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Amanecía cuando entró al baño. Había corrido un buen
trayecto mientras lo auxilió la oscuridad, y después,
cuando las calles comenzaron a poblarse, aminoró el paso
y se pegó a las paredes, maldijo al sol que se
aproximaba, jadeó y tuvo más miedo. Unas cuadras después
descubrió el letrero: Baños públicos.
Era un lugar escueto. Un servicio sanitario, un
lavamanos y un espejo velado por la suciedad. Olía a
viejo, a presagio de escombros. El hombre suspiró, más
tranquilo. Se refrescó la cara en el lavamanos y sólo
entonces probó a verse en el espejo. La pátina de grasa
y polvo lo autorizó a vislumbrar un rostro ensombrecido,
los ojos afiebrados, la raya convexa de la boca. Desvió
la mirada y volvió a pensar en el sitio del que había
escapado.
La galera no tenía nada de particular: dos filas de
literas a lo largo de un pasillo estrecho, paredes de
ladrillo con claraboyas casi a ras del techo de zinc,
por las que bajaba una luz mordaz, insuficiente. Al
fondo, unas letrinas que olían también a basura, a
orines mal despejados. Eran unos cuarenta presos, a los
que la escasez de luz y el calor de las tardes habían
vuelto hoscos e irritables. Metidos cada uno en sí
mismo, daban forma a un estado de alerta sutil y quizás
indeleble.
Gracias a que se había hecho llevar algunos libros con
que matar el mal tiempo del encierro, los otros
comenzaron a llamarle el poeta. Al principio se
ofendió, pero después el mote lo fue sobornando con un
regusto de satisfacción. Echado en la litera, abría sus
libros y se sentía importante, superior a cualquiera.
El cuervo era el único que, además de él, tenía relación
con el papel impreso. Era dueño de una revista de modas
que no mostraba a nadie. De noche, cuando los demás se
dejaban rendir por el sueño, el cuervo se dirigía a los
baños con la revista, y después contaba lo bien que la
había pasado con su modelo. A juzgar por sus palabras,
solo prestaba atención a una; las otras modelos lo
tenían sin cuidado. El poeta, posicionado en sus libros,
fingió toda la indiferencia que pudo, pero en realidad
se iba dejando intrigar por la revista del cuervo, por
aquella mujer a la que el otro trataba como a su
concubina. Un día le propuso un trato. Le cambiaba una
novela por la revista. Temporalmente, como era lógico,
para variar un poco. El cuervo se le quedó mirando,
luego sonrió y le dio la espalda. El poeta pensó que en
unos días lo habría convencido.
Confiaba en que si le hacía creer que le interesaba
toda la revista, y no la modelo, el cuervo
accedería. Por eso comenzó a emplazarlo con preguntas
ambiguas, acerca de perfumes y ropa de hombre. El cuervo
hacía silencio; acaso alguna vez asintió con una
formalidad rugosa, impersonal, pero después volvía a
desalentarlo. El poeta, que comenzaba a desesperarse, se
dedicó a observar la rutina del otro. Si no le dejaban
otra salida, robaría al cuervo, raptaría a su modelo
aunque fuera por unos minutos.
Un día vinieron los guardias para una requisa. Tenían
noticias de que los presos escondían algo, aunque no
dijeron qué. Irrumpieron en la galera y ordenaron
permanecer en posición de firmes, al lado de las
literas, mientras buscaban. El cuervo, con ojos que el
poeta imaginaría después llorosos, le extendió la
revista en un acto de última hora. Escóndela, le
suplicó, tú sabes que estoy en mala con estos tipos,
me pueden maltratar. Sin tiempo para otra cosa, el
poeta escondió la revista en su pantalón y fingió
indiferencia.
Tal como llegaron, los guardias interrumpieron la
búsqueda. Dejaron en el aire alguna amenaza imprecisa y
se marcharon. El poeta, galantemente, extrajo la revista
y se la extendió al cuervo. Sin embargo, tuvo tiempo de
ver a la modelo; por un segundo, pero claramente, y se
dijo que, en efecto, su rival era dichoso, y que nadie
merecía tanta suerte para sí solo.
