Año V
La Habana

13 - 19 de ENERO
de 2007

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

ROBERTO MÉNDEZ:

Intento escribir con toda la sinceridad del mundo

Paquita Armas Fonseca • La Habana
Fotos: Cortesía del entrevistado
Conocí a Roberto Méndez a mediados de los años 80. Entonces él era un recién graduado universitario y un poeta “del interior”. Tenía ―y tiene― muy buenos amigos y amigas en Ciudad de La Habana que contribuían a que en las páginas de El Caimán  Barbudo aparecieran con frecuencia sus artículos sobre danza y literatura, además de sus poemas.

Venía con cierta frecuencia a la capital y no fueron pocas las veces que conversé con él. Su dulzura y educación esmeradas hacían que contrastara con un entorno en el que abundaban voces altas, alguna que otra mala palabra y chistes subidos de tono. También el razonamiento del camagüeyano sobre la variopinta realidad cultural denotaba un hombre inteligente, hambriento de cultura, pero sobre todo un ser humano honrado.

La vida me daría luego la razón: Roberto ha publicado 11 libros de ensayos acerca del ballet, la ópera o figuras determinadas como José María Heredia, dos libros de narrativas, entre ellos una novela, la selección, prólogo, cronología y notas San Juan de la Cruz: Cántico espiritual  y  12 libros de poesía en los que se incluye en el 2000 el Premio Nacional  Nicolás Guillén. Ese es uno de los tantos galardones que ha recibido este autor, que con Lluvia, Patria, Laurel, un ensayo sobre su coterránea Gertrudis Gómez de Avellaneda ganó el premio Alejo Carpentier en ese género.

En una de las entrevistas que se te han realizado afirmaste: “Se debe desentrañar el pasado para ver cuánto hay en él de nutriente para hoy, y cuánto de ese pasado está muerto”. ¿Tal propuesta en tu caso es válida para cualquier investigación sea histórica o sobre una figura determinada? ¿Por qué?

En efecto, cuando nos acercamos a una figura histórica o a su obra, cualquiera que sea su respetabilidad y el grado de complicidad que con ella tengamos, es preciso hacer un deslinde: procurar separar lo vital de lo perecedero, aquello en lo que simplemente rindió tributo a su circunstancia y lo que pudo legar como novedad para el futuro. Lo que separa a un autor menor de uno fundamental es precisamente la carga de “futuridad” que pueda tener su quehacer. Lo demás es arqueología... 

Para ti La Peregrina “sigue hoy vagando en el camino, sin techo propio en las letras cubanas”, ¿darle el merecido cobijo ―o abrir un camino a su plena consagración― es la intención del ensayo Lluvia, Patria, Laurel?

La Avellaneda es uno de los grandes misterios de nuestras letras: unas veces se le ha coronado de laurel, otras se le ha negado con furia, aún así, ha resistido todas las tempestades. En los últimos años, se llegó a arraigar una especie de sofisma: exaltar a la autora de cartas amorosas y aún a la narradora y dramaturga, para demostrar que no fue una buena poetisa. Mi libro procura demostrar lo contrario. Creo que habitualmente se ha juzgado y condenado a esta autora por sus actitudes vitales, por la imagen romántica que ella contribuyó a divulgar como su auténtica vida, yo he procurado leer toda su poesía con sinceridad y con un mínimo de apasionamiento ―no hay críticas desapasionadas― para descubrir en ella muchas novedades y audacias que sus antologadores ignoraron. Revisar sus textos, discurrir sobre ellos, ha sido un modo también de mirar la poesía de hoy, a veces he hallado en aquellos versos de 1840 preocupaciones semejantes a las de los “novísimos” de este día.

Heredia, Carpentier, Lezama, La Tula, ¿has escogido tú a esas figuras para intentar desentrañarles los misterios o te han escogido ellas a ti?

Eso no podría afirmarlo con certeza. Lezama y Carpentier han sido autores de cabecera para mí desde mi adolescencia, les debo influencias provechosas y nunca me aparto demasiado de sus libros. Los casos de Heredia y La Tula son más misteriosos: una conversación con Leonardo Padura me incitó a releer al fundador de nuestra poesía y de las notas que comencé a hacer salió todo un libro en el que yo trataba de explicarme su grandeza y sus debilidades. Por años fui de los que juzgó a la principeña con una mirada reduccionista, su imagen coronada de laurel me parecía algo ridícula, conocía Baltazar, Sab, algunos versos, pero nunca pensé estudiarla. Sin embargo, al mirar la parquedad con que se le antologaba y el escamoteo sistemático de una parte de su creación poética, decidí juzgar por mí mismo...y devoré sus obras completas en la edición de 1914... un acto heroico al que pude sobrevivir. En Lluvia, Patria, Laurel hago el informe detallado de esa lectura. Como en las relaciones amorosas, no hay una regla, unas veces uno toma la iniciativa, otras, uno es tomado por asalto.

“Puedo escribir desde aquí el resto de mi vida, o estar a partir de mañana en La Habana, Madrid o México, en todas esas partes y aún en el lejano Seúl me he sentido de algún modo en casa. Ya he digerido las esencias de mi ciudad y no voy a perderlas", has dicho acerca de tu peculiar relación de amor/rechazo con Camagüey. ¿Cuánto de esfuerzo y de talento se acumulan para hacer una obra como la tuya desde “el interior”?

