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Conocí a Roberto Méndez a mediados de
los años 80. Entonces él era un recién
graduado universitario y un poeta “del
interior”. Tenía ―y tiene― muy buenos
amigos y amigas en Ciudad de La Habana
que contribuían a que en las páginas de
El Caimán Barbudo aparecieran
con frecuencia sus artículos sobre danza
y literatura, además de sus poemas.
Venía con cierta frecuencia a la capital
y no fueron pocas las veces que conversé
con él. Su dulzura y educación esmeradas
hacían que contrastara con un entorno en
el que abundaban voces altas, alguna que
otra mala palabra y chistes subidos de
tono. También el razonamiento del
camagüeyano sobre la variopinta realidad
cultural denotaba un hombre inteligente,
hambriento de cultura, pero sobre todo
un ser humano honrado.
La vida me daría luego la razón: Roberto
ha publicado 11 libros de ensayos acerca
del ballet, la ópera o figuras
determinadas como José María Heredia,
dos libros de narrativas, entre ellos
una novela, la
selección, prólogo, cronología y notas
San Juan de la Cruz:
Cántico espiritual y 12 libros de
poesía en los que se incluye en el 2000
el
Premio Nacional Nicolás Guillén. Ese es
uno de los tantos galardones que ha
recibido este autor, que con
Lluvia, Patria, Laurel,
un
ensayo sobre su coterránea Gertrudis
Gómez de Avellaneda ganó el premio Alejo
Carpentier en ese género.
En una de las entrevistas que se te han
realizado afirmaste: “Se debe
desentrañar el pasado para ver cuánto
hay en él de nutriente para hoy, y
cuánto de ese pasado está muerto”. ¿Tal
propuesta en tu caso es válida para
cualquier investigación sea histórica o
sobre una figura determinada? ¿Por qué?
En efecto, cuando nos acercamos a una
figura histórica o a su obra, cualquiera
que sea su respetabilidad y el grado de
complicidad que con ella tengamos, es
preciso hacer un deslinde: procurar
separar lo vital de lo perecedero,
aquello en lo que simplemente rindió
tributo a su circunstancia y lo que pudo
legar como novedad para el futuro. Lo
que separa a un autor menor de uno
fundamental es precisamente la carga de
“futuridad” que pueda tener su quehacer.
Lo demás es arqueología...
Para
ti La Peregrina “sigue hoy vagando en el
camino, sin techo propio en las letras
cubanas”, ¿darle el merecido cobijo ―o
abrir un camino a su plena consagración―
es la intención del ensayo Lluvia,
Patria, Laurel?
La Avellaneda es uno de los grandes
misterios de nuestras letras: unas veces
se le ha coronado de laurel, otras se le
ha negado con furia, aún así, ha
resistido todas las tempestades. En los
últimos años, se llegó a arraigar una
especie de sofisma: exaltar a la autora
de cartas amorosas y aún a la narradora
y dramaturga, para demostrar que no fue
una buena poetisa. Mi libro procura
demostrar lo contrario. Creo que
habitualmente se ha juzgado y condenado
a esta autora por sus actitudes vitales,
por la imagen romántica que ella
contribuyó a divulgar como su auténtica
vida, yo he procurado leer toda su
poesía con sinceridad y con un mínimo de
apasionamiento ―no hay críticas
desapasionadas― para descubrir en ella
muchas novedades y audacias que sus
antologadores ignoraron. Revisar sus
textos, discurrir sobre ellos, ha sido
un modo también de mirar la poesía de
hoy, a veces he hallado en aquellos
versos de 1840 preocupaciones semejantes
a las de los “novísimos” de este día.
Heredia, Carpentier, Lezama, La Tula,
¿has escogido tú a esas figuras para
intentar desentrañarles los misterios o
te han escogido ellas a ti?
Eso no podría afirmarlo con certeza.
Lezama y Carpentier han sido autores de
cabecera para mí desde mi adolescencia,
les debo influencias provechosas y nunca
me aparto demasiado de sus libros. Los
casos de Heredia y La Tula son más
misteriosos: una conversación con
Leonardo Padura me incitó a releer al
fundador de nuestra poesía y de las
notas que comencé a hacer salió todo un
libro en el que yo trataba de explicarme
su grandeza y sus debilidades. Por años
fui de los que juzgó a la principeña con
una mirada reduccionista, su imagen
coronada de laurel me parecía algo
ridícula, conocía Baltazar, Sab,
algunos versos, pero nunca pensé
estudiarla. Sin embargo, al mirar la
parquedad con que se le antologaba y el
escamoteo sistemático de una parte de su
creación poética, decidí juzgar por mí
mismo...y devoré sus obras completas en
la edición de 1914... un acto heroico al
que pude sobrevivir. En Lluvia,
Patria, Laurel hago el informe
detallado de esa lectura. Como en las
relaciones amorosas, no hay una regla,
unas veces uno toma la iniciativa,
otras, uno es tomado por asalto.
“Puedo escribir desde aquí el resto de
mi vida, o estar a partir de mañana en
La Habana, Madrid o México, en todas
esas partes y aún en el lejano Seúl me
he sentido de algún modo en casa. Ya he
digerido las esencias de mi ciudad y no
voy a perderlas", has dicho acerca de tu
peculiar relación de amor/rechazo con
Camagüey. ¿Cuánto de esfuerzo y de
talento se acumulan para hacer una obra
como la tuya desde “el interior”?
