Año V
La Habana
2007

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PREMIO ALEJO CARPENTIER DE CUENTO 2007
La mirada del tigre
Aida Bahr

El teatro estaba lleno y había incluso gente de pie en el pasillo. Alguien pronunciaba un discurso, pero Dalia no llegaba a distinguir las palabras; le dolía la rodilla y por alguna razón no lograba enderezar la cabeza. A su lado, Estela exhibía una sonrisa de puro éxtasis, como si estuviese disfrutando un orgasmo; era muy irritante, sobre todo porque Dalia, por la causa que fuere, estaba allí con el cuello torcido, sin poder dejar de mirarla. Los murmullos cesaron y, aunque no recordaba haberlo escuchado, tuvo clara conciencia de que habían dicho su nombre. La llamaban. Todos los rostros, incluido el de Estela con su sonrisa de deleite, estaban vueltos hacia ella. Era su turno, esperaban que avanzara hacia el escenario y hablara, pero ¿sobre qué? La angustia comenzó a crecer en su pecho mientras intentaba pensar en qué decir con coherencia, profundidad, un discurso académico, por favor, que nadie fuera a reírse, que dejaran de mirarla...

Despertó bañada en sudor y con una contracción tal en los músculos del cuello que necesitó darse masajes. Con esfuerzo pudo sentarse en la cama y se contempló en el espejo de la cómoda: Doy pena, pensó, mamá tiene razón, qué hombre va a querer despertar con una mujer así a su lado. Estuvo a punto de dejarse caer de nuevo en la cama, pero recordó que Alex no había llegado la noche anterior cuando ella decidió acostarse, casi a las dos de la mañana, de modo que se puso de pie y fue a asomarse al cuarto del hijo. Dormía en calzoncillos sobre la cubrecama que no se había molestado en retirar. Las ropas regadas por todo el cuarto lo hacían parecer el escenario de una batalla. Respiró aliviada y regresó a su habitación a cepillarse el pelo.

Al salir del baño oyó la voz de la madre refunfuñando en la cocina. Refrenó el conocido impulso de retroceder y salir corriendo a la calle. Después de todo se trataba de la rutina cotidiana y el olor del café le llegaba apelativo, insistente. La madre estaba inclinada sobre el fregadero y mostraba, como siempre, el hombro derecho por fuera de la bata, la tela floreada colgando floja sobre la piel arrugada del brazo. Aunque se había vuelto hacia ella al sentirla entrar, no la miró exactamente, sus ojos parecían detenidos en el verde almanaque donde una joven en bikini hacía propaganda a la cerveza Cristal, justo a la altura de la cabeza de Dalia, ahora parada en la puerta.

―A las cuatro llegó, y borracho como un perro. Quisiera saber qué piensas hacer.

Le pareció como si una tonelada de plomo hubiera aparecido de pronto sobre sus hombros. Pensó en decir, casi lloriqueante, mamá, por favor, por un día en la vida..., en lugar de eso escuchó su voz en un tono perfectamente normal.

―¿Hay café?

La madre no respondió, tampoco ella esperaba respuesta. Avanzó hacia la cafetera y se sirvió en una de las tacitas colgadas sobre la meseta. El calor en su mano, el vapor ascendiendo hasta su nariz, la visión del líquido oscuro y humeante, todas fueron sensaciones tan agradables que por un instante la tensión de sus hombros se aflojó y las saboreó, incluso antes de llevarse el café a los labios. Solo se había dado el primer trago cuando volvió a oír a la madre.

―Tienes que hablar con él.

Se forzó a beber de nuevo, pero el disfrute había desaparecido.

―¿Me oíste? Tienes que hablar con él.

―Sí, mamá, cuando venga hoy de la Universidad.

―¡No me digas!

Ahora sí la miraba; se había vuelto de frente y la taladraba con los ojos mientras su mano esgrimía el estropajo de fregar. Lo agitó como una bandera.

