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A inicios de la década de los años 50
del siglo pasado, cuatro jóvenes
latinoamericanos (Gabriel García
Márquez,
Tomás Gutiérrez
Alea,
Fernando Birri y
Julio García Espinosa) coincidieron en
las aulas del Centro Experimental de
Cinematografía de Roma, por entonces uno
de los más importantes ejes del cine
mundial. La posición líder que por
entonces ocupaba el cine italiano se
justificaba por el aporte radical que el
movimiento neorrealista había hecho al
lenguaje cinematográfico, la puesta en
escena, el trabajo con actores, el
ambiente donde tenían lugar las
historias, entre otros aspectos de la
película.
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Para ese grupo de jóvenes
latinoamericanos, procedentes de países
en los que cualquier estructura de
producción estaba al servicio de un cine
de mero entretenimiento, el
descubrimiento de la poética-estética
del neorrealismo italiano no solo fue
una revelación, sino que resultó una
influencia que los marcó en sus futuras
carreras como hombres del cine, tanto en
las películas que hasta el presente
dirigieron como en sus trabajos de
pensamiento alrededor del audiovisual.
En el caso de
Julio García Espinosa,
quien, junto con Gutiérrez Alea
permaneció en el Centro Experimental
entre 1951 y 1954, su regreso a Cuba
armado con un título de director
cinematográfico significó el comienzo de
una larga batalla por la fundación de un
cine nacional seguidor de las ideas del
neorrealismo italiano. El primer intento
fue la realización del cortometraje
documental
El
mégano, filmado en un
pequeño pueblo de pescadores al sur de
La Habana, con un equipo formado por
varios de los que más tarde serían
figuras mayores del cine cubano
realizado después de 1959. El
cortometraje intentaba mostrar la vida
miserable de los habitantes de dicha
comunidad y tuvo como actores a los
propios vecinos. El intento de organizar
una exhibición pública del material fue
abortado por el secuestro de los
carretes con los originales de la
película por parte de la policía y, poco
más tarde, por el fichaje de su
realizador en las oficinas del entonces
siniestro Buró de Represión de
Actividades Comunistas. Así terminó el
primer intento de hacer un cine nacional
que reflejase realidades del país y que
no deseaba quedar confinado en los
moldes del entretenimiento.
No fue sino hasta después del triunfo de
la Revolución Cubana
de 1959 que el talento de García
Espinosa encontró espacio en
el cine
cubano, no solo como realizador, sino
como uno de sus principales animadores y
directivos durante sus próximas tres
décadas. Sus dos primeros trabajos en el
campo de la ficción,
Cuba
baila (1960) y
El
joven rebelde, esta última
con argumento de Cesare Zavattini
(1961), todavía acusan una presencia
quizá demasiado evidente del
neorrealismo italiano y pagan su deuda a
dicha estética. Sin embargo, es a partir
de
Aventuras de Juan Quinquín
(1967) que la originalidad del
pensamiento sobre
el cine de García Espinosa comienza a
revelarse. Estructurada a partir de los
postulados brechtianos sobre la puesta
en escena teatral, en especial sus ideas
sobre el uso del “distanciamiento”
(asistir diez años antes, junto con el
dramaturgo cubano Vicente Revuelta, a
una puesta del Berliner Emsemble había
cambiado las ideas de García Espinosa
sobre el teatro),
Aventuras de Juan Quinquín
propone una representación sumamente
revolucionaria —preñada de elementos de
comedia y técnicas de distanciamiento—
de las mitologías del héroe, justo en el
momento exacto en que mayor dimensión en
la vida social del continente tenían sus
protagonistas: los movimientos
guerrilleros que estremecieron la región
durante la década de los años 60 del
siglo pasado. La respuesta del público
fue arrolladora y la película resultó el
mayor éxito de taquilla en
el cine
cubano hasta su fecha de salida y uno de
los más importantes todavía hoy.