Hace unos años, a propósito de haber
obtenido el Premio Guillén, fui
entrevistado por Lucía López Coll, quien
se interesó en ese mismo asunto,
entonces le respondí:
“Es
posible ser escritor en provincias y
publicar aquí y allá, ganar premios, ser
invitado a jurados y eventos y hasta
viajar más allá del Morro. Solo que...
hace falta el triple de esfuerzo, hay
que tener mucha fe en lo que se hace,
saber soportar la soledad, no dejarse
abatir por el lado más atroz del
provincianismo. Creo que no hay mejor
prueba para demostrar que se es escritor
que serlo en provincias, si a los 50
años no eres un loco o un amargado,
entonces puedes decir que llegaste. Ya
te contaré, aún me faltan cinco años”.
Hoy me faltan menos de dos y sigo sin
ser ninguna de las dos cosas, pero el
esfuerzo sigue resultando agotador.
Si bien reconoces que la Sociología ―tu
carrera universitaria― te brindó
disciplina y estudios, has confesado que
haberte topado en los años de estudiante
con Margaret Randall, Arturo Arango,
Víctor Rodríguez, Leonardo Padura,
Bladimir Zamora, leer incansablemente
―al margen de las bibliografías para
seminarios― en la Biblioteca de la
Universidad o en la Nacional, y
vincularte con El Caimán Barbudo,
primera publicación con la que
colaboraste de manera estable, fue para
ti determinante de alguna manera, ¿por
qué?
Las universidades, las carreras, ofrecen
oportunidades para hacer estudios
ordenados, pero un intelectual tiene que
forjarse su propia carrera. Leí en esos
años todo lo que consideré estimulante,
desde San Juan de la Cruz hasta Pavese,
desde Wilde hasta Cortázar; pero además
descubrí la pintura cubana, las puestas
de Teatro Estudio, los años gloriosos
del Ballet Nacional y Danza Moderna. En
la beca, o en la Plaza Agramonte, estuve
rodeado de jóvenes talentosos, con ellos
aprendí un modo de ver, hacer y respetar
el arte, una manera de dialogar, y eso
me marcó definitivamente. Me gradué de
sociólogo y no hice mucho con ese
título, pero salí convencido de que era
un escritor y que estaba obligado a
hacer muchísimo para colocar al lado de
esa profesión un adjetivo aceptable.
El Caimán… fue durante años una
escuela para mí, confiaron en mí como
crítico cuando yo era un desconocido,
publicaron mis poemas cuando interesaban
a muy pocos, yo, que siempre he sido un
poco introvertido, pude hallarme a gusto
en aquel convivir y no solo aprendí las
bases del periodismo, sino muchísima
ética práctica en la relación con Víctor
Rodríguez Núñez, Bladimir Zamora, Alex
Fleites y contigo también (y eso no es
un piropo, sino una verdad inconclusa
como dirían los filósofos de la Hélade).
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Has dicho que tu “obra puede leerse en
dos niveles: desde un desciframiento de
todos los referentes y desde una simple
sensibilidad que busca la empatía”,
¿acaso es un resultado buscado o
fortuito?
Cuando escribo, no pienso demasiado en
cómo hay que leerme, simplemente tengo
el ansia de comunicar impresiones,
certezas, dudas, desafíos, procuro
hacerlo con toda la sinceridad del mundo
y he comprobado que en la medida en que
hay una autenticidad ética en el texto,
este se vuelve desbordante de sentido.
Los exegetas bíblicos han hallado hasta
cuatro sentidos superpuestos en ese
libro sagrado, yo me conformo con dos:
la lectura del experto, escudriñadora,
avisada y un poco fría y la lectura
asombrada del lector, que solo entiende
una parte, pero en ella se lleva algo
que le puede tocar en lo íntimo.
A partir de tu participación en El
coloquio Internacional Memoria y Futuro:
Cuba y Fidel, afirmaste: “que el líder
de la Revolución sea fundamentalmente un
hombre de acción, con resultados tan
contundentes, hace que no reparemos del
todo en su extraordinaria obra como
pensador: a partir de Fidel, somos
cubanos de otro modo, hemos cambiado
nuestra visión de lo posible y lo
imposible”, ¿no podría ser este tema ―el
pensamiento y los aportes de Fidel― otro
de tus libros de ensayos?
No puedo afirmarlo ni negarlo, hay en él
un pensamiento vasto y desafiante, que
es tan extenso y diverso por un lado,
como profundo por otro. De todos modos
creo que habría que proceder por
niveles: hay tanto por descifrar allí,
que daría trabajo a un grandísimo equipo
con disciplinas cruzadas: filósofos,
filólogos, pedagogos y hasta teóricos de
la ciencia, luego vendrán los ensayos
particulares, los textos de divulgación,
las aproximaciones personales, hay que
evitar tanto el manual ramplón como la
caricatura vacía de sentido.
Para ti la improvisación no existe en
poesía y mucho menos en ensayo. ¿Qué
papel tiene en tu obra entonces el
misterio?
El misterio es indefinible en sí mismo.
En una obra hay una idea inicial, una
arquitectura interna que ata eso que los
teóricos llaman forma y contenido y
desde luego hay muchísimo trabajo, si al
final de la labor, todo eso no es un
hipogrifo o una bandeja de hielo, es que
el soplo del misterio ha jugado su papel
y estamos ante una verdadera obra de
arte. El misterio no es patrimonio
exclusivo de los improvisadores: está en
unos versos escritos en una mesa de café
por Rimbaud o Vallejo, también en las
vastas arquitecturas de Gargantúa y
Pantagruel, La montaña mágica, Paradiso,
en los discursos de Martí y en otros
muchos sitios. El trabajo no borra el
misterio, sino que crea el vaso adecuado
para contenerlo. |