Año V
La Habana

3 al 9 de MARZO
de 2007

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Gabriela Mistral
Pública y secreta (selección)

Volodia Teitelboin • Santiago de Chile

 

Su Maestro José Martí

Gabriela Mistral es uno de los intelectuales latinoamericanos más sensibles a la difícil relación con Estados Unidos.

Habló con frecuencia del abismo entre el Norte y el Sur del continente y registró el choque en diversos campos.  No es el suyo un antiyanquismo primitivo. Confió en que de alguna manera se pudieran encontrar coincidencias que no fueran las del atropello y de la dominación.

No es socióloga, pero no puede dejar de lamentar esa historia iberoamericana que quiere “construir a base del encomendero una democracia” y “reemplazar el caciquismo con la civilidad”.

Mira a América Latina con un sentimiento de madre por el hijo atolondrado, aunque no ha perdido la esperanza de enmienda. Hablará de su masa continental, semejante al Asia y África, con un gran vacío en el interior del continente. Para ella América del Sur tiene sobre todo destino tropical. Es, por excelencia, tierra caliente. El pedestal templado de la América del Sur constituye una base secundaria. El corazón arde en el Amazonas, en los ríos gigantes. Llega a la conclusión que en América Latina todos somos tropicales, sea de trópico ardiente o de trópico frío.

Como escritora irremediable, se vuelve a la materia primera de su oficio, a la meditación de las palabras y a la defensa de alguna que a su juicio hemos manchado, como la palabra tropicalismo, sinónimo de verbo excesivo.

Ella discrepa y se pregunta: ¿dónde están esos prosistas y poetas tropicales? En México encuentra que los prosistas y poetas son ceñidos, mesurados. Y también confirma el mismo carácter en la literatura centroamericana y en el norte de América del Sur.

¿Qué es, entonces, el tropicalismo? No es una manera de hablar o de escribir propia de las regiones tórridas. Sería, mejor dicho, una forma de expresión de literatura de gestación. Es una manera de referirse mal al escritor aún inmaduro o a la persona de mente desordenada; pero no es culpa del sol quemante. Anota que Italia no está tan lejos del trópico y sus grandes escritores son rigurosos.  En cambio Castilla, color de armadura, y la España lluviosa del norte han sido pródigas en poetas intolerables y en oradores floripondiosos.

Si se quiere hablar de tropicalismo, esto no debe referirse a la geografía próxima a las regiones ecuatoriales, sino al alma caótica de los espíritus vehementes, a los balbuceantes, a los hinchados de palabra.  Ella encuentra más trópico en España que en Sudamérica. Además, no hay que confundir el calor del alma con la retórica.  La primera puede generar la obra de arte estremecida; la segunda, en el mejor de los casos, es “un gran papagayo tornasolado”.  No hay que igualar las palabras exceso e intenso.  Es intensa la piedra preciosa.  Ella encuentra que muchos poetas delos trópicos son breves y densos, como la gota de resina».  Por eso la Mistral sale espada en mano en defensa de esta palabra tropicalismo, “... manchada como la palabra democracia”.

Para ella Martí es un auténtico y magnífico tropical. ¿Cómo se manifiesta dicho tropicalismo?

En primer lugar, una calidez gobernada o suelta corre por su prosa en un clima de efusión; marca sus arengas, los discursos académicos, los artículos de periódicos y las simples cartas.  Yo digo calidez y no digo fiebre.  Tengo por ahí pespunteada una vaga teoría de los temperamentos de nuestros hombres; los que se quedan en el fuego puro y se secan y se resquebrajan, y los que viven del fuego y del agua, es decir, de un calor húmedo, y se libran del resecamiento y la muerte.  Martí fue de estos. 151

Consideró su maestro mayor a José Martí, el máximo revolucionario e intelectual latinoamericano de la segunda mitad del siglo XIX.  Proyectó un libro sobre él y prometió entregarlo a Editorial Losada.  Ella vivía a la sazón en Petrópolis, Brasil, donde se desempeñaba como cónsul.  Como testimonia Guillermo de Torre, encargado de la Colección El Pensamiento Vivo, que debía publicar la obra, Gabriela estaba entonces dedicada a ayudar hasta el límite de sus fuerzas a los republicanos españoles exiliados.  No pudo rematar el libro soñado sobre Martí, pero alcanzó a enviar un capítulo, cuya base fue una conferencia que ella ofreció sobre el tema en La Habana, en 1934.

Martí y la Mistral fueron personalidades sobradamente distintas en cien aspectos.  Sin embargo, Gabriela se encuentra en el cubano por su entrega al mundo, por su amor a América y también por la potencia originalísima de la expresión.

La chilena se pregunta: ¿en qué consiste la originalidad de Martí? ¿En su vitalidad tropical? ¿En su robustez? ¿En su comercio con los clásicos? ¿En su conocimiento de los griegos y los latinos? ¿En su lectura de los setenta tomos de la Colección Rivadeneira?  Todo es agua para mover ese molino.  Incluso su lealtad a la lengua de España, pero hablada por un antillano, que ha leído a los escritores modernos de Francia y de Inglaterra, “cosa muy natural en hombre que tenía su presente y vivía registrándolo día a día”.  Queda fascinada: “La lengua vieja, las ideas nuevas”.  Él lee todos los autores que trascienden.  Pero a sabiendas que tiene “encargos que cumplir, trabajos que hacer en la carne de su tiempo”, trata sus propios asuntos y lo hace con tono, vocabulario y sintaxis que resultan de la originalidad más pronunciada. ¿Procede ella puramente del estilo novedoso?  No. Nace del acento, del tono personal.  Para la Mistral, Calderón tiene un estilo, pero Santa Teresa un tono.  Y el tono criollo, de cuerpo entero, es el que celebra en el padre de los Versos sencillos.

Hace tiempo que rueda el lugar común sosteniendo que el trópico es tierra de elocuencia.  Otros la ven, despectivos, como espuma, facundia, garrulería vana.  Pero —oigámoslo bien— Martí es el orador por antonomasia de este continente.  Cuando se lee su prosa se le siente la voz.  No hay, sin duda, en América española un hombre que haya dicho sentencias más medulares, más nobles y más bellas, tan henchidas de sentido entrañable, de tanto amor por el hombre y el destino de nuestros países que aquel que confiaba el 7 de julio de 1894 a su amigo José Dolores Poyo toda una filosofía de desprendimiento y una moral de la responsabilidad:

La única gloria verdadera del hombre —si un poco de fama fuera cosa alguna en la composición de obra tan vasta como el mundo— estaría en la suma de servicios que hubiese, por sobre su propia persona, prestado a los demás.  Lo que ciega a los hombres y los hace llegar tarde, o demasiado pronto, es la preocupación de sí.  Yo ya sé cómo voy a morir.  Lo que quiero es prestar el servicio que puedo prestar ahora.

Hacer el elogio del orador latinoamericano resulta empresa equívoca, signo de mal gusto. “La oratoria carga con una cadena de fatalidades” certifica la Mistral, quien se ríe del recitador de espectáculos, regodeándose deleitado ante su timbre, que a ratos se echa a gritar y halaga al auditorio, que pasa de la voz tonante, de los gestos violentos y los secretos públicos a las calamidades de la gesticulación y el desprecio por el vocabulario. Ella como que se alegra de no tener amigos oradores y desdeña ese “lirismo impotente que no llegó al poema”.

Un día alguien debería estudiar el tono y el estilo en la Mistral.  Encontrará más de una afinidad con el de Martí, no por obra imitativa, sino porque estuvieron animados por el ángel de la elocuencia poética.

Nuestro latinoamericanismo

Más de algún investigador ha buceado ya en el asunto. “Estirpe martiana de la prosa de Gabriela Mistral” es el título de un estudio de Juan Loveluck:

Sale Gabriela Mistral de Chile y va a México, donde empieza a codearse con el influjo más poderoso que estilo alguno ejerció sobre su escritura: el de José Martí.  Este pone en su mano doble don: el nuestro americanismo, la devoción por lo propio, el infatigable indagar en la condición mestiza; y una concepción de la escritura-prosa en que la búsqueda sin fatiga de la originalidad expresiva la hace tan creadora como el ejercicio del verso.  Si Chocano, Nervo y Vargas Vila la extraviaron un día, será la obra martiana —poesía y prosa— la que la devuelva al camino. Por 1925 el culto a Martí se alía a su madurez primera y la llevará años después a reconocer en el autor de Nuestra América su maestro americano por excelencia. 152

Hablará del orador Martí.  El género tiene mala fama confirmada por tanto vozarrón vacío y los gesticuladores de feria.  Para ella Martí es el “orador honrado dentro de un gremio fraudulento”.  En las antípodas del demagogo, su ardor brota verdadero.  No hace arenga sino argumentación encendida; y la prueba suprema de sus quilates la da la comprobación áurea, la más difícil: la lectura de sus discursos no deja en frío.  El hielo se funde tras la primera frase. Su majestad expresiva no emana de una catarata retumbante, sino que nace de la fuerza viva de la verdad, de la razón revolucionaria, o sea, aquella que quiere cambiar un estado de cosas injusto.  Hay una sintaxis perfecta entre la verdad y la fuerza, entre la claridad, la belleza, el acto y la trascendencia del concepto.  Aunque ambos despiden semejanzas proféticas, nunca se desgañitan ni se pierden en el trance.  Al fin y al cabo él está hablando del drama real de un pueblo, del suyo y los de América Latina entera.  Ella, a su vez, en su poesía está hablando de su tragedia y no lo hace como comediante o bufón.  Hay en ambos una aleación preciosa de clásico y romántico.  En el discurso de Martí se cruzan rayos y fulguran relámpagos; tiene adjetivación rica, girando siempre en torno a un núcleo central de ideas, que no se empequeñece en relación con la profundidad del deber libertador.  Ella se adentra en Su odisea personal.  Sustenta en lo social un puñado de ideas que a retazos podrían calificarse de martianas.

