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el nexo que unirá de modo definitivo a
Gómez de Avellaneda y Safo es su “Soneto
imitando una oda de Safo”, compuesto
hacia mediados de 1842. La escritora
reside en Madrid, tras la primera
ruptura con Cepeda. La primera edición
de sus versos, publicada el año
anterior, le ha dado cierta notoriedad.
Ha arribado a la mayoría de edad y con
ella ha obtenido cierta independencia
económica. Pero el fracaso amoroso no le
permite disfrutar a plenitud de su vida
intelectual, así lo dicen, cada cual de
modo distinto, los poemas que redacta en
ese año: sean las estrofas surcadas de
aliento bíblico de “Dios al hombre”, la
elegía dedicada a la muerte de
Espronceda con su desesperada invocación
al Hacedor para que redima al ser humano
de la bajeza de la vida cotidiana, así
como las más transparentes voces
melancólicas, como de canción popular de
“La esperanza tenaz”, en espera de ese
desesperado ejercicio de hechicería que
es “La venganza”. Todo lo intenta Tula
para borrar un nombre y una imagen de su
memoria. Pero precisamente es esa
pérdida, convertida en obsesión, la que
mejor alienta su instinto poético.
Entonces aparece ante sus ojos aquella
oda de Safo...
En el fragmentario legado de la
escritora griega, apenas hay dos textos
de cierta extensión que parezcan estar
cerca de la condición de poemas
completos: la “Oda a Afrodita” y la “Oda
a la mujer amada”, esta última pudo
preservarse gracias a que fue transcrita
en el Tratado de lo sublime,
atribuido al retórico griego Longino.
¿Cómo llegó Tula hasta el texto, si, a
diferencia de su admirado José María
Heredia, no dominaba el griego? Menéndez
y Pelayo lo esclarece cuando se refiere
al “ardiente soneto que imita, a
través de las versiones modernas, la
segunda oda de Safo”[i].
De las traducciones disponibles en su
tiempo, la más cercana era la incluida
en el volumen: Anacreonte, Safo y
Tirteo, traducidos del griego en prosa y
verso por José del Castillo y
Ayensa, aparecido en Madrid en 1832,
aunque también circulaban por entonces
las que décadas antes publicaran en esa
ciudad los hermanos José y Bernabé Canga
Argüelles, así como las debidas a José
Antonio Conde.[ii]
Probablemente la cubana consultó más de
una versión —literal o libre— del poema
que ya en
la Antigüedad había sido imitado por
Catulo y que fascinaría a lo largo del
tiempo a autores tan diversos como
Petrarca, Ronsard, Byron, Leopardi y
Lamartine. He aquí el poema en la
correcta traducción de Menéndez y
Pelayo:
Igual parece a los eternos dioses
Quien logra verse frente a ti sentado:
¡Feliz si goza tu palabra suave,
Suave tu risa!
A mí en el pecho el corazón se oprime
Solo en mirarte: ni la voz acierta
De mi garganta a prorrumpir; y rota
Calla la lengua.
Fuego sutil dentro de mi cuerpo todo
Presto discurre: los inciertos ojos
Vagan sin rumbo: los oídos hacen
Ronco zumbido.
Cúbrome toda de sudor helado:
Pálida quedo cual marchita yerba;
Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte,
Muerta parezco.[iii]
La Avellaneda,
que no podía intentar en puridad una
traducción de la oda, se inclina por el
concepto “imitación”, tan caro a los
clásicos y que de ellos pasó al
romanticismo. Por ella se entendía el
tomar de un autor, antiguo o
contemporáneo, pero siempre lo
suficientemente prestigioso para ser un
modelo digno, un asunto o procedimiento
literario y a partir de allí, forjar una
obra nueva aunque siempre en diálogo con
lo imitado, pues parte importante de la
apreciación y disfrute del nuevo texto
dependía de la colaboración de un lector
avezado que pudiera establecer una
comparación entre el modelo y la nueva
obra de arte.
