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A
principio de 1905 cierta aldea chilena
con el curioso nombre de la Compañía fue
objeto de una visitación tan extraña
como tremenda.
Nadie se dio mucha cuenta de quién
llegaba, en un comienzo, a no ser los
niños de la escuela, si bien frente a
ellos asumió un aspecto de risueño
esplendor que los demás no podrían ni
siquiera imaginarse. Para unos y otros
tratábase sencillamente de una muchacha
alta y esbelta, casi rubia, taciturna,
cuyos ojos verdes apenas conseguía velar
el poderío, la fuerza primigenia que
ardía detrás —así como debió arder la
divinidad entre los ojos también claros
de Palas. Decía llamarse Lucila Godoy —y
era la nueva maestra rural.
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Muy
pronto iba el pueblo a saber, en la
persona de uno de sus miembros más
inconspicuos, hasta qué punto era
peligrosa su cercanía. Se le encargó
recoger periódicamente la
correspondencia de la escuela en la
estación del ferrocarril, y allí sus
quietos ojos solemnes rodearon por
primera vez a un joven empleado como
tantos otros, feliz desde la punta de
los zapatos de charol hasta el extremo
del pelo reluciente. Todo cuanto
conocemos de él nos hace pensar que su
atractivo debió residir en su absoluta
normalidad, en ser idéntico, hasta en el
último pliegue, a cuanto joven galán
paseaba las tardes de aquel tiempo. Para
desdicha suya se le había acercado
justamente lo opuesto de la norma; se le
había acercado nada menos que la
criatura por quien esperaban las tierras
americanas desde hacía más de
cuatrocientos años.
Unas relaciones siempre muy frágiles,
paseos del novio con unas de las
muchachas de “bien” del pueblo, un
rompimiento cuya intensidad asusta a la
madre de la llamada Lucila. Poco tiempo
después el joven empleado de
ferrocarriles anuncia su compromiso con
la “otra” —la historia es moderadamente
sórdida, como tantas y tantas— y, la
víspera misma de sus bodas, la muerte
violenta que irrumpe por la propia mano.
Sin más explicaciones, echa añicos por
la terrible proximidad de la visitación
de la compañía.
Este breve episodio resume la sola
temporada que pasó Gabriela Mistral en
el mundo de nuestras posibilidades
comunes. Uno puede evitar un sentimiento
de piedad por la pasión con que quiso
ser nada más que Lucila Godoy, nacida en
1889, hija de un maestro tarambana que
no se sentía muy obligado a su familia;
por la pasión con que se soñó mujer de
un hombre sin pretensiones y madre de
varios hijos sonrosados y robustos. Pero
está claro que no podía ser de otro
modo. Está claro que su verdadero nombre
era este de Gabriela Mistral que adoptó
para hacer su poesía, compuesto por el
nombre de un arcángel y el de una fuerza
de la naturaleza —el viento que sopla de
África sobre el valle de Ródano. Ella
era desde siempre la mujer fuerte y
grave que luego vimos vagar de una a
otra de las tierras de América
colmándoles el ansia que les veía de
tenerla; la solitaria en todas partes,
la apartada, la madre de solo el idioma
nuestro. Verdaderamente es con una
sonrisa compasiva como la imaginamos
recorrer La Compañía esforzándose con
qué buena voluntad por amoldarse a su
Lucila Godoy —una muchacha como las
otras.
Tan
evidente es su importancia para el
misterio de la expresión americana —para
esa extraña necesidad que hasta las
piedras tienen de reconocer en la
palabra del hombre—, que parece fatuo
todo intento de considerar su obra desde
cualquier otro punto de vista. Su primer
libro, Desolación, publicado en
1922 por iniciativa de don Federico de
Onís —y para muchos el más hermoso de
los que escribió—, tendrá entonces para
nosotros el solo interés de iluminarnos
cómo se ha ido gestando esta palabra
suya que nos hacía una falta de hambre.