El léxico copioso es inherente a un hombre hecho para el pensamiento y la acción mediante un uso vivificante del término.  Martí habla y escribe como un castizo del idioma tanto español, como cubano.  Gabriela, una castiza española chilena, lo siente suyo, andando por su camino.  Precediendo a Rubén Darío, quien le reconoce el derecho a la primogenitura, Martí es también el adelantado de Gabriela.  Se dedicó entre otras cosas de más bulto a cubrir los déficit lingüísticos.  Realiza estos depósitos inéditos en el diccionario sacándolos de la cuenta corriente del pueblo, de la vida cuotidiana, pero conforme a la lógica y la filosofía de la lengua castellana.  Sus neologismos no serán mera destreza o acrobacia verbal sino necesidad de una expresión más exacta, trátese de sustantivo, adjetivo, verbo o adverbio funcionales.

Gabriela es asimismo una aportadora a la lengua, colmada de voces tradicionales y nuevas, de plebeyismos y americanismos que traspasan la acepción peyorativa gracias al rasero de la poesía.

Algo quiero deciros de los americanismos.  Tuve que hablar una vez en la Sorbona, e hice una confesión desnuda de mi criollismo verbal.  Comencé declarando sin vergüenza alguna que no soy una purista, ni una pura, sino una persona impurísima en cuanto al idioma.  De haber sido purista, jamás entendiese en Chile ni en doce países criollos la conversación de un peón de riego, de un vendedor, de un marinero y de cien oficios más.  Con lengua tosca, verrugosa, callosa, con lengua manchada de aceites industriales, de barro limpio y barro pútrido, habla el treinta por ciento a lo menos de cada pueblo hispanoamericano y de cualquiera del mundo.  Eso es la lengua más viva que se oye, sea del lado provenzal, sea del siciliano, sea del tarahumara, sea del chilote, sea del indioamazónico. (Además, ustedes no van a quedarse sin el Martín Fierro y sin los folclors español y criollo).153

Cada cual en su ámbito y todos en el español de España y de América.

Gabriela estima que una de las pérdidas que tuvo en su vida fue no haber escuchado su voz.  Cuando Martí murió ella tenía diez años.  Era una niña perdida en el Valle del Elqui.  Seguramente no había oído nunca mentarlo, pero con el tiempo algunos amigos de Martí le hablaron de su voz, que desgraciadamente no fue fijada, según su conocimiento, en ningún disco.  No había llegado aún el tiempo de las grabaciones, pero le supone gracia de voz.  Ella confiesa que le gusta, como a Emerson, la voz grata.  No le agradan las que acarrean piedras.  Lamenta no haber percibido su acento y su mímica, pero da gracias Dios porque quedó la letra de sus discursos, que deja constancia “de la noble anatomía [...] de su oración cívica o militante”.

Martí, a menudo, es orador de períodos extensos, medida que exige un control mucho más difícil que el de la frase corta.  Pero en el cubano la oración brevísima o largamente compuesta se caracteriza porque está viva de cabeza a pies.

Gabriela tiene prisa por llegar al fondo de la cuestión y este se refiere a la trascendencia del mensaje, que en cuanto a su forma parece estar libre de declamación.  Ella desconfía del enfático y del patético, del arrebatado y del que cae en éxtasis o en trance como orador.  Prefiere más bien la buena conversación doméstica.  No recomienda a nadie que emulo a Cicerón.  Y además hay que saber mudar de tono y turnar las palabras solemnes con “un adjetivo de lindo sabor popular”.  Su adorada Biblia pasa de un profeta a un evangelista.  No se puede estar echando siempre por la boca fuego y hierro derretido.

Esas dos dimensiones de Martí, la política y la literaria, se complementaron mutuamente.  El tono natural, de tanta fuerza y originalidad, se afirma y se toma más convincente por la soltura del vocabulario, a juicio de Gabriela, uno de los más intensos y extensos de la literatura y, ¿por qué no? — sin duda— de la política latinoamericana. Es un poseedor absoluto del castellano.  A diferencia de Montalvo, aquí en ella le sospecha el comercio diario con el diccionario, Martí es la expresión más radiante y fluida del castellano universal y del castellano cubano.

Comparándolo con Darío, la Mistral prefiere a Martí, porque lo encuentra más libre de galicismos, rechaza mejor el cosmopolitismo y el prurito de fineza.  Pero que nadie se mueva a engaño: si la lengua de Martí no es nunca “extravagante, pirotécnica”, él sí es un inventor del idioma, autor de adjetivos, verbos.  Y la chilena piensa que “Nadie entre nosotros llevó más lejos la ceñidura del apelativo de la cosa”.

En su elogio del buen trópico, Gabriela compara a Martí con Bolívar:

Cuando me encuentro a un hombre semejante a Martí o a Bolívar, que en su Trópico, de treinta años, no se descoyunta y se mueve en él lo mismo que el esquimal en la nieve, trabajando sin agobio y rindiendo la misma cantidad de energía que el hombre de climas medios, vuelvo a pensar en que lo elefantiásico y monstruoso del Ecuador no existe.  José Martí cayó en el Trópico como en molde cabal: él no rezongó nunca contra la latitud, porque no se habla mal del guante que viene a la mano. 154

Gabriela subraya una segunda manifestación del trópico, que vale tanto para Martí como para Fidel Castro, ambos cubanos hijos de españoles: la abundancia. “El Trópico —sostiene— es abundante por esencia y no por recargos de bandullos y perifollos;... la abundancia es natural por venir de adentro, de los ríos de su savia interna”.  Concluye que “lo hicieron en grande”.

Manifestación específica de su personalidad es la lengua metafórica.  La imagen no sabe a lujo ni complemento ornamental; se desprende con verdad de la naturaleza tropical; presta servicio y deslumbra a la vez.  Así es la naturaleza de Martí.  Sembrador de ideas, profesor de pueblos, conductor de hazañas libertadoras, simultáneamente se alza como maestro total de la forma, artista del “canto absoluto”.  Así es su poesía, así es su prosa.  La Mistral tiene la impresión de que Martí pensaba mucho en imágenes.  Pero no se trata de la alegoría asiática, provista sobre todo por la fantasía.  La metáfora martiana sale precisa, guardando la relación que en el cuerpo humano tienen el hueso y la carne.

O sea, es verdadera.  Gabriela decía:

Confesarles a ustedes mi fe en este Martí sobrenatural viene a ser solamente decirles que yo juro a puños cerrados por la veracidad de su poesía.  Y es que ella, entre su cadena de virtudes, tiene la de un tacto particular, que raramente entrega el poeta, el tacto de lo veraz, de una verdad de ver y tocar, aunque se trate de lo inefable.155

Otro rasgo que anota en Martí es su don de entrega, lo que llama la generosidad del hombre.  Trabaja por una buena causa, que siente también suya.

Estamos llenos de injusticias sociales, pero ellas derivan más de una organización torpe que de una sordidez congenital; andamos buscando un abastecimiento racional de nuestros pueblos, y cuando lo hayamos encontrado, los sistemas económicos de la América serán mucho más humanos que los europeos.

Naturalmente la lengua es el hombre, y por allí Gabriela se acerca a la persona. Rechaza el desmembramiento entre individuo, obra y palabra.  Gran parte de Martí quedara amputada si se desvinculara su acción política de su escritura.  Gabriela intenta el rastreo de sus orígenes.  Atribuye su fuerza viril a la sangre catalana y la ternura al ambiente antillano.  Habla de “José Martí el Bueno”, pero además del joven maduro, del sujeto cenital, porque encarna por su conjunción de cualidades positivas un punto mágico en que se unen “las dos mitades del cielo”.  Este hombre sabe el negocio complicado “de vivir, de padecer, de caer y levantarse”.

Gabriela le reserva unos párrafos para “alabar también al luchador sin odio”:

Empujado a la cueva de las fieras, constreñido a buscar fusil y a echarse al campo, sin que se le pongan sanguinosos los lagrimales [...].Todo es agradecimiento en mi amor de Martí: gratitud hacia el escritor que es el maestro americano más ostensible de mi obra, y también agradecimiento del guía de hombres que la América produjo en una especie de Mea culpa por la hebra de guías bajísimos que hemos sufrido, que sufrimos y sufriremos todavía.  Angustia siento yo, americana ausente, cuando me empino desde la tierra extraña hacia nuestros pueblos, a mi gente atollada todavía en las viscosidades acuáticas de las componendas y en las malquerencias fronterizas que tijerean el continente de todos lados.
Cuando los ausentes hacemos estas asomadas penosas al hecho americano, necesitamos acarrear de lejos a Bolívar para que nos apuntale la fe, y de menor distancia a Martí para que nos lave con su lejía las roñas de la criollidad [...]. Hemisferios de agradecimiento son para mí la literatura y la vida de José Martí.157

Anónimos

La perseguían los fantasmas de los anónimos, que podían ser reales o imaginarios. Chile era para ella un país donde se cultivaba afanosamente el género.  Tal vez volvería por un rato a su tierra, solo por un rato porque la última vez que estuvo “no menos de sesenta cartas "bajas y sucias" trataron de ensuciar mi pobre vida”.

Estaba convencida de que ella era el ejemplo vivo de la efectividad de un dicho: el pago de Chile.  En una carta que escribió en 1938 a Laura Rodig, este “complejo de persecución” o relato de una cacería que no le daba tregua vuelve a manifestarse.

Yo le di a este país mi vida en vano.  No me quedo por no volver a vivir defendiéndome de los odios sin cara, de los odios hipócritas con los cuales no es posible la lucha honrada [...]. Este odio se llama mujer mejor que hombre.170

No obstante su larga ausencia, sabe que los pobres no experimentan mejoría.

He visto, menos que usted, naturalmente, la miseria de nuestro pueblo, pero la he visto bastante.  Y lo he dicho en público y en privado cada día y varias veces al día.171

Pero antes de llegar a Siena, en junio de 1924, desembarcó en Nápoles.  Como encuentra que navega por un mar femenino, propone llamarlo “la mar Mediterránea”. Agua voluptuosa, gran parte de la literatura greco-romana la tiene por escenario.  No es temible como los grandes océanos, quizá por eso Homero la llama “pradera de violetas”.  Las tonalidades cambian: tienden al morado en la primera hora de la mañana y vuelven a la misma coloración en el atardecer.  Las violetas muestran una gota de leche durante los días nublados, pero su pigmento habitual es un azul alucinante, que parece inmóvil, para volverse todavía más hermoso.  Así por este mar, que es como una mujer vestida con un traje violeta, que nada tiene que ver con el océano violento que baña su tierra, ella había hecho un tiempo atrás su entrada a Europa.  Toca Sicilia.  Se encuentra más a gusto en este mar que siente leve, hecho de superficie, como si olvidara la dimensión de sus profundidades.  Y es tanta su alegría que se instala sobre cubierta y escribe una “Canción de marineros”.

