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Media Cuba se levanta por estos días de madrugada. No es
para trabajar demasiado ni porque nos hayan “asignado”
una vaca a cada uno y estemos en la espumosa obligación
de ordeñarla. El asunto es que nuestro equipo de
voleibol —las “espectaculares morenas del Caribe”— se
encuentran participando del Campeonato Mundial en Japón
y, en virtud de la diferencia horaria, la mayoría de los
juegos se celebran en nuestra madrugada.
Tania y
yo atesoramos el recuerdo de una noche del año 2000 en
el que las muchachas obtuvieron —¡por tercera vez
consecutiva!— el título olímpico. Las rusas habían
ganado los dos primeros sets y las de aquí remontaron la
ventaja hasta llegar a un electrizante quinto tiempo,
esos puntos decisivos que el narrador René Navarro llama
con razón “el rompecorazones del voli”. Nosotros
andábamos por el Festival de Teatro, que cada dos años
nos lleva a la central y hermosa ciudad de Camagüey.
Creo recordar que nuestra vida conyugal estaba bien, que
el Festival era de los mejores que se han celebrado,
pero el juego que terminó con un remate y una
exclamación extraverbal de la todavía activa y eficaz
Yumilka Ruíz, se adentró en la antología de momentos
especialmente felices. Parece que a muchos les sucedió.
En la reciente película cubana Páginas del diario de
Mauricio, Manuel Pérez ubica la escena final —de
fuerte carga emotiva— paralela al desarrollo de ese
partido.
La
aviación ha acentuado la significación de esos cambios
de horario. Podría pensarse que una persona que se vaya
a Europa y nunca regrese perdió ocho horas de su vida.
Cuando estuve en Canarias —en los meses finales del
siglo pasado— dejé mi reloj unos días en la hora cubana.
No recomiendo el método. A la larga, estar a tono con el
tiempo de los míos me llevaba a vivir más sus vidas y el
espacio en blanco de mi ausencia temporal que los afanes
de la visita al extranjero. La diferencia me ayudaba
cuando —tras una fiesta o paseo— llamaba a casa en la
madrugada de allá y me llegaban por el teléfono los
acordes de televisión del noticiero de las ocho de la
noche. Una vez conversé con mi hija Adriana y no logré
explicarle que yo me encontraba viviendo la medianoche.
Para sus cinco años resultaba abstracto que a ella la
quemara el sol y mi voz se ubicara entre las sombras.
Lo lejos
que se encuentra Asia y la calidad de nuestros atletas
nos regala esas vibrantes madrugadas. Lo malo es que
luego uno tiene sueño en el trabajo o pestañea frente a
una buena película, pero se puede pagar el precio y más
teniendo la certeza de que en el ánimo de los que
defienden el balón o describen la porfía está muy
presente que se afanan por unos millones de seres que
dejaron la cama y están esperando una victoria. Cuando
no llega el triunfo el desvelo se acrecienta, porque se
impone comentar, debatir, buscarle las cuatro patas al
gato. Total, que casi siempre la causa es otra, la que
uno olvida. Hay madrugadas —tardes o mañanas por otros
rumbos— en que los mejores fueron los otros.
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