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La historiografía recoge varios momentos de la fundación
de La Habana, desde que —según asegura la más popular de
las leyendas— cincuenta hombres seleccionados por Diego
Velázquez se establecieron, en un territorio llamado por
los nativos Abana, en la costa sur de la Isla en fecha
que unos precisan el 5 de julio de 1515, otros el día 25
del mismo mes y año, y hay quien recoge el año del señor
de 1514.
De ahí, después de un
traslado a su asentamiento en la ribera Este de un río
llamado —también por los aborígenes— como Casiguagua, en
la costa norte, La Habana no fue La Habana hasta mucho
después de la famosa misa y el correspondiente cabildo,
debajo de la no menos famosa ceiba, ya en su ubicación
definitiva, a unos doce kilómetros al naciente y a la
vera de la entrada del canal de una excelente bahía,
nombrada inicialmente como Carena, a los 23º 07' 54"
Latitud Norte y a los 82º 21' 52" de Longitud Oeste,
según una famosa enciclopedia.
Aunque la misa marca
la fundación de la ciudad y como fecha probable la del
16 de noviembre de 1519, lo cierto es que el primitivo
asentamiento, en el sur, aún existía y todavía mantenía
algo de importancia, pues Hernán Cortés, pasó por allí
en su ruta hacia la gran aventura de México.
Lo que luego sería la
capital de todos los cubanos era un pobre villorrio, con
la diferencia de que estaba próximo a un canal marítimo,
génesis de una de las encrucijadas más importantes del
mundo hasta hoy.
Así que La Habana, un
asentamiento de bohío de yaguas, a la usanza indígena,
se constituyó en una hilera de ranchos que miraban al
litoral y llegaban no más lejos de lo que hoy es la
Plaza de San Francisco de Asís.
Las calles de Los
Oficios y Mercaderes, las primeras, paralelas al canal
de entrada, tuvieron luego sus primeras contrapartes en
las llamadas Basurero, Teniente Rey y Real. El patrón de
esas primeras vías marcó el trazado futuro de la ciudad,
aunque para la banda contraria —es decir, para la zona
cercana a la entrada de la bahía— se tuvo que vencer
muchos años después, una malsana ciénaga.
Todo comenzó entonces
bajo la práctica muy española de la llamada Leyes de
India o Código Indiano, que prescribía la disposición
de que en lugares fríos se hicieran calles anchas y en
zonas calientes, vías angostas.
Hoy pudiera parecer
rara tal estrategia urbana, pero la razón principal se
debía a que en la época consideraban que en lugares
fríos debía permitirse mejor la llegada directa de los
rayos del sol, para calentar más, y en zonas tórridas
mantener las áreas lo más sombreadas posibles para
refrescar.
El primitivo núcleo
urbano, llamado por algunos como del tipo de “villa del
carpintero”, tuvo sin embargo dos ataques piratas, el
primero en 1538, seña de que, al menos para saquear, el
villorrio tenía importancia.
El caserío, sin
embargo, fue ubicación desde 1556 de la residencia del
entonces Gobernador General de la Ysla, capitán Diego
Mazariego, y lograba tener su plaza, pues en un
cabildo del 25 de febrero de 1559 se indicaba que “se
mandó que se señalara plaza para esta villa (…) donde
estaban los bohíos del indio Alonso”, es decir, casi la
misma ubicación que tiene hoy la Plaza de Armas, y que
sustituiría una vieja explanada tomada como plaza y en
donde se comenzó a construir lo que sería el Castillo de
la Real Fuerza.
La Habana era ya la
capital.
Aún así, en 1582 y
según un memorial presentado a los reyes por el
gobernador de entonces, el asentamiento poseía no más de
ciento cincuenta españoles y cincuenta “indios”.
Otro informe, pocos
años después, relacionaba a los vecinos de La Habana en
algo parecido a un censo de población y en el que se
asentaba nombres, categorías, empleos, oficios e
hijos; los que vivían de su trabajo y los que no tenían
casa, ni mujer, ni hacienda, ni padre, ni prendas.
Después en la lista
se agregaban los negros y los indios.
Curiosamente, la
relación —que no contabilizaba ni a las mujeres ni a las
niñas— afirmaba que la villa tenía 277 personas.
Muchos insisten en
que La Habana empezó tímidamente a ser lo que es después
del asedio y destrucción que dejó el pirata Jacques de
Sores, ocasión en que los villanos habaneros decidieron
usar la tapia y la madera dura para hacer las
construcciones. Al menos una disposición prohibió los
techos de guano o paja y la obligación de hacerlos de
terrado o tejas.
Al parecer hasta 1622
existieron todavía las viejas casas de guano junto a las
suntuosas de tejas, pero en honor a la verdad a mitad
del siglo todavía La Habana era un asentamiento lleno de
montes que tardaría años en parecer lo que era y que se
recogía en un título pomposo y anticipado tal vez, pero
exacto en su trascendencia: La llave de Indias.
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