Lo surca muchas veces durante años. En diciembre de 1930, desde Gibraltar, escribe una “Despedida del Mediterráneo”. (No será tampoco un adiós definitivo).  Había zarpado de Génova a Nápoles y de allí a Cerdeña.  En este viaje de regreso a América le nota urja cara huraña.  El aire taciturno se lo da la niebla, que no le permite divisar la Isla de Capri ni el Vesubio ni Córcega. O sea, ese mar que describió tan brillante y soleado ahora la despide de mala manera.

Gibraltar es el cuello estrecho de la botella mediterránea.  Atravesado su corcho, llega al océano.  Se acaba el juguete, se abandona el lago antiguo.  Dice hasta luego al mar latino. Ahora comienza el reino del agua salvaje, que... desde esta misma noche nos golpeará la nuca con su ritmo brusco, en la pobre cama de dormir mal y de soñar sueños asustados.

Las Españas: afinidades y conflictos

El tratadista español Menéndez y Pelayo estaba persuadido de que Chile no producía poetas por razones históricas. “Una tribu de bárbaros heroicos gastó allí los aceros y la paciencia de los conquistadores y manteniendo el país en estado de perpetua guerra, determinó la peculiar fisonomía austera y viril de aquella colonia”.  Tal base, en su opinión, determinó el carácter de su cultura y la pobreza de su poesía.  El chileno no está para versos. “El carácter del pueblo chileno —agregó Menéndez y Pelayo— como el de sus progenitores vascongados en gran parte, es positivo, práctico, sesudo, poco inclinado a idealidades [...]. El predominio del positivismo dogmático, triunfante al parecer en la enseñanza oficial durante estos últimos años, contribuye a aumentar la sequedad habitual de la literatura chilena, sólida por lo común, pero rara vez amena”.

Gabriela Mistral, que se decía descendiente directo de indios bárbaros, con apellidos originales vascos, es un primer buen desmentido a la tesis de Menéndez y Pelayo, para no hablar de un segundo apellido, Reyes Basoalto, alias Pablo Neruda.  Hay terceras, cuartas y enésimas excepciones a su teoría.

Ella sintió a España como contradicción seductora y anonadante.  Tuvo conciencia de que existen varias Españas.  La mediterránea tiene poco que ver con el paisaje de Castilla que a veces percibe de color ceniza. “Como Kempis, deprime en un versículo”.  Tremenda tierra, propicia a la abstracción y a la metafísica.  Acude necesariamente al Escorial, “una estrofa en la meseta”.  Se sintió absorbida por el frío de los corredores, causándole la impresión de que ya conocía todas las fortalezas y que cargaba una túnica de bronce sobre sus espaldas, extrañas a la grandeza del poder.  La piedra, el pudridero, donde se corrompen y se deshacen las carnes más solemnes de reyes y príncipes, le habla del dominio final de la muerte y la sombra.  Felipe es un rey envuelto por la tristeza.  Ante el dueño principal del mundo, ella, pequeña sudamericana, oriunda de países ultramarinos, que fueron parte de su patrimonio personal, no sintió el orgullo del poderoso sino su temor a la muerte, el imperio de la severa religión de la austeridad, que la inclinaban a contemplar largamente la mesita, el pequeño escritorio minúsculo en que el hombre solitario firmaba el despacho y decidía el destino de su patria lejana, estremecida por la guerra secular contra los indios.  Luego se detiene ante el lecho, donde el amo del orbe fue devorado por el cáncer.  El hombre que había en el rey sintió que se descomponía su carne.  Así moría el “demonio del mediodía”, ese pecador antilujurioso, esclavo de un Dios hosco y sangriento, que quemaba herejes para salvar su alma.  Hizo del cristianismo el culto de la verdad que se abre paso por el camino de la violencia y practicó el poder al modo de un ejercicio tan duro como melancólico, porque creía en la bondad del cielo y en la maldad humana.  Gabriela se detiene ante el hombre que se volvía cada día más putrefacto, que tiene por trono ambulante una incómoda silla de montar, a horcajadas de la cual viaja desde Madrid a la fortaleza, sintiéndose morir en el camino por los estragos de una enfermedad de origen aún más desconocido entonces que hoy.  La chilena siente que Felipe II es uno de los rostros de España, el más sombrío, el poseído por un sentido sobrenatural de su misión en la tierra, al estilo de los fanáticos fundamentalistas que conciben la alegría de vivir como un crimen.  La mole de piedra la abruma.  El personaje le da miedo y su rostro huraño le inspira piedad.

Otra monja escritora (bien distinta de la mexicana) le dice que Castilla es como un vino fuerte.  Esa religiosa que entabla con ella el diálogo imaginario es Santa Teresa.  A aquel rey lo poseía una pasión creadora que pasaba por la destrucción.  Ella conversa con la monja de Ávila, que tiene el semblante “rojo como un cántaro castellano”.  Compara las tierras de ambas.  Para Gabriela, Castilla no tiene regazos; en cambio sus cerros elquinos hacen “cobijaduras por todas partes”.  La Santa no ama las tierras grasas, los hombres y las mujeres blandos, habituados a la complacencia, que se traduce en “vicio de palabras grandes”.  A su entender, la naturalidad es hija de Castilla.  Gabriela contraataca, pero ¿el Escorial no es un monumento a la soberbia?  La monja responde, atribuyéndole responsabilidad al carácter de los tiempos.  España cumplió con América; fundó a lo gigante; que los americanos hagan lo suyo.  Tal es la orden de trabajo teresiana.

Se trata de una conversación sostenida en 1925.  Viajará a través de Castilla por consejo de la monja castellana.  Irá a su ciudad.  La Sierra de Guadarrama le recuerda a su Magallanes, no a Manuel sino a esa ciudad del Estrecho donde reina largo la escarcha. Cuando llega, Ávila también está blanca de frío.  El paisaje semeja un “cuello de buitre”.  La Santa lo sentirá como campo de labor.  Prefiere una página de Las moradas a la iglesia dedicada a ella.  Se siente hermana de aquella “majadera del Señor”.  La fantasía de la conversación la induce a preguntarle por qué se puso a escribir versos, por qué se dedicó a las rimas. “Se me cayeron de entre los dedos —dice—, que eso también viene del amor y no del pensamiento con jadeo”.  Penetra en la zona explicativa del arte poético. “Oye: en cuanto vuelves y revuelves lo que vas a decir, se te pudre, como una fruta magullada; se te endurecen las palabras, hija, y es que atajas a la Gracia, que iba caminando a tu encuentro”.

Andalucía es distinta, no castellana; medio española y medio árabe.  Encuentra que en Sevilla y Córdoba (dice que a Granada no ha ido)

... lo español retrocede; estorban un poco sus injertos intrusos; a trechos se le olvida. Tan impetuosa es todavía la presencia semita.  Se miran con un impertinente cariño los rostros árabes rezagados que encontramos.

Ella se declara más cerca de Andalucía y de su mezcla que de Castilla.  Sentía que lo andaluz iba más derecho a sus raíces y a su noción de cultura.  Así es también con el habla popular chilena.  La cultura es para ella “la manera de vivir”, pero con paralelas que se encuentran en el camino: redescubrimiento del mueble de la casa, del mueble que viene del Oriente y que le recuerda al indio mexicano; de la lencería, del manto árabe, del labrado de los materiales finos, de la talabartería cordobesa.  Esto la hace decir que el gaucho y el huaso han acariciado en su montura, sin saberlo, una “cosa árabe”; la lleva a acentuar esa idea casi doméstica de la cultura.

Raza más acendradamente culta que las del árabe-español y del judío-español, que aquí se enderezaron, no las ha repetido el Oriente en ninguna de sus acampaduras geográficas.  Ni en África, donde se quedó, ha conseguido duplicarla.  Con razón se ha dicho que, lo mismo árabes que judíos, en España lograron sus generaciones mayorazgos y que su aristocracia aquí se obtuvo como una gota de esencia, de cuya destilación se hubiese perdido el secreto.172

La aproxima su pasión por el agua, su cultivo del lenguaje de la fuente, metido dentro de sus salas; los patios con espíritu de jardines, donde siempre está sonando suavemente el líquido como una música que sale de los aljibes.

También siente cercano el parentesco por el oficio hortelano, que le recuerda su tierra, la selección de las especies botánicas, el sentido de la fruta dulce, ese amor por la pulgada de tierra que la traslada a Elqui.  La interpreta como una lucha contra la sed de tata gente suya que recorre el desierto.

La música de la fuente.  El joven García Lorca, en esos años tiene la revelación de lo árabe-español.  Forma el cuerpo y el alma de su poesía.

          Un solo pez en el agua
dos Córdobas de hermosura
Córdoba quebrada en chorros
Celeste Córdoba enjuta.

Gabriela Mistral alcanza a nombrarlo.  Siendo escritora contumaz hablará, por cierto, de sus colegas españoles y portugueses.  Y sobre todo de los que pertenecen a su gremio por partida doble: los poetas inevitables y necesarios.  Para ella, el misterio de la península lo ahondan Maragall, Carner, Unamuno, el que denomina segundo Valle Inclán, Guerra Junqueiro, Eugenio de Castro, García Lorca, Alberti, Gerardo Diego y los demás.  Es una lista justa y arbitraria a la vez.  Tiende a compararlos con los de su ultramar americano. Los llama alumbrados de la lengua.  Invoca algunos nombres: “José Martí, Alfonso Reyes, Eduardo Barrios, Vicente Huidobro, Teresa de la Parra y otras gentes queridas...” o no tan queridas.