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Dos versos desnudos, escuetos, debieran
abrir nuestra selección como irrumpiendo
en un absoluto silencio expectante: “Del
nicho helado en que los hombres te
pusieron, te bajaré a la tierra humilde
y soleada.” Tal es el comienzo de los
“Sonetos de la Muerte”, centro de la
desolación que da título a aquel libro,
y en la autoridad irrecusable del
arranque en su lanzar el primer verso
desde una preposición, brutalmente; en
las palabras escogidas, donde hasta los
adjetivos están hechos al roce de la
mano; y el rumor general, no literario,
no trabajado, reconocemos ya la voz que
servirá para nombrar las materias del
mundo que la estaban anhelando. Más que
un libro orgánicamente concebido,
Desolación es una recopilación de
los poemas escritos hasta aquella fecha,
entre los que ocupan un lugar prominente
los dedicados a la trágica historia de
Lucila Godoy; y uno se pregunta si el
interés de estos permitió entonces ver
el abismo que comenzaba a separar la
cuidada retórica de “El pensador de
Rodin” o la maestría de “Ruth”, de la
voluntaria imperfección de los sonetos.
Si al fin nos decidimos a incluir
algunas de las composiciones anteriores,
es para que se vea cómo Gabriela Mistral
pudo haber sido una poeta excelente,
dueña de sus recursos, a no haber estado
tan atenta al instinto que la apartaba
de la historia de la literatura para
incorporarla a la historia de la lengua.
Cuando hablamos aquí de imperfección no
estamos pensando en los curiosos
descuidos que se advierten a lo largo de
su obra, como esa irritante coma que en
los versos citados interrumpe el impulso
del descendimiento, o ciertos giros o
palabras, y hasta cambios de ritmo, a
que parece echar mano por pura
impaciencia. Pues en la relación de las
mujeres con la literatura advertimos
enseguida tres actitudes fundamentales:
una, de inteligente simulación, que
produce atildadísimos afectos; otra que
pone las “bellas letras” al servicio de
la ternura; y una tercera en que la
mujer, arrastrada como a pesar suyo por
la necesidad de expresarse, no deja por
ello de sentir su innato desprecio hacia
los “juegos” del hombre. Que en el caso
extremo de Santa Teresa de Jesús,
cuando, por orden de un superior y, sin
duda, también de sí misma, escribe de un
tirón el libro de su vida sin detenerse
en melindres de coma, puntos, párrafos o
mayúsculas —en acentuado contraste con
la viril escrupulosidad de un José
Martí, por ejemplo, quien no solo acepta
todas las reglas del juego en cuanto a
uso de registros, sino que además
inventa otros nuevos. Gabriela Mistral
resulta en esto hermana de Teresa de
Jesús, lo que es bueno tener muy
presente, ya que aun en sus mayores
dimensiones alcanza su obra pleno
sentido solo cuando la vemos como una
obra de mujer. En algo, sin embargo,
difiere de la española, y es que por su
condición de maestra no supo resistirse
a las tentaciones de la segunda de las
actitudes apuntadas, dejándonos una
considerable colección de bonitos
tejidos verbales para uso de las
escuelas. Sin discutir su utilidad a
mérito, nos pareció que incluirlas en
estas páginas habría debilitado la
verdad de la imagen que deseábamos
presentar.
La brecha a que aludíamos —entre lo
simplemente bien hecho y lo
necesariamente nuevo— tendrá entonces
otro sentido que ha de ir iluminándose
en compañía de las demás rupturas de
este primer libro. “Surco”, “ambrosía”
“albura”, “zafir”, “surtidor”, esto es,
el repertorio propio del simbolismo
convencional de principio de siglo, va a
ser abandonado por palabras hechas de
simple realidad, casi de tierra —los
nombres de la agricultura y de la
geografía.
Los
“garfios” y los “gajos” de ahora son aún
símbolos, pero su eficacia no depende ya
de la transparencia, sino del peso; no
simbolizan porque trascienden a otro
significado, sino porque ahondan en sí
mismos. “Surco”, por ejemplo, puede
volver ahora, ¡pero a qué distancia del
surco mental, “poético”, de Tagore o de
Nervo! Este viene lleno de tierra y
significa por la tierra, en la tierra,
con la tierra. Para encontrar algo
semejante tendríamos que apelar a la
simbología hecha de entrañas y sangre
que emplea don Miguel de Unamuno.
