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El
teatro estaba lleno y había incluso
gente de pie en el pasillo. Alguien
pronunciaba un discurso, pero Dalia no
llegaba a distinguir las palabras; le
dolía la rodilla y por alguna razón no
lograba enderezar la cabeza. A su lado,
Estela exhibía una sonrisa de puro
éxtasis, como si estuviese disfrutando
un orgasmo; era muy irritante, sobre
todo porque Dalia, por la causa que
fuere, estaba allí con el cuello
torcido, sin poder dejar de mirarla. Los
murmullos cesaron y, aunque no recordaba
haberlo escuchado, tuvo clara conciencia
de que habían dicho su nombre. La
llamaban. Todos los rostros, incluido el
de Estela con su sonrisa de deleite,
estaban vueltos hacia ella. Era su
turno, esperaban que avanzara hacia el
escenario y hablara, pero ¿sobre qué? La
angustia comenzó a crecer en su pecho
mientras intentaba pensar en qué decir
con coherencia, profundidad, un discurso
académico, por favor, que nadie fuera a
reírse, que dejaran de mirarla...
Despertó bañada en sudor y con una
contracción tal en los músculos del
cuello que necesitó darse masajes. Con
esfuerzo pudo sentarse en la cama y se
contempló en el espejo de la cómoda: Doy
pena, pensó, mamá tiene razón, qué
hombre va a querer despertar con una
mujer así a su lado. Estuvo a punto de
dejarse caer de nuevo en la cama, pero
recordó que Alex no había llegado la
noche anterior cuando ella decidió
acostarse, casi a las dos de la mañana,
de modo que se puso de pie y fue a
asomarse al cuarto del hijo. Dormía en
calzoncillos sobre la cubrecama que no
se había molestado en retirar. Las ropas
regadas por todo el cuarto lo hacían
parecer el escenario de una batalla.
Respiró aliviada y regresó a su
habitación a cepillarse el pelo.
Al
salir del baño oyó la voz de la madre
refunfuñando en la cocina. Refrenó el
conocido impulso de retroceder y salir
corriendo a la calle. Después de todo se
trataba de la rutina cotidiana y el olor
del café le llegaba apelativo,
insistente. La madre estaba inclinada
sobre el fregadero y mostraba, como
siempre, el hombro derecho por fuera de
la bata, la tela floreada colgando floja
sobre la piel arrugada del brazo. Aunque
se había vuelto hacia ella al sentirla
entrar, no la miró exactamente, sus ojos
parecían detenidos en el verde almanaque
donde una joven en bikini hacía
propaganda a la cerveza Cristal, justo a
la altura de la cabeza de Dalia, ahora
parada en la puerta.
―A
las cuatro llegó, y borracho como un
perro. Quisiera saber qué piensas hacer.
Le
pareció como si una tonelada de plomo
hubiera aparecido de pronto sobre sus
hombros. Pensó en decir, casi
lloriqueante, mamá, por favor, por un
día en la vida..., en lugar de eso
escuchó su voz en un tono perfectamente
normal.
―¿Hay
café?
La
madre no respondió, tampoco ella
esperaba respuesta. Avanzó hacia la
cafetera y se sirvió en una de las
tacitas colgadas sobre la meseta. El
calor en su mano, el vapor ascendiendo
hasta su nariz, la visión del líquido
oscuro y humeante, todas fueron
sensaciones tan agradables que por un
instante la tensión de sus hombros se
aflojó y las saboreó, incluso antes de
llevarse el café a los labios. Solo se
había dado el primer trago cuando volvió
a oír a la madre.
―Tienes que hablar con él.
Se
forzó a beber de nuevo, pero el disfrute
había desaparecido.
―¿Me
oíste? Tienes que hablar con él.
―Sí,
mamá, cuando venga hoy de la
Universidad.
―¡No
me digas!
Ahora
sí la miraba; se había vuelto de frente
y la taladraba con los ojos mientras su
mano esgrimía el estropajo de fregar. Lo
agitó como una bandera.
―¡Me
tienes aburrida con ese cuento! Cuando
vengas de la Universidad ya él se habrá
ido de parranda. Espera a que se
despierte y habla con él ahora.
