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UNO
Es todo tan contradictorio en Chororní.
Salir de Puerto Colombia a Valle Seco,
es salir de una playita que hay junto al
malecón, es un puerto sin muelles.
Lanchas de fiber glass, bien
puestas con sendos motores Yamaha, se
pelean el primer lugar sobre la arena.
Ofrecen varios destinos, hacia las
vecinas bahías que libera la poderosa
montaña sobre el mar.
Algo diverso y elemental se niega a
morir en Puerto Colombia. La memoria de
una identidad escudada de hondo
silencio y piel, sobrevive, intacta,
envuelta en alcohol y zapatos Niké.
La naturaleza, su fuerza, y lo que es
más aún, su tiempo, se imponen a las
ansias y los artilugios que trae el
foráneo, en avalanchas, a veces
depredadoras.
–Yo estoy bien. Me fui con cien mil
bolívares limpios anoche y la doña de
ahora me baja del pueblo unas naranjas
bien dulcitas y no tengo problema con la
venta.
En una camioneta Willy, hecha taller de
pintor, se exhibían, muy a la
intemperie, unas valiosas telas que
combinaban la técnica y la materia, en
sugerente estética.
Zarpamos hacia Valle Seco. Esta costa es
de un oleaje fuerte, pero siempre alguna
barrera de coral nos dispensa el favor
del mar sin corriente apto para nuestros
tímidos chapuzones.
DOS
Nos acercamos a la naturaleza como si no
fuera cierto. A través del Sunday
Australian Block y mi peine blanco de
dientes largos, y el protector para los
hombros y la nariz y yo no sé cuántas
más vainas, con las que viene la imagen
de la naturaleza.
Entramos bajo la sombra amable del techo
de palma seca del rancho, única
edificación de la bahía.
Una barra de madera encubierta por la
arena y el salitre nos pareció el lugar
perfecto. Nos sentamos. El mar se hizo
una fotografía al frente enmarcado en la
fabulosa Henry Pittier.
La música era parte del servicio del
pequeño rancho que abre sus puertas en
Valle Seco para los bañistas de ocasión.
Mi amigo, Luis Alberto Zurita, Pecos:
una de las pocas personas que se
preocupa por escuchar a los demás, es
especialista en música caribeña.
Mientras él nos ilustraba, el disk
jockey oculto en la sombra de la
parte de adentro del rancho, ponía la
pieza referida.
-Llévatela, si al fin y al cabo piensa
solo en ti.….
Belkis casi no se siente en la cocina.
Su franela roja, como las que le
repugnan al Rector Gianetto, es de la
Misión Rivas. Es cierto, tiene un ojo
extraviado, pero es inteligente y
despierta. Morena y bien puesta. Nos ha
preparado una rica ensalada, unos
tostones como deben ser y el mejor
pescado frito que recuerde.
Belkis es de Chuao. No salió a
convencernos de nada. Ella tiene
trabajo, estudios y dinero para
celebrar. Pero uno dice dinero y es una
entelequia. Puede hacerlo. Está feliz
estas navidades. Celebra la victoria
como quien celebra haber recuperado el
derecho a tener mañana, destino,
futuro.
–Yo soy de la brigada que recoge la
basura en Chuao. Sí, llevo cinco años
trabajando en eso. Y no me quejo. Lo
hago voluntariamente.
“Trabajo voluntario” eso es casi como
oír una blasfemia en el mundo
capitalista. Se trabaja por dinero y es
bastante. No se trabaja por los demás,
ni por un colectivo o comunidad, no se
cuida. Belkis como mujer sabe de ese
hacer hacia los otros que ayuda a
alegrar la vida.
Belkis empezó a recoger los platos y
terminó por sacarnos una foto con su
celular.
–Me quiero quedar con una foto de la
felicidad de ustedes.
Para conjurar la modorra pedimos algo
fuerte de tomar.
–¿Algo como qué?
–Ron
–Ron no tenemos. Tenemos whisky, pero de
18 años.La carcajada fue general.
Belkis aclaró que ella nos brindaba.
Seco y con hielo.
–¡Cosa tan grande!.
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