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Quisiera referirme al “canon”. Al canon
en general —algo así como un universal—,
pero pensando, concretamente, en el
canon argentino (como un particular con
los pies en la tierra de mi país). Se
trataría de una generalización, eventual
y deseablemente de un “modelo”, digamos,
ubicado en el mapa simbólico del lugar
histórico, acotado, que de manera
presunta conozco, ya que sería posible
postular el movimiento inverso: desde
Argentina, a partir de la literatura
argentina, con un criterio recortado,
intentar la formulación de un
paradigma. De la base empírica,
entonces, llegar a una teoría posible.
Pero
la palabra canon, a simple
enunciado, porta una entonación
“eclesiástica” que me provoca a la
síntesis. Y el tiempo de ustedes
(condicionado, además, por la Feria, y
el oleaje caribeño que golpea por el
Malecón, y la trilogía ineludible,
enunciada: Martínez Estrada entre
Lugones, Leopoldo y Martí, José, tan
contradictorios, antagónicos en
realidad…
Y
pues bien: canon, decía, y lo
“eclesiástico”. Porque escuchando con
atención, canon me remite a
canónico. Ya no solo aludo al
derecho, sino que, con más disimulo, me
reenvía a los canónigos y a las vetustas
sotanas, olor a incienso, ademanes
untuosos… Se trata, en última instancia,
de mis rencores (y de mis limitaciones)…
¡Vade retro! O como solía decir Valle
Inclán en sus grotescos: “Amuéstrame tus
pezuñas, demo”…
El
canon en general —y muy notoriamente
el canon literario argentino— no es un
milagro. Algo que desciende
carismáticamente de algún cielo más o
menos azucarado o forrado de arcángeles
y de terciopelo. Es un producto, una
construcción, el resultado de un grupo
de hombres vinculados a una institución.
En la Argentina y en el territorio de la
cultura, se destaca un diario fundado
hacia 1870 y con domicilio propio; que
si empezó siendo liberal (como todos los
liberalismos de América Latina —nuestra
América— ha terminado, hoy, año
2007, en el más claro conservadurismo o
en la reacción). Canon y La Nación
de Buenos Aires, decía. Que, notoria,
mercantilmente, se ha constituido en una
serie que va de El País de
Montevideo al Mercurio de Chile,
pasando por El Comercio de Lima,
El Tiempo de Bogotá, El
Universal de Caracas. ¡Amuéstrame
las uñas, demo!.
El
canon tan canónico de la Argentina (y de
nuestro continente del Sur) encarna a
nuestros adversarios en el campo
cultural.
¡A
por ellos, entonces! (con motivo del
itinerario, sobre el cual voy a
particularizar, de Ezequiel Martínez
Estrada).
El
canon literario argentino,
confeccionado y distribuido por “los
hombres de La Nación” de Buenos
Aires —en este momento, ya, una
estrategia cultural y política
convertida en catecismo— se ha ido
zurciendo en torno al borgismo. Y
no digo de Borges, por ahora adviértase,
porque el borgismo es, en
realidad, parte de algo así como una
sociedad anónima, empresa más o menos
enmarcada que ha ido segregando a toda
una familia: Victoria Ocampo (legítima
propietaria y directora de la revista
Sur trocada en “diva” pampeana de la
literatura), su hermana Silvina, su
cuñado Bioy Casares. Y así siguiendo. El
olimpo porteño de la literatura pretende
pasar por algo eterno, inmutable,
incuestionable. Una táctica mediática
trocada en teología. La lectura ha
devenido plegaria. Y la crítica
eventual, imprescindible, ha sido
reemplazada por una complicidad
litúrgica.
Podría abundar: entre los procedimientos
que han contribuido a esa módica épica
tan obstinada como astuta e imperial, se
destaca el dualismo: el cuerpo por un
lado, por la otra vertiente, los
espíritus. Ejemplifico: no importa que
Borges, estrella mayor de ese
firmamento, ha sido condecorado por
Pinochet; así como se han borrado las
declaraciones, memorables, del autor del
Aleph, a la revista Tiempo
de Madrid, en octubre de 1975, donde
sostuvo que “El general Videla no ha
sido lo suficientemente riguroso con la
eliminación de los montoneros…”
Hay
que desconfiar, compañeros, de todos los
dualismos.
El
canon literario, apelando a semejante
procedimiento dual, (alma/cuerpo, testos
despojados de contextos) ha instaurado y
difundido la “república argentina de los
espíritus”.