A partir de aquí, cada nueva película de
García Espinosa ha sido dirigida hacia
algún tipo de exploración de los
elementos de la puesta en escena. Su
Tercer Mundo, Tercera Guerra Mundial
(1971), filmado durante
la guerra de resistencia del pueblo
vietnamita en contra de la ocupación
norteamericana, es un clásico dentro de
su género en el cine cubano. Su obra más
experimental es el largometraje
Son o
no son (1977), que mezcla
elementos de ficción y documental, uno
de los más arriesgados experimentos
formales jamás emprendido por cineasta
cubano. En el mismo, un director de
espectáculos musicales (interpretado por
el bailarín y coreógrafo Alberto
Alonso), a la vez que monta uno de
estos, reflexiona acerca de las
estructuras mismas de lo que un
espectáculo es y sobre las relaciones
entre el director y el público. La
película apenas fue exhibida durante
años y marca el momento a partir del
cual, en un acto cuidadosamente razonado
y concordante con su estética, las
relaciones entre García Espinosa y el
público se resienten. Su siguiente
largometraje,
La
inútil muerte de mi socio Manolo
(1989), intentó contar una historia
en la cual del “extrañamiento”
brechtiano el realizador da un enorme
salto en dirección a la prescindencia de
cualquier elemento de “encantamiento”
que pueda haber en el cine: fotografía
hermosa, banda sonora que busca empatía
con el espectador, actuaciones basadas
en la emoción, relato basado en la
intriga, etcétera.
El
plano (1993) prolonga
preocupaciones que ya estaban presentes
en
Son o
no son y resultó un enorme
fracaso de público, en especial por una
inadecuada selección de su principal
protagonista; pese a ello, destaca por
ser el primer largometraje cubano
filmado en video. La siguiente película
de García Espinosa,
Reina
y Rey (1994), un éxito de
crítica y público, es una verdadera
revisión y reactualización de la
estética del neorrealismo italiano desde
una posición de madurez conceptual del
realizador. Junto con ello, García
Espinosa es autor de una significativa
obra como pensador de los medios
audiovisuales, dentro de la cual destaca
su seminal manifiesto
Por
un cine imperfecto (1969),
texto básico en la historia del
Movimiento del Nuevo Cine
Latinoamericano.
García Espinosa es fundador del Comité
de Cineastas de
América Latina y el Caribe. En 1985
asume la responsabilidad de crear la
Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano
que preside Gabriel García Márquez, en
la cual es nombrado miembro de su
Consejo Superior. En 1986, un año
después, también asume la
responsabilidad de crear y echar a andar
la Escuela Internacional de Cine y
Televisión de San Antonio de
los Baños,
cuyo primer director sería Fernando
Birri. En septiembre de 2002 es nombrado
director de la misma institución, puesto
en el cual permanece. Confiesa haber
querido realizar una película de
piratas, un musical y tiene entre sus
proyectos sin realizar los largometrajes
Dolly no está sola (con
guión terminado) y
Mi
padre. Para esta última,
película cuyo desarrollo cubre las
décadas del 40-60 en Cuba, la vocación
experimental aflora esta vez ante la
imposibilidad de obtener el presupuesto
necesario para reproducir tales
ambientes. García Espinosa afirma que la
única forma de hacerlo sería introducir
en el presente algún elemento que señale
al espectador la época en la cual
tendría lugar la acción; de otro modo,
nuevamente el “extrañamiento”.
Películas dirigidas por Julio García
Espinosa:
El Mégano
(1955)
La vivienda
(1959, documental)
Cuba baila
(1960)
El joven rebelde
(1961)
Aventuras de Juan Quinquín
(1967)
Tercer Mundo, Tercera Guerra Mundial
(1970)
Son o no son
(1978)
La inútil muerte de mi socio Manolo
(1987)
El plano
(1993)
Reina y Rey
(1994)
Enredando sombras
(1998, coordinador del
proyecto) |