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Al entrar en las grandiosas ruinas de
bronce, cuyas partes más elevadas se
cubrían de una neblina en cendales que
viajaba hacia el horizonte del oeste, a
Diana —pobladora súbita de una
escenografía muy del gusto de las óperas
clásicas— le pareció que su paso por
aquel lugar rebosante de silencio se
hallaba cautivo de las enmiendas que
habían hecho sucesivas visitas no
completadas. Por ese motivo no le
extrañó que, tras los espigados metales,
hubiera un conjunto de fragmentos donde
sobresalía el cascajo, la argamasa y una
cantidad indescriptible de ladrillos
apilados en altos conos sin propósito
alguno, o, simplemente, para que una
brisa de soplar esporádico los picoteara
a su antojo. El bronce había anunciado
un mundo quimérico, de leyenda, muy
sólido, pero sin transición se pasaba al
polvo del yeso y las nubecillas ocres.
No se veía nada más en torno a las
ruinas del paisaje, y sin embargo, al
darse cuenta de que el deterioro se
invertía de manera gradual —bosquejando
paredes cortadas por la mitad, muros
enterizos, techos desvaídos y
habitaciones que iban del caos al
orden—, Diana comprendió que sus pasos
desandaban el futuro de una extraña
comarca urbana.
No muy lejos de los bronces comenzaba el
primer segmento de polvo arenoso, luego
del cual aparecían los cascajos más
finos, el ladrillo machacado y los
yesos. Después la chica debía evitar los
trozos de pared, las cabillas erizadas
como patas de enormes insectos muertos,
y solo entonces se alzaban las primeras
construcciones asoladas por derrumbes,
los primeros techos parciales, doblados
como cartón bajo el peso de diversas
materias irreconocibles. Por último, a
continuación de una gran charca donde
navegaban unos peces oscuros y mansos,
indiferentes al paso de Diana a través
del agua verdosa, los edificios rotos
empezaban a marcar una ilógica red de
callejas a menudo interrumpidas por
parapetos de desperdicios.
Abarcó todo aquello de una mirada, sin
esfuerzo, ya que en realidad no había
obstáculos y el panorama de los
derrumbes se podía ver hasta donde
alcanzaba la vista. Cruzó la franja
inicial de edificios, alrededor de los
cuales los montículos despedían un humo
azulado, y observó que más adelante los
desmoronamientos se hacían menos
enriscados y desiguales. Avanzó azuzada
por la curiosidad. A un centenar de
metros había casas en pie y las
barricadas desaparecían.
Comprendió con melancolía que su andanza
la guiaba a través de la línea del
tiempo, y que una ciudad emergía allí,
solícita y despoblada. Una ciudad en la
que ella era lo único vivo, o al menos
la única persona visible. Había ausencia
de movimientos, de ruidos, y solo
percibía el roce de su túnica —un
peinador muy largo, blanco, apenas sin
adornos— contra los salientes.
En lo alto, a pesar de la tarde soleada,
un cielo grisáceo enturbiaba el
ambiente. Pero la luz se acomodaba bien
en aquel rebozo de ceniza y no sintió
miedo ante la relativa proximidad del
anochecer. Además, en la distancia había
luces. Luces nacientes como candelas
diminutas que hacía tiempo hubieran
estado intentando brotar y que ahora lo
hacían discretas.
Vagó aventurándose en círculos, sin
hallar más que espacios vacíos y
endebles —espacios donde, sin embargo,
ya no existía la huella de los
desprendimientos, aunque sí la marca de
los incendios—, y escogió una calle
rizada por las curvas y escoltada por un
larguísimo muro de piedras que exhibía
el tizne de otro tiempo. Detrás del muro
pudo ver una iglesia pintada de azul
claro, en buen estado de conservación,
y, entre el muro y la iglesia, un jardín
de arbustos podados en los cuales
prevalecía, a pesar del tizne, un verde
maculado por el rojo y el amarillo de
las flores silvestres. Tuvo deseos de
conocer tan recoleta guarida, mas no
encontró ningún acceso a ella.