Sabía que el cuervo le debía una, y aprovechó.
—Oye, cuervo —le dijo un mediodía, alto para que lo
escucharan los demás, con las manos en la cintura,
sonriendo—, te voy a cobrar barato el favor que te hice.
El cuervo dejó la revista y esperó. El poeta sacó un
libro de bajo la sábana y le dio vueltas en las manos.
—Solo por un rato —sonrió, mientras le alargaba el
libro.
A su vez el cuervo comenzó a sonreír, pero enseguida
cambió la sonrisa por una mueca. Levantó él también la
voz y dijo, mirando al fondo de la galera, que no
deseaba oír nada más sobre el asunto, que no lo
provocaran. El poeta dejó caer el libro y le dio la
espalda. Camino a los baños anunció que no le gustaban
los malagradecidos, que una mujer no merecía que la
cuidaran tanto, menos si era de mentira. Abrió la llave
de la ducha, probó el agua con el pie y entonces se vio
sujeto por ambos brazos. Trató de sacudirse, pero era
imposible. Los tipos que lo sujetaban lo hicieron
voltearse y quedar de frente al cuervo. Aguántenlo
bien, declamaba el cuervo, para que no se desmaye
cuando me vea con mi hembra. El poeta resopló,
maldijo, al ver que el otro abría la revista frente a
sus ojos y comenzaba a acariciarse el animal,
homenajeando de paso a la modelo con frases excesivas.
Aguántenlo, repetía el cuervo y se frotaba la
pica, y cuando estuvo a punto balbuceó el nombre de la
modelo y se dejó ir despacio, suspiró, aproximó su cara
a la del poeta y dijo:
—Suéltenlo, que ya terminamos.
El poeta se apoyó en la pared, y sollozó. Después se
metió bajo el chorro de la ducha y se frotó con saña,
como si quisiera que el agua se llevara la humillación
que acababa de vivir. Permaneció allí, bajo el chorro
frío que se descomponía sobre su espalda, retardando a
propósito el momento de dar la cara a la galera. Cuando
por fin salió lo esperaba un silencio acre, una hilera
de rostros que habían cambiado la forma de mirarlo, que
no lo volverían a mirar como antes de que el cuervo
ordenara su breve secuestro. Sobre la litera esa noche,
clavada la vista en los extraños dibujos del zinc a unos
palmos de su cabeza, decidió vengarse, y al amanecer ya
había dado con la treta para hacer saber a los
guardianes de la revista. Más trabajo le dio simular que
dormitaba cuando se abrió la reja de la galera y dejó
pasar a dos hombres armados de bastones que llegaron
frente al cuervo, lo maniataron, echaron sus cosas al
piso y tomaron sin hablar la revista. El cuervo trató de
oponérseles, primero con un ruego sigiloso y un gesto
inusual que hacía suponer que caería de rodillas, y más
tarde a gritos, como si hubiera perdido la razón.
Compórtate, le aconsejaban los hombres, que va a
ser mejor para ti, pero él insistía en que le
permitieran tener su revista, en que con eso no le hacía
daño a nadie. Los hombres, cansados de escucharlo, lo
levantaron en peso, lo dejaron caer sobre el cemento del
piso, y salieron. Ovillado, sin levantar la cabeza, el
cuervo gritó que se cagaba en la madre de todo el mundo,
que ay de quien lo estuviera mirando cuando él se
incorporara, que ahora por sus cojones cada preso
debería permanecer en su litera, sin decir palabra. El
poeta tragó en seco y permaneció acostado aún después de
que el cuervo, refunfuñando, dijo que estaba bien, que
siguiera cada uno en lo suyo. No se extrañó de que no
lanzara ninguna otra amenaza, ni lo hubiera mirado una
sola vez desde el incidente con los guardias. No
quiero una señal peor, se dijo, y al día siguiente,
cuando los sacaron a trabajar, se las arregló para
fugarse.
