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No muy a
menudo, pocas veces, pero admito que en algunas
ocasiones he sentido envidia, una envidia que considero
sana y por la que no siento pudor ni arrepentimiento,
todo lo contrario, hasta satisfacción me ha provocado
esta experiencia o sobresalto ante determinados sucesos
que he admirado de una manera peculiar.
Mi bien probada
desmemoria me permite ahora recordar al menos que unos
años atrás, cuando realizaba videos de ficción, sentí
una gran envidia por Humberto Padrón al ver su Video
de familia. Mi deleite por aquel suceso incluyó la
especial sensación de que aquella pieza audiovisual
debió ser realizada por mí. Era como si mucho de ella
rondaba en mi interior pero definitivamente alguien, que
no era yo, se había adelantado en expresar y de muy
buena manera esas inquietudes. Algo similar aprecié en
mi afición por la fotografía ante una instantánea de
Luis Gómez que adquirió hace unos años el Museo de
Bellas Artes y un tanto parecido me provocó el
videoarte Tengo, de José Ángel Toirac.
El más reciente
repunte de ese contrastante sentimiento tuvo lugar hace
apenas unos días cuando provisto de cierta inconciencia
entré a la galería Servando y descubrí La vida en
pelota.
No sé por qué motivos
no tenía conocimiento de que había ocurrido la apertura
de esta exposición colectiva y en la misma medida que
fui sorprendiéndome al recorrerla comencé a advertir
esa envidia noble por quienes habían organizado de tal
fehaciente forma un homenaje para Antonia Eiriz.
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Una primera
incitación fue el hecho de que el recordatorio a la gran
artista cubana ocurría por pura necesidad de sus
autores, sin aniversario ni otro acontecimiento
rutinario que lo exigiera. Un segundo y evidente motivo
fue que hubiesen logrado aglutinar una cantidad
apreciable de excelentes obras de admirados artistas
contemporáneos que bien merecen ser y estar en un
tributo a esa inmensa Ñica del modesto barrio de El
Juanelo, una mujer que le dio a la cultura de esta
nación una lección de ética y estética artística que
todavía no deja de fungir como arquetipo inspirador.
Creadores como Lazaro Saavedra, quien no solo merecía
la invitación sino que respondió en la justa manera que
exigía su presencia, atinadamente acorde a ella y a si
mismo.
Otra provocadora
causa fue rescatar para el homenaje, bajo el poder de
Antonia, a obras pocas veces vistas como la Nada
personal, de Favlio Garciandía, y Por la mañana,
de Tomás Sánchez; y a autores inmerecidamente
infrecuentes como Guido Llinás y Manuel Vidal.
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Aportaron también a
mi deslumbramiento la buenaventura de ver muy bien
recontextualizadas aquí el Lava bocas, de Carlos
Montes de Oca, Lápiz y bolígrafo, de Sandra
Ceballos, y Sus dos cabezas, de Moisés Finalé;
la “mística” coincidencia de que Pedro Pablo Oliva
estuviera realizando una serie de dibujos dedicada a su
maestra en el año que finalmente se le otorga el Premio
Nacional de Artes Plásticas y casualmente se organiza la
muestra; y que otro alumno, Nelson Domínguez, revelara
su amor por Antonia junto a El juicio final de un
farsante —una plumilla sobre papel realizada en
1971, tiempos donde se reconoce a si mismo como
rebelde. Estas confesiones de Nelson aparecen en un
codiciado catálogo que contiene además un estupendo
ensayo periodístico de Eduardo Jiménez, a quien ya
declaré mi envidia por su texto.
A él y a Sachie
Hernández, como curadores, igualmente les hablé de
aquellos pocos momentos en que se reblandeció mi raro
sentir durante el expectante recorrido —no están todos
los mejores que son ni son todos los que mejores están—.
Sobre todo lamenté que casi dejé de ser un envidioso de
la colección al encontrarme con Antonia y yo, de
Mabel Poblet, simplemente porque después de la personal
exégesis animada que Fernandito Rodríguez realizara
sobre la Anunciación de la Eiriz, la versión de
la Poblet no consiguió ser una revelación dentro de
La vida en pelota. No obstante, yo hubiera querido
hasta errar así junto a ellos y haber curado en este
homenaje parte de mi devoción por quien pintara, en el
año en que nací, Una tribuna para la paz democrática. |