Advirtamos que nombra en buena compañía internacional a Vicente Huidobro, quien no la respeta.  Un día, Mathilde Pomes, traductora de la Mistral al francés, conversando con el autor de Ecuatorial, llama grande a la chilena.  Su compatriota “creacionalista” discrepa: “Grande por la talla —ironiza.  No es más que una maestra de aldea”.

Huidobro escribe a Rosamel del Valle: “Esa pobre Mistral, lechosa y dulzona, tiene en los senos un poco de leche con malicia”.

La preceptora de villorrio perdido no se inmuta.  Anota que:

Pedro Salinas tiene leídos su Max Jacob y su Apollinaire y su Huidobro; le gustan; seguramente les reconoce, como yo les reconozco, que nos han sacado las manos del caramelo por fundido intolerable, de la falsa sentimentalidad, y nos han curado del alarido.173

Rememora a los que se quedaron allá, en el áspero terruño y constata lo que estima un período estéril:

Vuelvo a sentir hacia Chile lo rijoso y lo voluntariamente amojamado.  Parece que se escriben menos versos que en los buenos tiempos de Cruchaga (¡tan aristocráticamente desconocido!), de Hübner, de De la Vega, de Guzmán y los otros de su Cábala.  Parece, digo, que volvemos a la tradición fea del pueblo que no quiere aventuras con la poesía y se ha casado, para toda la vida y no por un matrimonio a plazo, a lo yanqui, mientras le convenía, con la historia y el folclor."

Sin quererlo, parece que le diera un poquito de razón a Menéndez y Pelayo

Mantuvo larga admiración por don Miguel de Unamuno.  La conmueve el desterrado.

Me han contado que su casa de París (de su apartamento sobrio y casi pobre) se iba por el Metro a un café en que tenía españoles e hispanófilos franceses.  Para conversar, y que de ahí volvía a su casa por el mismo camino sin ver París, sin pedir noticias de music-halls, con una indiferencia fabulosa de la “Ciudad de las Complacencias”.  Y un día no pudo más con los bulevares y la Plaza del Carrusel, y se fue a su Hendaya casi española.  Hendaya le ha dado, entre otros, un poema que no he podido leer sin llorar, desgarrón de ese corazón sesentañero, tan robusto como el algarrobo chileno... 175

La bomba

Gabriela era muy susceptible.  Según su traductora Mathilde Pomes sufría a ratos delirios de persecución.  Durante una comida de escritores en Madrid, le pareció que alguien pronunció un discurso “muy especialmente endilgado a mí”.  Escucha decir —según explicó más tarde— que ella siente gratitud porque los conquistadores españoles entraron en contacto con las indias, cosa que efectivamente no solo había dicho sino también escrito. Algún exagerado —que los hay no solo en Andalucía— o algún chusco que sobran en España o un mal pensado —que tampoco faltan— hizo en voz alta una aclaración muy específica: “Lo que sucede es que esta señora no sabe que si los españoles tomaron indias, fue porque allí no había monas”.  Gabriela se pone fuera de sí.  Pretende replicar. ¡Imposible!  Todo es risotada, burlas, chistes, comentarios jocosos y picantes.

No puede decirlo que piensa y lo que siente.  Enardecida, se dirige al que le parece el más noble de los presentes, moral e intelectualmente hablando, la “conciencia de España”, don Miguel de Unamuno.  Este no le da la razón.  Ella quiere argumentar pero la atmósfera ha perdido toda seriedad.  Dice algo en favor de los indios y de los mestizos de América; nadie la escucha; alguien (ella lo atribuye a Unamuno, lo cual resulta casi inverosímil) responde: “¡Que mueran!”

Después confesó que en ese momento preciso sintió que se le cortaba el cordón umbilical que la unía a España.  Amargadísima, escribió cartas a Chile contando lo sucedido.  Su decepción se agravaba por la persecución y las groserías que le llovían en ese último tramo de la dictadura.  En su correspondencia a Armando Donoso le confidencia su desengaño.  Esa carta no estaba destinada a la publicidad, pero se filtró.  Una mujer alta, maciza, cegatona, de torpe andar y voz de niñita, que entonces era considerada una escritora significativa y dirigía la revista Familia, Marta Brunet, tiene tal vez involuntariamente algo que ver con el asunto.  Conversaba entonces amable conmigo por los corredores de la empresa Zig-Zag, en los tiempos que allí se editaba nuestra Antología de la poesía chilena nueva (en colaboración con Eduardo Anguita), que injustamente, por prurito de extremismo literario o vanguardismo poético, excluía a Gabriela Mistral. Supongo que no figuraba en los planes de Marta Brunet desatar una tormenta eléctrica; el caso es que ella encargó a Miguel Munizaga —un crítico de cine, oriundo de la misma región de Gabriela— que escribiese un artículo sobre su coterránea.  Solicitó aquel antecedente nuevo a Armando Donoso; este lo entregó un cartapacio donde iba la carta dinamita.

Era dable suponer que ese artículo no llegaría a España. (Aunque, al parecer, había en Santiago gente que despachaba rápido toda información explosiva.  Gabriela se refiere a una española santiaguina que “me hizo dejar los Madrides”).

En España vivía el almirante del barco fantasma, el Hermano Errante, a quien Gabriela no había escatimado la palabra acogedora, llamándolo por escrito “nuestro compañero ilustre”.

A mi paso por Madrid, él me dio una tarde inolvidable en la Residencia de Estudiantes con la lectura de su Milosz familiar. Pocas veces el poeta de Kabala ha encontrado garganta digna de él en un Augusto d'Halmar, que nos trajo de la India una voz extraordinaria, ensayado en un yo no sé qué de grutas de cuarenta ecos.  Me preparaba a la lectura con un exordio de comentaristas del Zohar: “Esta vez será verdad, Gabriela; usted va a oír a un poeta que maneja materiales inéditos del misterio Y cuya palabra de cuarenta años podría ser de setecientos.  La promesa esta vez le será cumplida, cumplida con superación”.


Y empezó la jornada, que duró tres horas generosas, que yo le agradeceré siempre, porque quiso, como el huésped antiguo, llevar a su mesa, para mí, su faisán más dorado... 176

En el trance, el Hermano Errante le sirvió un plato indigesto. D'Halmar abrió los ojos de par en par.  No sabemos si sonrió o dijo ¡Eureka! ante el descubrimiento sensacional.  Pero sí se sabe que pegó el grito escandalizado y lo extendió por España.  El notición saltó a la publicidad.  Todo el nacionalismo hispano estalló como pinchado en el sacro.  La indignación compuso una furibunda partitura de orquesta. La dignidad española estaba en juego.

Ella quiso de nuevo recordar que no aprobaba la Leyenda Negra.

Durante dos años yo he escrito una sesentena de artículos sobre asuntos europeos, destinados a cuatro diarios de capitales americanas.  Entre ese conjunto, una veintena fue dedicada a actualidades españolas... 177

Dicho antecedente no le valió de nada.

Se pedía la cabeza de la sacrílega.  Tuvo que partir de Madrid y refugiarse en Lisboa. Nunca ella olvidaría el asunto; nunca perdonaría a ninguno de los que tuvo participación pequeña o grande, directa o de soslayo, en aquella que juzgaba “conspiración alevosa”. Seguiría denunciándolos.

¿De quién fue la idea?

El tramo que antecede a la concesión del Nobel a Gabriela puede arrojar clarificadores destellos sobre ese espacio secreto, que gira en sordina por pasadizos oscuros y despliega en la sombra una serie de movimientos escondidos antes que estalle la luz espléndida en el Concert Husset, la gran sala de Estocolmo donde se hace la entrega solemne.

¿De quién fue la idea de proponer el Premio para la escritora chilena? ¿De un compatriota movido por la admiración? ¿Se le ocurrió a un político criollo, buscador de nombradía o amante de la justicia literaria?

Ni por pienso.  El proyecto no brotó en el magín de un chileno.  Fue la escritora ecuatoriana Adela Velasco la madre del empeño.  El hecho revela que si nadie es profeta en su tierra, puede serlo un poco más en la casa grande.  Gabriela Mistral por ese entonces gozaba de mayor reconocimiento en el resto de América Latina que en su país.

Pero había un chileno bien puesto para el cual el nombre de Gabriela Mistral no era desconocido ni indiferente: el Presidente de la República.  Pedro Aguirre Cerda recibió una carta fechada en Quito solicitándole que auspiciara la candidatura de su antigua amiga para el Nobel.  La proposición le pareció lógica y merecida; puso en movimiento el aparato del Estado; instruyó al servicio diplomático; solicitó a Carlos Errázuriz, embajador de Chile en Suecia, que dedicara sus mejores desvelos a esa misión.  Este respondió que era amigo de Gabriela hacía diez años y nada le sería más grato.  El Presidente pidió un plan, previo informe sobre los requisitos, usos y costumbres del jurado para discernirlo.  Vale decir, se convirtió en tarea oficial del gobierno chileno, sobre cuyos pasos, naturalmente, debía guardarse estricto sigilo.  Ella, al parecer, no era consultada de antemano, o tal vez se hacía la desentendida, la que no sabía, aunque vigilara de reojo los movimientos y estallaba en rabietas cuando se hacía una gestión que le disgustaba o juzgaba torpe.

Sin embargo, no todo es silencio.  En El Mercurio del 17 de agosto de 1939, aparece un suelto de crónica en que se informa que se ha iniciado en Chile un movimiento a fin de obtener el premio Nobel de Literatura para Gabriela Mistral. Se anota que el ministro de Educación Pública, don Rudecindo Ortega, ha dado ya los primeros pasos en tal dirección.

