Año V
La Habana
2006

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El poeta, la ciega y el cuervo
Rogelio Riverón


Amanecía cuando entró al baño. Había corrido un buen trayecto mientras lo auxilió la oscuridad, y después, cuando las calles comenzaron a poblarse, aminoró el paso y se pegó a las paredes, maldijo al sol que se aproximaba, jadeó y tuvo más miedo. Unas cuadras después descubrió el letrero: Baños públicos.

Era un lugar escueto. Un servicio sanitario, un lavamanos y un espejo velado por la suciedad. Olía a viejo, a presagio de escombros. El hombre suspiró, más tranquilo. Se refrescó la cara en el lavamanos y sólo entonces probó a verse en el espejo. La pátina de grasa y polvo lo autorizó a vislumbrar un rostro ensombrecido, los ojos afiebrados, la raya convexa de la boca. Desvió la mirada y volvió a pensar en el sitio del que había escapado.
 

La galera no tenía nada de particular: dos filas de literas a lo largo de un pasillo estrecho, paredes de ladrillo con claraboyas casi a ras del techo de zinc, por las que bajaba una luz mordaz, insuficiente. Al fondo, unas letrinas que olían también a basura, a orines mal despejados. Eran unos cuarenta presos, a los que la escasez de luz y el calor de las tardes habían vuelto hoscos e irritables. Metidos cada uno en sí mismo, daban forma a un estado de alerta sutil y quizás indeleble.

Gracias a que se había hecho llevar algunos libros con que matar el mal tiempo del encierro, los otros comenzaron a llamarle el poeta. Al principio se ofendió, pero después el mote lo fue sobornando con un regusto de satisfacción. Echado en la litera, abría sus libros y se sentía importante, superior a cualquiera.

El cuervo era el único que, además de él, tenía relación con el papel impreso. Era dueño de una revista de modas que no mostraba a nadie. De noche, cuando los demás se dejaban rendir por el sueño, el cuervo se dirigía a los baños con la revista, y después contaba lo bien que la había pasado con su modelo. A juzgar por sus palabras, solo prestaba atención a una; las otras modelos lo tenían sin cuidado. El poeta, posicionado en sus libros, fingió toda la indiferencia que pudo, pero en realidad se iba dejando intrigar por la revista del cuervo, por aquella mujer a la que el otro trataba como a su concubina. Un día le propuso un trato. Le cambiaba una novela por la revista. Temporalmente, como era lógico, para variar un poco. El cuervo se le quedó mirando, luego sonrió y le dio la espalda. El poeta pensó que en unos días lo habría convencido.

Confiaba en que si le hacía creer que le interesaba toda la revista, y no la modelo, el cuervo accedería. Por eso comenzó a emplazarlo con preguntas ambiguas, acerca de perfumes y ropa de hombre. El cuervo hacía silencio; acaso alguna vez asintió con una formalidad rugosa, impersonal, pero después volvía a desalentarlo. El poeta, que comenzaba a desesperarse, se dedicó a observar la rutina del otro. Si no le dejaban otra salida, robaría al cuervo, raptaría a su modelo aunque fuera por unos minutos.

Un día vinieron los guardias para una requisa. Tenían noticias de que los presos escondían algo, aunque no dijeron qué. Irrumpieron en la galera y ordenaron permanecer en posición de firmes, al lado de las literas, mientras buscaban. El cuervo, con ojos que el poeta imaginaría después llorosos, le extendió la revista en un acto de última hora. Escóndela, le suplicó, tú sabes que estoy en mala con estos tipos, me pueden maltratar. Sin tiempo para otra cosa, el poeta escondió la revista en su pantalón y fingió indiferencia.

Tal como llegaron, los guardias interrumpieron la búsqueda. Dejaron en el aire alguna amenaza imprecisa y se marcharon. El poeta, galantemente, extrajo la revista y se la extendió al cuervo. Sin embargo, tuvo tiempo de ver a la modelo; por un segundo, pero claramente, y se dijo que, en efecto,  su rival era dichoso, y que nadie merecía tanta suerte para sí solo.