Entre los autores latinos, la imitación
fue una manera frecuente para asimilar e
intentar superar los grandes modelos
griegos y en el Renacimiento, este modo
de intertextualidad quedó privilegiado
por la veneración a los paradigmas
clásicos, como puede apreciarse en los
versos de Petrarca, Garcilaso, Fray Luis
de León. Autores como Anacreonte,
Horacio, Virgilio, son imitados una y
otra vez, unas veces con acierto
excepcional —piénsese, por ejemplo, en
el modo que Fray Luis asimiló a Horacio
y Virgilio en sus odas— otras, como un
simple juego académico.[iv]
Esta labor, que se prolongó sin muchas
sorpresas en el clasicismo dieciochesco,
pasó al Romanticismo, solo que en él, la
quiebra en la veneración de las reglas
clásicas, hace que la atención se ponga
sobre todo en la impronta subjetiva que
el nuevo autor pueda superponer al
modelo, añejo o reciente. Aunque no se
desdeña la imprescindible maestría para
el arte imitativo, ya no se piensa tanto
en el efecto normativo del modelo, sino
en la difícil originalidad que se puede
conquistar al emular con él para
intentar superarlo, gracias al toque
personal que allí pueda colocarse. Por
otra parte, tiende a quebrarse la
distancia cronológica entre imitador e
imitado, no es necesario remontarse ya a
autores consagrados por los siglos, sino
que se imita a autores contemporáneos,
cuya obra tiene una dignidad y prestigio
tales, que merece ser imitada y a la vez
—y ahí está el desafío— perfeccionada.
En la obra poética de
la Avellaneda
abundan las imitaciones: su juvenil
soneto “Las contradicciones” es una
imitación de Petrarca, a la vez que su
libérrima traducción de Les djins,
de Hugo es calificada en el subtítulo
como “imitación”, mientras que el
imitado es Lord Byron en el poema “A la
luna” y en las estrofas a Inés derivadas
del Childe Harold.
Como señala Alexander R. Selimov:
Conviene destacar el hecho de que tanto
la autora cubano– española, como el
público contemporáneo diferenciaban
entre una obra escrita a partir de la
“imitación” de un modelo literario, y
una simple adaptación lingüística, o sea
“traducción”. En el primer caso el fruto
de la labor artística se consideraba
como una creación original, mientras que
en el segundo, por lo general, no lo
era, excepto los casos de traducciones
libres [...][v]
He aquí cómo Gómez de Avellaneda imita
la venerable oda sáfica:
¡Feliz quien junto a ti por ti suspira!
¡quien oye el eco de tu voz sonora!
¡quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!
Ventura tanta —que envidioso admira
el querubín que en el empíreo mora—
el alma turba, al corazón devora,
y el torpe acento, al expresarla,
expira.
Ante mis ojos desaparece el mundo,
y por mis venas circular ligero
el fuego siento del amor profundo.
Trémula, en vano resistirte quiero...
de ardiente llanto mi mejilla inundo...
¡deliro, gozo, te bendigo y muero![vi]
Un rápido repaso de ambos textos: la
traducción y la imitación, arroja
diferencias evidentes. En el primer
caso, Menéndez y Pelayo ha procurado ser
fiel no solo al asunto del original
griego, sino que ha empleado para su
versión un molde métrico equivalente: la
estrofa sáfica. Sin que pueda afirmarse
que se trata de una traducción literal,
el propósito filológico le hace
procurar, ante todo, el ofrecernos
aunque sea una sombra del añejo texto,
con el que el erudito santanderino no
procura emular, en todo caso lo que
fundamenta su traducción, más allá del
dominio del griego, es la intención de
reconstruir y dar plenitud de sentido a
un texto que resulta arquetípico dentro
de la tradición europea y que al ser
colocado, una vez más, ante la vista de
los lectores en lengua castellana, es de
algún modo actualizado y revivido para
otra literatura. Se trata ante todo de
una operación altamente racional, que
implica más al factor cognoscitivo que a
los afectos.
En el segundo caso, estamos en un
terreno completamente distinto: al no
poder realizar una traducción directa,
la poetisa se vale de las realizadas por
otros, por cuanto sus intereses no son
filológicos. Su complicidad con el texto
está marcada por una fuerte implicación
afectiva: el que Safo pudiera sentir y
decir en
la Antigüedad
algo que ella puede suscribir en pleno
siglo XIX, es lo que viene a fascinarla
de este texto. Los nexos entre ambas
obras van a centrarse en el tema de la
dolorosa visión del amado y sus
implicaciones sentimentales para el yo
del poeta.
