Del sitio a que fue trasladada la villa de La Habana, grados en que está, y otras noticias de ella
Volviendo a continuar la narración, (…) comenzaré a referir cuanto mira al sitio o territorio que se escogió para establecer la villa de San Cristóbal, ya hoy Ciudad de La Habana. Fue esta a la parte occidental de la bahía o puerto de Carenas por ser la opuesta de algunas montañas o tierras dobladas, y el expresado de un espacioso, cómodo llano, como se ve, registrándose casi igual toda su planicie con un regular declivio a la marina a donde bajan las aguas en tiempo de lluvias, no muy precipitadas. El primitivo terreno que empezó a ocupar la población fue según entiendo el más cercano al en que se edificó, y ahora está, la Real Fuerza, la Aduana y la Iglesia matriz, que se ha mantenido sin novedad en aquel paraje y es muy creíble fuese el centro de la villa para que gozara la vecindad su inmediación, la de la bahía y la boca del puerto para reconocer los bajeles que entrasen y que se hiciese más fácilmente el desembarque de sus mercaderías a la orilla del mar y de la población.

Está fundada La Habana en veintitrés grados y diez minutos de altura, aunque Herrera pone uno menos; su temple es cálido y seco, como el de toda la Isla; su cielo claro y alegre, porque los vientos que generalmente reinan en su costa desembarazan de nubes gruesas los horizontes y despejan de celajes la esfera, haciendo más moderados los calores y menos lentas las tempestades de rayos que se experimentan regularmente desde junio a agosto, que es el tiempo en que, con las lluvias, suelen ser repetidos los temores de las centellas, pero no frecuentes los estragos, única pensión con que se gozan los demás beneficios del clima, porque no le asaltan los temblores que a Lima, las inundaciones que a México y Jamaica, los volcanes que a Quito y Guatemala, ni las víboras, ni otros insectos ponzoñosos que al Nuevo Reino; pero ello es que no hay región tan benévola, ni puede haberla tan feliz que no deje de desear al gusto de sus habitadores, ni en que no tenga que tolerar el ánimo de sus oriundos.

La experiencia de la benignidad de su temperamento, saludable aun para los forasteros, hizo desde luego apetecible su habitación a los europeos que transitaban por esta ciudad en flotas y galeones, de que era su puerto precisa escala, y así fueron estableciendo su vecindad y aumentando su población personas de ilustre y distinguido nacimiento, de modo que en muy corto tiempo se adelantó a las de toda la Isla en el número y calidad de los vecinos, adquiriéndole las conocidas ventajas de su comercio, y más crecida suma de empleados en el real servicio, mayor copia de individuos nobles a su vecindario, materia que pienso tocar en determinado capítulo, no sólo por honor de esta ciudad y de toda la Isla, pero aun de todas las poblaciones de Indias, para desvanecer o combatir un error que trasciende de los vulgares a algunos políticos poco versados en las historias de ellas.

Fragmento tomado de Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales, escrita en 1761 y publicada por primera vez por la Real Sociedad Patriótica de La Habana en 1830, del escritor José Martín Félix de Arrate (1701-1765), primer historiador cubano.