Año V
La Habana

13 - 19 de ENERO
de 2007

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Las potestades incorpóreas
(fragmento)

Alberto Garrandés • La Habana

Al entrar en las grandiosas ruinas de bronce, cuyas partes más elevadas se cubrían de una neblina en cendales que viajaba hacia el horizonte del oeste, a Diana —pobladora súbita de una escenografía muy del gusto de las óperas clásicas— le pareció que su paso por aquel lugar rebosante de silencio se hallaba cautivo de las enmiendas que habían hecho sucesivas visitas no completadas. Por ese motivo no le extrañó que, tras los espigados metales, hubiera un conjunto de fragmentos donde sobresalía el cascajo, la argamasa y una cantidad indescriptible de ladrillos apilados en altos conos sin propósito alguno, o, simplemente, para que una brisa de soplar esporádico los picoteara a su antojo. El bronce había anunciado un mundo quimérico, de leyenda, muy sólido, pero sin transición se pasaba al polvo del yeso y las nubecillas ocres. No se veía nada más en torno a las ruinas del paisaje, y sin embargo, al darse cuenta de que el deterioro se invertía de manera gradual —bosquejando paredes cortadas por la mitad, muros enterizos, techos desvaídos y habitaciones que iban del caos al orden—, Diana comprendió que sus pasos desandaban el futuro de una extraña comarca urbana.

No muy lejos de los bronces comenzaba el primer segmento de polvo arenoso, luego del cual aparecían los cascajos más finos, el ladrillo machacado y los yesos. Después la chica debía evitar los trozos de pared, las cabillas erizadas como patas de enormes insectos muertos, y solo entonces se alzaban las primeras construcciones asoladas por derrumbes, los primeros techos parciales, doblados como cartón bajo el peso de diversas materias irreconocibles. Por último, a continuación de una gran charca donde navegaban unos peces oscuros y mansos, indiferentes al paso de Diana a través del agua verdosa, los edificios rotos empezaban a marcar una ilógica red de callejas a menudo interrumpidas por parapetos de desperdicios.

Abarcó todo aquello de una mirada, sin esfuerzo, ya que en realidad no había obstáculos y el panorama de los derrumbes se podía ver hasta donde alcanzaba la vista. Cruzó la franja inicial de edificios, alrededor de los cuales los montículos despedían un humo azulado, y observó que más adelante los desmoronamientos se hacían menos enriscados y desiguales. Avanzó azuzada por la curiosidad. A un centenar de metros había casas en pie y las barricadas desaparecían.

Comprendió con melancolía que su andanza la guiaba a través de la línea del tiempo, y que una ciudad emergía allí, solícita y despoblada. Una ciudad en la que ella era lo único vivo, o al menos la única persona visible. Había ausencia de movimientos, de ruidos, y solo percibía el roce de su túnica —un peinador muy largo, blanco, apenas sin adornos— contra los salientes.

En lo alto, a pesar de la tarde soleada, un cielo grisáceo enturbiaba el ambiente. Pero la luz se acomodaba bien en aquel rebozo de ceniza y no sintió miedo ante la relativa proximidad del anochecer. Además, en la distancia había luces. Luces nacientes como candelas diminutas que hacía tiempo hubieran estado intentando brotar y que ahora lo hacían discretas.

Vagó aventurándose en círculos, sin hallar más que espacios vacíos y endebles —espacios donde, sin embargo, ya no existía la huella de los desprendimientos, aunque sí la marca de los incendios—, y escogió una calle rizada por las curvas y escoltada por un larguísimo muro de piedras que exhibía el tizne de otro tiempo. Detrás del muro pudo ver una iglesia pintada de azul claro, en buen estado de conservación, y, entre el muro y la iglesia, un jardín de arbustos podados en los cuales prevalecía, a pesar del tizne, un verde maculado por el rojo y el amarillo de las flores silvestres. Tuvo deseos de conocer tan recoleta guarida, mas no encontró ningún acceso a ella.

Se dio cuenta de que caminaba descalza cuando sintió la dureza de los adoquines medio húmedos. La aparición de los adoquines coincidía con el estrechamiento de la calle y el asalto repentino de la oscuridad. Sus pasos se hicieron más prudentes. La túnica acariciaba, a la derecha, el muro de la iglesia, y, a la izquierda, el borde de las casas y los edificios.

Le causó gracia que en varios puntos hubiera farolillos cuya única función era la de iluminar tenuemente las puertas. Todo se encontraba allí como en una postal comprimida por el exceso de formas bellas —la pintura reciente de las entradas a los edificios, las verjas sin herrumbre, las limpias placas de numeración, la tierra recién removida de los canteros—, y hasta la iglesia lucía, en aquel instante del ocultamiento del sol, unos neones en forma de cruz que adornaban lo más elevado del campanario.

Cuando el día terminó de expirar y la noche brotó detrás del cielo bermejo, ennegreciéndolo con rapidez, Diana detuvo su cautelosa marcha, confundida a causa de un hallazgo: entre dos casas de aspecto reluciente se levantaba un portón claveteado, de madera antigua, pero fuerte, cuya parte superior la adornaba una plancha cobriza con letras troqueladas.

Villa Gema

1889

Esto alegró su corazón.

Había un ventanal de celosía, con persianas fijas, y no pudo ver nada. Entonces se aventuró a tocar.

