Año V
La Habana

13 - 19 de ENERO
de 2007

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Alberto Garrandés:

Todo empieza en el lenguaje y termina en el lenguaje

Johanna Puyol • La Habana
Fotos: Cortesía del entrevistado

El año del 102 aniversario del nacimiento de Alejo Carpentier concluyó con la entrega de su Premio homónimo, el más prestigioso de los otorgados en Cuba para obras inéditas, a destacados creadores de la literatura nacional. El escritor Alberto Garrandés se alzó con tan reconocido lauro, en la categoría de novela, con su libro Las potestades incorpóreas, de la que los miembros del jurado, Marilyn Bobes, Ernesto Santana y Rogelio Riverón, apreciaron entre sus rasgos más meritorios su “bien lograda simetría entre lo irónico y lo trágico”.
 

Alberto Garrandés ha tenido una amplia presencia en la literatura cubana contemporánea, con más de 10 obras publicadas y varios galardones importantes en su haber como el Premio Nacional de la Crítica —que ha recibido en varias oportunidades— y el Premio de Novela Plaza Mayor en 2005. Su singular relación con la escritura ha dado fruto a una variada obra en prosa que incluye el cuento, la novela, la crítica y el ensayo, siempre distinguida por un discurso de altas cualidades estilísticas y por su personal aproximación a la palabra escrita —ha dicho que el texto es como un dilema que se siente impulsado a explicar— que lo ubican como uno de los más lúcidos estudiosos de la narrativa cubana actual.

¿Cómo surgió la historia de Las potestades incorpóreas y qué características tiene esta nueva novela, con título de sugerencia religiosa, a la que el jurado ha destacado por sus valores lingüísticos y simbólicos?

La idea de escribir una historia como esa nació en un diálogo sobre cine. Rufo Caballero y yo conversábamos una tarde sobre una película compuesta por varios relatos y basada en el efecto dramático de la ópera (o más bien de ciertas óperas). La ópera como espacio y como atmósfera. No recuerdo el título de la película, ni siquiera la he visto, pero sé que al final de uno de esos relatos hay un suicidio ritual, un suicidio “gozoso” que es como la consecuencia o el término de un gran amor, de un gran encuentro sexual o algo parecido.

La imagen de una mujer y un hombre que se aman y tienen sexo justo antes de la muerte voluntaria de ambos, me conmovió y me conmueve aún. Se trata, claro está, de un enigma, de una imagen operática, una metáfora compleja, un finale maestoso, por así decir.

Mi problema como novelista era el de justificar una imagen similar, un desenlace con efectos parecidos. Tenía que armar una historia que desembocara allí. Supongo que el subtítulo de la novela —sobre la recuperación de lo sagrado— indica algo. Porque todo el tiempo los personajes están intentando recuperar lo sagrado, aunque no lo sepan. La religiosidad, cierto misticismo pagano y una fuerte tendencia a lo onírico conforman, creo, un contexto bastante singular. Hay elementos sobrenaturales. En determinados momentos, por ejemplo, aparece un demonio que dialoga con el coprotagonista. Me refiero a ese joven escritor que vive en la mansión donde se desarrolla la novela. También hay una mujer. Y una anciana, la casera. Las fuerzas del sueño, los seres que habitan en los presagios y las criaturas invisibles que protegen (o simplemente acompañan) a las personas son potestades incorpóreas. Me he apartado mucho de lo que esas potestades son en términos teológicos. En fin, estoy hablando de una novela, no de un texto canónico, aunque jamás podría negar que, de algún modo, el libro se expresa “litúrgicamente”. Por supuesto, tuve que escribir una historia donde el discurso narrativo estuviera a la altura de lo que él mismo encarna y pretende contar. De ahí el alcance simbólico de la trama y sus jugadas lingüísticas, que no son sino el reflejo de la necesidad de colocar al lector en el borde de algo, en los límites de algo.
 

¿Qué impresión le ha causado el haber ganado el Premio Alejo Carpentier?

