Año V
La Habana
2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

GALERÍA

LA OPINIÓN
MEMORIAS
LA CRÓNICA
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA

LIBROS DIGITALES

LA CARICATURA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

Mi sana envidia bajo el poder de Antonia
Andrés D. Abreu La Habana
 


No muy a menudo, pocas veces, pero admito que en algunas ocasiones he sentido envidia, una envidia que considero sana y por la que no siento pudor ni arrepentimiento, todo lo contrario, hasta satisfacción me ha provocado esta experiencia o sobresalto ante determinados sucesos que he admirado de una manera peculiar.

Mi bien probada desmemoria me permite ahora recordar al menos  que unos años atrás, cuando realizaba videos de ficción, sentí una gran envidia por Humberto Padrón al ver su Video de familia. Mi deleite por aquel suceso  incluyó la especial sensación de que aquella pieza audiovisual debió ser realizada por mí. Era como si mucho de ella  rondaba en mi interior pero definitivamente alguien, que no era yo, se había adelantado en expresar y de muy buena manera esas inquietudes. Algo similar aprecié en mi afición por la fotografía ante una instantánea de Luis Gómez que adquirió hace unos años el Museo de Bellas Artes  y un tanto parecido me provocó el videoarte Tengo, de José Ángel Toirac.

El más reciente repunte de ese contrastante sentimiento tuvo lugar hace apenas unos días cuando provisto de cierta inconciencia entré a la galería Servando y descubrí La vida en pelota.

No sé por qué motivos no tenía conocimiento de que había ocurrido la apertura de esta exposición colectiva y en la misma medida que fui sorprendiéndome al recorrerla  comencé a advertir esa envidia noble por quienes habían organizado de tal fehaciente forma  un homenaje para Antonia Eiriz.

Una primera incitación fue el hecho de que el recordatorio a la gran artista cubana ocurría por pura necesidad de sus autores, sin aniversario ni otro acontecimiento rutinario que lo exigiera. Un segundo y evidente motivo fue que hubiesen logrado aglutinar una cantidad apreciable de excelentes obras de admirados artistas contemporáneos que bien merecen ser y estar en un tributo a esa inmensa Ñica del modesto barrio de El Juanelo, una mujer que le dio a la cultura de esta nación una lección de ética y estética artística que todavía no deja de fungir como arquetipo inspirador. Creadores  como Lazaro Saavedra, quien no solo merecía la invitación sino que respondió  en la justa manera que exigía su presencia, atinadamente acorde a ella  y a si mismo. 

Otra provocadora causa fue rescatar para el homenaje, bajo el poder de Antonia, a obras pocas veces vistas como la Nada personal, de Favlio Garciandía, y Por la mañana, de Tomás Sánchez;  y a autores inmerecidamente infrecuentes  como Guido Llinás y Manuel Vidal.  

Aportaron también a mi deslumbramiento la buenaventura de ver muy bien recontextualizadas  aquí el Lava bocas, de Carlos Montes de Oca, Lápiz y bolígrafo, de Sandra Ceballos, y  Sus dos cabezas, de Moisés Finalé; la “mística” coincidencia de que Pedro Pablo Oliva estuviera realizando una serie de dibujos dedicada a su maestra en el año que finalmente se le otorga el Premio Nacional de Artes Plásticas y casualmente se organiza la muestra; y que otro alumno, Nelson Domínguez, revelara su amor por Antonia junto a El juicio final de un farsante —una plumilla sobre papel realizada en 1971, tiempos donde  se reconoce a si mismo como rebelde. Estas confesiones de Nelson aparecen en un codiciado catálogo que contiene además un estupendo ensayo periodístico de Eduardo Jiménez, a quien ya declaré mi envidia por su texto.

A él y a Sachie Hernández, como curadores, igualmente les hablé de aquellos pocos momentos en que se reblandeció mi raro sentir durante el expectante recorrido —no están todos los mejores que son ni son todos los que mejores están—. Sobre todo lamenté que casi dejé de ser un envidioso de la colección al encontrarme con Antonia y yo, de Mabel Poblet, simplemente porque después de la personal exégesis animada que Fernandito Rodríguez realizara sobre la Anunciación de la Eiriz, la versión de la Poblet no  consiguió ser una revelación dentro de La vida en pelota. No obstante, yo hubiera querido hasta errar así junto a ellos y haber curado en este homenaje parte de mi devoción por quien pintara, en el año en que nací, Una tribuna para la paz democrática.

 

SUBIR

 
 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600