Dalia
dejó la tacita a medias sobre la meseta.
Había unos trozos de yuca y un gran
cuchillo junto a la cazuela abollada. El
filo del cuchillo brillaba y pensó que
su madre debía haberlo amolado solo unos
momentos antes. Recordó que cuando
Alexis lo trajo ella se había quejado de
que era demasiado grande y, por lo
mismo, peligroso; en cambio, la madre se
mostró encantada con él: al fin hay un
cuchillo decente en esta casa. Se dio
cuenta de que la madre estaba hablando y
se esforzó en prestarle atención.
―...
martes no tienes clases.
Era
martes, sí, y, sí, los martes no tenía
turnos de clase, pero hoy era la reunión
del departamento. A las nueve. Miró el
reloj de pared y, como de costumbre, su
ridícula forma de dos corazones
entrelazados por una flecha la agobió
tanto que demoró unos segundos en
descubrir que eran casi las ocho.
―Necesito desayunar, mamá, tengo reunión
a las nueve.
Se
fue apurada a su cuarto y, por espacio
de diez minutos, luchó con faldas y
blusas que se le resistían y terminaban
por mostrarse arrugadas, o faltas de un
botón, o con algún descosido. Al final
regresó a la cocina vistiendo su viejo
jeans y el pulóver amarillo que con
tanta suavidad se acomodaban a su
cuerpo. La madre había puesto un vaso de
yogurt sobre la mesa y un pedazo de pan
con tomate. Estaba de pie junto a los
alimentos, como para evitar que se les
posara alguna mosca, aunque por la
expresión de su rostro más bien se diría
que la esperaba para arrojárselos.
―¿Piensas ir a
la
Universidad
vestida así?
No le
contestó. Se sentó y comenzó a desayunar
en silencio, mientras elevaba una
plegaria indefinida para que su madre
regresara al fregadero. Nadie la
escuchó.
―Te
confundirán con la que limpia el piso.
Por eso le dieron a Estela el viaje a
España.
Tragó
con esfuerzo el pan y bebió un poco del
yogurt que se le antojó una masa viscosa
y ácida.
―Tendrán miedo de que no te presentes a
la altura de una profesora
universitaria.
La
mano que llevaba el pan a la boca se
detuvo. Levantó los ojos para enfrentar
a los de la madre.
―No
hables basura, la única clase evaluada
de Excelente por la inspección fue la
mía.
La
otra tomó asiento frente a ella.
―Para
lo que te sirve.
Dalia
sintió de nuevo deseos de llorar.
―Mis
alumnos me consideran la mejor profesora
del departamento.
La
madre asintió y puso ambos brazos sobre
la mesa con las manos unidas.
―Eres
tan buena que das tres asignaturas
básicas de los primeros años cuando tus
compañeros dan una de los años
superiores. No te pueden mandar de
misión al extranjero porque dependen de
ti; se van los vagos y los incompetentes
con tus clases elaboradas y vienen con
el mérito del internacionalismo. Llega
un viaje a España y resulta que tiene
que irse Estela porque es quien necesita
prepararse.
Dalia
había dejado de comer y se esforzaba al
máximo por cerrar los oídos además de
los ojos, por borrar todo a su
alrededor, pero el rostro de su madre
seguía bailando ante ella y las palabras
le llegaban inevitables:
―Eres
tan buena y tan sacrificada que perdiste
a tu marido y vas a perder a tu hijo por
una Universidad de mierda donde te
humillan y se ríen de ti.
Algo
estaba a punto de reventar en su cerebro
cuando llegó el silencio, un silencio
profundo y consolador. Su madre había
desaparecido y ella podía descansar,
quedarse quieta, casi como dormida.
Olvidarlo todo, ver simplemente la luz
del sol fraccionada por las tablillas de
la persiana, los mosaicos de la cocina
con sus vetas blancas sobre fondo gris,
los azulejos de la meseta, con sus
grietas y ralladuras. Flotar. Un
latigazo en su mano y un grito que debía
haber sido suyo.
―¡Ay
Dios mío!
Su
madre armada del cuchillo: el filo
brillante manchado de sangre goteaba
sobre la meseta, grandes gotas que no
podían salir del cuchillo. Los ojos de
su madre, extrañamente oscurecidos.