Otros
dos anuncios de los que había de venir
observamos en desolación, íntimamente
ligados entre sí y señalados con amorosa
lucidez por Cintio Vitier en un trabajo
ya indispensable.
Con
ciertas curiosas excepciones, la
versificación española en nuestra
América trabó estrechamente sus filas de
vocablos bien nacidos “castellano
viejo”, como para mantener a raya una
pasión que presentía ajena capaz de
erigírsele en juez y, lo que es peor, en
otro, hasta que a fuego vivo fundió José
Martí los fríos moldes de octosílabos y
endecasílabos. Después de sus Versos
libres las formas arquitectónicas
del español, resquebrajadas conmovidas
en sus cimientos, iban por fin a abrirse
al “nuevo mundo”, de tal modo que por
entre las grietas irreparables
comenzaría muy pronto a escucharse el
soplo arcaico, distinto, de todo un
gigantesco espacio destinado a
expresarse en un idioma mucho más lento,
majestuoso quizá que no llegó a cuajar
nunca por la irrupción de España. Una
versificación que deliberadamente se
aleja del orden clásico para plegarse al
rumor del tiempo, de su tiempo, y,
además, ese “tono arrasado, empañado,
remoto y profundamente triste”, en que
nos dice Vitier que está el misterio de
la voz de Gabriela. Y uno se pregunta
con un estremecimiento si en su voz
mortal de mujer, que aún se escucha en
sus versos, no estarán literalmente
hablándonos los montes mismos, los ríos
y las taciturnas criaturas de América.
Sonetos, pues, que en vez de estructura
formales son tan solo un registro más
hondo de la voz; palabras cargadas de
realidad, que arraigan y pesan; ritmos
que deliberadamente se retardan como
anhelando deshacerse, y esa monotonía
que da a la palabra un aire
increíblemente lejano, todo esto lo
hallamos ya en Desolación; pero
habría que esperar veinte años para su
encarnación definitiva en el cuerpo
inconmovible de Tala “Madre mía, en el
sueño / ando por paisajes cardenosos: /
un monte negro que se contonea / siempre
para alcanzar el otro monte”, comienza
este libro con una estrofa que parece
resumir las características apuntadas y
anunciar el tono general que en lo
adelante asumirá la obra, destinada por
fin irrevocablemente no a diversos temas
literarios, sino a las materias de este
[...]
La apasionada, sufriente naturaleza
amorosa de Gabriela Mistral será siempre
lo primero que nos atraiga en su poesía.
Ardió al principio en una llamarada
feroz cuando se concentró en una sola
criatura humana y allí quedó, como
definitivamente libre de impurezas.
Enseguida pudo vérsele la índole
religiosa, es decir, de amor a todo,
pero a un todo muy encarnado, muy suyo,
que es en definitiva como debe ser el
verdadero amor religioso.
Amor en primer término intolerante de
las hipocresías usuales: “estas pobres
gentes del siglo están muertas / de una
laxitud, de un miedo, de un frío!”, nos
dice en "Al oído de Cristo”, con una
especie de estupefacto balbuceo —como si
rastrease la palabra para decir lo
increíble— que no hiela la sangre, y que
ha de estallar luego en la tremenda
execración final, tan a propósito en que
estos tiempos en que los fariseos son
llamados a rendir cuentas: “¡Retóñalos
desde las entrañas, Cristo! / Si ya es
imposible, si Tú bien lo has visto, / si
son pajas de eras... ¡desciende a
aventar!” ; amor que es siempre en ella
un eco bíblico, y que en un poema
terriblemente hermoso va a rebelarnos
cómo la cólera del Viejo Testamento no
es más que el reverso de la ternura del
Nuevo: “Hijo el Hambre cara de mueca, /
en remolino gira las parvas, / y se
buscan y no se encuentran, / el pan y el
Hambre corcovada ” —palabras que nos
recuerdan aquellas escalofriantes, en
que León Bloy advierte cómo la
consumación de los tiempos, desde el
silencio que precede a los terrores
finales, colmará los cielos la voz que
clama: “ Tengo sed! ¡Tengo hambre!”.