Por aquel tiempo Gabriela Mistral trabajaba como cónsul en Niza, donde una comunicación oficial le anunció el interés del gobierno chileno.  La leyó con cierta turbación.  Se demoró en contestarla.  En la respuesta se muestra reticente.  Sí, ha sabido algo  La iniciativa surgió en Ecuador.  Luego tuvo acogida en Argentina.  Hubiera preferido que en primer término le informan desde Santiago.  Pero esto no le extraña.  Las cosas son así.  Lo que sí le importa es que nadie piense que ella anda detrás de dicha petición.  Algo la inquieta aún más: ¿los que proponen la tarea sabrán enfrentarla?  A continuación Gabriela Mistral explica el procedimiento con soltura de experta en la materia, lo cual indica que, pese a su proclamado desinterés, está perfectamente enterada.  Recomienda que no se peque por ingenuidad o ignorancia.  La Academia Sueca no premia autores desconocidos, que no estén traducidos al idioma del Nobel o, al menos, a lenguas de uso común en el sector culto de la sociedad, inglés o francés.  Ella conoce tan bien el modus operandi que incluso proporciona ejemplos.  Recuerda que cuando la escritora española Concha Espina quiso lograr el Premio encargó traducciones de alguna de sus obras al sueco.  Gabriela se sabe casi inédita en otras lenguas.  Uno que otro poema suelto ha sido traducido en revistas. (No se ha descargado todavía el aluvión de traducciones de su compatriota Neruda).  Es raro que se editen poetas extranjeros.  Por ahora en Francia solo registra el caso de libros publicados de Rabindranath Tagore y Rainer María Rilke.  En cuanto a su poesía, cuatro traductores franceses han manifestado interés, Mathilde Pomes, Francis Miomandre, Pillenient, Max Daircaux.  Por el momento en París, no hay ningún libro suyo publicado.  Repetirá que nunca hará nada por promoverse.  Como diciendo “esto no lo veo para mí”, nombra a tres escritores latinoamericanos que, a su juicio, merecen el Premio: el venezolano Rómulo Gallegos; el mexicano Alfonso Reyes y el brasileño Casiano Ricardo.

Se manifiesta escéptica en cuanto al éxito de la gestión.  Habla sin entusiasmo respecto a tres o cuatro biografías escritas sobre ella, amén de un “panfleto” —agrega— que una editorial chilena publicó... a la mala persona que se llama en Santiago don Raúl Silva Castro y que él ha distribuido en el extranjero en una empresa de denigración literaria.

Un plan de operaciones

Pese al examen de los reparos o enumeración de dificultades, Gabriela pasará a exponer, como un general en campaña, el plan de batalla.

La segunda movida táctica acostumbrada por los gobiernos que se embarcan en la aventura del Nobel es subvencionar editoriales francesas o inglesas para que publiquen al escritor que desean auspiciar.  Un escritor chileno que trabajaba entonces en la Legación en Francia, Salvador Reyes, se permite deslizar tímidamente a Gabriela una insinuación: ojalá diga en su apoyo una palabra favorable el Instituto de Cooperación Intelectual de París.  Ella aclara enfática que conoce la institución por dentro —porque trabaja en ella— y conmina a no cometer tal error.  Es territorio neutral y se cuidará de no recomendar a nadie.  Sería preferible que el gobierno chileno se preocupara de cualquier otro escritor aceptable.  A su entender hay no menos de cinco o siete que lo merecen.  Ella misma ha conseguido que el Instituto publique un libro de historiadores chilenos y otro sobre el folclor nativo.  Pero el principio institucional es trabajar con muertos, omitir a los vivos, para qué meterse en líos ni correr el albur de la corrupción que desata el olor del dinero.

Más influyentes, por supuesto, serán las voces premunidas de autoridad literaria que apoyen la sugerencia de su nombre.  No necesitaba ella pedir que lo hicieran.  Contaba con el apoyo de admiraciones tan intensas como espontáneas.  Un puñado de entusiastas creía a pie juntillas que Gabriela Mistral merecía este reconocimiento.  Comenzaron a movilizarse.  Alguien organizaba el movimiento desde bambalinas.  Cartas iban y venían.  La campaña se puso en marcha.  Duró años, tiempo suficiente para que Gabriela sufriese, desesperase, olvidase, se preocupara de otras cosas, maldijera a su manera, agradeciese, rectificase, aprobara o desautorizara iniciativas que la sacaban de quicio.

A partir de 1938, el movimiento entró en su fase más alta.  Se trataba de conseguir esta distinción por primera vez para un latinoamericano.  Se gestiona el respaldo de las cancillerías.  No es fácil.  Competían 17 países.  El apoyo de América Latina es unánime, inclusive del Brasil.

Repite que para ganar el Premio Nobel es requisito indispensable —la primera movida táctica— estar traducido al francés, lengua puente para una posterior versión sueca.  La versión francesa se encarga a Mathilde Pomes.  Ella le pone punto final en junio de 1940, cerca de París, bajo los bombardeos de la aviación nazi.  Horas después la traductora emprende el éxodo.

Decidieron solicitar la introducción consagratoria a Paul Valéry.  El autor de Cementerio marino dijo con toda franqueza, literalmente, que no conocía la literatura chilena ni la de Gabriela Mistral.  Le dejaron unas traducciones para que supiera sobre quién escribida.  Cuando las leyó hizo una segunda confesión: esa poesía le resultaba completamente lejana; nada más extraño a su temperamento.  Él representaba el orden, también en el reino de la literatura.  Era como esos mandarines chinos que dibujaban sus ideogramas en una pintura refinada, con una caligrafía artística y pulcra trazada a pincel, a semejanza de esos orfebres que ensartaban versos bien unidos como si fueran perlas legítimas, previamente mordidas y confirmadas en su verdad y espesor, deslizadas en el hilo de bramante de un collar milenario.  Y ahora le pedían un prólogo sobre una escritora de las antípodas, oriunda de un país a medio hacer, saturado de volcanes, terremotos, maremotos, inundaciones, desórdenes no solo de la naturaleza sino de la conducta cívica y literaria.  Él pertenecía a un espíritu diametralmente distinto.

A Valéry se le consideraba cabeza de serie de la poesía pura.  Y ahora venían a solicitarle que escribiera una presentación que sirviera de abrepuertas ante la Academia Sueca a esta escritora chilena que era exactamente un reverso de todo lo que él personificaba.

Sin embargo, entregaría su prefacio en el plazo convenido.  Exacto como el pensamiento de su padre.  Y además verídico, hasta sincero.  No diría nada que su autor no sintiera.  Dejaría estampado de entrada que la poesía de Gabriela Mistral le resultaba tan remota como Los Andes, hecha con peñascos de montaña, No es la mía.  Tal vez no la entiendo a fondo porque está integrada por abismos que nunca he visto.  Sin embargo, la respeta.  Intuye su valor intrínseco como representante de un continente que está en el segundo o tercer día de la creación.

Valéry pertenece a una civilización madura, siglos de pensamiento cartesiano avant Descartes, madurado no solo en la cabeza sino en el cuerpo, en la mirada, en las costumbres, en la forma de apreciar la vida y también de concebir la literatura.  Europeo, hijo del viejo mundo, se encuentra un poco perplejo y desconcertado ante tanta expresión primitiva, ante coordenadas que se rigen por leyes sicológicas y mentales diferentes.

El poeta francés descubría en ella —a partir del “Poema de la sangre” — una “mística fisiológica en estado puro, exaltándose, en términos líricos y realistas”.  Subraya que la intimidad con la materia es sensible en toda su obra.  Esto es la purísima verdad, pero como Gabriela sabe que Paul Valéry es el pontífice de la poesía pura, desdeñoso de la materia, dicha certificación le sabe a injuria.

Valéry le había caído mal en el Instituto de Cooperación Intelectual, donde compartían sillones contiguos.  Valéry era amante de la parodia, le gustaban las caricaturas y bromear.  Riéndose trató en cierta oportunidad de corregir el castellano de Unamuno.  Gabriela no le perdonó su falta de respeto.

Para Neruda, tan plebeyo como Gabriela, la materia era una esencia fundamental de la poesía.  Ambos están de acuerdo en la premisa.  Siente que tanto ella como el autor de Residencia en la tierra son el contratipo del poeta puro, por excelencia, Paul Valéry.  Este otro Pablo chileno se propone —como ella— la poesía impura, “rodeada y gastada como los útiles, impregnada de sudor, manchada de alimentos y de gestos vergonzosos, una poesía que no excluya nada”.

¿Qué tiene que ver con ella el autor de Monsieur Teste?

La actitud de la Mistral respecto a Valéry está hecha de distancia.

El gobierno chileno ha financiado la traducción de sus poemas al francés.  Valéry no olvida que aceptó escribir el prólogo solicitado y que fijó de entrada sus honorarios en cincuenta mil francos, con un anticipo.  Es hombre honesto.  Cumplirá su compromiso.

Poco después que recibe el cheque, con cargo a los fondos reservados de la Legación, envía la introducción prometida.  Texto de noble factura, no omite, como se sabe, la confesión de sus radicales diferencias con la escritora, que presenta a conciencia fría.  Para destacar el relieve de las diferencias, habla de cuán remota le resulta la sensibilidad de la chilena; pero a renglón seguido ratifica su deber de comprender a los ajenos.

Tenemos el imperativo de vivir también la vida de los otros.  Y si esto no es posible, al menos hagamos un esfuerzo por sentirla y respetarla.  Nadie, sin duda, parecerá menos calificado que yo para presentar al lector una obra tan distante como esta de los gustos, ideales y hábitos que se me conocen en materia de poesía.  Lo que he dicho y he vuelto a decir sobre este tema, lo que he podido hacer, las condiciones que he creído mi deber imponerme, los ensayos que he publicado, todos ellos frutos de, un espíritu nutrido por la más vieja tradición literaria europea, parecen designarme lo menos del mundo para apreciar una producción esencialmente natural, abierta más allá del océano, por el solo llamado, choque o designio de lo que es.  Mas, ¿qué valdría la cultura si no enseñara por fin a volver sobre ella misma y si, por la generalidad de sus ambiciones, nos hiciera perder la fuerza de considerarla como un caso muy particular?  Creo que un hombre no podría vivir su vida si no fuera capaz de vivir también una infinidad de otras, completamente diversas, y siento que algunas circunstancias, del todo externas, me habrían llevado a producir ciertamente obras muy distintas a las que he escrito.  Nos empobreceríamos cruelmente si quisiéramos ser nosotros mismos hasta el punto de no ser sino nosotros mismos.191

La autora y su prologuista se conocen personalmente.  Como se ha dicho, suelen coincidir en las reuniones del Instituto de Cooperación Intelectual, una especie de Ateneo, con ciertas facultades resolutivas, antesala de lo que más tarde sería la UNESCO.  Valéry recordará con cortesía a su colega de sesiones.