―¡Nunca más hagas eso! A ver, lávate la
mano para vendarte.
La
sangre goteaba de su mano, la mano
derecha que Dalia apretaba con la
izquierda para contener los labios de la
herida; al dejar de hacer presión volvió
el dolor y la sangre manó más rápida. La
invadió el mareo, la náusea. Se preguntó
qué podía haber hecho para que pasara
algo así, pero ya la madre había tirado
el cuchillo al fregadero y se apoderaba
de su mano para ponerla bajo el chorro
de agua, la frotaba sin la menor
consideración a su debilidad, a su
dolor; luego la envolvió en una
servilleta.
―Debes ir al hospital, a lo mejor hay
que cogerte puntos.
Pensó
que la madre debía sonar arrepentida,
pero no era así. Sonaba irritada y
nerviosa; se movía de un lado al otro,
sin alejarse del fregadero, las manos
prestas a tomar de nuevo el cuchillo.
Fue el miedo, más que el dolor, lo que
la hizo encogerse.
―Tengo que irme, o llegaré tarde a la
reunión.
Casi
le pareció un triunfo salir de la cocina
donde quedó la madre con aire perplejo.
El sol y la gente la sorprendieron
cuando salió a la calle. Fue consciente
de que en el apuro había olvidado
peinarse y hasta lavarse los dientes.
Regresar era imposible. Me odia, Dios
mío, ¿cómo puede odiarme si soy su hija?
Caminó casi a tumbos hacia la parada de
la guagua. Dos cuadras en las que
normalmente todos eran conocidos que
intercambiaban saludos con ella; esta
vez no distinguió voces ni rostros.
Quiso saber la hora y descubrió que
también había olvidado el reloj sobre la
cómoda. La mano le dolía; una mancha
oscura comenzaba a aparecer en la tela
blanca. Comprendió que estaba a punto de
desmayarse y desvió la vista hacia los
árboles sembrados al borde de la acera;
inspiró el aire profundamente y lo dejó
salir por la boca con lentitud; repitió
la operación varias veces y su cabeza
recuperó algo de estabilidad, aunque
todavía se sentía débil, mareada, cuando
la camioneta se detuvo y la gente se
arremolinó a su alrededor. No hizo el
menor intento de acercarse. Observó el
forcejeo de quienes intentaban subir
como si se tratase de hormigas bajo una
lente de aumento. La camioneta arrancó
ruidosa, envolviendo todo en el humo del
escape y a ella la invadió una flojera
tal que se dejó resbalar hasta quedar
sentada en el bordillo. Con la mano
izquierda sostuvo la derecha a la altura
de la garganta, apoyada incluso en las
sobresalientes puntas de sus clavículas.
Así no podía ver la mancha de la sangre
en la tela, en cambio le llegaba el
olor, tan repulsivo que la náusea volvió
a dominarla.
Alguien la tocó en el brazo. Dos o tres
personas se inclinaban sobre ella y le
hablaban, pero no lograba entender lo
que decían. Un hombre la levantó y la
sujetó. Vio a una mujer hacer señas a
una máquina que pasó veloz ignorándola.
Con gran esfuerzo consiguió reenfocar su
cerebro y oyó a alguien decir: ¡Dime tú,
y ahí viene la guagua! Se las arregló
para sonreír a medias.
―Yo
voy para la Universidad.
―Debiera ir al hospital, usted está mal.
Quien
hablaba era el hombre que la sostenía
abrazada. Era agradable su contacto
fuerte y protector. La sonrisa se hizo
un poco más amplia y definida.
―Es
solo que me corté, y no soporto ver
sangre.
La
guagua llegó y todos, menos el hombre,
se apresuraron hacia la puerta.
―¿Está segura de que quiere ir a la
Universidad?
―Sí,
ya me siento mucho mejor.
El
hombre movió dudoso la cabeza, pero la
ayudó a acercarse a la puerta de la
guagua y subir los escalones. Alguien le
dio un asiento, tal vez por ver que
necesitaba auxilio para caminar. El aire
que entraba por la ventanilla la
reanimó. Hubiera deseado que el
recorrido fuese largo, eterno incluso.
