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Recibir este honor de la Universidad
Mayor de San Marcos, Decana de América,
excede cualquier reconocimiento que
pudiera soñar. El hecho de que tanta
ilustración universal haya pasado por
sus aulas, que este premio lo hayan
recibido cubanos como Fidel, Nicolás
Guillén y Eusebio Leal, y sobre todo la
certidumbre de que César Vallejo estudió
aquí, me hace sentir usurpador. Muchas
veces he proclamado que el autor de
Poemas Humanos tuvo un efecto
fundacional en mí.
Sé que, según el protocolo de estos
actos, ahora me tocaría dar una clase
magistral. Pero solo soy un cantor
popular que, para colmo, siempre ha
tenido claro que practica un oficio que
no suele enseñarse, una profesión sin
cátedra. Aunque esto es rigurosamente
cierto, para ser más justo debería
agregar que existen al menos regiones de
la vida que nos enseñan. La escuela de
un cantor puede comenzar en las tonadas
con que nos duermen las abuelas y con
las melodías que escuchamos salir de la
cocina mientras nuestra infancia
corretea. Son lecciones todo lo que
acontece en los hogares, si es que
nacemos con la fortuna de un techo, y
escuelas son las calles, las ciudades,
los dioses y los héroes que nos esperan
cuando abrimos los ojos, como queriendo
sellar nuestra suerte.
Hay muchas formas de cantar y todas
parecen necesarias, o al menos tienen
sus profetas. Dicen que cada manera está
determinada por cierta zona de los
gustos. Pero cantar también es una
lucrativa carrera y por eso es parte de
la llamada industria del
entretenimiento. Uno de los fines de
esta curiosa forma de producción es
fomentar y expandir una música que nos
distraiga en las horas llamadas libres.
Para eso fabrican sus canciones y
ritmos, que suelen ofertar cuerpos
maravillosos y rostros inolvidables.
Debo admitir que yo también admiro la
simpatía y la destreza de esos cuerpos y
que mis pies, que no piensan, pueden
marcar compases repetitivos. Pero mi
entendimiento rechaza la fábrica que
intenta adicionarme a lo vacío. Presto
atención, sin embargo, a todo el que se
toma en serio su trabajo y trata de
hacerlo bien, aun si es un asalariado de
la industria del entretenimiento.
Lamento si su entorno no le permite otra
forma de supervivencia que ponerse al
servicio de la compraventa. Pero conozco
a otros que han desafiado ese destino y
asumen los riesgos de su libertad. A
esos que no ceden al facilismo
domesticado son a los que identifico
como familia. Y es que las melodías que
tarareaba mi madre, los sones que bailé
en mi juventud, los himnos que aprendí
en mi adolescencia y, en fin, la
adoración a la canción en mi país, me
hicieron asumir mi oficio como
necesidad, y no he tenido más remedio
que cantar como una aspiración cultural.
También tuve la suerte de tener algunas
ideas sobre mundo, antes de sentir el
impulso, la necesidad de cantarlo.
Recibí lecciones de mi propio país,
cuando en 1961 se realizó la campaña de
alfabetización a la que nos sumamos 100
000 estudiantes secundarios. A los 14
años me separé de mi familia por primera
vez para subir montañas y sumergirme en
ciénagas, para recorrer distantes
parajes enseñando a leer y a escribir, y
a la vez para aprender la estremecedora
lección de los que habían sido
olvidados. Pero más que sin analfabetos,
inaugurábamos un país de mujeres y
hombres que, con el apetito del saber
abierto, seguían estudiando. Fue
entonces que nuestras escuelas y
universidades empezaron a crecer y a
multiplicarse. Por eso en 1967, cuando
empecé a mostrar mis canciones, nuestros
niveles de escolaridad iban en franco
desarrollo. Haber sido soldado de
aquella primera gesta que como lema
llevaba un pensamiento de José Martí:
«Ser cultos para ser libres», y cuya
bandera era el saber sin discriminación,
me hizo pensar que a partir de entonces
ya nada sería igual en Cuba, ni siquiera
las canciones.