Se dio cuenta de que caminaba descalza
cuando sintió la dureza de los adoquines
medio húmedos. La aparición de los
adoquines coincidía con el
estrechamiento de la calle y el asalto
repentino de la oscuridad. Sus pasos se
hicieron más prudentes. La túnica
acariciaba, a la derecha, el muro de la
iglesia, y, a la izquierda, el borde de
las casas y los edificios.
Le causó gracia que en varios puntos
hubiera farolillos cuya única función
era la de iluminar tenuemente las
puertas. Todo se encontraba allí como en
una postal comprimida por el exceso de
formas bellas —la pintura reciente de
las entradas a los edificios, las verjas
sin herrumbre, las limpias placas de
numeración, la tierra recién removida de
los canteros—, y hasta la iglesia lucía,
en aquel instante del ocultamiento del
sol, unos neones en forma de cruz que
adornaban lo más elevado del campanario.
Cuando el día terminó de expirar y la
noche brotó detrás del cielo bermejo,
ennegreciéndolo con rapidez, Diana
detuvo su cautelosa marcha, confundida a
causa de un hallazgo: entre dos casas de
aspecto reluciente se levantaba un
portón claveteado, de madera antigua,
pero fuerte, cuya parte superior la
adornaba una plancha cobriza con letras
troqueladas.
Villa Gema
1889
Esto alegró su corazón.
Había un ventanal de celosía, con
persianas fijas, y no pudo ver nada.
Entonces se aventuró a tocar.
El portón se reveló con lucimiento de
gran objeto. El último sol, si hubiera
estado allí, habría resbalado por los
maderos hasta hundirse en el polvo de la
traviesa empotrada. Un hilo de inquietud
empezó a navegar por dentro de Diana,
cuya mano tocó la aldaba de metal en
forma de gota. Sintió su frialdad, asió
golosa su volumen amarillento y lo dejó
sonar débilmente contra el enchapado. El
sonido levantó un eco breve. Todo se
encontraba como preparado para recibir
ese eco, y sin embargo lo que sobrevino
después fue un silencio de significativa
densidad, apelmazado por una expectación
imposible de atribuir.
La puerta se abrió sola, ligera a pesar
de su macicez. Como capas de aire
movidas por el calor de un fuego, las
presencias que Diana pudo adivinar iban
ya amortiguando sus deseos. Se
encontraba en un rico salón custodiado
por una escalera con pasamanería de
mármol. Los ligeros ciervos de los
tapices, sorprendidos por un menoscabo
ominoso, oscurecían sus movimientos tras
las piedras de algún molino o alguna
ruina. Excepto uno, todos los cuadros se
llenaban de pátinas azulosas que casi
abolían la expresión de las figuras, por
lo general semblantes de mirada absorta.
Las jarras —con restos de flores, o
atragantadas por la arena decorativa—
retrocedían al segundo plano de la
observación y tendían a incorporarse,
ásperamente encuadradas, en el color
impreciso de las paredes. Las lámparas
empezaban a desprenderse de los techos,
dejando, entregadas a la gravedad y la
carcoma del cielo raso, estelas de cal
que encontraban viento favorable para
ascender, arremolinadas, y acariciar los
lomos de los libros, los rollos donde
viejos mapas morían sin abrirse otra
vez, los cantos de los anaqueles, la
piedra de los ceniceros, el esmalte de
los tiestos resecos y el cuero arrugado
y dócil de las butacas.
¿Era esa la imagen del pasado original
de Villa Gema, resumida en una sala que
iba marchitándose con libreros
atestados, jarrones, tapicería fina,
cuadros nebulosos y otros objetos? No
sabía. En el sueño no podía saber. Solo
esperar y entregarse.