Por desgracia el edificio de la
Universidad apareció casi enseguida y no
tuvo más remedio que levantarse. La
ayudaron a bajar, pero luego se halló
sola bajo un sol que parecía de
mediodía. Todos caminaban rápido hacia
la entrada del rectorado y Dalia volvió
a sentir deseos de llorar. Alguien que
iba en dirección contraria la saludó
desde la acera de enfrente. Eso la
decidió a caminar.
Un
hombre chapeaba la yerba en la entrada
de la Universidad. Tenía la camisa
abierta y los pantalones arremangados
dentro de botas de goma. Justo en el
momento en que Dalia comenzaba a
ascender el declive hacia la marquesina,
se incorporó y se volvió hacia ella. El
sudor corría por la cara y el cuello del
hombre y su respiración era jadeante.
Aunque mediaban unos metros entre ellos,
a Dalia le llegó un olor agrio que sin
dudas provenía de él. Entonces se
percató de que el hombre a su vez la
olía, olía la sangre que seguía
empapando su mano. Vio cómo se dilataban
las ventanas de la nariz al aspirar,
como una fiera olfateando la presa.
Muchos años antes, en el Zoológico,
siendo todavía una niña, había visto un
tigre, agazapado y tenso, listo para
saltar, seguir con la mirada al cuidador
que conducía un infeliz penco rumbo al
matadero. Su impresión fue tal que
empezó a llorar, de lástima y de miedo.
Ahora el hombre adelantaba la cabeza y
movía nervioso la mano armada del
machete. El terror la invadió, le dio
fuerzas para casi correr hacia la
marquesina donde se producía el trasiego
habitual de estudiantes y trabajadores
entrando y saliendo, gente, personas con
las cuales confundirse, barreras para
impedir que el machete la alcance.
El
mundo pareció alejarse, amortiguarse;
escuchó murmullos y un claxon sonando
insistente. Distinguió un grupo a la
entrada de la Biblioteca que hacía señas
a alguien; todo estaba envuelto como en
una niebla. No supo cuánto tiempo había
pasado cuando esa bruma se disipó y se
encontró sentada en el banco de la
entrada de la facultad. Una muchacha de
cara conocida la observaba desde la
puerta. Se sintió incómoda y trató de
enderezarse.
―Ya
sé ―le dijo― Parezco la que limpia el
piso.
La
muchacha reaccionó como si solo hubiese
estado esperando una señal.
―No
diga eso, profesora, es que tiene sangre
en el pulóver.
Se
miró, las manchas oscuras se destacaban
en la tela amarilla. Levantó la mano; la
venda estaba empapada por completo, pero
no se veían caer gotas. La muchacha
estaba junto a ella.
―¿Quiere que la acompañe al médico?
Negó
con la cabeza.
―Me
haría falta lavarme.
―Venga, yo la ayudo.
Fueron hasta el baño donde la estudiante
le mojó el borde del pulóver y lo
restregó enérgicamente hasta hacer
desaparecer las manchas. Dalia se echó
agua en la cara y el cuello y consiguió
sonreír. La muchacha sacó entonces un
pañuelo de su mochila y trató de desatar
la servilleta ensangrentada, pero el
dolor hizo que Dalia se doblara y
retirara la mano. La alumna tuvo un
gesto de disculpa y utilizó entonces el
pañuelo para cubrir la tela manchada. Se
sintió conmovida.
―Muchas gracias. Te traeré otro.
La
joven sacudió la mano en el aire.
―Ese
ya está viejito. Lo que debería hacer es
ir a la enfermería, para que la curen
bien.
Dalia
recordó en ese instante la razón de
estar allí.
―Tengo reunión de departamento.
Se
sentía casi normal, de modo que volvió a
dar las gracias a la alumna y salió del
baño. Pudo subir los tres pisos de
escalera y dirigirse al departamento sin
tener más que un vago mareo. Tras la
puerta cerrada se oían las voces de los
reunidos. Empujó la puerta con la mano
sana y se deslizó al interior. Quien
hablaba dejó de hacerlo y todos la
contemplaron desde sus escritorios.