Hace unos años, a propósito de haber obtenido el Premio Guillén, fui entrevistado por Lucía López Coll, quien se interesó en ese mismo asunto, entonces le respondí:

“Es posible ser escritor en provincias y publicar aquí y allá, ganar premios, ser invitado a jurados y eventos y hasta viajar más allá del Morro. Solo que... hace falta el triple de esfuerzo, hay que tener mucha fe en lo que se hace, saber soportar la soledad, no dejarse abatir por el lado más atroz del provincianismo. Creo que no hay mejor prueba para demostrar que se es escritor que serlo en provincias, si a los 50 años no eres un loco o un amargado, entonces puedes decir que llegaste. Ya te contaré, aún me faltan cinco años”.

Hoy me faltan menos de dos y sigo sin ser ninguna de las dos cosas, pero el esfuerzo sigue resultando agotador.

Si bien reconoces que la Sociología ―tu carrera universitaria― te brindó disciplina y estudios, has confesado que haberte topado en los años de estudiante con Margaret Randall, Arturo Arango, Víctor Rodríguez, Leonardo Padura, Bladimir Zamora, leer incansablemente ―al margen de las bibliografías para seminarios― en la Biblioteca de la Universidad o en la Nacional, y vincularte con El Caimán Barbudo, primera publicación con la que colaboraste de manera estable, fue para ti determinante de alguna manera, ¿por qué?

Las universidades, las carreras, ofrecen oportunidades para hacer estudios ordenados, pero un intelectual tiene que forjarse su propia carrera. Leí en esos años todo lo que consideré estimulante, desde San Juan de la Cruz hasta Pavese, desde Wilde hasta Cortázar; pero además descubrí la pintura cubana, las puestas de Teatro Estudio, los años gloriosos del Ballet Nacional y Danza Moderna. En la beca, o en la Plaza Agramonte, estuve rodeado de jóvenes talentosos, con ellos aprendí un modo de ver, hacer y respetar el arte, una manera de dialogar, y eso me marcó definitivamente. Me gradué de sociólogo y no hice mucho con ese título, pero salí convencido de que era un escritor y que estaba obligado a hacer muchísimo para colocar al lado de esa profesión un adjetivo aceptable. El Caimán… fue durante años una escuela para mí, confiaron en mí como crítico cuando yo era un desconocido, publicaron mis poemas cuando interesaban a muy pocos, yo, que siempre he sido un poco introvertido, pude hallarme a gusto en aquel convivir y no solo aprendí las bases del periodismo, sino muchísima ética práctica en la relación con Víctor Rodríguez Núñez, Bladimir Zamora, Alex Fleites y contigo también (y eso no es un piropo, sino una verdad inconclusa como dirían los filósofos de la Hélade).

Has dicho que tu “obra puede leerse en dos niveles: desde un desciframiento de todos los referentes y desde una simple sensibilidad que busca la empatía”, ¿acaso es un resultado buscado o fortuito?

Cuando escribo, no pienso demasiado en cómo hay que leerme, simplemente tengo el ansia de comunicar impresiones, certezas, dudas, desafíos, procuro hacerlo con toda la sinceridad del mundo y he comprobado que en la medida en que hay una autenticidad ética en el texto, este se vuelve desbordante de sentido. Los exegetas bíblicos han hallado hasta cuatro sentidos superpuestos en ese libro sagrado, yo me conformo con dos: la lectura del experto, escudriñadora, avisada y un poco fría y la lectura asombrada del lector, que solo entiende una parte, pero en ella se lleva algo que le puede tocar en lo íntimo.

A partir de tu participación en El coloquio Internacional Memoria y Futuro: Cuba y Fidel, afirmaste: “que el líder de la Revolución sea fundamentalmente un hombre de acción, con resultados tan contundentes, hace que no reparemos del todo en su extraordinaria obra como pensador: a partir de Fidel, somos cubanos de otro modo, hemos cambiado nuestra visión de lo posible y lo imposible”, ¿no podría ser este tema ―el pensamiento y los aportes de Fidel― otro de tus libros de ensayos?

No puedo afirmarlo ni negarlo, hay en él un pensamiento vasto y desafiante, que es tan extenso y diverso por un lado, como profundo por otro. De todos modos creo que habría que proceder por niveles: hay tanto por descifrar allí, que daría trabajo a un grandísimo equipo con disciplinas cruzadas: filósofos, filólogos, pedagogos y hasta teóricos de la ciencia, luego vendrán los ensayos particulares, los textos de divulgación, las aproximaciones personales, hay que evitar tanto el manual ramplón como la caricatura vacía de sentido.

Para ti la improvisación no existe en poesía y mucho menos en ensayo. ¿Qué papel tiene en tu obra entonces el misterio?

El misterio es indefinible en sí mismo. En una obra hay una idea inicial, una arquitectura interna que ata eso que los teóricos llaman forma y contenido y desde luego hay muchísimo trabajo, si al final de la labor, todo eso no es un hipogrifo o una bandeja de hielo, es que el soplo del misterio ha jugado su papel y estamos ante una verdadera obra de arte. El misterio no es patrimonio exclusivo de los improvisadores: está en unos versos escritos en una mesa de café por Rimbaud o Vallejo, también en las vastas arquitecturas de Gargantúa y Pantagruel, La montaña mágica, Paradiso, en los discursos de Martí y en otros muchos sitios. El trabajo no borra el misterio, sino que crea el vaso adecuado para contenerlo.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600