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Hace
poco escribí una crónica sobre la
importancia de las listas de espera y
los ómnibus repletos en mi educación
sentimental. Ahora acabo de bajarme de
un autobús ―como dicen en España, por
donde ando en las últimas semanas― en
el que Tania y yo fuimos los únicos
pasajeros durante casi todo el trayecto.
El chofer nos recuerda que hace unos
buenos treinta años asume este recorrido
precioso por la ribera montañosa del
Júcar. Se trata de una de las pocas
zonas elevadas de Castilla La Mancha y
los pequeños pueblos parecen empotrados
en la roca milenaria.
Nos
explica el conductor ―y lo vamos viendo
a lo largo de la ruta― que muchas
familias han abandonado la clásica
huerta para buscar mejores opciones de
empleo y vida en las ciudades. La fiebre
de construcciones que se palpa por estos
días debe influir en este asunto. Las
últimas dos pasajeras que descienden del
puntual vehículo ―y nos proclaman como
únicos clientes hasta llegar a nuestro
destino en Alcalá del Júcar― son una
madre y una hija. La señora viene
conversando sobre lo cara que está la
vida en la ciudad y de cómo prefirió,
unos años atrás, regresar a la aldea en
busca de tranquilidad. Acepta que sus
hijos no están dispuestos a correr la
misma suerte de quietud y silencio.
El abandono del campo por la ciudad es
un fenómeno mundial en las últimas
décadas. En mis más recientes visitas
al Tamarindo de mi alma, me entristecen
los espacios vacíos, amarillentos y
precursores de la maleza, que dejan las
casas que poblaron de imágenes y nombres
la infancia. Aquí en Europa los que se
quedan viven en casas similares a las de
la ciudad y casi todos se transportan en
automóviles modernos y silenciosos, que
suelen pagar a plazos, como la casa y
otros bienes tan agradables, pero que
pueden generar tensión por la suma de
las deudas con el banco. En la pequeña
comunidad de Casas del Cerro las calles
están casi siempre vacías y cuando
alguien saluda, la voz y el andar suelen
dejar claro que la persona pasa de los
60. Los fines de semana son más animados
y se multiplica la cantidad de carros
(aquí uno aprende a llamarles coches)
que manejan los hijos recién llegados
desde las urbes a pasar el domingo con
los padres. Ojalá y lo sigan haciendo,
para que los que ahora son nietos tengan
una idea de los surcos y las piedras que
estuvieron en el origen del país y la
familia. |