El portón se reveló con lucimiento de gran objeto. El último sol, si hubiera estado allí, habría resbalado por los maderos hasta hundirse en el polvo de la traviesa empotrada. Un hilo de inquietud empezó a navegar por dentro de Diana, cuya mano tocó la aldaba de metal en forma de gota. Sintió su frialdad, asió golosa su volumen amarillento y lo dejó sonar débilmente contra el enchapado. El sonido levantó un eco breve. Todo se encontraba como preparado para recibir ese eco, y sin embargo lo que sobrevino después fue un silencio de significativa densidad, apelmazado por una expectación imposible de atribuir.

La puerta se abrió sola, ligera a pesar de su macicez. Como capas de aire movidas por el calor de un fuego, las presencias que Diana pudo adivinar iban ya amortiguando sus deseos. Se encontraba en un rico salón custodiado por una escalera con pasamanería de mármol. Los ligeros ciervos de los tapices, sorprendidos por un menoscabo ominoso, oscurecían sus movimientos tras las piedras de algún molino o alguna ruina. Excepto uno, todos los cuadros se llenaban de pátinas azulosas que casi abolían la expresión de las figuras, por lo general semblantes de mirada absorta. Las jarras —con restos de flores, o atragantadas por la arena decorativa— retrocedían al segundo plano de la observación y tendían a incorporarse, ásperamente encuadradas, en el color impreciso de las paredes. Las lámparas empezaban a desprenderse de los techos, dejando, entregadas a la gravedad y la carcoma del cielo raso, estelas de cal que encontraban viento favorable para ascender, arremolinadas, y acariciar los lomos de los libros, los rollos donde viejos mapas morían sin abrirse otra vez, los cantos de los anaqueles, la piedra de los ceniceros, el esmalte de los tiestos resecos y el cuero arrugado y dócil de las butacas.

¿Era esa la imagen del pasado original de Villa Gema, resumida en una sala que iba marchitándose con libreros atestados, jarrones, tapicería fina, cuadros nebulosos y otros objetos? No sabía. En el sueño no podía saber. Solo esperar y entregarse.

Mucho la desazonaba el cuadro excepcional, de gran formato, que parecía acabado de pintar. Dos perros ciegos, de mirada membranosa, se asomaban, horribles, por un postigo de madera.

Al fondo de la sala, justo en la boca del pasillo que conducía a la cocina y las habitaciones inferiores, un caballero vestido de frac colocaba unas rosas en un vaso de pared. La acuciosidad del caballero era muy congruente con la unción y el fervor que distinguían sus gestos, y por eso no veía a la dama de baja estatura que se aproximaba a él y se detenía a contemplarlo extasiada.

La escena no sedujo a Diana. Como una sombra atareada avanzó hasta el centro de la sala, donde oyó, por primera vez, un sonido que provenía de lo alto de la mansión y le resultaba inconfundible. Alguien tocaba un violín.

Subió la escalera en busca de la música y su intérprete, y, antes de encarar las imágenes que iba presumiendo, ya sentía que el aire de la altura lo enfriaba todo de manera incómoda. Había dos habitaciones. En una, el picaporte mostraba con ostentación una corona de flores arrugadas por la sequedad. De la corona pendía una esquela cuyas palabras, escritas con una caligrafía de dieciochesca elegancia, se referían a un amor trunco y feliz. La otra habitación iba diseminando una luz violácea y se encontraba totalmente abierta, como si Diana estuviese siendo aguardada por quienes allí hablaban con ánimo cortés y exquisita fruición.

Las dimensiones de la habitación no se correspondían con las de la casona. Diana se había asomado a un espacio malva que más bien se asemejaba —por sus espejos, sus asideros y barandales, pero sobre todo por el parquet profusamente bruñido— a un salón de baile semivacío. En realidad era un aula de danza. En el centro, sentado en un taburete minúsculo, un Alejandro demasiado joven —a lo más con quince o dieciséis años— tocaba el violín. Tenía los pies encaramados en uno de los travesaños del taburete y se hallaba completamente desnudo. Los espejos devolvían con saña su cuerpo en tensión.

Al inclinarse hacia el interior de la atmósfera malva, Diana comprendió que el joven Alejandro no se encontraba solo. A su alrededor, rozando los barandales y acariciando de vez en vez los espejos, una alta dama pelicorta se paseaba con una pantera negra de andar fatigoso. Empuñaba un dogal de cuero y vestía de largo. Parecía, por su atuendo, una bailarina de flamenco, pero la calidad del vestido, los guantes subidos hasta los codos y el capacete estampado que lucía, terminaban por desmentir esa idea. Además, el violín sonaba con una languidez arrítmica e insinuante. 

Su situación de artista vigilado transformaba la desnudez de Alejandro en una proyección de su desamparo, o su desdicha. Aunque tocaba el violín sin restricciones y ni siquiera se encontraba en el centro de atención de la dama, Diana pudo notar su nerviosismo. Él vio su figura en la entrada del salón y bosquejó una sonrisa más o menos acre. Después hizo un gesto con la cabeza en dirección a la chica y ella se decidió a entrar.

Ni la dama ni la fiera se inmutaron. Era como si hubiesen estado esperándola. Cuando se acercó a Alejandro, la dama detuvo su paseo, acarició la cabezota del animal, le dijo unas palabras en voz baja y aniñada y se retiró en busca de la puerta, que se cerró sola cuando ella y la fiera alcanzaron el corredor. Diana miró a Alejandro, él dejó de tocar, puso el violín en el suelo y rompió el arco por la mitad. Dejó caer los trozos y quedó inmóvil, observándose en uno de los espejos, espiando la mirada escrutadora de la chica. Ella lo miraba rectamente, pero por medio de un segundo espejo contiguo donde, gracias a una maliciosa ilusión de la perspectiva, su sexo se destacaba mejor.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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