Y
nadie se olvida (yo no me olvido), por
cierto, ni de las mediaciones, ni de los
matices, y mucho menos de las
contradicciones. Pero La Nación,
apelando a los “carismas” ha logrado
borrar, por lo menos, dos palabras del
vocabulario: dialéctica e imperialismo.
¡Guay de meterlos en cualquier discurso!
Los desaparecidos (y tenerlo muy
presente), ya no son solamente cuerpos
subversivos sino, también, palabras
políticamente incorrectas.
El
canon argentino opera, prioritariamente,
con el borramiento, me consta:
“ninguneo” —como dicen los cuates— que
sigue vigente, disimulado a lo sumo,
hasta cuando algún hombre de La
Nación —Morales Solá de apellido—
manipula una audición que si se llama
Desde el llano, tendría que
titularse Desde el poder…
El
canon argentino prolifera en el verano
porteño…
¿Digresiones mías? De ninguna manera.
Esta suerte de introducción es para
situar, con mayor precisión si cabe, a
Martínez Estrada y a su itinerario. Por
más de una razón, si comienza bajo el
patrocinio de Leopoldo Lugones, concluye
tan cerca de Martí (y adelanto ya mismo:
y de Ernesto Guevara). Martí y el Che
—que quede claro— son nexos primordiales
entre Cuba y la Argentina. Dos
heterodoxos que denuncian con sus
textos y con sus cuerpos dialécticos y
antiimperialistas —uno hasta 1895 y el
otro hasta
Ñancahuazú
en
1967—, los cánones fraguados por los
canónigos respectivos de América Latina.
¡Y a
por vosotros!
Precisando: Martí y el Che: el cubano,
finalmente tema (y problema) mayor de
Martínez Estrada; el cubano de origen
argentino, convocante, con insistencia y
lucidez, para que Martínez Estrada fuera
huésped y trabajador en La Habana.
No
fue lineal la trayectoria del autor de
Radiografía de la Pampa; tampoco,
como se va viendo, es mi reseña de ese
circuito de don Ezequiel.
Allá
en los orígenes. Años 50. Buenos Aires.
Unos muchachones contra el canon…
contra los canónicos Eduardo Mallea
(director del suplemento literario de
La Nación) y Oscar Ivanisevich
(ministro de Cultura de la nación). Dos
mandrines de guantes patito y con
sobretodos de piel de camello. En los
ensayos se encarnaban la ideología
liberal, por un lado, y por la otra
vertiente, lo más conservador del
peronismo en su primera etapa
(1946-1955). Mallea se creía Henry James
al practicar el efecto halo: “Yo soy
Rembrandt si me paro al pie de un cuadro
del pintor holandés; de su pintura emana
una sustancia secreta que me ilumina y
santifica”; el ministro Ivanisevich —por
su cateto— inauguraba el salón nacional
de pintura declarando contra los
surrealistas y los existencialistas.
A los
jóvenes de los años 50, reunidos en una
revistita llamada Contorno, los
llamó parricidas el crítico uruguayo de
Marcha, Emir Rodríguez Monegal.
Esos jóvenes —León Rozitchner, Oscar
Masota, Adelaida Gigli, Juan José
Sebreli, entre otros, e inventando
numerosos seudónimos para fingir que
contaban con más tropa—, una especie de
angry young men, entonces,
levantaron polémicamente el nombre de
Martínez Estrada frente a los vetustos
canónicos. Un debate en doble fuente. A
Martínez Estrada, corrido en esos años,
sobre todo por su Radiografía de la
Pampa. A Martínez Estrada, al que le
dedicaron, como rescate, un número
especial de la revista Contorno.
Martínez Estrada, por lo tanto, y los
jóvenes parricidas. No un homenaje, sino
un rescate. Porque el “viejo Ezequiel”,
a través de sus ademanes proféticos, era
considerado ya un outsider. Tanto
de La Nación como del gobierno
peronista (Arturo Jauretche, un
abanderado del oficialismo, llegará a
llamarlo “profeta del odio”). Rencor,
sentimiento de Martínez Estrada. Siempre
fuera de lugar, cultivaba ese sitio
robinsoniano. ¿Era un resentido Martínez
Estrada? Yo creo que sí. Pero, ¿qué es
ser un resentido? ¿Tuvieron una especie
de bola intragable? ¿Bajar
desabrimientos desde la fuente en
dirección al estómago? ¿O padecer,
quizá, de peso en la cabeza? Rimbaud era
un resentido. Edgar Allan Poe también.
Los
jóvenes de Contorno también
tenían el aliento ácido. Y el canon
legendario de 1953 pretendía distribuir
buñuelos azucarados. Ezequiel Martínez
Estrada y los jóvenes parricidas.