Que Gabriela haya sacudido la mucha
doblez, la [...] nos interesa en cuanto
a sus consecuencias para nuestras
posibilidades expresivas, ya que,
frustrado para siempre el impulso hacia
una cultura autóctona, era necesario
restaurarle al aporte europeo su esencia
cristiana, que por sí misma exige la
fusión, la amorosa integración en un
todo viviente, y cuya expresión natural
es, más que el español, el sonido, el
rumor de la Biblia. Fortuna fue que
Gabriela aprendiese, de niña a gustar de
este libro en las rodillas de su
fabulosa abuela de sangre hebrea, ya que
era justamente el rumor bíblico lo que
se requería para doblegar la arrogante
sonoridad española y acercarla a la
melancólica salmodia americana.
¿De dónde procede, si no, esa manera
suya de decir las cosas, ese rumor
monótono, lento, no de una voz sola,
sino como de todo un gran coro sagrado?
“Sol de los Incas, Sol de los Mayas /
maduro sol americano, / sol en que mayas
y quichés / reconocieron y adornaron, /
y en el que viejos aimaráes / como el
ámbar fueron quemados”, le oímos, y aun
cuando sepamos muy bien que el finísimo
oído indio de Rubén Darío quien
descubrió este ritmo por primera vez,
como señala Vitier en su ensayo, no
podemos resistirnos a la evidencia de
que estamos ante una novedad absoluta,
ante una voz jamás oída —¡La “voz de
Gabriela Mistral” —, y de que esta voz
es una voz sagrada, consagrada mejor,
puesta al servicio de realidades
arcaicas, luminosas, fundamentales. “Agar”,
“Macabeo”, “Sara”, nombres soplados
desde los orígenes de la realidad
europea, ¡qué suavemente se juntan a los
nombres de las cosas de América, dentro
de un ritmo, de un impulso idiomático
que rehuye apenas el versículo bíblico
para cortejar, huidizo, el son las
flautas andinas! Nos parece escuchar
algún otro idioma, como si el español,
despojándose de su austera dureza, se
hubiese prestado a ser la lengua ritual
de sacerdotes cobrizos que, revestidos
con ornamentos hechos de irisadas y
diminutas plumas, partiesen en nombre de
Cristo un pan de maíz desde las
escalinatas de templos no abolidos,
sino, ¡por fin!, amorosamente
incorporados. Y todo hecho posible
porque la sapientísima mujer se avino a
recoger ese rumor de la Biblia que
atraviesa toda imaginable traducción,
haciendo de su eco en el español,
fundido al eco de los salmos indios, un
idioma propio radicalmente puro y nuevo.
En el que nuestra madre Gabriela
comienza por invocar las materias,
dándole otra vez nombre, haciéndonoslas.
No parece que tuviese ella una idea muy
precisa de la organización, ya que aún
en la edición de las Poesías
completas la vemos intentar cambios
no siempre afortunados; de otro modo,
sin duda, que Tala comenzaría con
los tres poemas que llevan por título
“Materias” no solo porque lo son
plenamente en el sentido de los acarreos
previos que toda creación supone, sino
porque en ellos pueden resumirse los
tres órdenes fundamentales de su poesía.
“Se ha comido en todo los climas / el
mismo pan en cien hermanos: / pan de
Coquimbo, pan de Oaxaca, / pan de Santa
Ana de Santiago”, nos dice en el
primero, llamado escuetamente “Pan”,
donde los nombres de los sitios
geográficos, indios y españoles, sirven
para unir en un solo cuerpo tanto los
hombres, como las culturas. Cuerpo que
es también el suyo propio, el de la
profetisa, pues el pan “huele a mi madre
cuando dio su leche, huele a tres valles
por donde he pasado: /a Aconcagua, a
Pátzcuaro a Elqui, / y a mis entrañas
cuando yo canto”.
