes, sobre todo entre
nosotros mismos, algo que no ha hecho posible que
logremos protegernos de nuestras propias
contradicciones. Creo que además de estar solos con los
personajes, un hecho que no se puede compartir, solo
transmitir y debatir con el director, estamos muy solos.
A solas con el fantasma de los personajes que llevamos…
pero felices. La soledad de la que hablo es parte de un
proceso personal que no es para discutir, es mi actitud
ante la vida y lo que suelo ver a mi alrededor de estos
11 años casualmente.
La
Mirta de Páginas del diario de Mauricio te abrió
las puertas del cine. ¿Qué esperas ahora de ese arte?
Mirta, y Páginas
del diario de Mauricio me abrió las puertas, pero la
casa es grande, el cine es un lujo y todos los que están
haciendo por él hoy lo saben, viene una generación
haciendo su camino y como yo, otros que deben dejar sus
discursos. Me siento partícipe de ese nuevo empeño por
hacer cine luego de la oportunidad de Manolo Pérez con
quien me identifiqué siempre. Creo tendré otra
oportunidad el año que viene, pero no tengo las noticias
confirmadas, espero que sí y te las pueda contar. |