―¡Me tienes aburrida con ese cuento! Cuando vengas de la Universidad ya él se habrá ido de parranda. Espera a que se despierte y habla con él ahora.

Dalia dejó la tacita a medias sobre la meseta. Había unos trozos de yuca y un gran cuchillo junto a la cazuela abollada. El filo del cuchillo brillaba y pensó que su madre debía haberlo amolado solo unos momentos antes. Recordó que cuando Alexis lo trajo ella se había quejado de que era demasiado grande y, por lo mismo, peligroso; en cambio, la madre se mostró encantada con él: al fin hay un cuchillo decente en esta casa. Se dio cuenta de que la madre estaba hablando y se esforzó en prestarle atención.

―... martes no tienes clases.

Era martes, sí, y, sí, los martes no tenía turnos de clase, pero hoy era la reunión del departamento. A las nueve. Miró el reloj de pared y, como de costumbre, su ridícula forma de dos corazones entrelazados por una flecha la agobió tanto que demoró unos segundos en descubrir que eran casi las ocho.

―Necesito desayunar, mamá, tengo reunión a las nueve.

Se fue apurada a su cuarto y, por espacio de diez minutos, luchó con faldas y blusas que se le resistían y terminaban por mostrarse arrugadas, o faltas de un botón, o con algún descosido. Al final regresó a la cocina vistiendo su viejo jeans y el pulóver amarillo que con tanta suavidad se acomodaban a su cuerpo. La madre había puesto un vaso de yogurt sobre la mesa y un pedazo de pan con tomate. Estaba de pie junto a los alimentos, como para evitar que se les posara alguna mosca, aunque por la expresión de su rostro más bien se diría que la esperaba para arrojárselos.

―¿Piensas ir a la Universidad vestida así?

No le contestó. Se sentó y comenzó a desayunar en silencio, mientras elevaba una plegaria indefinida para que su madre regresara al fregadero. Nadie la escuchó.

―Te confundirán con la que limpia el piso. Por eso le dieron a Estela el viaje a España.

Tragó con esfuerzo el pan y bebió un poco del yogurt que se le antojó una masa viscosa y ácida.

―Tendrán miedo de que no te presentes a la altura de una profesora universitaria.

La mano que llevaba el pan a la boca se detuvo. Levantó los ojos para enfrentar a los de la madre.

―No hables basura, la única clase evaluada de Excelente por la inspección fue la mía.

La otra tomó asiento frente a ella.

―Para lo que te sirve.

Dalia sintió de nuevo deseos de llorar.

―Mis alumnos me consideran la mejor profesora del departamento.

La madre asintió y puso ambos brazos sobre la mesa con las manos unidas.

―Eres tan buena que das tres asignaturas básicas de los primeros años cuando tus compañeros dan una de los años superiores. No te pueden mandar de misión al extranjero porque dependen de ti; se van los vagos y los incompetentes con tus clases elaboradas y vienen con el mérito del internacionalismo. Llega un viaje a España y resulta que tiene que irse Estela porque es quien necesita prepararse.

Dalia había dejado de comer y se esforzaba al máximo por cerrar los oídos además de los ojos, por borrar todo a su alrededor, pero el rostro de su madre seguía bailando ante ella y las palabras le llegaban inevitables:

―Eres tan buena y tan sacrificada que perdiste a tu marido y vas a perder a tu hijo por una Universidad de mierda donde te humillan y se ríen de ti.

Algo estaba a punto de reventar en su cerebro cuando llegó el silencio, un silencio profundo y consolador. Su madre había desaparecido y ella podía descansar, quedarse quieta, casi como dormida. Olvidarlo todo, ver simplemente la luz del sol fraccionada por las tablillas de la persiana, los mosaicos de la cocina con sus vetas blancas sobre fondo gris, los azulejos de la meseta, con sus grietas y ralladuras. Flotar. Un latigazo en su mano y un grito que debía haber sido suyo.

―¡Ay Dios mío!