Sabía que el cuervo le debía una, y aprovechó.

—Oye, cuervo —le dijo un mediodía, alto para que lo escucharan los demás, con las manos en la cintura, sonriendo—, te voy a cobrar barato el favor que te hice.

El cuervo dejó la revista y esperó. El poeta sacó un libro de bajo la sábana y le dio vueltas en las manos.

—Solo por un rato —sonrió, mientras le alargaba el libro.

A su vez el cuervo comenzó a sonreír, pero enseguida cambió la sonrisa por una mueca. Levantó él también la voz y dijo, mirando al fondo de la galera, que no deseaba oír nada más sobre el asunto, que no lo provocaran. El poeta dejó caer el libro y le dio la espalda. Camino a los baños anunció que no le gustaban los malagradecidos, que una mujer no merecía que la cuidaran tanto, menos si era de mentira. Abrió la llave de la ducha, probó el agua con el pie y entonces se vio sujeto por ambos brazos. Trató de sacudirse, pero era imposible. Los tipos que lo sujetaban lo hicieron voltearse y quedar de frente al cuervo. Aguántenlo bien, declamaba el cuervo, para que no se desmaye cuando me vea con mi hembra. El poeta resopló, maldijo, al ver que el otro abría la revista frente a sus ojos y comenzaba a acariciarse el animal, homenajeando de paso a la modelo con frases excesivas. Aguántenlo, repetía el cuervo y se frotaba la pica, y cuando estuvo a punto balbuceó el nombre de la modelo y se dejó ir despacio, suspiró, aproximó su cara a la del poeta y dijo:

—Suéltenlo, que ya terminamos.

El poeta se apoyó en la pared, y sollozó. Después se metió bajo el chorro de la ducha y se frotó con saña, como si quisiera que el agua se llevara la humillación que acababa de vivir. Permaneció allí, bajo el chorro frío que se descomponía sobre su espalda, retardando a propósito el momento de dar la cara a la galera. Cuando por fin salió lo esperaba un silencio acre, una hilera de rostros que habían cambiado la forma de mirarlo, que no lo volverían a mirar como antes de que el cuervo ordenara su breve secuestro. Sobre la litera esa noche, clavada la vista en los extraños dibujos del zinc a unos palmos de su cabeza, decidió vengarse, y al amanecer ya había dado con la treta para hacer saber a los guardianes de la revista. Más trabajo le dio simular que dormitaba cuando se abrió la reja de la galera y dejó pasar a dos hombres armados de bastones que llegaron frente al cuervo, lo maniataron, echaron sus cosas al piso y tomaron sin hablar la revista. El cuervo trató de oponérseles, primero con un ruego sigiloso y un gesto inusual que hacía suponer que caería de rodillas, y más tarde a gritos, como si hubiera perdido la razón. Compórtate, le aconsejaban los hombres, que va a ser mejor para ti, pero él insistía en que le permitieran tener su revista, en que con eso no le hacía daño a nadie. Los hombres, cansados de escucharlo, lo levantaron en peso, lo dejaron caer sobre el cemento del piso, y salieron. Ovillado, sin levantar la cabeza, el cuervo gritó que se cagaba en la madre de todo el mundo, que ay de quien lo estuviera mirando cuando él se incorporara, que ahora por sus cojones cada preso debería permanecer en su litera, sin decir palabra. El poeta tragó en seco y permaneció acostado aún después de que el cuervo, refunfuñando, dijo que estaba bien, que siguiera cada uno en lo suyo. No se extrañó de que no lanzara ninguna otra amenaza, ni lo hubiera mirado una sola vez desde el incidente con los guardias. No quiero una señal peor, se dijo, y al día siguiente, cuando los sacaron a trabajar, se las arregló para fugarse.
 

