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Su
demolición fue considerada una herejía
arquitectónica incluso en los mismos
momentos en que “la pica irreverente se
cebó en los recios muros de su iglesia y
del primer claustro”. Sin embargo, a
pesar de las protestas de unos cuantos,
tres años después de que la edificación
se vendiera en subasta pública y fuera
adquirida por Zaldo y Cía. —en 1916—,
se comenzó la construcción de un moderno
centro comercial que por razones
económicas no se materializó. La sombra
del viejo Convento de San Juan de Letrán
—también conocido como convento de la
Orden de Santo Domingo—, algo mutilado
y casi en ruinas, conservó unos cuantos
años más , parte de sus muros, galerías
y claustros. Luego, por otras
ambiciones tan implacables como las
comerciales, se levantó un esperpento
que borró del todo la reliquia.
El
arquitecto cubano Joaquín E. Weiss
lamentó que no quedara al menos la torre
como un gran monumento histórico.
Y es
que el campanario, otorgaba un sello
peculiar al conjunto, que a mediados
del siglo XVIII, y según Félix de
Arrate, era de tres claustros, el
primero labrado de columnas y arcos de
piedras y los otros de madera “con todas
las aulas correspondientes a los
escolares y religiosos, que entonces
eran más de cincuenta“. Pero en su
descripción minuciosa Arrate no menciona
la torre, que no debió existir o no se
alzaba como aparecía ya a finales del
siglo, con sus cuatro cuerpos, separados
por sendos entablamentos, al decir de
Weiss “admirablemente graduados en
altura y ancho decrecientes, como
también estaban graduadas las aberturas
semicirculares de cada piso, con un gran
sentido de la relación de vanos y
macizos”.
La
torre fue considerada una de las más
elevadas de la ciudad y tan parte del
entorno que el músico y compositor
Sánchez de Fuentes gustaba decir en
broma que era contemporánea con la
fundación de La Habana.
Se
asegura que tuvo solo un rival por mucho
tiempo: el campanario del Convento de
San Francisco de Asís.
Desde
la esquina de O´Reilly y Mercaderes, en
1898 aún podía verse el hermosísimo
campanario adosado a la iglesia
conventual, reconstruida y remodelada
según estilos decimonónicos, lejanos
los tiempos ya en que todo el inmueble
pertenecía a la orden de Santo Domingo y
—entre 1728 y 1842— a la Real y
Pontificia Universidad de San Gerónimo
de La Habana. A partir de entonces la
iglesia se desgajó del resto del
inmueble, donde se mantuvo por un
tiempo la secularizada Real y Literaria
Universidad de La Habana, luego El Monte
de Piedad, más tarde el Cuerpo de
Ingenieros, seguido de la Primera
Estación de Policía, y por último, como
sede del instituto de Segunda Enseñanza.
Cuentan que finalmente poco antes de la
famosa subasta, era casa de vecindad.
Milagrosamente fueron conservadas
aquellas campanas originales de la
primera universidad.
Más de dos siglos después, rescatada por
el sentido de la memoria histórica,
la voluntad política, la tecnología de
la ingeniería y la arquitectura modernas
y el pensamiento divergente, la
torre-campanario vuelve a ser testimonio
de los tiempos. |