Su madre armada del cuchillo: el filo brillante manchado de sangre goteaba sobre la meseta, grandes gotas que no podían salir del cuchillo. Los ojos de su madre, extrañamente oscurecidos.

―¡Nunca más hagas eso! A ver, lávate la mano para vendarte.

La sangre goteaba de su mano, la mano derecha que Dalia apretaba con la izquierda para contener los labios de la herida; al dejar de hacer presión volvió el dolor y la sangre manó más rápida. La invadió el mareo, la náusea. Se preguntó qué podía haber hecho para que pasara algo así, pero ya la madre había tirado el cuchillo al fregadero y se apoderaba de su mano para ponerla bajo el chorro de agua, la frotaba sin la menor consideración a su debilidad, a su dolor; luego la envolvió en una servilleta.

―Debes ir al hospital, a lo mejor hay que cogerte puntos.

Pensó que la madre debía sonar arrepentida, pero no era así. Sonaba irritada y nerviosa; se movía de un lado al otro, sin alejarse del fregadero, las manos prestas a tomar de nuevo el cuchillo. Fue el miedo, más que el dolor, lo que la hizo encogerse.

―Tengo que irme, o llegaré tarde a la reunión.

Casi le pareció un triunfo salir de la cocina donde quedó la madre con aire perplejo. El sol y la gente la sorprendieron cuando salió a la calle. Fue consciente de que en el apuro había olvidado peinarse y hasta lavarse los dientes. Regresar era imposible. Me odia, Dios mío, ¿cómo puede odiarme si soy su hija?

Caminó casi a tumbos hacia la parada de la guagua. Dos cuadras en las que normalmente todos eran conocidos que intercambiaban saludos con ella; esta vez no distinguió voces ni rostros. Quiso saber la hora y descubrió que también había olvidado el reloj sobre la cómoda. La mano le dolía; una mancha oscura comenzaba a aparecer en la tela blanca. Comprendió que estaba a punto de desmayarse y desvió la vista hacia los árboles sembrados al borde de la acera; inspiró el aire profundamente y lo dejó salir por la boca con lentitud; repitió la operación varias veces y su cabeza recuperó algo de estabilidad, aunque todavía se sentía débil, mareada, cuando la camioneta se detuvo y la gente se arremolinó a su alrededor. No hizo el menor intento de acercarse. Observó el forcejeo de quienes intentaban subir como si se tratase de hormigas bajo una lente de aumento. La camioneta arrancó ruidosa, envolviendo todo en el humo del escape y a ella la invadió una flojera tal que se dejó resbalar hasta quedar sentada en el bordillo. Con la mano izquierda sostuvo la derecha a la altura de la garganta, apoyada incluso en las sobresalientes puntas de sus clavículas. Así no podía ver la mancha de la sangre en la tela, en cambio le llegaba el olor, tan repulsivo que la náusea volvió a dominarla.

Alguien la tocó en el brazo. Dos o tres personas se inclinaban sobre ella y le hablaban, pero no lograba entender lo que decían. Un hombre la levantó y la sujetó. Vio a una mujer hacer señas a una máquina que pasó veloz ignorándola. Con gran esfuerzo consiguió reenfocar su cerebro y oyó a alguien decir: ¡Dime tú, y ahí viene la guagua! Se las arregló para sonreír a medias.

―Yo voy para la Universidad.

―Debiera ir al hospital, usted está mal.

Quien hablaba era el hombre que la sostenía abrazada. Era agradable su contacto fuerte y protector. La sonrisa se hizo un poco más amplia y definida.

―Es solo que me corté, y no soporto ver sangre.

La guagua llegó y todos, menos el hombre, se apresuraron hacia la puerta.

―¿Está segura de que quiere ir a la Universidad?

―Sí, ya me siento mucho mejor.