No
puedo olvidarme: el otro cuestionamiento
al canon de 1953, además de rescatar a
Martínez Estrada, levantó a Roberto
Arlt. Aristas, pues, para el ensayo y la
novela. De Arlt —el autor de Los
siete locos y de El juguete
rabioso— me dijo en esos años un
personaje de La Nación: “Pero,
¿cómo le van a dedicar un número
especial de Contorno a un
escritor de kiosco?”
Martínez Estrada un outsider en
ese momento, Roberto Arlt otro marginal
exclusivo del Sancta Sanctorum. Olvidaba
ese receso del liberalismo que pretendía
darnos consejos que, en su tiempo, el
mismísimo autor del Martín Fierro,
José Hernández, había sido excluido del
canon por ser leído —o escuchado, en
realidad— por gauchos que se
identificaban su gaucho matrero.
Parecería que en la Argentina —para no
abundar— la literatura más viva y
auténtica está condenada al ostracismo.
Los
de Contorno —con Martínez Estrada
y con Roberto Arlt— conjuraban así al
ninguneo y al exilio decretados por la
versión canónica de la literatura.
Y
entre otras cosas, asumían los
zigzagueos contradictorios respecto de
las versiones monolíticas, socializadas,
de Martínez Estrada. Y desde el
comienzo: porque si en primer lugar
Lugones lo había tocado en la frente por
su musculosa Argentina (en la
línea lugoniana de Los ganados y las
mieses, y tan utilizable para
humillar a Manuel Gálvez, su desdeñado
adversario y pretendiente al primer
premio nacional de literatura), por otro
lado, don Ezequiel había denunciado al
último modernismo apelando a la piedra
despojada contra el oro decorativo.
Martínez Estrada —antes de 1920—
coincidía en su denuncia del agotamiento
rubendariano, con el mexicano Gonzáles
Martínez que enunciaba,
coincidentemente, que había llegado la
hora “de torcerle el cuello al cisne”.
Lugones, en los mismos años en que
anunciaba la llegada de la hora de la
espada, funcionaba, de hecho, como
padrino del primer Martínez Estrada. Es
que los versos “clasicistas” del don
Ezequiel de esa década coincidían,
retóricamente, en el fervor
ordenancista del inventor de La
grande Argentina. No era, en los 20,
un vanguardista Martínez Estrada. Tan
distante de los jugueteos metafóricos
del grupo Florida, como de los
desgarramientos filantrópicos de la
gente de Boedo. Entre el 20 y el 30,
Martínez Estrada se superpone con la
entonación moderada (casi patriótica) de
un Luis Franco, o con el rimado
escrupuloso de un Nalé Roxlo (ambos,
también, formales ahijados de
Leopoldo Lugones).
Pero
viene el año 30. Cargado de señales que
van a atorar la obra, conformista
entonación oficial del
radical-liberalismo de las clases
medias. Cae Hipólito Yrigoyen (en una
secuencia latinoamericana que enhebra al
Caribe, al Perú de Leguía e, incluso, al
Brasil proveniente de la república
velha). “Producir lo que no se
consume, consumir lo que no se produce”.
El pacto neocolonial con los británicos
sufre un sacudón. Carnes, trigo (o café
o el producto primario que sea) entran
en caída y tirabuzón con el más que
conocido crash de Wall Street. Y todo lo
que colea en falsa escuadra… ¡Se acaban
las vacas gordas y el buen dios dejó de
ser criollo!
1930:
de la década argentina de “los últimos
hombres felices” se pasa a la “década
infame”. De “los pueblos deben ser
sagrados para los pueblos, como los
hombres para los hombres” (frase de
Hipólito Yrigoyen dedicada al presidente
norteamericano Hoover), la Argentina se
desplaza a esa especie de epitafio
formulado en Londres por el
vicepresidente conservador Julio A.
Roca: “Desde un punto de vista
financiero, la Argentina es la más
preciada columna del imperio británico”.
Dos
escritores, en esa coyuntura, señalan la
fractura (y angustia que viven las
clases medias y el incipiente
proletariado): El hombre que está
solo y espera (1931) de Raúl
Scalabrini Ortiz, y La Argentina y el
imperio británico (1934). El hombre
solitario de Buenos Aires, dibujado
mediante una intuición impresionista,
que pretende rescatar sus rasgos más
distintivos en un exorcismo por salvarlo
de sus angustias y pérdidas de identidad
tradicionalmente “triunfalistas”.
Scalabrini. Con un trabajo más empírico
los hermanos Irazusta van historiando,
desde los orígenes del primer empréstito
(1836), la dependencia creciente que se
había creído autonomía progresiva y
liberal. El argentino en crisis; la
Argentina, ganadoramente triunfal, al
derrumbe.
