Cuenta Ricardo Alberto Pérez que vivió
alrededor de nueve años en la ciudad
antes de irse completamente al interior
de La Habana, oportunidad esta para
pensar con tranquilidad en los más
elementales sucesos que hacen del campo
un espejo más real del verdadero
pensamiento humano. Aunque varios
acontecimientos tuvieron un gran impacto
en su redacción literaria, “Richard” ha
intentado describir momentos
inquebrantables de la vida cubana, a
través de la metáfora y la impronta
legada del portentoso folclore
latinoamericano. Ese trabajo le mereció
el Premio Nicolás Guillén de
este año, por su libro
Oral-B, como reconocimiento a un
marcado interés por plasmar en la letra
impresa cómo somos realmente los
cubanos.
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Ricardo Alberto
al recibir el Premio Nosside
Caribe del 2005 |
“Mi
poesía se origina a
partir de dos líneas muy
importantes: la primera aborda la
realidad misma. Aquí mantengo puntos de
contacto con Virgilio
Piñera, sobre todo en lo
referente a las situaciones absurdas.
“En
mi caso, influyó mucho el período
especial, desde
principios de la década de los ‘90, que
nos obligó a tomar alternativas. Por
esa época, uno visitaba a un amigo y
podía encontrarse de pronto un cerdo en
el baño de su casa; los cubanos sabemos
que fue así. Los escritores entonces
teníamos la necesidad de expresar la
realidad a través de estas percepciones,
y ese es el tipo de absurdo que me ha
gustado desarrollar hasta los días
presentes.
La
segunda línea de mi poesía se inclina
por las influencias del lenguaje, legado
directo de literatura latinoamericana.
Me viene ahora a la cabeza las repetidas
lecturas que Severo Sarduy hacía de
Lezama sobre la comprensión del término
neobarroco, como la búsqueda quizá de un
espacio americano. Por eso Cuba siempre
está en mi poesía, como un código
necesario para llenar ese espacio
latinoamericano”.
¿Cómo influye el pueblo de Jaruco en su
creación literaria?
A
Jaruco no lo menciono casi nunca en mis
poemas, pero sí hago énfasis en el
origen agrario de mi familia. Me encanta
explotar ese tema, porque es una
vertiente muy importante de nuestra
literatura que se ha perdido, y cuyas
raíces se asientan en los escritores
argentinos del siglo XIX como Echevarría
y su “Matadero”, y también en todos
aquellos que abordaron en sus novelas el
personaje del gaucho. En la literatura
cubana no se le hace demasiado énfasis a
la figura del campesino.
Me he
propuesto por ello mostrar las formas de
vida del campo desconocidas para la
urbe, como una cuestión más bien de
identidad. No es igual el sonido
ambiente, ni se escoge de la misma
manera el arroz; hay más intimidad, los
guajiros tienen un modo distinto de ver
las cosas a como la perciben los
citadinos.
Ricardo Alberto Pérez obtuvo el Premio
de la Crítica en 1994 por su poema
“Geanot (el otro ruido de la noche)” y
en 2003 el Premio de Poesía de La Gaceta
de Cuba; también ha formado parte del
jurado del Premio David. Autor de
títulos como Nietzche dibuja a Cósima
Wagner (1995), Turín sin pájaro
sin reloj (2000) y Trillos
urbanos (2003). La obra que le
mereciera el premio Nicolás Guillén,
Oral-B, descubre una gran madurez en
la escritura del autor...
En mi
obra ha habido evolución, evidenciada
directamente en la inserción del aspecto
humorístico. Respeto mucho el uso de ese
recurso y he comenzado a introducir
elementos sutiles relacionados a lo
agrario, sobre la fragilidad ante la
perfección de la naturaleza, donde lo
campestre es un elemento más que se
hilvana en el eje central de mis poemas.
No hablo solamente del campo en mi
poesía, también están presentes en ella
grandes ciudades como Sao Paulo, en
Brasil, donde viví un tiempo; y por
supuesto, nuestra queridísima Habana.
Esta
evolución intenta subvertir el dolor, la
oscuridad de aquel poema llamado Geanot
que escribí hace varios años.
¿Ha desarrollado otros proyectos por
esta línea de trabajo?
Próximamente publicaré dos libros. En el
primero, titulado ¿Para qué el cine?
doy por perdida la batalla del poema y
tomo el libro como espacio, en una
especie de pequeños fotogramas de temas
muy variados; cada poema es
independiente y a la misma vez conforma
un todo junto a los otros. En este
cambio de mi poética soy dueño del
destino de cada uno de los textos, y
hago lo que quiero hacer con el
lenguaje, hay una madurez; son muchas
voces que intentan ser tú, pero no eres
todo lo que tú quieres ser. En el
segundo libro, Producción de cerumen,
me refiero a aquello que se expulsa en
la vida cotidiana, a muchos hechos que
caben dentro de una misma metáfora.
¿Premio para su carrera o para su vida
personal?
¿El
Guillén? No me he creído el premio,
aunque haya llegado a un lugar tan alto,
no me lo puedo creer; al final, de nada
vale abusar de la confianza en uno
mismo. En esta ocasión me gustó mucho el
jurado; el premio fue al libro, no al
poeta.
El
lauro me ha dado la posibilidad de
renovar las fuerzas, así he convocado a
algunos amigos para llevar al teatro el
texto de “Geanot”.
También escribo actualmente dos libros
de ensayo, pues me interesa la crítica.
Uno de ellos discurre el tema de la
escritura y la resistencia en Cuba.
¿Cómo se ha propuesto atrapar al público
lector durante todos estos años?
La
poesía nos inventa, es búsqueda; sin
embargo, no soy seguidor de las
vanguardias. Se trata de buscar la
libertad a través de un poema; los
escritores cubanos deben reconocer que
siempre hay temas para escribir.
Se ha
hecho común complejizar la poesía, lo
cual no estaría mal si el autor
convirtiera al objeto resistente, una
metáfora, una expresión; en no
resistente, haciendo creíble la
situación planteada en el texto, por
eso, siempre escribo para que alguien me
lea, no para mí; para uno mismo queda el
placer de gustar.
Cuba es mi poesía, y la mayor
satisfacción está en plasmar no un solo
mundo en nuestro espacio, sino varios, y
el país donde vivimos, colmado está de
oportunidades para descubrirlos. |