El hombre movió dudoso la cabeza, pero la ayudó a acercarse a la puerta de la guagua y subir los escalones. Alguien le dio un asiento, tal vez por ver que necesitaba auxilio para caminar. El aire que entraba por la ventanilla la reanimó. Hubiera deseado que el recorrido fuese largo, eterno incluso. Por desgracia el edificio de la Universidad apareció casi enseguida y no tuvo más remedio que levantarse. La ayudaron a bajar, pero luego se halló sola bajo un sol que parecía de mediodía. Todos caminaban rápido hacia la entrada del rectorado y Dalia volvió a sentir deseos de llorar. Alguien que iba en dirección contraria la saludó desde la acera de enfrente. Eso la decidió a caminar.

Un hombre chapeaba la yerba en la entrada de la Universidad. Tenía la camisa abierta y los pantalones arremangados dentro de botas de goma. Justo en el momento en que Dalia comenzaba a ascender el declive hacia la marquesina, se incorporó y se volvió hacia ella. El sudor corría por la cara y el cuello del hombre y su respiración era jadeante. Aunque mediaban unos metros entre ellos, a Dalia le llegó un olor agrio que sin dudas provenía de él. Entonces se percató de que el hombre a su vez la olía, olía la sangre que seguía empapando su mano. Vio cómo se dilataban las ventanas de la nariz al aspirar, como una fiera olfateando la presa. Muchos años antes, en el Zoológico, siendo todavía una niña, había visto un tigre, agazapado y tenso, listo para saltar, seguir con la mirada al cuidador que conducía un infeliz penco rumbo al matadero. Su impresión fue tal que empezó a llorar, de lástima y de miedo. Ahora el hombre adelantaba la cabeza y movía nervioso la mano armada del machete. El terror la invadió, le dio fuerzas para casi correr hacia la marquesina donde se producía el trasiego habitual de estudiantes y trabajadores entrando y saliendo, gente, personas con las cuales confundirse, barreras para impedir que el machete la alcance.

El mundo pareció alejarse, amortiguarse; escuchó murmullos y un claxon sonando insistente. Distinguió un grupo a la entrada de la Biblioteca que hacía señas a alguien; todo estaba envuelto como en una niebla. No supo cuánto tiempo había pasado cuando esa bruma se disipó y se encontró sentada en el banco de la entrada de la facultad. Una muchacha de cara conocida la observaba desde la puerta. Se sintió incómoda y trató de enderezarse.

―Ya sé ―le dijo― Parezco la que limpia el piso.

La muchacha reaccionó como si solo hubiese estado esperando una señal.

―No diga eso, profesora, es que tiene sangre en el pulóver.

Se miró, las manchas oscuras se destacaban en la tela amarilla. Levantó la mano; la venda estaba empapada por completo, pero no se veían caer gotas. La muchacha estaba junto a ella.

―¿Quiere que la acompañe al médico?

Negó con la cabeza.

―Me haría falta lavarme.

―Venga, yo la ayudo.

Fueron hasta el baño donde la estudiante le mojó el borde del pulóver y lo restregó enérgicamente hasta hacer desaparecer las manchas. Dalia se echó agua en la cara y el cuello y consiguió sonreír. La muchacha sacó entonces un pañuelo de su mochila y trató de desatar la servilleta ensangrentada, pero el dolor hizo que Dalia se doblara y retirara la mano. La alumna tuvo un gesto de disculpa y utilizó entonces el pañuelo para cubrir la tela manchada. Se sintió conmovida.

―Muchas gracias. Te traeré otro.

La joven sacudió la mano en el aire.

―Ese ya está viejito. Lo que debería hacer es ir a la enfermería, para que la curen bien.

Dalia recordó en ese instante la razón de estar allí.

―Tengo reunión de departamento.

Se sentía casi normal, de modo que volvió a dar las gracias a la alumna y salió del baño. Pudo subir los tres pisos de escalera y dirigirse al departamento sin tener más que un vago mareo. Tras la puerta cerrada se oían las voces de los reunidos. Empujó la puerta con la mano sana y se deslizó al interior. Quien hablaba dejó de hacerlo y todos la contemplaron desde sus escritorios. Dalia sonrió y atravesó el salón para ocupar el suyo al final, junto a la ventana. El jefe de departamento habló con voz ácida.