Ganarlo con una novela así, cuyos movimientos y gestos no se adscriben a un mundo reconocible, fue una verdadera sorpresa. Las potestades incorpóreas es una novela simbolista, suntuosa, donde el lenguaje importa muchísimo y donde la experiencia del mundo está a medio camino entre el sueño y la realidad, entre la ensoñación fantástica, o simbólica, y la vigilia de lo real, que también está contaminada por el símbolo. No voy a negar que ignorara la fuerte “pegada” del libro. En definitiva, uno envía una obra a un concurso porque cree que podría ganarse el premio, ¿no? Además, debo confesar algo: si yo pudiera, sería novelista a tiempo completo. Sin que esta declaración quiera decir que me disgusta escribir ensayos. En el ensayo me siento muy cómodo, a mis anchas. De hecho he escrito más ensayos que novelas.

Con este premio también se le rinde un homenaje anual a Alejo Carpentier. ¿Existen afinidades e influencias entre su obra y la del ilustre escritor cubano?

Una vez, en una de las tantas entrevistas que concedió, Carpentier dijo que lo más importante para un novelista es conseguir su propósito específico, alcanzar su meta (la meta vinculada a determinada novela). Carpentier subrayó que si una novela cumplía con eso, entonces el libro valía. No recuerdo con exactitud sus palabras, pero había una idea similar en ellas. Yo admiro a Carpentier porque él estaba seguro de construir mundos novelescos sin fisuras, mundos atravesados o respaldados por grandes pensamientos, grandes imágenes. Cuando comprendes el alcance de esa seguridad, llegas a la conclusión de que él solo podía escribir obras como Los pasos perdidos, que es una novela perfecta, o El Siglo de las Luces, que es operática, masiva, sinfónica. Es desde esta perspectiva que alcanzo a ver mis afinidades con Carpentier. No creo que existan influencias textuales, sino de poética narrativa, que son más corpulentas, ¿no? Aunque él fue un novelista “histórico”. A mí no me seducen la historia ni las referencias que hacen que la historia se transforme en contexto identificable, en “trasfondo” de una novela. El relato que es Las potestades incorpóreas queda fijado sobre un rumor continuo, el rumor de una ciudad, el rumor de su caos y su destrucción. Me refiero a una ciudad “sumergida” o a punto de “sumergirse”, una ciudad que se levanta (o que más bien cae) como un símbolo del desastre. ¿Desastre físico, ontológico, social, moral? Todo eso y más. Al final se produce un éxodo, la ciudad queda vacía, todos huyen del hundimiento y de la ruina, huyen de la muerte. Y los personajes están ahí, solitarios, tercos, negados a fugarse. Ellos practican la indocilidad de la mente, del espíritu, y, de alguna manera, han encontrado el amor y lo oponen a la calamidad. No quieren desistir del amor ni entregarse a la muerte “sucia” que la calamidad va a proporcionarles. Y prefieren elaborar el goce final de su propia muerte —ritual, operática, casi de leyenda romántica—, pues no van a ceder ante la humillación que ciertas catástrofes traen consigo. Resumiendo: de Carpentier he aprendido que una novela debe poseer una autonomía estética considerable y una fuerza capaz de transformarla en preguntas hechas al espíritu y la vida del hombre.
   

Se desplaza con fluidez de la crítica a la labor de ensayista, de antologador y de narrador. ¿Encierra una especial fascinación por la literatura esta pluralidad que lo lleva a explorar la creación literaria desde cada arista? ¿Qué lugar ocupa la novela dentro de esta obra multifacética?