Todavía con la cara mojada, el poeta razonó que no tenía a dónde ir, si por lo menos pudiera cambiar estas ropas, añoró y dio unos pasos de ida y vuelta, y por un momento llegó a pensar que aquel baño imprevisto era el de la galera. Se estremeció. Volvió a apoyarse en el lavamanos, se buscó amargamente en el espejo, desvió la vista y reparó por primera vez en las inscripciones a tinta que había en las paredes. Descifró algunas con una indiferencia que no le prohibía sonreír, aunque no se olvidaba de su tragedia. De cada cual según su capacidad, a cada cual según su tamaño, leyó. Si tienes el bate corto, pégate bien al home, leyó. Aquí murió  Felipe atravesado por Alfredo; descúbrete, caminante, leyó, y entonces escuchó los pasos. Tuvo tiempo para saltar hacia el inodoro y entornar la puerta. Hubiera esperado cualquier cosa, excepto ver entrar a una mujer que buscó raramente el lavamanos. La forma en que abría la llave y se echaba agua en el rostro, le hizo comprender que se trataba de una ciega.

Pensó en salir sigiloso, pegado a la pared y buscar la calle. Abrió la puerta despacio, cuidando de que no produjera un susurro, pero lo detuvo un gesto de la ciega: comenzaba a quitarse la blusa. El poeta la miraba y no quería creerlo; de espaldas a él, despojándose luego del ajustador, insinuando en el escaso cuerpo del espejo el rosetón de un seno espumoso, ajena a cualquier otra presencia. La ciega se dedicó a lavarse con un gesto mecánico, mientras el poeta apenas respiraba. Era una mujer madura y había sido bella. Todavía lo era, se dijo el voyeur, y suspiró. Ella se quedó detenida, con una mano enjabonada, cerró la llave y dijo:

—¿Hay alguien ahí?

Esperó. Volvió a abrir la llave, se enjuagó la mano, se dio vuelta y ya sonreía.

—¿Eres hombre o mujer? —preguntó y el poeta dudó en responder, dudó en huir, en acercarse. La ciega se movió hacia él, pero antes de que lo rozara, el poeta se apresuró a decir:

—Hombre.

—Que se sepa —dijo ella—, a mí nada me asquea. Pregunté por preguntar.

Mirándole a los senos el poeta recordó por primera vez a la modelo del cuervo. Sabía que era una idea sin asidero, pero llegó a pensar que ambas mujeres tenían algo en común. Al menos —imaginaba— le habían producido una sensación muy parecida, la única vez que vio a la modelo cuando el cuervo, acosado por los guardias, le pasó la revista, y ahora la ciega que lo había bloqueado contra el inodoro y se dedicaba a reconocerlo con una mano extendida. El poeta sonrió, sin reparar en que la mujer no lo vería sonreír. Se había quedado inmóvil, de repente nervioso, y dejaba que ella bojeara su perfil desde la cara hasta los hombros, y luego a los brazos; que se acercara para olerlo y suspirara.

—Hueles a presidio —dijo la ciega, pero era un halago.

El poeta volvió a sonreír y ella se pegó a su cuerpo y le buscó una mano con la que se cubrió un seno. El poeta lo acarició con un desconsuelo que él mismo no hubiera esperado; la ciega dijo algo y se hizo besar el seno, después palpó la entrepierna del poeta y se dispuso a hacer salir al animal. Con él en la mano se llenó de una ternura repentina y le preguntó: ¿Te gusto? El poeta gruñó y la sintió ronronear, y maldijo en silencio. Yo he sido bonita, aseveró la ciega; yo he salido hasta en revistas.

El poeta la ayudaba con un frío inoportuno en los huesos. Se dijo que todo era absurdo, que a pesar de la falta de mujer ahora no deseaba acariciar a aquella ciega, porque todo en ella, hasta sus mentiras, le recordaba a la modelo del cuervo, y eso era un mal augurio. Mordisqueó todavía el seno, por unos segundos en los cuales pensó más en su enemigo que en el sexo, pero vio que el hambre de la mujer no amainaba. Con el animal afuera, amodorrado todavía, probó a moverse hacia el lavamanos, a ver si el cambio de posición lo favorecía. La ciega se rió condescendientemente y reculó, levantándose la falda. Apoyada contra el lavamanos, tomó al animal del poeta entre dos dedos y lo frotó con gestos más bien médicos, hasta lograr en él cierto aplomo. Entonces lo acomodó y dijo:

—Empuja duro; empápame el alma.