[vii]
Resulta significativo el que
la Avellaneda,
tan diestra en el manejo de la estrofa
sáfico-adónica —de la que ha dejado
numerosas pruebas en su lírica—
prefiriera no emplearla en este caso, en
contra de lo que era habitual y se
inclinara hacia una forma renacentista,
asociada con la síntesis, el equilibrio
clásico y el virtuosismo expresivo, con
lo que se coloca en la tradición de
otros grandes imitadores y exegetas:
Petrarca, Garcilaso, los cultivadores de
la escuela salmantina, si bien, para
conservar un cierto sabor “original” en
el poema, se vale en el soneto de los
endecasílabos llamados “sáficos”.[viii]
El título resulta sumamente elocuente:
lo que ella ofrece no es una oda de Safo,
sino un soneto que procura imitar a
aquella, así como no procura hacer
arqueología con el verso, sino que asume
la noción de literatura clásica como una
continuidad, una tradición histórica,
donde el espíritu de la poetisa de
Lesbos va asimilándose a formas nuevas y
resulta siempre actual.[ix]
El poema puede ser leído en dos niveles
distintos, el primero — ignorando o
considerando colateral el título— como
un poema amoroso absolutamente original
de
la Avellaneda; favorece esta lectura el
que la autora se encargara de no incluir
en los versos referencia directa alguna
de Safo, ni elementos históricos y
culturales que asimilen su escritura a
un modelo griego. De allí Tula toma, no
solo el elemento de la cercanía del ser
amado por el que se suspira, sino que
subraya sobre todo eso que la “décima
musa” había expresado ya con tan
acertada síntesis: el efecto físico de
la pasión amorosa, ese fuego que puede
acercar a quien lo siente a los síntomas
de la muerte. El soneto parece vivir en
la intemporalidad de los sentimientos y
puede ser disfrutado como una obra
autónoma.
En el segundo nivel, sin embargo, aunque
no pueda asegurarse que estamos ante una
“transcodificación” absoluta, el
reconocimiento de las relaciones
intertextuales entre ambos poemas,
asegura un disfrute mucho más sutil del
poema de
la Avellaneda. Cuando se reconoce cuánto
del contenido de la oda de Safo pasó a
este soneto y a la vez, cuánto pone de
personal la principeña en sus versos,
aumenta el alcance de la significación
del poema, que se erige a la vez en
homenaje de una escritora romántica a
una legendaria antecesora y en muestra
del fecundo diálogo que en la obra de La
Peregrina
hay entre la veneración de la tradición
clásica y el espíritu romántico. Una
lectura así es la que parece haber
suscitado el entusiasmo de un crítico
tan exigente como Valera: “imitando a
Safo, traduciendo el famoso fragmento de
aquella oda, que el maestro de la gran
Reina de Palmira presentaba como
cumplido dechado del estilo sublime,
pinta aun con más vivos y ardientes
colores el deleite de poseer al que
adora el alma y la emoción, y la
turbación, y el desmayo, más grato que
la vida, de que goza estando a su lado.”[x]
[...]
Es evidente que el soneto, escrito con
los ojos puestos en Safo, no solo se
complace en parafrasear la oda, sino de
que procura asimilar de modo implícito
esta vivencia a las circunstancias que
rodearon el último amor de la escritora
griega: turbación, enajenación, celos,
experiencia de desfallecimiento y muerte
simbólica, vienen a sustituir el
sangriento ritual de Léucades. La
experiencia de Gertrudis–Cepeda, remite
de inmediato al dúo Safo-Faón, en ambos
casos la obsesiva búsqueda del favor del
amado no puede concluir sino con la
muerte, como experiencia aniquiladora,
cualquiera que sea su expresión externa.
Si la oda original acude a la imagen de
la muerte para referirse a la aparente
anulación de las facultades vitales ante
la simple aparición de aquel a quien
ama: “Y ya sin fuerzas, sin aliento,
inerte / Muerta parezco.”[xi].
En el soneto que nos ocupa, este suceso
tiende a dramatizarse, para convertirse
en los dos tercetos en una especie de
delirio sagrado: “desaparece el mundo”
ante los ojos de quien habla, percibe en
su interior el fuego que viene de la
misma alta condición del querube y
asistimos a una especie de ebriedad
sagrada, como la de las ménades,
preludio de esa final danza de la
muerte: “Trémula, en vano resistirte
quiero.../ de ardiente llanto mi mejilla
inundo.../¡deliro, gozo, te bendigo y
muero!”[xii]
Estos versos finales, ejemplo ya clásico
de similicadencia por el empleo de
diversas formas verbales en el mismo
accidente gramatical, producen a la vez
que un poderoso efecto sonoro, una
fuerte imagen de sucesión o movimiento,
que nos sumerge en una especie de ballet
trágico: ante nosotros se despliega en
toda su dimensión el amor imposible, el
torbellino de la pasión con toda su
ceguedad y solipsismo, que solo se
resuelve en la anulación y en la muerte.
Este éxtasis, esta enajenación sensual,
donde está ya lo esencial del espíritu
romántico, tiene también la impronta de
su predecesor, José María Heredia, aquel
que escribiera en su juvenil poema “A mi
querida”:
¡Oh mi único placer! ¡Oh mi tesoro!