Dalia sonrió y atravesó el salón para
ocupar el suyo al final, junto a la
ventana. El jefe de departamento habló
con voz ácida.
―La
reunión se citó para las nueve.
No
respondió hasta llegar a su asiento.
―Tuve
un accidente.
El
jefe instó a quien estaba en uso de la
palabra a continuar, pero Dalia no
escuchó porque Tony, su vecino de buró,
se inclinó hacia ella.
―¿Qué
te pasó?
Tuvo
como un flash la visión de su madre
empuñando el cuchillo ensangrentado y el
corazón se le encogió en el pecho. Hizo
un gesto para indicar que no podía
responder en ese momento y sus ojos se
llenaron de lágrimas. Tony le apretó el
brazo comprensivo y se volvió de frente
hacia la reunión. A ella le tomó algún
tiempo serenarse. Se concentró en los
grupos de estudiantes que pasaban allá
abajo ante la ventana. Trató de poner la
mente en blanco. La mención de su nombre
la trajo bruscamente a la realidad. Era
Tony quien lo había dicho, y sonaba
irritado. El jefe de departamento le
respondía casi con displicencia:
―Porque alguien tiene que impartir la
asignatura.
―¿Y
por qué no Yanetsy, que es del
colectivo? ―ripostaba Tony con el mismo
tinte de furia en la voz.
―Porque Yanetsy empieza ahora el
doctorado y no podemos sobrecargarla.
Tony
se puso de pie como si no pudiera
dominar la irritación.
―Pero
es que Dalia también está haciendo su
doctorado y no veo que la liberen de
nada.
El
jefe de departamento sonrió al
responder:
―Pero
Dalia tiene más de 35 años y hace el
doctorado por la libre, de modo que no
se le puede liberar de la docencia.
La
voz de Estela se dejó escuchar desde su
rincón con su acostumbrada cadencia
despaciosa.
―A
fin de cuentas, Tony, ya Dalia impartió
esa asignatura hace dos años, la tiene
montada, ¿por qué no dejas que diga ella
misma si está dispuesta o no a
impartirla?
Todos
se volvieron a mirarla. Como en el
sueño, tenía que ponerse de pie y
hablar. ¿Qué iba a decir? Se levantó con
lentitud mientras trataba de reconstruir
en su cerebro las frases recién
pronunciadas, de encontrar una pista.
Los miró a todos y el sudor comenzó a
brotar por cada poro de su cuerpo.
―Tengo algo muy importante que decirles
―comenzó. Hizo una pausa antes de
repetir ―Algo muy importante.
Miró
hacia afuera como si esperase encontrar
en el aire un letrero apuntándole las
palabras. En medio de la plazoleta
estaba el hombre con el machete, de pie,
la vista clavada en las ventanas. Apartó
la cabeza como si se hubiese quemado los
ojos; en el departamento todos la
miraban y había una expresión malévola
aflorando en sus rostros.
―Estamos esperando eso tan importante
que tienes que decirnos.
Ironía y odio en la voz del jefe; habían
sido compañeros de curso toda la
carrera. ¿Por qué la odiaría? ¿Y su
madre? ¿Y Alexis que la había dejado? ¿Y
Alex también la odiaría? ¿Qué querían
que hiciera? Abrió la boca y movió los
labios sin saber para qué. Pensó en
pedir que no la entregaran al hombre del
machete. Levantó la mano y comprobó que
la sangre comenzaba a traspasar la
blancura del pañuelo de su alumna. Llevó
la mano al pecho y empezó a encogerse
sobre sí misma, a resbalar hacia el
suelo. Algo la sujetó, ella giró los
ojos pero no distinguió sino luces sobre
su cabeza. Su último pensamiento fue que
no debían llevar animales al sacrificio
en los días de visita.
Aida Bahr:
Narradora y guionista de cine cubana.
Holguín, 1958. Tiene publicados, entre
otros, Ellas, de noche (cuento, 1989);
Rafael Soler, una mirada al hombre
(ensayo, 1995) y Espejismos (cuento,
1999). Algunas de sus obras han sido
incluidas en antologías tales como El
submarino amarillo y Estatuas de sal. |