Una transformación esencial estaba
ocurriendo: la práctica humanista nos
mejoraba como gentes y aquella mejora
hechizó cualesquiera que fueran los
propósitos de cada cual. Cuando yo me
puse a hacer canciones la ética y la
estética ya eran compañeras. El arte,
como parte de la vanguardia espiritual,
pensaba yo, debía esforzarse por estar a
la altura de la nueva realidad. Un poco
antes Alejo Carpentier había inaugurado
la Editora Nacional de Cuba y la
literatura empezó a circular a precios
populares; el Universo rechazaba la
guerra contra Vietnam; Casa de las
Américas hizó el Primer Encuentro de la
Canción Protesta; eran los años del boom
literario, del Novo Cinema y del Nuevo
Cine Latinoamericanos. Varios compañeros
de generación vivíamos lo mismo,
habíamos llegado a conclusiones
parecidas y poco a poco nos fuimos
encontrando. Nuestras canciones, en un
inicio aisladas por la soledad,
empezaron a manifestarse como una
corriente juvenil que primero fue
identificada como «trova moderna» o como
«trova joven», hasta que fue llamada
«nueva trova».
La nueva trova nunca fue un movimiento
estéticamente homogéneo y mucho menos
pretendió fundar un estilo musical. Lo
primero que nos cohesionó fue tener, más
o menos, la misma edad y el momento
social que vivía Cuba, con el que nos
identificábamos. Vivir al lado de un
país tan grande y con medios tan
poderosos nos mostraba que era necesario
conocer y reproducir nuestras melodías
de antaño, para que las canciones por
venir no olvidaran sus orígenes. Pero lo
novedoso es como un pie forzado para las
nuevas generaciones, que siempre llegan
con la lógica aspiración de una voz
propia. Quizá por eso la ruptura llamaba
tanto mi atención. Nos tocaba ser
jóvenes en un tiempo que también era
joven y nuestra sociedad cambiante nos
exigía tanto, que respondíamos con una
dolorosa honestidad. Creo que ese
desgarramiento fue la médula de nuestro
aporte. En definitiva ¿a qué se le puede
dar crédito en este mundo sino a lo que
desafía los abismos?
He leído muchas veces que el compromiso
con las aspiraciones de cada tiempo
histórico suele ser sustancial para la
expresión artística. Pero esta verdad
natural no se puede interpretar como una
directriz, porque corremos el riesgo de
convertir la realidad en su propia
caricatura. Lo programático se muerde la
cola, por eso, antes que nada, el arte
tiene que ser honesto. Cuando alguien le
preguntó cómo pensaba que debía ser una
canción, José Antonio Méndez, autor de
boleros eternos como La gloria eres tú,
con la noble sonrisa que lo
caracterizaba respondió: Sincera. La
canción debe ser siempre sincera.
Cantar es un arte antiguo y extendido
por nuestra diversa geografía.
Posiblemente no exista actividad de
nuestros pueblos que no esté reflejada
en alguna canción. Queda mucho por saber
de nuestros cantos y ese conocimiento
nos ayudará a saber más de nosotros
mismos. El compromiso con el amor y con
la belleza, con lo real y con lo
imaginado, y sin dudas con el reclamo de
justicia social que signa nuestra
historia, son esencias de la canción
latinoamericana. Esa suma de virtudes es
la que la mantiene viva y digna. Por eso
quiero terminar dando gracias a todos
los cantores que esperan por la simple
mención que los salve del anonimato y
que han sido y son paradigmas de
nuestras certezas.
Gracias, hermanas y hermanos del Perú,
país de cultura dorada, pueblo generoso
que atesora sabiduría, canciones y
ejemplos dignos de amor y respeto, como
el del joven poeta inmolado, Javier
Heraud. Gracias, hermano Hildebrando
Pérez Grande; gracias, Escuela de
Literatura; gracias a este insigne
centro Mayor de estudios, Universal al
punto de premiar a un trovador. Por
supuesto que interpreto este gesto como
un abrazo de pueblo a pueblo. Lo acepto
en nombre de maestros como Sindo Garay y
Teresita Fernández, de la trova cubana
de todos los tiempos, de mi aguerrida
generación y muy especialmente en nombre
de Noel Nicola, hermano que hace poco se
nos fue, pero que antes nos dejó
ejemplares versiones cantadas de la
inmortal poesía de César Vallejo.
Palabras de Silvio Rodríguez al recibir
el Doctorado Honoris Causa en la
Universidad Mayor de San Marcos, en Lima |