Y en
coincidencia con ese par de
publicaciones (entre quejumbrosas y
despiadadas), Martínez Estrada publica
su Radiografía de la Pampa
(1933).
Dos
libros, por consiguiente. Tres, en
realidad. Y un suicidio, el de Lugones
(que, a su vez, se inscribe en una serie
de autobiografías). Porque si en algo
coinciden los suicidios con las
autobiografías, es su circularidad: la
víctima y el verdugo son la misma
figura, en el suicidio, y el narrador y
el protagonista se superpone en un solo
actuante.
En
fin, que el suicidio lugoniano subraya,
a su vez, el clima de derrota posterior
a 1930: Lugones, desde su grande
Argentina y su apuesta fascistizante
al pie de Uriburu, incurre, en 1932, en
un folleto lamentable —El único
candidato— a favor del otro general
más fraudulento que mussoliniano. En
verdad, el blasón neoliberal que
corrompe infatigablemente cuando la
llamada a concordancia (y, de
manera aparentemente contradictoria,
tira por la borda los últimos resabios
del liberalismo clásico con el pretexto
del Congreso Eucarístico Internacional
de 1934).
Lugones, agotado en su carrera de
cooptación que lo fue llevando desde el
anarco-socialista de La Montaña
de 1897, hasta el fervor por Mussolini
formulado en el centenario de Ayacucho
de 1924 en Lima junto a grandes
cortesías de Santos Chocano. Lugones que
desde las sucesivas montañas
(jacobinas o de oro) había emitido,
hacia arriba, plegarias a los dioses y,
hacia abajo, órdenes en dirección a las
imaginadas columnas proletarias.
Lugones, desabrido, vacío, se suicida
–simbólicamente– sobre la gran letra del
Delta en un “recreo” melancólicamente
titulado “El Tropezón”.
Es
esta la coyuntura del distanciamiento de
Martínez Estrada en relación a su
antiguo padrino —del distanciamiento, en
medio de una crisis argentina
generalizada, pero no de una ruptura.
Porque recuerdo un artículo de don
Ezequiel sobre el poeta oficial,
titulado Lugones, un retrato sin
retoques que fue publicado en la
revista mexicana Cuadernos americanos:
no hay allí una crítica de Lugones, sino
un recuerdo más bien nostálgico centrado
en las obsesiones detallistas del autor
de La guerra gaucha.
Distanciamiento cauteloso y no crítica
despiadada. Nada de eso: ni del
triunfalismo gritón de Lugones, ni de su
fascismo proliferante, avasallante. A lo
sumo, el reemplazo del Lugones, padrino
intelectual, por otra figura proveniente
del modernismo, aunque de neo-barbarie
exaltada en la soledad de la selva:
Horacio Quiroga, mi hermano mayor.
Crítica no alejarse, distanciarse sí:
ahí en Radiografía de la Pampa,
trabajo en el que se entremezclan
lectores de Freud, Simmel y, sobre todo,
del Spengler de La caída de Occidente.
Decadencia de la Argentina a partir de
un telurismo exasperadamente pesimista
que, en su núcleo, denuncia el optimismo
del país oficial culminante en el
Centenario de 1810 (y de 1816).
Diagnóstico que no solo es celebrado por
Horacio Quiroga, sino que también es
saludado con fervor por el diario La
Nación. Son años de concordancia.
Abandonando, o dejando de lado las
faenas iniciales en su carrera a favor
de un ensayismo corrosivo, sin duda, y
que alarma a los bienpensantes, al final
de la “Década infame” (hacia 1940),
Martínez Estrada publica La cabeza de
Goliat. No ya la totalidad de la
Argentina, sino una focalización
impresionista de Buenos Aires, La
cabeza de Goliat, en su
cuestionamiento del facilismo en que
escamoteaba la crisis concretamente
histórica, se opone, en su núcleo, al
descubrimiento enternecido de la gran
ciudad planteado y reiterado por los
vanguardismos de los años 20. El
urbanismo no es una fiesta para Martínez
Estrada, sino algo despiadado. O, si se
prefiere, un réquiem o un epitafio del
Buenos Aires mediante el cual se
pretende, ya canónicamente, celebrar “el
progreso tecnológico”.
En
los años siguientes —década del 40 en
adelante—, el Martínez Estrada
ensayista, si por un lado es corroborado
—premios numerosos, presidencia de la
sociedad de escritores, intento de
cooptación por parte de “la buena
vecindad” enunciada por F. D.
