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Aunque sepamos que la publicación de los
textos galardonados con el Premio Alejo
Carpentier conlleva un proceso editorial
de varios meses, el solo anuncio de que
en la más reciente edición el jurado de
ensayo privilegiara a Lluvia, Patria,
Laurel, de Roberto Méndez, hace que
no pocos lectores, sobre todo aquellos
que hemos seguido la trayectoria
literaria de este autor camagüeyano,
aguardemos que el libro salga de la
imprenta para confrontarlo con avidez.
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Tres argumentos, al menos, sustentan la
anterior previsión. Por un lado, se
yerguen los signos de interrogación
acerca de una obra escrita por alguien
que desde hace mucho tiempo, de un modo
u otro, ha expresado la necesidad de una
mirada acuciosa sobre la vida y las
letras de Gertrudis Gómez de Avellaneda.
Por otro, hay expectativas acerca de
cuánto puede aportar esta obra a los
estudios sobre la poética de la
escritora del siglo XIX. Cuenta también
el peso de la vocación crítica y
ensayística de Méndez, demostrada
mediante una producción consistente, de
manera tal que cada nueva contribución
suya nunca debe pasar inadvertida.
Sobre esto último vale la pena abundar.
Conocido y reconocido como poeta —él
mismo se considera esencialmente, más
que un hacedor de versos, un ser
comprometido con esa expresión
espiritual—, en las dos últimas décadas
Roberto ha ido entregándonos sabias y
agudas revelaciones sobre la escritura
de otros y sus contextos
socioculturales. De aquellos textos
iniciales, aparentemente modestos, como
El fuego en el festín de la sabiduría
(Ed. Vigía, 1992) y Elogio de la
máquina voladora (Universidad de La
Habana, 1994) a Elogio de la noche
(Sed de Belleza, 2002), Los
cuerpos del siglo (Ácana,
2002), José María Heredia, la utopía
restituida (Oriente, 2004), y el
estudio que precede la nueva edición de
Paradiso, de José Lezama Lima, se
ha visto el desarrollo de un profundo
pensamiento cultural, mediante la
aplicación de categorías axiológicas
bien definidas y una equilibrada
percepción de los conflictos,
antagonismos y contradicciones yacentes
en todo genuino proceso de construcción
artística.
En el horizonte de los intereses del
ensayista, y por supuesto del poeta,
aparece desde siempre la Avellaneda. En
ocasión del aniversario 190 de su
nacimiento, Méndez declaró, para
sorpresa de algunos, que la poesía de su
coterránea era "la más sólida y
renovadora" de su época, después de la
del también cubano José María Heredia, a
la vez que recordaba cómo ella había
cultivado “de una manera muy virtuosa
las métricas más atípicas, anticipándose
a Rubén Darío".
Al ser abordado en esa oportunidad por
la agencia IPS, Roberto también habló
del legado escénico de la poetisa: "Ella
fue una de las figuras más autorizadas
de la escena teatral española de
aquellos tiempos y se desempeñó con
éxito en todos los géneros teatrales: el
juguete cómico, la tragedia, el drama de
corte burgués".
Han sido múltiples, variadas y de
diverso signo las valoraciones cubanas
sobre la Avellaneda en las últimas
décadas, entre las que llaman la
atención un no muy recordado pero
fundamental estudio de Mirta Aguirre de
1948, un breve pero penetrante ensayo de
Salvador Arias publicado por la
Universidad Central de Las Villas en
1983, la monografía de Raimundo Lazo que
vio la luz en México en 1972; y el
polémico pero agudo artículo sobre su
“neutralidad” que le dedicara José
Antonio Portuondo en el número 11 (1973)
de la revista Revolución y Cultura.
En ese contexto habrá que aguardar por
lo que nos dirá Roberto Méndez, a quien
mucho apreciamos por su honestidad
intelectual y su ejemplar laboriosidad.
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