Madame Mistral representaba a su país con una gracia y una simplicidad que la rodearon del respeto y de la simpatía de todos los que participábamos en nuestros trabajos.  Me daba cuenta de que había en ella esa alianza de atención y de ensueño, de ausencias externas y de luces inmediatas, que son características de la naturaleza de los poetas, pero debo confesar que entonces no conocía nada de su obra, y que he debido esperar hasta la presente traducción para apreciar en ella lo que se puede apreciar de una poesía en su traducción a una lengua extraña. 192

El poeta francés apunta al eterno drama de la traición implícita en las traducciones poéticas.  Envuelven un riesgo muchas veces “mortal”.  En la prosa el peligro no parece tan grave, pero es raro, excepcional, el verso que sobrevive a la prueba de fuego al mudar el vino de la vasija.

¿Cuál es la imagen que el prologuista traza de esa mujer que declara extraña? ¿Por qué le resulta tan excéntrica?  Pertenece, para comenzar, a una nación lejana.  Por su padre le circula sangre vasca, negra y también indígena.  Ello explicaría que la sensación inicial provocada por el texto sea descubrir un objeto misterioso, digamos un sujeto exótico, aunque animado de verdad.  No se la confunda con una extravagancia literaria, en la cual se especializan ciertos poetas.  Simplemente responde a una naturaleza diversa.  El asombro deriva de un mundo y de una vida muy intensa, regida por coordenadas insólitas.  Subraya un rasgo característico esencial: la fuerza de una sensibilidad que puede llegar al paroxismo, hasta extremos celosos, excluyentes, salvajes.

En ella es visible —hasta chocante— la rudeza hacia el hombre, que se toma dulzura cuando se vuelve al niño.  Denota algo muy prolijo y de otro mundo cuando habla de las formas de la materia, de la humanidad.  Tiene el don de penetrarlas.  Ella establece con su entorno y las entrañas de las cosas una relación de secreta intimidad.

Valéry no puede ni quiere ocultar que los separa un muro. Advierte que el material de construcción de este edificio a ratos enigmático y abigarrado le debe muy poco a la tradición europea, aunque está escrito en una vieja lengua del continente central.  Ella maneja ese idioma como si viniera de otra matriz, o de un laboratorio primitivo donde el barroco latinoamericano y la cristalización de los sueños en palabras se fraguan con elementos vírgenes naturales de una tierra inédita.

Por eso la obra que introduce Valéry ante el público francés le causa entre deslumbramiento y pavor.  Culminará su diálogo confesando miedo y atónita sorpresa:

La poesía tierna y a veces feroz de Gabriela Mistral, se me aparece, en el horizonte de Occidente, ataviada con sus singulares bellezas, pero, por otra parte, cargada con un sentido que le da o que le impone el estado crítico de las más nobles cosas del mundo.193

Nobeles y Antinobeles

Con el Nobel se acordaron de ella en Chile.  Se apresuraron a invitarla.  No quería ir.  El Presidente, su tocayo y coterráneo González Videla, no le era grato.  No fue él, sino el ministro de Educación de entonces, Bernardo Leighton, quien le extendió el convite.  Le contestó declinándolo a través de su compadre Tomic:

Esta carta es para el ministro Leighton, pero va a usted con el ruego de leérsela: mi letra es mala y uso el lápiz por la vista que se irrita un poco.  Además Doris no está para copiarla a máquina y la secretaria italiana no entiende español... son tres calamidades. Estimo mucho el convite del Ministerio por el valor de quien convida y por la fineza que es el recuerdo de los ausentes.  Compadre, yo vivo con una especie de “corazón de vidrio”.  En subiendo el calor hacia el mediodía yo llevo un paño al corazón que entra en taquicardia.  Por esto solo he bajado en un mes tres veces a Nápoles.  Tengo abajo la oficina y la empleada me llama cuando hay un asunto oficial.  En invierno, la taquicardia amaina, pero la simple marcha a pie, aunque un poco rápida, me pone los pulsos al vuelo.  Una persona así de achacosa no sirve para viajar un mes. Usted sabe también que mi interés mayor de ir a Chile, después del de ver a los pocos que son míos de frontera adentro y hablar con ellos unas semanas, es el interés, más la necesidad de acabar con ese larguísimo “Recado descriptivo sobre Chile”.  Sé que no me dejarán verlo; sé que tengo que entregarme a la gente por no herirla; sé que solo veré hoteles y casas de señoras.

No el paisaje, no los pastos cuyos nombres me faltan, no las cosechas, no la cordillera a la cual no puedo subir, no a los indios, no mi Patagonia querida, no las minas del carbón, no el desierto de sal.

El chileno ve siempre en la negativa una excusa o una hostilidad, y yo tengo allá demasiados seres que me odian, una verdadera riqueza de antipatías sin causa.205

Andará por muchos lados, pero a Chile no va, a pesar de que casi todo el país quiere festejarla.  Vuelve solo en 1954, cuando le dan, con tonto retardo, el Premio Nacional de Literatura.

A principios de 1960 encontramos al agente presidencial mexicano en el tren nocturno, en viaje de Santiago a Concepción, donde debía realizarse un encuentro de escritores.  Nos explicó su plan de guerra contra la Academia Sueca.  Los frutos de la tierra americana no son gustados en Europa, salvo si son plátanos, piñas, si tienen el dulzor del trópico o la finura de la zona templada.  La primera naturaleza latinoamericana puede ser devorada con fruición, hasta con gula.  Pero los frutos de la segunda naturaleza —o sea las ideas de los hombres, los hijos del espíritu, los libros, las obras de arte— parecen productos de otro planeta, aptos para respiraciones que no son las de su pecho.  De allí el desdén, de allí la ignorancia enciclopédica del continente que lo sabe todo y lo que no sabe carece de importancia.  Que los chilenos no se dejen engañar por el merecido Premio Nobel a Gabriela Mistral.  No podían hacer menos, pero es la excepción que confirma la regla. ¿Cómo van a comprender entonces esos libros límpidos del maestro, esa cátedra que no entiende Europa?  Es una criatura de la vida americana.  En el Viejo Mundo será siempre un extranjero.  Él cree que América tiene un mensaje que dar a la humanidad y México en particular.  Cómo va a entenderse en Europa a un hombre que confía en el valor de las pirámides mayas y de las civilizaciones aborígenes, que incluso propone una doctrina propia para la nueva literatura latinoamericana, la cual, a su juicio, debería buscar el pulso de la Patria en todos los momentos y en todos los hombres en que parece haberse intensificado; pedir a la brutalidad de los pechos un sentido espiritual; descubrir la misión del hombre mexicano en la tierra, interrogando pertinazmente a todos los fantasmas y las piedras de nuestras tumbas y nuestros monumentos.  Un pueblo se salva cuando logra vislumbrar el mensaje que ha traído al mundo.206

La incompatibilidad es total.  Hay que retomar —propuso el apasionado emisario del mandatario mexicano— la Declaración de Independencia Intelectual de América Latina, formulada ya de algún modo, desde Europa, en 1823, por Andrés Bello.  Hay que dejar de ser vasallo cultural.  Había sonado la hora de la libertad.  Él tocaría su trompeta en la reunión de Concepción.  Debemos sumar a la emancipación política, no dijo la emancipación económica, sino la independencia cultural.  Pero se declaró autorizado para ir más allá del rechazo y la negación del Nobel y de la arrogante superioridad del Occidente europeo y anunciar una respuesta de tono afirmativo.  México crearía un Premio que no sería el Nobel americano sino el laurel máximo con que estas tierras coronarían la excelencia de un escritor.  Este premio se llamaría Alfonso Reyes.  Lo propuso, lo voceó en la asamblea, haciendo sonar todos los timbales.  Y luego el asunto quedó en nada.

Por ironía irreverente y positiva de la historia, esta mujer que gozó haciendo el ditirambo de Alfonso Reyes —a quien el jurado ignoró desde su Monte Olimpo en Estocolmo— fue el primer latinoamericano que recibió el Premio Nobel de Literatura.  Alfonso Reyes todavía vivía.  Seguramente no sintió amargura, sino más bien alegría melancólica porque lo estimó justo, porque no parecía hombre para hundirse en menesteres minúsculos ni deambular por los lúgubres pasadizos donde se urden maquinaciones a fin de obtener distinciones y medallas.

Gabriela lo recuerda haciendo su discurso de despedida a José Vasconcelos.  Es casi un diálogo entre los dos mexicanos que estima más admirables.  Como hemos visto, Vasconcelos, el hombre que la trajo a México y en algún sentido le cambió la vida, había tenido la gran caída, resbaló por el piso de la política de los señores de la guerra o de los traficantes de la revolución y debía partir al destierro que él mismo se había impuesto.  En esa tristeza, para decirle la cordialidad que ese hombre en desgracia le inspira, pero también para trazar su fisonomía oculta, su silueta sicológica y la definición del varón dinámico para el cual, sin embargo, su reino no es este mundo:

“En el ocio todos somos iguales.  Tú, hombre activo por excelencia, has tenido que acentuar tus perfiles, que provocan entusiasmos y disgustos.  Te has dado todo a tu obra —buen místico al cabo— poseído seguramente de aquel sentido teológico que define san Agustín al explicarnos que Dios es Acto Puro.  Te has desenvuelto en un ambiente privilegiado en cierto modo, pero en otro funesto y peligrosísimo: removidas profundamente las entrañas de la nación, parece que toda nuestra sangre refluye a flor de la piel, que todas las fuerzas están movilizadas, que se puede hacer todo el Bien y todo el Mal.  Pero cuando se puede hacer todo el Mal, ya no es posible —a pesar de la tentación apremiante—, ya no es posible hacer todo el Bien.  Ese es el dolor de la patria y esos han sido, asimismo, tus propios tropiezos."