Roosevelt—, por el otro costado, a
partir de 1945, se verá enfrentado al
fenómeno del peronismo.
Enfermo, hospitalizado, crispando en
distanciamiento, su “piel lastimada”
será —según el propio Martínez Estrada—
un síntoma, una señal de su malestar
frente al peronismo. No lo entenderá
jamás. Ni intentará hacerlo. Son sus
olvidos liberales. Y liberales son
también los argumentos que se le
exacerban aún después de la caída de
Perón en 1955. ¿Qué es esto? No
solo es el título de su libro de
balance, sino el indicador de los
límites de su imaginación liberal.
El
gigantismo orográfico de Sarmiento
(tópico reiterado acríticamente hasta la
náusea), abrumó y marcó a varias
generaciones, incluso en el liberalismo
más tardío: a Martínez Estrada, como se
va viendo; a Ricardo Rojas, a Luis
Franco, al mismo Lugones, hasta llegar
por lo menos hasta José Luis Romero: la
fascinación incondicional por el autor
del Facundo. Porque si Rojas
habló del “profeta de la Pampa”, Romero
se exaltó hasta proclamar
apologéticamente: “Sarmiento el grande”.
Los gauchos y los indios, de la
teurática (y de la acción política)
fueron borrados como resultado último
del impacto intelectual del
eurocentrismo, llevado, con
frecuencia, hasta un darwinismo social
impregnado del más crudo y explícito
racismo. Dos fracturas fundamentales en
el itinerario de Martínez Estrada: la
primera —lo hemos visto— 1930 que, en
sus textos y en sus ademanes
primordiales, el deslizamiento desde el
optimismo y las rimas en dirección al
ensayismo cargado de señales nefastas.
La segunda —y Martínez Estrada no tuvo
el monopolio—, el impacto en América
Latina de la Revolución Cubana a partir
de 1959.
En
1902, con motivo de la muerte de Emilio
Zola, ante su tumba, Anatole France dijo
en su discurso fúnebre: “El Yo acuso
de Zola, denunciando dos fraudes
cometidos contra el capitán Dreyfus,
logró que por el affaire Dreyfus
pasara la historia del mundo”. La
historia del mundo. Yo no sé si por
la Revolución Cubana, a partir de 1959,
pasaba la historia del mundo, pero sí
tengo la convicción de que pasaba la
historia de todo un continente, la
historia de América Latina.
Y
estamos de acuerdo que en ese capítulo
revolucionario, la presencia del
comandante Ernesto Guevara fue decisiva.
Pues bien, por intermediación del Che
Ezequiel Martínez Estrada fue invitado a
trabajar en Cuba. Y su eje principal en
esa faena fue el descubrimiento y los
comentarios sobre Martí.
El
Che era un paradigma de la Revolución
Cubana. Cuba encarnaba la divisa mayor
de la lucha antiimperialista
latinoamericana. Todo un continente
apostaba identificándose con Cuba y el
Che. Pero —permítanme, permítanme— la
relación de fraternidad entre Cuba y la
Argentina exhibía (exhibe) un nexo
peculiar, una densidad justificada y
materializada en el Che. Me lo susurró
Cortázar, Julio, aquí en La Habana): “El
vocativo che, tan porteño, fue
internacionalizado a través de Ernesto
Guevara”. Pero, compañeros, cómo se iba
a explicar el boom literario
latinoamericano sino era a través de la
trascendencia de la Revolución Cubana…
Martí
y Ezequiel Martínez Estrada. Ya no se
trataba, como en Rubén Darío a fines del
siglo XIX, de Martí incorporado a la
serie de los raros. O como una figura
capital del modernismo literario
finisecular. El Martí de Martínez
Estrada era analizado (y situado en su
contexto político y cultural) en tanto
teórico, precursor y mártir de la
descolonización de África, Asia y
América Latina: La conferencia de
Bandung se inscribía nítida y
dramáticamente en la obra y en la vida
de Martí. No me olvido: Bahía de
Cochinos estaba ahí. Y Sarmiento,
incluso —y no digamos Lugones—, quedaron
muy atrás en las evoluciones de Martínez
Estrada aplatanado.
Ya no
se trataba de un rescate del pasado
utilizable. Ya no se trataba de releer
textos con los que se podía identificar.
Ahí radica —en mi criterio— un trabajo
que a Martínez Estrada lo desbordaba. Se
trataba, nada menos, de un Martí como
proyecto para el hombre nuevo. No
un canon, no, sino verbo y acción.
Conferencia magistral impartida por
David Viñas en la XVI Feria
Internacional del Libro de La Habana. |