Todavía con la cara mojada, el poeta razonó que no tenía
a dónde ir, si por lo menos pudiera cambiar estas
ropas, añoró y dio unos pasos de ida y vuelta, y por
un momento llegó a pensar que aquel baño imprevisto era
el de la galera. Se estremeció. Volvió a apoyarse en el
lavamanos, se buscó amargamente en el espejo, desvió la
vista y reparó por primera vez en las inscripciones a
tinta que había en las paredes. Descifró algunas con una
indiferencia que no le prohibía sonreír, aunque no se
olvidaba de su tragedia. De cada cual según su
capacidad, a cada cual según su tamaño, leyó. Si
tienes el bate corto, pégate bien al home, leyó.
Aquí murió Felipe atravesado por Alfredo; descúbrete,
caminante, leyó, y entonces escuchó los pasos. Tuvo
tiempo para saltar hacia el inodoro y entornar la
puerta. Hubiera esperado cualquier cosa, excepto ver
entrar a una mujer que buscó raramente el lavamanos. La
forma en que abría la llave y se echaba agua en el
rostro, le hizo comprender que se trataba de una ciega.
Pensó en salir sigiloso, pegado a la pared y buscar la
calle. Abrió la puerta despacio, cuidando de que no
produjera un susurro, pero lo detuvo un gesto de la
ciega: comenzaba a quitarse la blusa. El poeta la miraba
y no quería creerlo; de espaldas a él, despojándose
luego del ajustador, insinuando en el escaso cuerpo del
espejo el rosetón de un seno espumoso, ajena a cualquier
otra presencia. La ciega se dedicó a lavarse con un
gesto mecánico, mientras el poeta apenas respiraba. Era
una mujer madura y había sido bella. Todavía lo era, se
dijo el voyeur, y suspiró. Ella se quedó
detenida, con una mano enjabonada, cerró la llave y
dijo:
—¿Hay alguien ahí?
Esperó. Volvió a abrir la llave, se enjuagó la mano, se
dio vuelta y ya sonreía.
—¿Eres hombre o mujer? —preguntó y el poeta dudó en
responder, dudó en huir, en acercarse. La ciega se movió
hacia él, pero antes de que lo rozara, el poeta se
apresuró a decir:
—Hombre.
—Que se sepa —dijo ella—, a mí nada me asquea. Pregunté
por preguntar.
Mirándole a los senos el poeta recordó por primera vez a
la modelo del cuervo. Sabía que era una idea sin
asidero, pero llegó a pensar que ambas mujeres tenían
algo en común. Al menos —imaginaba— le habían producido
una sensación muy parecida, la única vez que vio a la
modelo cuando el cuervo, acosado por los guardias, le
pasó la revista, y ahora la ciega que lo había bloqueado
contra el inodoro y se dedicaba a reconocerlo con una
mano extendida. El poeta sonrió, sin reparar en que la
mujer no lo vería sonreír. Se había quedado inmóvil, de
repente nervioso, y dejaba que ella bojeara su perfil
desde la cara hasta los hombros, y luego a los brazos;
que se acercara para olerlo y suspirara.
—Hueles a presidio —dijo la ciega, pero era un halago.
El poeta volvió a sonreír y ella se pegó a su cuerpo y
le buscó una mano con la que se cubrió un seno. El poeta
lo acarició con un desconsuelo que él mismo no hubiera
esperado; la ciega dijo algo y se hizo besar el seno,
después palpó la entrepierna del poeta y se dispuso a
hacer salir al animal. Con él en la mano se llenó de una
ternura repentina y le preguntó: ¿Te gusto? El
poeta gruñó y la sintió ronronear, y maldijo en
silencio. Yo he sido bonita, aseveró la ciega;
yo he salido hasta en revistas.