El poeta trató de complacerla, pero no resultaba. La ciega, dejó por un momento de forcejear y le pidió el ajustador.

—Alcánzamelo —repitió al ver que el poeta dudaba.

Cuando la vio acercarse, el poeta aún no sospechaba lo que la ciega pretendía. Al comprender que iba a colocarle el ajustador, la empujó contra el lavamanos, pero ella estaba dispuesta a ser paciente. Le dijo que ya vería, que no fuera bobo, que solo quería ayudarlo a despertar. El poeta dudó, miró a los lados en un gesto infantil, y, renegando,  se dejó quitar del todo la camisa y poner el ajustador. Ahora trata de nuevo, susurró la ciega y comprobó felizmente que el animal del poeta  comenzaba a reptar hacia ella, y se dejó caer con suavidad contra la pared para acogerlo.

El tirante negro que, sobre su hombro,  subía y bajaba en el espejo, enardeció al poeta, quien logró sembrarse en la ciega con una fuerza que la hizo empujarlo hacia atrás y mover la cabeza en busca de aire. Dos o tres veces le anunció que ya venía la explosión, que ella iba a ver lo que era un buen chorro, pero en realidad trataba de contenerse, porque ahora por fin le gustaban sus pechos tendidos levemente hacia los lados, los gritos que ahogaba mientras se mordía un dedo. Resopló junto a su oreja y le oyó decir: Mentira.

—¿Mentira, qué? —preguntó el poeta.

—Es mentira que yo haya salido en alguna revista —aclaró la ciega—; yo siempre he sido así: ciega y mentirosa.

—Está bien —dijo el poeta—, pero ahora cállate.

La ciega hizo silencio y se apretó contra él, como si fuera ella quien ahora precisara de un poco de consuelo. Cuando el poeta comenzó a soltar la andanada, entraron los guardias y le dieron el alto.

El poeta, saliendo de la mujer, se sintió un miserable. Los guardias le dijeron algo, una burla consabida, entendió mientras saltaba hacia el espejo y lo golpeaba con la palma de la mano. Asombrado de su propia rapidez, tomó un pedazo del cristal y se abalanzó sobre la ciega. Salgan o la corto, gritó; salgan o me la llevo. Vamos, dijo un guardia, que de todas formas no puede escapar. No nos vamos nada, dijo el otro, este no mata a nadie. El poeta aguardó unos segundos. Tú sabrás, dijo un guardia. Suéltame, dijo la ciega, maricón. El poeta dejó notar cierto titubeo. La voy a matar, dijo, pero ya le temblaba la voz. Sé hombre, dijo un guardia.   El poeta soltó el trozo de cristal. La ciega tanteó en busca de la ropa, y cuando dio con la blusa comenzó a frotarse con ella la cara. El poeta sollozó. Espósalo, dijo un guardia, ya tú ves que no mató a nadie. ¿Y este ajustador?, preguntó el otro. Déjaselo, mandó su compañero, que entre así mismo a la galera.
 


Rogelio Riverón: Narrador, poeta y periodista. Premio "Luis Rogelio Nogueras" de narrativa con Los equivocados en 1990. Premio Nacional de Periodismo Cultural en 1997. Ha publicado también Otras versiones del miedo (Ediciones Unión, 2002, ganador del Premio UNEAC, 2001)/ Cuentos sin visado (Ediciones Unión, La Habana-Editorial Lectorum, México, 2002)/ Llena eres de gracia (Letras Cubanas, 2003)/ Mi mujer manchada de rojo (Editorial Oriente, 2005).
 

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