¡Como de gloria y de ternura lleno,
Extático te escucho, y me enajeno
En la argentada voz de la que adoro![xiii]
La poetisa ha logrado un milagro: a
través de la sombra legendaria de Safo y
de la paterna y tutelar de Heredia, ha
encontrado su propia voz, original y
rotunda. Por la vía de la asimilación,
del “devorar” las obras que le resultan
retadoras, llega a construir su propio
discurso lírico.
Con este soneto, Gómez de Avellaneda nos
ha legado uno de sus textos más
despojados de carga retórica. Original y
lleno de implicaciones, es a nuestro
parecer, el más alto y concentrado de
sus poemas amorosos. Carece de sentido
el escrúpulo de tantos estudiosos, que
apenas lo comentan y hasta lo dejan
fuera de sus antologías, por
considerarlo una simple traducción. A
través de Safo, la principeña se nos ha
revelado en toda su dimensión y ha
logrado la más auténtica conciliación de
lo clásico vivo con la libertad y
audacia del genio romántico. A pesar de
la befa de sus enemigos, ella también es
Safo, ¿quién va a negárselo?
[i]
Marcelino Menéndez y Pelayo:
Historia de la poesía
hispanoamericana. Tomo I, p.271.
[ii]
De hecho los traductores citados son
todavía casi los únicos disponibles
hasta que en 1884, varios años
después de la muerte de la poetisa,
Menéndez y Pelayo publica en
Poetas líricos griegos algunas
de sus propias traslaciones,
alternando con las de estos autores.
Más aun, cuando casi un siglo
después, Federico Saínz de Robles
publica sus Poetas líricos
griegos, vuelve a valerse de
estos traductores. En nuestros días,
han aparecido nuevos traductores de
Safo al castellano, entre los que se
destacan José Ferrater Mora, Juan
Manuel Rodríguez Tobal y Aurora
Luque.
[iii]
Safo: “Oda a la Amada” Traducción de
Menéndez y Pelayo. En: Poetas
líricos griegos. Madrid, Luis
Navarro Editor, 1884, p. 286.
[iv]
Sobre el tema cf. David H. Darst:
Imitatio (Polémicas sobre la
imitación en el Siglo de Oro).
Madrid, Editorial Orígenes, 1985.
[v]
Alexander R. Selimov: De la
ilustración al Modernismo: la
poética de la cultura romántica en
el discurso de Gertrudis Gómez de
Avellaneda.
Society of Spanish and
Spanish-American Studies, University
of Colorado at Boulder, 2003, p.51.
[vi]
GGA: “Soneto imitando una oda de
Safo”. Obras de la Avellaneda.
Edición del Centenario, La Habana,
Imprenta de Aurelio Miranda, 1914,
tomo 1, p.69.
[vii]
Con su “imitación” la escritora está
realizando un proceso semejante al
que Oswald de Andrade y luego Emir
Rodríguez Monegal llaman
“antropofagia”, tan cercano a la
“carnavalización” bajtiniana. El
empleo del disfraz de Safo, figura
canonizada por la tradición
literaria, permite a la poetisa
mostrar sus sentimientos sin
censuras sociales. Imitar es aquí
devorar, vestirse con la piel del
antepasado y celebrar un ritual
propiciatorio. Véase: Emir Rodríguez
Monegal:
“Carnaval/Antropofagia/Parodia”. En:
Lectura crítica de la literatura
americana. Biblioteca Ayacucho,
Caracas, 1997, Tomo IV, p.305-316.
[viii]
Estos versos, divididos en dos
hemistiquios de cinco y seis
sílabas, respectivamente, producen
un efecto rítmico que se considera
equivalente al del verso griego de
cinco pies.
[ix]
No debe olvidarse que una de las
vertientes del romanticismo español,
procuró conciliar el espíritu
romántico con la imitación de los
clásicos, como lo demuestra la
tragedia Edipo, de Francisco
Martínez de la Rosa, publicada en
1829. Era una actitud equivalente a
la de ciertas zonas de la poesía de
Byron y Shelley y del Víctor Hugo de
Las Orientales.
[x]
Juan de Valera: “Poesías líricas de
la Señora Doña Gertrudis Gómez de
Avellaneda”. En: Disertaciones y
juicios literarios, Madrid,
Imprenta y fundición de M. Tello,
1890, p.351.
[xi]
Safo: “Oda a la Amada” Traducción de
Menéndez y Pelayo. En: Poetas
líricos griegos. Madrid, Luis
Navarro Editor, 1884, p. 286.
[xii]
GGA: “Soneto imitando una oda de
Safo”. OA, tomo 1, p.69.
[xiii]
José María Heredia: “A mi querida”.
En Obra Poética, La Habana,
Editorial Letras Cubanas, 1993, p.39
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