El poeta la ayudaba con un frío inoportuno en los
huesos. Se dijo que todo era absurdo, que a pesar de la
falta de mujer ahora no deseaba acariciar a aquella
ciega, porque todo en ella, hasta sus mentiras, le
recordaba a la modelo del cuervo, y eso era un mal
augurio. Mordisqueó todavía el seno, por unos segundos
en los cuales pensó más en su enemigo que en el sexo,
pero vio que el hambre de la mujer no amainaba. Con el
animal afuera, amodorrado todavía, probó a moverse hacia
el lavamanos, a ver si el cambio de posición lo
favorecía. La ciega se rió condescendientemente y
reculó, levantándose la falda. Apoyada contra el
lavamanos, tomó al animal del poeta entre dos dedos y lo
frotó con gestos más bien médicos, hasta lograr en él
cierto aplomo. Entonces lo acomodó y dijo:
—Empuja duro; empápame el alma.
El poeta trató de complacerla, pero no resultaba. La
ciega, dejó por un momento de forcejear y le pidió el
ajustador.
—Alcánzamelo —repitió al ver que el poeta dudaba.
Cuando la vio acercarse, el poeta aún no sospechaba lo
que la ciega pretendía. Al comprender que iba a
colocarle el ajustador, la empujó contra el lavamanos,
pero ella estaba dispuesta a ser paciente. Le dijo que
ya vería, que no fuera bobo, que solo quería ayudarlo a
despertar. El poeta dudó, miró a los lados en un gesto
infantil, y, renegando, se dejó quitar del todo la
camisa y poner el ajustador. Ahora trata de nuevo,
susurró la ciega y comprobó felizmente que el animal
del poeta comenzaba a reptar hacia ella, y se dejó caer
con suavidad contra la pared para acogerlo.
El tirante negro que, sobre su hombro, subía y bajaba
en el espejo, enardeció al poeta, quien logró sembrarse
en la ciega con una fuerza que la hizo empujarlo hacia
atrás y mover la cabeza en busca de aire. Dos o tres
veces le anunció que ya venía la explosión, que ella iba
a ver lo que era un buen chorro, pero en realidad
trataba de contenerse, porque ahora por fin le gustaban
sus pechos tendidos levemente hacia los lados, los
gritos que ahogaba mientras se mordía un dedo. Resopló
junto a su oreja y le oyó decir: Mentira.
—¿Mentira, qué? —preguntó el poeta.
—Es mentira que yo haya salido en alguna revista —aclaró
la ciega—; yo siempre he sido así: ciega y mentirosa.
—Está bien —dijo el poeta—, pero ahora cállate.
La ciega hizo silencio y se apretó contra él, como si
fuera ella quien ahora precisara de un poco de consuelo.
Cuando el poeta comenzó a soltar la andanada, entraron
los guardias y le dieron el alto.
El poeta, saliendo de la mujer, se sintió un miserable.
Los guardias le dijeron algo, una burla consabida,
entendió mientras saltaba hacia el espejo y lo golpeaba
con la palma de la mano. Asombrado de su propia rapidez,
tomó un pedazo del cristal y se abalanzó sobre la ciega.
Salgan o la corto, gritó; salgan o me la
llevo. Vamos, dijo un guardia, que de
todas formas no puede escapar. No nos vamos nada,
dijo el otro, este no mata a nadie. El poeta
aguardó unos segundos. Tú sabrás, dijo un
guardia. Suéltame, dijo la ciega, maricón.
El poeta dejó notar cierto titubeo. La voy a matar,
dijo, pero ya le temblaba la voz. Sé hombre,
dijo un guardia. El poeta soltó el trozo de cristal.
La ciega tanteó en busca de la ropa, y cuando dio con la
blusa comenzó a frotarse con ella la cara. El poeta
sollozó. Espósalo, dijo un guardia, ya tú ves
que no mató a nadie. ¿Y este ajustador?,
preguntó el otro. Déjaselo, mandó su compañero,
que entre así mismo a la galera.
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