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Juana García Abás (La
Habana, 1950) ha hecho un aporte notable a la variedad y
profundidad de la poesía cubana al principio del siglo
XX.Juana García Abás (La Habana, 1950) ha hecho un
aporte notable a la variedad y profundidad de la poesía
cubana al principio del siglo XX. Se trata de su libro
Circunloquio, Premio Nicolás Guillén de 2006, un
conjunto lírico no atrincherado en la oscuridad a
ultranza (sino en la expresión que ofrece cierta lectura
del mundo de Hermes Trimegisto, a través de cábalas y
esoterismos); un libro oscuro, pero no nebuloso ni
procedente de las Tinieblas; un libro propio de la
poesía intelectiva, no siempre vista y reconocida en
nuestros fueros poéticos nacionales y mucho menos
laureada; un libro que está completamente fuera de la
moda lírica al uso (retórica epocal), de los poemas que
se fabrican bajo las dotes de expresión graciosa de
algunos poetas que saben escribir, o bajo el
abroquelado y a veces pintoresco experimentalismo
mediante el cual alguno quiere ser postmoderno,
transmoderno o hipertextual. En fin, un libro que se
halla en la mejor tradición de la poesía culta cubana,
de hondas raigambres del saber, la gnosis, la
inteligencia, devenida desde Casal y Martí pasada por
Boti y Brull, hasta Lezama y Baquero.
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La poeta se sitúa en el curso de la
poesía cubana con voz muy propia, no similar a nadie, a
ninguna línea, a ninguna corriente del devenir actual de
nuestra poesía. Su originalidad no es, por cierto, a
ultranza, porque hay suficiente arte en sus versos como
para advertir que esa expresión es el riesgo natural de
su interés lírico. El ritmo de sus poemas es difícil,
pues no es una poesía de entrega sensorial, emotiva,
sino que alude a la imaginación tanto dionisíaca como
apolínea y a la sedimentación poética de sus lecturas.
Es obra de interés comunicativo del conocimiento humano,
poesía sobre ese saber, ahondamiento lírico en mitos,
referentes cabalísticos judíos, evocación subliminal de
«lo cubano» no facilista, que se externiza muchas veces
en este libro por medio de una esencial aprehensión de
la Isla en el Mundo, sin aislamiento nativistas o
búsquedas de temas de «impacto» (feminismo,
homosexualismo, erotismo más o menos escandalosos u
otros avatares conformadores de textos hoy á
la mode), pues la suya es búsqueda y hallazgo de lo
intemporal, y un juego con esa intemporalidad
(eternidad, infinitud, tiempo / espacio) nunca bien
hallada
¾si pudiera hallarse¾
y solo antes visible en la poesía cubana, pero con otros
presupuestos, en el Big Bang (1973), del gran
camagüeyano Severo Sarduy.
Asombra este libro de García Abás
por la secuencia de sugerencias, por los «dictámenes o
«sentencias» de textos reducidísimos que juegan al
haiku, sin serlo; por las evocaciones a referentes
culturales en textos que se gozarían mejor de tener sus
lectores tales referencias incorporados a sus
conocimientos, pero que no dejan de ofrecer una
particular manera de agalma, adorno del lenguaje
por la ideación imaginativa, cuyo misterio nos convoca,
más que a descifrar, a participar de la singularidad de
su prisma.
La poesía cubana necesitaba un libro
así. Es un conjunto poético que se destaca no por la
facilidad discursiva, por rozar lo anecdótico (que
García Abás apenas si alguna vez bosqueja) o por dibujar
un tono conversacional aún vigente en la poesía insular,
y que nuestra poeta parece trascender, usándolo a veces,
pero en dosis muy matizadas por su tono central: el
reflexivo, de buen entramado ideoestético.
¿Por qué necesitamos un libro de
poemas así? Pues porque en nuestra poesía no reina el
mundo de la imaginación creativa a partir de la llamada
«alta cultura» o de los bordes realmente poéticos del
enramado ontológico; es necesario que en la poesía
cubana continúe creciendo ese aliento que nos insufló
buena parte de la poesía lezamiana. Juana García Abás
irrumpe sin concesiones en medio de una poesía que no
quiere hacerse «simpática al lector», que no busca
resortes expresivos «populares», ni siquiera cuando se
introduce en campos de la tradición, como la décima u
otras estrofas y formas rimadas o versolibristas
tradicionales. Necesitamos también una poesía así,
sustancial, que mira su propio referente estético (metapoético
e intelectivo) para hablarnos en un lenguaje y mediante
un ritmo al que precisamos penetrar para captarlos y
disfrutarlos plenamente. Es un aporte diferente, una
brisa de poesía sustantiva, capaz de expresar la
parte sensible y culta de nuestra Nación, más allá de la
poesía de bases sensorio-emotivas predominante en
nuestro tiempo.
Génesis («Y fue el sonido»),
diluvios («Cábala») y Apocalipsis singulares («Diabología
existencial») desbordan en medio de apreciaciones
cuánticas, filosóficas, físicas, cosmológicas, o asuntos
propios de los misterios cabalísticos, procedentes de
lenguajes casi cifrados que la poeta transforma desde lo
esotérico básico a lo poético como fin del discurso.
Hasta este libro de García Abás, realmente resultaba muy
extraño encontrar en la poesía de Cuba universalismos de
este tenor, propios de las culturas occidentales en su
sucesiva evolución, desde las civilizaciones
egipcio-mesopotámicas (a la memoria el Libro de los
Muertos) a las greco-latinas, hasta nuestros días;
es muy raro encontrar entre nosotros una poesía del
saber, que ahora se nos envuelve en cubanía, se hace
universal sin dejar de ser esencialmente cubana.
Adviértase en el libro el matiz
nocturnal, como venido de la matriz de la noche,
femeninamente paridora, creadora de imágenes oníricas y
de mundos imaginativos, que parecieran alimentarse de
José Lezama Lima o de un profundo judaísmo, cuando en
verdad se alimenta de lo nocturno como misterio, del ser
femenino en el que se produce la germinación, la
fecundación y la nueva vida. Más que un decir
definitivo, todo este libro se trata de una fuerte
sugerencia. Cada texto apoya el interés germinador, el
conjunto es un nacimiento y un eterno retorno: «Todo
emana de un punto y a ese lugar retorna/ pues la otra
parte es solo un sitio entre los signos». Nos
enfrentamos así con uno de los libros más difíciles,
plenos y medulares de la poesía cubana, tras la herencia
plena, medular y difícil del hechicero de la calle
Trocadero, del autor de Dador y La Fijeza.
Juana García Abás se ha metido en el mundo de la matriz,
en el diálogo (¿platónico?) con la eterna edad que es la
eternidad, y ha elevado a la poesía cubana coetánea a un
nivel ahora inusitado y sorprendente. |