Mucho la desazonaba el cuadro
excepcional, de gran formato, que
parecía acabado de pintar. Dos perros
ciegos, de mirada membranosa, se
asomaban, horribles, por un postigo de
madera.
Al fondo de la sala, justo en la boca
del pasillo que conducía a la cocina y
las habitaciones inferiores, un
caballero vestido de frac colocaba unas
rosas en un vaso de pared. La
acuciosidad del caballero era muy
congruente con la unción y el fervor que
distinguían sus gestos, y por eso no
veía a la dama de baja estatura que se
aproximaba a él y se detenía a
contemplarlo extasiada.
La escena no sedujo a Diana. Como una
sombra atareada avanzó hasta el centro
de la sala, donde oyó, por primera vez,
un sonido que provenía de lo alto de la
mansión y le resultaba inconfundible.
Alguien tocaba un violín.
Subió la escalera en busca de la música
y su intérprete, y, antes de encarar las
imágenes que iba presumiendo, ya sentía
que el aire de la altura lo enfriaba
todo de manera incómoda. Había dos
habitaciones. En una, el picaporte
mostraba con ostentación una corona de
flores arrugadas por la sequedad. De la
corona pendía una esquela cuyas
palabras, escritas con una caligrafía de
dieciochesca elegancia, se referían a un
amor trunco y feliz. La otra habitación
iba diseminando una luz violácea y se
encontraba totalmente abierta, como si
Diana estuviese siendo aguardada por
quienes allí hablaban con ánimo cortés y
exquisita fruición.
Las dimensiones de la habitación no se
correspondían con las de la casona.
Diana se había asomado a un espacio
malva que más bien se asemejaba —por sus
espejos, sus asideros y barandales, pero
sobre todo por el parquet profusamente
bruñido— a un salón de baile semivacío.
En realidad era un aula de danza. En el
centro, sentado en un taburete
minúsculo, un Alejandro demasiado joven
—a lo más con quince o dieciséis años—
tocaba el violín. Tenía los pies
encaramados en uno de los travesaños del
taburete y se hallaba completamente
desnudo. Los espejos devolvían con saña
su cuerpo en tensión.
Al inclinarse hacia el interior de la
atmósfera malva, Diana comprendió que el
joven Alejandro no se encontraba solo. A
su alrededor, rozando los barandales y
acariciando de vez en vez los espejos,
una alta dama pelicorta se paseaba con
una pantera negra de andar fatigoso.
Empuñaba un dogal de cuero y vestía de
largo. Parecía, por su atuendo, una
bailarina de flamenco, pero la calidad
del vestido, los guantes subidos hasta
los codos y el capacete estampado que
lucía, terminaban por desmentir esa
idea. Además, el violín sonaba con una
languidez arrítmica e insinuante.
Su situación de artista vigilado
transformaba la desnudez de Alejandro en
una proyección de su desamparo, o su
desdicha. Aunque tocaba el violín sin
restricciones y ni siquiera se
encontraba en el centro de atención de
la dama, Diana pudo notar su
nerviosismo. Él vio su figura en la
entrada del salón y bosquejó una sonrisa
más o menos acre. Después hizo un gesto
con la cabeza en dirección a la chica y
ella se decidió a entrar.
Ni la dama ni la fiera se inmutaron. Era
como si hubiesen estado esperándola.
Cuando se acercó a Alejandro, la dama
detuvo su paseo, acarició la cabezota
del animal, le dijo unas palabras en voz
baja y aniñada y se retiró en busca de
la puerta, que se cerró sola cuando ella
y la fiera alcanzaron el corredor. Diana
miró a Alejandro, él dejó de tocar, puso
el violín en el suelo y rompió el arco
por la mitad. Dejó caer los trozos y
quedó inmóvil, observándose en uno de
los espejos, espiando la mirada
escrutadora de la chica. Ella lo miraba
rectamente, pero por medio de un segundo
espejo contiguo donde, gracias a una
maliciosa ilusión de la perspectiva, su
sexo se destacaba mejor. |