―La reunión se citó para las nueve.

No respondió hasta llegar a su asiento.

―Tuve un accidente.

El jefe instó a quien estaba en uso de la palabra a continuar, pero Dalia no escuchó porque Tony, su vecino de buró, se inclinó hacia ella.

―¿Qué te pasó?

Tuvo como un flash la visión de su madre empuñando el cuchillo ensangrentado y el corazón se le encogió en el pecho. Hizo un gesto para indicar que no podía responder en ese momento y sus ojos se llenaron de lágrimas. Tony le apretó el brazo comprensivo y se volvió de frente hacia la reunión. A ella le tomó algún tiempo serenarse. Se concentró en los grupos de estudiantes que pasaban allá abajo ante la ventana. Trató de poner la mente en blanco. La mención de su nombre la trajo bruscamente a la realidad. Era Tony quien lo había dicho, y sonaba irritado. El jefe de departamento le respondía casi con displicencia:

―Porque alguien tiene que impartir la asignatura.

―¿Y por qué no Yanetsy, que es del colectivo? ―ripostaba Tony con el mismo tinte de furia en la voz.

―Porque Yanetsy empieza ahora el doctorado y no podemos sobrecargarla.

Tony se puso de pie como si no pudiera dominar la irritación.

―Pero es que Dalia también está haciendo su doctorado y no veo que la liberen de nada.

El jefe de departamento sonrió al responder:

―Pero Dalia tiene más de 35 años y hace el doctorado por la libre, de modo que no se le puede liberar de la docencia.

La voz de Estela se dejó escuchar desde su rincón con su acostumbrada cadencia despaciosa.

―A fin de cuentas, Tony, ya Dalia impartió esa asignatura hace dos años, la tiene montada, ¿por qué no dejas que diga ella misma si está dispuesta o no a impartirla?

Todos se volvieron a mirarla. Como en el sueño, tenía que ponerse de pie y hablar. ¿Qué iba a decir? Se levantó con lentitud mientras trataba de reconstruir en su cerebro las frases recién pronunciadas, de encontrar una pista. Los miró a todos y el sudor comenzó a brotar por cada poro de su cuerpo.

―Tengo algo muy importante que decirles ―comenzó. Hizo una pausa antes de repetir ―Algo muy importante.

Miró hacia afuera como si esperase encontrar en el aire un letrero apuntándole las palabras. En medio de la plazoleta estaba el hombre con el machete, de pie, la vista clavada en las ventanas. Apartó la cabeza como si se hubiese quemado los ojos; en el departamento todos la miraban y había una expresión malévola aflorando en sus rostros.

―Estamos esperando eso tan importante que tienes que decirnos.

Ironía y odio en la voz del jefe; habían sido compañeros de curso toda la carrera. ¿Por qué la odiaría? ¿Y su madre? ¿Y Alexis que la había dejado? ¿Y Alex también la odiaría? ¿Qué querían que hiciera? Abrió la boca y movió los labios sin saber para qué. Pensó en pedir que no la entregaran al hombre del machete. Levantó la mano y comprobó que la sangre comenzaba a traspasar la blancura del pañuelo de su alumna. Llevó la mano al pecho y empezó a encogerse sobre sí misma, a resbalar hacia el suelo. Algo la sujetó, ella giró los ojos pero no distinguió sino luces sobre su cabeza. Su último pensamiento fue que no debían llevar animales al sacrificio en los días de visita.

Aida Bahr: Narradora y guionista de cine cubana. Holguín, 1958. Tiene publicados, entre otros, Ellas, de noche (cuento, 1989); Rafael Soler, una mirada al hombre (ensayo, 1995) y Espejismos (cuento, 1999). Algunas de sus obras han sido incluidas en antologías tales como El submarino amarillo y Estatuas de sal.

 

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