A este orden del pan corresponden los
poemas destinados a encarnar las
criaturas americanas, o mejor aún, a dar
a luz —luz de la palabra— la América
misma. Es la dimensión que se insinuaba
ya desde las poesías que en su primer
libro dedicó a la Patagonia, y que,
escritas aún dentro de las formas
tradicionales, no pasan de ser meras
“reflexiones” poéticas sobre temas de la
naturaleza: “En el medio del llano, / un
árbol seco su blasfemia alarga; / mi
árbol blanco, roto / y mordido de
llagas, / en el que el viento, vuelto /
mi desesperación, aúlla y pasa”, leemos
en “ Árbol muerto“ hallándonos con que
la naturaleza solo ha servido para dar
“pie” a la emoción humana, según es
propio que ocurra en toda clásica poesía
romántica. En cambio, llegada la
plenitud de su voz, es de este modo cómo
en Tala enfrentamos, no a un
“árbol” literario, sino muy
concretamente al maíz de México: “El
santo maíz sube / en un ímpetu verde, /
y dormido se llena / de tórtolas
ardientes. / El secreto maíz / en vaina
fresca hierve / y hierve de unos
crótalos / y de unos hidromieles. / El
dios que los consuma / es dios que lo
enceguece; / le da forma de ofrenda /
por dársela ferviente; / en voladores
hálitos / su entrega se disuelve. / Y
México se acaba / donde la milpa muere”,
versos donde no hay asomo de
“meditación” poética, sino el cuerpo
vivo de la planta recreado en la otra
dimensión de la palabra, de tal forma
que el poema nos va a quedar en la
memoria, más que como una ganancia
estética, como una experiencia de la
realidad misma del maíz —como la certeza
de que hemos tocado, tenido en nosotros,
su viviente ser eterno. En lo adelante
Gabriela no “tratará” los temas de la
naturaleza, que tan cercana le han sido
siempre, porque posee en su idioma una
materia virginal, apasionadamente
plástica, en que cada cosa puede tomar
su propio cuerpo. Como sucede con la
sal, por ejemplo, “gaviota viva de ala
fresca” que, ya desde el segundo verso
del poema, comienza a moverse, a ser
nueva criatura en el idioma, a
entregarnos su virtud, su arcano, la
divinidad viva de su esencia, esa “Santa
Lucía blanca y ciega” que es, ahora,
ella misma y, a un tiempo, la sal del
mar y la sal del alimento. Magia que ha
de obrar también sobre todo lo que
pertenece a su América, el sol, la
cordillera los ríos. Mientras su
compatriota Pablo Neruda canta las
empresas americanas, ella se limita a
darnos el ser de nuestras tierras.
La sal, que junto con el pan y el agua
integra la trilogía central de las
materias, preside a la vez en nuestro
imaginario esquema el segundo orden de
su poesía, aquel en que la vida
comparece como el extremo doloroso de la
conciencia, en que el sufrimiento se
vuelve la única forma oscuramente
satisfactoria del conocimiento. “Como
esta noche que yo vivo / la de José
Asunción sería”, ha dicho que alguno de
los poemas más sombríos que se hayan
escrito nunca, entregándonos sin
quererlo su secreto que es el de la
participación en el sufrimiento, o
mejor, el de la asunción del sufrimiento
ajeno. Y en este orden de la visión
aguzada por la sal en los ojos — “me
salaban los lagrimales”, nos dijo de su
Santa Lucía— hallamos idéntico tránsito
que en el primero, de una poética de
especulaciones subjetivas —"¡Padre
nuestro que estás en los cielos, / por
qué te has olvidado de mí!” — a una
suerte de suprema objetividad del
sufrimiento, que hace de la expresión
del dolor propio un servicio a la
desgarradora madurez de los demás.
