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Conozco hace muchos años a Teatro
Arbolé, de España, pero no deseché la
oportunidad de volver a disfrutar
Tragedia de amor y cuernos,
magistral síntesis artística de su actor
principal y director, el zaragozano
Iñaki Juárez.
Desde
su entrada por un lateral de la sala,
como el andariego invidente,
pendenciero, bebedor y tierno, que
regala las coplas de Nicanor Parra
hasta la despedida lorquiana sobre el
escenario, el montaje es un sólido y
hermoso homenaje al arte del titiritero
y al teatro de figuras. Iñaki encarna
como pocos una tradición de siglos, la
del juglar revienta-caminos que, con su
mínima carga a cuestas, planta cara al
público en patios y escalinatas, plazas
y tabernas. Tradición europea, sin duda,
pero de particular arraigo en la
península ibérica antes, incluso, del
nacimiento mismo de España.
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La Caperucita
Roja |
Juárez echa mano al bululú, esa forma
popular del actor-juglar en solitario,
para devolvernos como nuevas las
imágenes de Los cuernos de Don
Friolera y El retablillo de Don
Cristóbal.
Los
personajes de Ramón del Valle Inclán y
Federico García Lorca aparecen sobre la
capa del titiritero, plenos de humor y
gracia de pueblo en actitudes y
lenguaje, en un idioma español que
reverbera único en la dicción del actor.
Capaces de lo escatológico y de lo
prohibido, de la sugerencia y de la
pedrada de lo explícito. Vivos como
muñecos gracias a su preciso diseño, a
sus diferenciadas voces, a las dinámicas
y movimientos creados y ejecutados para
ellos por su animador.
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Los Tres Cerditos |
Iñaki Juárez es tan libre cuando realiza
el espectáculo que aprovecha el
accidente de turno para acrecentadas
cargas humorísticas; la interacción con
sus improvisados asistentes, para
burlarse con agudeza del teatro
“moderno”; la rica vibración de
respuesta del público, para mantenerlo
en un puño y conseguir de este una
carcajada permanente. De su mano, una
vindicación de tradiciones, del arte, de
uno de sus bienaventurados caminos. |