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“Pocas veces
un poeta es destinado a (o escoge como destino) hacerle
preguntas a su tradición. Lo más común, sin demérito
alguno, es que nos atrapen los “temas”, espejos
que —al
final—
no son sino el entorno circunstancial de la poesía. En
esta dirección es simple ser correcto y, con un poco más
de trabajo, hasta incorrecto se puede ser. En cambio,
cuando de lo que se trata es de interrogar a la
tradición, perforar un pasadizo, el mero intento de
ser es terriblemente difícil, casi sobrehumano. El
camino de este poeta (¡allá él!) está lleno de
resbalones, errores, desmesuras de la materia al
provocar cosas. A veces retumba, es cierto, confunde y
hasta molesta, pero el problema es cuando a través del
caos alcanza a ser vislumbrado un principio de orden; en
este caso, problema significa el imperativo ético
(en el lector) de darle vuelta a no pocas certidumbres,
de nuevamente pensar qué cosa es la poesía, para qué
sirve, cuáles son sus fuentes, qué relación hay entre el
hombre y el cosmos. Si primero no se hace esto, si se ha
perdido la capacidad de admirar, entonces no hay manera
de disfrutar lo nuevo, de sumergirse. Con ingenuidad y
con arrogancia, dulzura de lenguaje y traqueteo,
profundidad y superficie, en esas mezclas, le has
devuelto a la poesía cubana cosmos. Lo conseguido
es de tal magnitud que asimilo cualquier hilo colgante,
ladrillo sin recubrir, cerradura que se traba, verso que
yo mismo jamás hubiera escrito: devoro y sigo, me
sumerjo, quiero más. Es una sensación que solo se tiene
ante el nacimiento de la poesía, el no parecerse a nada
ni tener —en
apariencia—
conexiones, que no experimentaba hacía ya mucho tiempo:
la de estar entre los “elementos”, donde surjen
moléculas, en el origen y en el final (que aseguras que
no existe)”. |