Para ello dispone, junto con el rumor de
su nuevo idioma, junto con el soplo
justo para impulsar sus palabras —que
es, no ya la inspiración, sino el
aliento—, de ese habla hecho de
realidades o, como dijimos antes, de
pura materia, que ha descubierto quizá
entre sus quehaceres de mujer. En el
propio “Nocturno de José Asunción”
figura este espléndido ejemplo: “venda
apretada de la noche / que, a Antero,
cerraría / con leve lana de la nada, /
la boca de las elegías”, cuya eficacia,
supera cuantas abstracciones podamos
imaginar en torno al tema de la
aniquilación última; o ese “rebanada de
Jerusalén” que expresa la separación, el
apartamiento espiritual, con una
brutalidad aterradora. Como también
dispone, no hay que olvidarlo, de una
instintiva sabiduría en el manejo de sus
recursos, demostrada ejemplarmente en su
tratamiento del “Nocturno de la
consumación”. Da comienzo a este en
tercera persona: “Te olvidaste del
rostro que hiciste / en un valle a una
oscura mujer”, para cambiar de pronto en
un habilísimo juego de ambigüedades
presentándose a sí misma: “olvidaste
entre todas tus formas / mi alzadura de
lento ciprés”, y enseguida disolverse en
el impersonal “cabras vivas, vicuñas
doradas / te cubrieron la triste y la
fiel”, ya que desde este momento el “yo”
de las siguientes estrofas queda de tal
forma alejado, vuelto remoto, que el
poema todo, sin perder su carácter de
experiencia irremplazablemente propia,
viene a servirnos como alegato para el
universal desamparo del hombre. Es la
misma viviente objetividad que le
permite asumir como propio el atroz
desvalimiento de nuestros desheredados
en sus “Canciones de cuna, donde, luego
de la trémula afirmación inicial: “este
verde campo es tuyo”, pregunta,
valiéndose de un engañoso tono menor aún
más terribles que los coléricos sonetos
a Cristo: “¿De quién más podría ser?”;
la misma que, en “Locas mujeres”, la
hace tan irrefutablemente verosímil,
como si fuese en realidad otra quien nos
hablase: “Yo tengo en esa hoguera de
ladrillos, / yo tengo al hombre mío
prisionero”. Comparados con monólogos
puramente literarios como los de Robert
Browning, por ejemplo, habría que
concluir que estos convencen desde una
previa “suspensión de la incredulidad”,
es decir, dentro del orden de la
ficción, mientras que los de Gabriela lo
hacen desde una absoluta autoridad
espiritual que los convierte en
verdaderos, irrecusables testimonios.
Como revés gozoso de la sal está en su
poesía presente el agua: “Beben del Agua
dos orillas, / bebe la Sed de sorbos
grandes, / beben ganados y yuntadas, /
¡y no se acaba el Agua Amante!”, exclama
la Cuenta —mundo a una extática plenitud
de voz, proclamando las aventuras de su
propia abundancia. Pues esta es la
esencia de su poesía, la materia
viviente, vivificadora, que da sentido a
las otras. De principio a fin de su obra
hay un risueño correr de agua: "¡agua,
madre mía / e hija mía el agua!”, que es
como el rumor de su amorosa, maternal
naturaleza, no ya en el aspecto de la
apetencia cognoscitiva, sino en el del
puro gozo de la creación por la creación
misma. Pocos poetas hay en nuestra
lengua que puedan crear, desde una
sonrisa, los simples cuerpos verbales de
que es capaz esta mujer grave y
terrible, a quien el agua, para que
juegue con la bola misma del mundo, le
“vuelve niñas las entrañas”. Así como
hay quienes fundan desde el hambre, ella
da visa desde su sobreabundancia. Es en
el fin de su poesía donde está su
verdadero comienzo —en la simple
gratuidad vivificante del agua: “¡y todo
por el gozo / de la cascada que se
reparte!”.
Prólogo del libro “Poesías, Gabriela
Mistral”. Colección literatura
latinoamericana. Casa de las Américas,
1967, La Habana, Cuba.
1967 |