Hay escritores que no son profetas en su tierra y menos fuera de ella.  Alfonso Reyes nunca conocerá siquiera la sombra de esas luces de reflectores a neón que proyectan sobre la marquesina las obras del boom.  No es que pertenezca a la línea de los autores herméticos. Su descubrimiento se hará lento, empezará por América y cuando llegue a su máxima extensión será siempre el de un país generoso y reservado que jamás ingresará en la lista de los best sellers de la semana.  En este orden Gabriela es un poco su hermana.  Con Premio Nobel y toda la algarabía que el hecho supone, también ella pertenece a la categoría de los latinoamericanos esenciales que viven ocultos como una mina (así la llamó Neruda).  Sus metales preciosos brillan más en la oscuridad y en el recinto de espíritus discretos y recogidos que en una calle tumultuoso del marketing contemporáneo.

Eran admiraciones correspondidas.  Alfonso Reyes, hombre de honda mesura, escribe en prosa un “Himno a Gabriela”:

Gabriela es un índice sumo del pensamiento y del sentimiento americanos.  En ella se da la ira profética contra los errores amontonados por la historia; se da la fe, la esperanza y la caridad; la promesa de una tierra mejor para el logro de la raza humana; la mano traza en el aire los pases mágicos, a cuyo prestigio relampaguea ya la visión de un mundo más justo [...]. ¿Qué sufrimiento, qué alegría la encontraron nunca indiferente? ¿Qué latido de nuestra América no ha pasado por su corazón? Su inmensa poesía está tejida con todos los estambres que hilan el trabajo y la virtud de los hombres.  Así creían los antiguos que Heracles había construido el ara de Dídima, con la sangre, los huesos, la sustancia misma de las víctimas ofrecidas.  Yo no suelo hablar con tanto arrebato.  Yo reservo mis entusiasmos para quienes creo que lo merecen. 208

El miedo a publicar libros

En cierta ocasión esta mujer de pies movedizos —como un Mercurio desgreñado y sin dinero— rehusó (cosa extraña) la tentación de una nueva mudanza.  Para otro hubiera sido un ofrecimiento irresistible.  El presidente Miguel Alemán dictó un decreto donando a Gabriela Mistral cuarenta hectáreas de tierras fiscales en el estado de Veracruz, en el lugar que ella deseara, posiblemente cerca de Hermosilla. Rechazó el regalo cortésmente.  Las razones de su negativa confirman arraigados temores de su espíritu, el miedo a la envidia y su odio a la maledicencia. Nunca un escritor mexicano había recibido un presente semejante. Además ella se imaginaba el pelambre en los corrillos santiaguinos. Por otra parte no faltaría quien, si aceptaba el obsequio excepcional, pensara que ella había dicho de palabra o por escrito su amor a México tantas veces por vulgar interés y no por un sentimiento que no se cotizaba en tierras ni dinero.

Posiblemente en la declinación del donativo terciara otro motivo. La errabunda impenitente sentía la comezón del traslado subiéndole a las rodillas, hormigueándole el desasosiego y volviéndole los ojos hacia un país fino, locuaz y querido.  Confía a su amigo, el embajador Enrique Gajardo:... me llamó la Loba y allá voy.  De mis catorce años en Europa es a Italia y solo a ella a quien llevo en el corazón.  Y mi mal sigue, me han dado algunas sorpresas; los pies se hinchan bastante. Quiero vivir a orillas del mar, este siempre me alivió el corazón.211

Decía a su corresponsal Gastón von dem Busche que bastaba con escribir en la vida tres libros que fueran verdaderos. Ella autorizó solo cuatro: Desolación, Ternura, Tala, Lagar.  Después de su muerte han proliferado nuevas obras. Sobre todo son recolecciones de artículos y de cartas suyas.

Tenía temor a publicar libros, tal vez por manía perfeccionista, pero el primero no encontraba editor hasta que apareció bajo el título Desolación, en Nueva York. Le sucedió a la edad en que murió Cristo, coincidencia que subraya en ciertos recodos ápices de su vida como signo de crucifixión o de ascendimiento. ¿O era descendimiento?

Tanto desconfiaba de sí misma después de aquel volumen, que tuvo que pasar un par de años antes que se diera a la estampa el segundo, Ternura, poesía para niños, aparecido en Madrid. Esta vez no fue por falta de editores. Tras Desolación podían hasta sobrarle, aunque nunca lloverle. ¿Qué la inhibía entonces? ¿Una autoexigencia paralizante? ¿O quizá la contenía la amarga convicción que no podría escribir una obra superior?

Esto acontece con algunos autores que han tocado divinamente la flauta con un libro y desconfían de su capacidad de reeditar la hazaña haciendo otra vez el milagro, un milagro diferente, desde luego, porque nunca segundas partes fueron buenas.  No son pocos los que predijeron que García Márquez nunca podría repetir la proeza de Cien años de soledad. Pero el escritor colombiano no se amilanó, aunque supiera que todas las obras que procreara después serían distintas de la primera, versión caribeña de la Biblia, dotada de una pecaminosa y turbadora aura diabólico-celestial.

A Neruda le dijeron en su hora que jamás podría volver a escribir un libro tan bello, un manual de enamorados tan bueno para copiar descaradamente declaraciones sentimentales como Veinte poemas de amor y una canción desesperada. El poeta se abanicó. Su obra siguiente fue de ruptura escandalosa. Tentativa del hombre infinito señaló un absoluto fracaso de público y ventas. Casi nadie la aplaudió. Quiso escribir un libro iconoclasta, que remeciera la casa de las musas y la terremoteara por dentro.  No solo se dio el gusto de arrasar con los puntos y las comas, sino de incendiar su propio templo en Efeso, pues su divisa de autor y su norma de vida fue quemar con cada nuevo libro su poesía anterior, porque, a su juicio, repetirse es morir.

Gabriela Mistral publica en 1938 Tala.  Como sucedió con Desolación, más bien se lo publican.  Si con el libro inicial el padrino que se encargó de todo fue Federico de Onís, en el citado caso asumió esa misión la argentina Victoria Ocampo, directora de la revista Sur, en quien la Mistral percibe una “tragedia idiomática”, el “ambidextrismo” de hablar en español y escribir en francés. “¿En qué zona del seso y del alma ella padece su bigamia lingüística?”, se pregunta en febrero de 1942.  Tala tampoco apareció en Santiago sino en Buenos Aires.  El producto de su venta lo entregó a entidades catalanas, especialmente a la Residencia Pedralbes, refugio de niños vascos víctimas de la Guerra Civil Española.

Tala también desconcertó. ¿Y esta es Gabriela? ¿Dónde están las nieves de antaño? ¿Dónde quedó Desolación, esa poesía clara y fuerte como un torrente, iluminadora como un incendio, salvaje, filuda como un cuchillo que pega puñaladas al alma, violenta como una guerra, desesperada como la mujer vuelta loca de amor? ¿Dónde está?  Alguien hubo que gritó: “Perdimos a Gabriela”.

No. Era Gabriela. No una Gabriela perdida sino una Gabriela distinta. O la misma Gabriela en otra etapa de su vida.

¿Había cambiado en “pathos”, en furor de sentimiento, en el grito de animal acorralado?  Habían cambiado la forma, el tono, la nitidez alucinante.  Ahora abandonaba el ascetismo de la palabra precisa, penetraba al reino barroco del mistralismo, a una poesía donde se pasean fantasmas, donde la imagen se sublima, cobrando distancia respecto del objeto, envuelta a menudo en los primores del arcaísmo y en las neblinas de un amanecer que no termina por admitir la cristalina claridad de la mañana.

¡Por fin en Santiago de Chile!  Allá por 1954 apareció primero la última obra que publicó en vida.  El editor se dio un pequeño placer sádico o módico: la publicó amputada.  Lagar.  Le gustaba esa palabra.  Como el vocablo Tala.  Ambos poseen un sentido cortante, terminal, mortuorio, en una de sus acepciones. La escogió tal vez porque en su valle nativo vio el lagar como un lugar de esencias, donde la gente baila sobre la uva dulcísima de la zona para exprimirle con los pies desnudos el zumo que sublimará en un pisco de vértigo. Tal vez era el lagar la imagen que mejor podía representar su suerte. Ella se sentía uva pisoteada por las patadas de la vida y macerada por la muerte. Mortificada. Golpeada. En sus páginas alguien muere, asesinado o suicida.  Y ese alguien pisado en el lagar de la vida y de la muerte, vuelto vino primordial de la memoria, embriagado de pena, era uno de su familia, ese sobrino o hijo único, en el cual ella había concentrado toda la ternura de madre o de tía.  La muerte de Yin-Yin la enloqueció mucho.  Con él había recibido su reino maternal.

  Y Lucila, que hablaba a río,
  a montaña y cañaveral,
  en las lunas de la locura
  recibió reino de verdad. 212

Lagar era para ella una metáfora personal, donde sus deudos queridos entregaban su sangre. No olvidaba tampoco a su sobrina Graciela: “Y las pobres muchachas muertas, escamoteadas en abril...”.

Piensa que la evocación de su infancia le viene porque se siente vieja.  Incurre en la coquetería de las afligidas: se duplica la edad.

  Ciento veinte años tiene, ciento veinte,
  y está más arrugada que la tierra.
  Se le olvidó la muerte inolvidable,
  como un paisaje, un oficio, una lengua.213

Cuando se publicó Desolación —orgullosa de su aparente humildad y pesimista sobre el juicio ajeno—, escribió a Eduardo Barrios: “Todo lo malo que pueden decir de mi libro me lo he dicho yo antes”.  En carta anterior le había manifestado que se mantenía en pie “El poema del hijo”.

Abomina de sus versos que andan por demasiadas bocas.  Cita entre los condenados “El ruego”, “Los sonetos de la muerte”. Son cursis, dulzones —exclama. ¿Dulzones “Los sonetos de la muerte”?  Opinión personalísima, extraña. Porque era una mujer extraña, cuyas reacciones a veces respondían a una lógica o ilógica muy particular, proclive a desampararse.

