Año V
La Habana
2006

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Fundación de La Habana
Cuando las cosas se toman su tiempo
Josefina Ortega
La Habana


La historiografía recoge varios momentos de la fundación de La Habana, desde que —según asegura la más popular de las leyendas— cincuenta hombres seleccionados por Diego Velázquez se establecieron, en un territorio llamado por los nativos Abana, en la costa sur de la Isla en fecha que unos precisan el 5 de julio de 1515, otros el día 25 del mismo mes y año, y hay quien recoge el año del señor de 1514.

De ahí, después de un traslado a su asentamiento  en la ribera Este de un río llamado —también por los aborígenes— como Casiguagua, en la costa norte, La Habana no fue La Habana hasta mucho después de la famosa misa y el correspondiente cabildo, debajo de la no menos famosa ceiba,  ya en su ubicación definitiva, a unos doce kilómetros al naciente y a la vera de la entrada del canal de una excelente  bahía,  nombrada inicialmente como Carena, a los 23º 07' 54" Latitud Norte y a los  82º 21' 52" de  Longitud Oeste, según una famosa enciclopedia.

Aunque la misa marca la fundación de la ciudad y como fecha probable la del 16 de noviembre de 1519, lo cierto es que el primitivo asentamiento, en el sur, aún existía y todavía mantenía algo de importancia, pues Hernán Cortés, pasó por allí en su ruta hacia la gran aventura de México.

Lo que luego sería la capital de todos los cubanos era un pobre villorrio, con la diferencia de que estaba próximo a un canal marítimo, génesis de una de las encrucijadas más importantes del mundo hasta hoy.

Así que La Habana, un asentamiento de bohío de yaguas, a la usanza indígena, se constituyó en una hilera de ranchos que miraban al litoral y llegaban no más lejos de lo que hoy es la Plaza de San Francisco de Asís.

Las calles de Los Oficios y Mercaderes, las primeras, paralelas al canal de entrada, tuvieron luego sus primeras contrapartes en las llamadas Basurero, Teniente Rey y Real. El patrón de esas primeras vías marcó el trazado futuro de la ciudad, aunque para la banda contraria —es decir, para la zona cercana a la entrada de la bahía— se tuvo que vencer muchos años después, una malsana ciénaga.

Todo comenzó entonces bajo la práctica muy española de la llamada  Leyes de India o Código Indiano, que prescribía la  disposición de que en lugares fríos se hicieran calles  anchas y en zonas calientes, vías angostas.

Hoy pudiera parecer rara tal estrategia urbana, pero la razón principal se debía a que en la época consideraban que en lugares fríos debía permitirse mejor la llegada directa de los rayos del sol, para calentar más, y en zonas tórridas mantener las áreas lo más  sombreadas posibles para refrescar.

El primitivo núcleo urbano, llamado por algunos como del tipo de “villa del carpintero”, tuvo sin embargo dos ataques piratas, el primero en 1538, seña de que, al menos para saquear, el villorrio tenía importancia.

El caserío, sin embargo, fue ubicación desde 1556 de la residencia del entonces Gobernador General de la Ysla, capitán Diego Mazariego,  y lograba tener su plaza, pues en  un cabildo del 25 de febrero de 1559 se indicaba que “se mandó que se señalara plaza para esta villa (…) donde estaban los bohíos del indio Alonso”, es decir,  casi la misma ubicación que tiene hoy la Plaza de Armas, y que sustituiría una vieja explanada tomada como plaza y en donde se comenzó a construir lo que sería el Castillo de la Real Fuerza.

La Habana era ya la capital.

Aún así, en 1582 y según un memorial presentado a los reyes por el gobernador de entonces, el asentamiento poseía no más de ciento cincuenta españoles y cincuenta “indios”.

Otro informe,  pocos años después, relacionaba a los vecinos de La Habana en algo parecido a un censo de población y en el que se asentaba nombres, categorías,  empleos,  oficios e  hijos;  los que vivían de su trabajo y los que no tenían casa, ni mujer, ni hacienda, ni padre,  ni prendas.

Después en la lista se agregaban los negros y los indios.

Curiosamente, la relación —que no contabilizaba ni a las mujeres ni a las niñas— afirmaba que la villa tenía 277 personas.

Muchos insisten en que La Habana empezó tímidamente a ser lo que es después del asedio y destrucción que dejó el pirata Jacques de Sores, ocasión en que los villanos habaneros decidieron usar la tapia y la madera dura para hacer las construcciones.  Al menos una disposición prohibió los techos de guano o paja y la obligación de hacerlos de terrado o tejas.

Al parecer hasta 1622 existieron todavía las viejas casas de guano junto a las suntuosas de tejas, pero en honor a la verdad a mitad del siglo todavía La Habana era un asentamiento lleno de montes que tardaría años en parecer lo que era y que se recogía en un título pomposo y anticipado tal vez, pero exacto en su trascendencia: La llave de Indias.
 

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