Me siento muy cómodo dentro del ensayo, ya lo dije. Me interesa explorar la tradición narrativa insular y sus aciertos más inmediatos. Me importa decir, por ejemplo, que determinado libro me gusta y, sobre todo, explicar por qué me gusta, o por qué es bueno, o por qué debería ser leído. Me hago preguntas sobre algunos procesos de configuración artística y procuro responderlas. Pero también escribo cuentos y novelas. El “pero” sobraría, ¿no? Porque en el fondo esa pluralidad no existe. El daemon (llamémosle así) que gobierna mis ensayos es el mismo que preside mis cuentos y novelas y viceversa. Una vez apunté que escribía ensayos con pasión narrativa y textos narrativos con pasión ensayística. Y, por supuesto, la fascinación a que te refieres es la de las palabras y las historias. Porque, a la larga, la experiencia excepcional (que se encuentra en lo infrecuente y también en lo común) de un hombre, de una mujer, de un árbol o de una montaña, es lenguaje, es discurso y es conciencia del discurso. Todo empieza en el lenguaje y termina en el lenguaje. Como el Espíritu antes de la Creación. Uno lee: “En el principio era el Verbo”. En el principio estaban la inteligencia y la vivencia impresumibles del Creador. Antes de la Creación el Espíritu aleteaba sobre las aguas. No había “nada” y, sin embargo, el Espíritu estaba ahí, buscando encarnarse. Pero creo que me he apartado bastante del tema…

En muchas de sus narraciones, La Habana emerge tras la historia contada como una presencia insoslayable. ¿Qué lugar ocupa la ciudad en su imaginario personal?

La ciudad, y La Habana en particular, son presencias irrenunciables, solo que a veces se me ocurren historias sin una predicación alusiva a la ciudad, es decir, historias donde La Habana no está, no aparece, o no se reconoce. Las potestades incorpóreas es un ejemplo. Allí la ciudad es un organismo simbólico de la modernidad, un espacio para la identidad de lo moderno y para el mito del Apocalipsis, que es desastre y revelación. Por el contrario, en Días invisibles, inédita aún, La Habana es La Habana de ahora, con sus letargos, sus luces y su vértigo. Y en mi más reciente novela, La sombra de las nubes en el agua, la trama se desenvuelve en La Habana distópica, en una ciudad del futuro inmediato, o quizá en una ciudad ucrónica, o en un “sendero que se bifurca”, de acuerdo con Borges. Ciertamente, La Habana es el escenario por excelencia de lo que me gustaría escribir más adelante. Porque La Habana es una ciudad misteriosa, muy compleja, muy presuntiva, donde hay fantásticos sincronismos y personajes tremendos… En fin, La Habana es tan novelesca que los narradores cubanos no pueden escapar de su seducción.

Con la antología Aire de luz: cuentos cubanos del siglo XX, hizo un extensivo recuento de la narrativa del siglo pasado. ¿Qué caminos ha seguido la cuentística cubana de principios del siglo XXI?

En estos primeros años del siglo XXI la narrativa cubana está, creo, renovándose a sí misma. Supongo que es más reflexiva y menos experimental, si es que lo experimental fue un distintivo de ese espacio de transiciones que podríamos localizar en los años 90. Recuerde que los años 90 constituyen el puente entre el siglo XX y el siglo XXI en lo que concierne a la literatura cubana. El siglo XX literario, en Cuba, va desde las vanguardias históricas hasta fines de la década de los 80. Los años 90 son la coda del siglo XX, aunque probablemente también son la antesala de lo que está escribiéndose hoy. Los narradores cubanos que, hace ya más de diez años, cambiaron de algún modo el panorama del cuento y la novela, alcanzarían a ejercer hoy la cautela de la transgresión. Y es que tienen más experiencia. Pero este es un juicio de carácter lógico y, como el tiempo no se detiene, ahora hay otras voces, otros textos quizá más audaces, aptos para matizar los colores del espectro, aunque sospecho que los caminos son los mismos: el realismo citadino, las periferias culturales, la recolocación del juego imaginativo... Al final todo vuelve, me parece, a definirse en las apuestas y los desafíos del escritor. El resto es puro trabajo de afinación de su instrumento, un proceso tan sutil y personal que escapa de las cronologías y los esquemas.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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