Una poesía que cambia y permanece

En su obra posterior a Desolación, Gabriela Mistral trata de cumplir con el voto que formula al final del libro.  Se esforzará por reemplazar el dolor por la esperanza.  Para ello se vuelve a los niños en Ternura. (La edición Aguilar hace una reordenación distinta, temática de sus poemas). Comprende “Canciones de cuna”, “Rondas”, “La desvariadota”, “Jugarretas”, “Cuenta-mundo”, “Casi Escolares”, “Cuentos”.  Allí pide:

  Dame la mano y danzaremos,
  dame la mano y me amarás
  Como una sola flor seremos,
  como una flor y nada más... 214

En su “Tierra de Chile”, hace a Radomiro Tomic la ofrenda de su “Salto del Laja”: “Viejo tumulto, hervor de las flechas indias... “. A su tocayo Gabriel Tomic le entrega en la mano una fucsia convertida en “Ronda de fuego”:

  Esta roja flor la dan
  en la noche de San Juan.
  Flor que mata a los fantasmas;
  ¡Voladora flor de fuego! 215

No están mal escogidas estas dedicatorias premonitorias para la estirpe de un hombre que en años de dictadura luchó con denuedo “contra bestia y miedo”.  Trata de conseguir esa flor y de apretar esa mano.  Lo necesita.

"La desvariadora", la que dice cosas febriles y hace conjuros para que Yin-Yin no se le aleje, es naturalmente una Gabriela trastornada. Que no crezca el niño.

  ¡Dios mío, páralo!
  ¡Que ya no crezca!
  Páralo y sálvalo:
  mi hijo no se muera! 216

La Cuenta-mundo le narra, le traspasa y le comunica al hijo un universo suyo, de magia.

Tala encierra un retorno al duelo.  Se abre con la “Muerte de mi madre”.  Se convierte en perjura.  Mucho le costará guardar fidelidad a su palabra de desterrar el dolor de su poesía.  Escribe una nota reveladora:

Ella se me volvió una larga y sombría posada: se me hizo un país en que viví cinco o siete años, país amado a causa de la muerta, odioso a causa de la volteadora de mi alma en una larga crisis religiosa.  No son ni buenos ni bellos los llamados “frutos del dolor”, y a nadie se los deseo.  De regreso de esta vida en la más prieta tiniebla, vuelvo a decir, como al final de Desolación, la alabanza de la alegría. El tremendo viaje acaba en la esperanza de las Locas Letanías y cuenta su remate a quienes se cuidan de mi alma y poco saben de mí desde que vivo errante.217

En "Nocturno de la consumación", dedicado a Waldo Frank, confiesa: hace "tantos años que muerdo el desierto/ que mi patria se llama la sed".

Tala es como una prima hermana de Desolación. Pero la forma se ha modificado. En otra advertencia sobre “Nocturno de la consumación”, explica un aspecto de esta mudanza.

Cuantos trabajan con la expresión rimada, saben que la rima, que escasea al comienzo, a poco andar se viene sobre nosotros en una lluvia cerrada, entremetiéndose dentro del verso mismo, de tal manera que, en los poemas largos, ella se vuelve lo natural y no lo perseguido... En este momento, rechazar una rima interna llega a parecer rebeldía artificiosa. Ahí he dejado varias de esas rimas internas y espontáneas. Rabia con ellas el de oído retórico, que el niño o Juan Pueblo, criaturas poéticas cabales, aceptan con gusto la infracción.218

En la nota al “Nocturno de la derrota” toca un problema arduamente debatido a propósito de la poesía y la prosa mistralianas: su mentado “arcaísmo”.

No solo en la escritura, sino también en mi habla, dejo por complacencia mucha expresión arcaica, sin poner más condición al arcaísmo que la de que esté vivo y sea llano.  Muchos, digo, y no todos los arcaísmos que me acuden y que sacrifico en obsequio de la persona antiarcaica que me va a leer.  En América esta persona resulta siempre ser una capitalina.  El campo americano —y en el campo yo me crié— sigue hablando su lengua nueva veteada de ellos.  La ciudad, lectora de libros doctos, cree que un tal repertorio arranca en mí de los clásicos añejos, y la muy urbana se equivoca.219

A ratos el lenguaje de sus recados exhala un aroma de antiguo sabor.  Sugiere una misteriosa continuidad de los textos clásicos, pasados por el cedazo del folclor pero también por el filtro de una personalidad tan enraizada a la tierra como un árbol de los valles transversales.

En su seguidilla de Nocturnos se vuelve a la figura incoercible de José Asunción Silva, poeta suicida, como la atrajo otro del mismo fin, Anthero de Quental.  El gremio de los que se dan muerte ejerce sobre ella un hechizo turbador.  La muerte solitaria o la muerte en grande la obsesiona.  Hace expresa mención que en “Año de la Guerra Española” escribe el “Nocturno del descendimiento” con ruego al “Cristo del calvario”.

Sus “Historias de loca”, al igual que “Alucinaciones”, ceden a la parte nocturna y fantasioso de su carácter nebuloso. “Materias” encarna la realidad que la salva de la locura completa: el pan que “huele a mi madre cuando dio su leche”; la sal, “que nos conforta y nos penetra/ con la mirada enjuta y blanca”; el agua: “Quiero volver a tierras niñas,/ llévenme a su blando país de aguas”; el aire: “Entro en mi casa de piedra/ con los cabellos jadeantes,/ ebrios, ajenos y duros/ del Aire”.

Mujer de geografías vivas, americana del Sur total, dedicará primero su himno al “Sol del Trópico”, tan predilecto.  Luego a la impredecible Cordillera de los Andes. “Especie eterna y suspendida/ Alta-ciudad-Torres-doradas...”. Retorna a su mitología regional.  El canto al maíz, pan y Dios de los indios. “Y al sueño, en vez de Anáhuac/ le dejo que me, suelte/ su mazorca infinita/ que me aplaca y me duerme”. Toda la naturaleza contemplable y comestible pasa por sí misma.

Ilustrando el porqué de los dos himnos, al “Sol del Trópico” y “A la Cordillera”, escribe una nota sustanciosa sobre la necesidad del regreso “hacia el himno largo y ancho, hacia el tono mayor”.

El que discuta la necesidad de hacer de tarde en tarde el himno en tono mayor, sepa a lo menos que vamos sintiendo un empalago de lo mínimo y lo blando, del “mucílago de linaza”...

Si nuestro Rubén, después de la “Marcha Triunfal” (que es griega o romana) y del “Canto a Roosevelt”, que es ya americano, hubiese querido dejar los Parises y los Madrides y venir a perderse en la naturaleza americana por unos largos años —era el caso de perderse a las buenas—, ya no tendríamos estos temas en la cantera; estarían devastados y andarían entonando el alma del mocerío.  Llega el escuadrón de mozos sin mucho gusto que digamos del “Aire Suave” o de la marquesa Eulalia. Tienen razón: el aire del mundo se ha vuelto un puelche violento [su viento de la Patagonia] y el mar de jacintos se muda de pronto en el otro mar que los marinos llaman acarnerado. 220

“Saudade” es una provincia importante en su territorio de añoranzas, que se reparte por debajo de toda la superficie de su obra. “País de la ausencia”, con obsesión del fin: “...y en país sin nombre/ me voy a morir”.  Como “La extranjera” o “Beber”: “Recuerdo gestos de criaturas, y son gestos de darme el agua”.  Su mentada “Todas íbamos a ser reinas” merece una nota, que también es nostalgia pura: “...y siendo grandes nuestros reinos, / llegaremos todas al mar...”

“Locas mujeres”, con diversas clases de demencias, “la que camina interminablemente... Ella camina siempre hasta cuando ya duermen los otros”.  Amén de sus enajenaciones: “Donde estaba su casa sigue/ como si hubiera ardido”.

O la sin razón que imponen las cárceles, aquella que padece la “Mujer del prisionero”: “Yo tengo en esa hoguera de ladrillos, / yo tengo al hombre mío prisionero...”

En su poema de la “Naturaleza”, habla —así era siempre— de sí misma como parte de la arboleda del mundo. “Mi pecho da al almendro su latido/ y el tronco oye, en su médula escondidos mi corazón como un cincel profundo”.

El árbol es su hijo.  Y vuelta “al desvarío”.  Y a la guerra insensata que trajo la caída de Europa.  No acepta a Hitler.  Siente como suya la muerte en Finlandia.  Condena a Stalin.  La Segunda Guerra Mundial es un luto personalísimo.

Eterno luto.  Pasan los años.  Y escribe “Aniversario” por Yin-Yin. “Todavía somos el tiempo... sin saber tú que vas yéndole/ sin saber yo que no te sigo...”.

Alone afirma que Gabriela Mistral “tiene la palabra siempre lenta, pero segura.  Y larga.  No se cansa uno de oírla”.  Quería a su Elqui, pero no quería a Chile:

La apoteosis de Gabriela Mistral permitirá decir sobre ella ciertas verdades, particularmente una, que antes habría debido dejarse en silencio: más allá de cualquier crítica hállase fuera de todo posible daño: los altares son intangibles. Digámoslo, pues, sin reticencias. Gabriela Mistral no amaba a Chile. Amaba su Monte Grande natal y, por extensión, el Valle de Elqui, el campo y la montaña, la gente montañesa y campesina, sus días infantiles [...]. Este hecho presentido por muchos, que solían lanzarle como acusación de ingratitud, algunos pudieron comprobarlo personalmente y lo escucharon, no sin violencia, de sus propios labios.  Amaba singularmente la tierra de Sarmiento (sin Perón), y don Andrés Bello nunca le inspiró bastante consideraciones... 221

Mujer más individual que inexplicable o extravagante; tras la rumia de una mente atormentada, alimentada por el ir sumando muchas iras, sinsabores y enojos ante desaires y “desconocidas”, anhelante de esconder algún secreto o pecado capital, ansía iniciar una existencia distinta en otra tierra, como para intentar un nuevo camino.  Así —se ha visto— decidió abandonar su patria y convertirse para siempre en una chilena vagabunda.

Esta autodesterrada, quien decidió sentenciarse voluntariamente a exilio perpetuo, anotó por sí misma en su libro de bitácora la pena del ostracismo, sin revocarla jamás.  Deambuló de un país a otro, con escasos y brevísimos retornos.  Desde su salida a México vivió virtualmente toda su vida en el extranjero.  Sin embargo, estuvo condenada a transportar siempre dentro de sí en el país que había dejado.  La estampa de una maldición bíblica.  Ella fue Caín y Abel, juntos.  Dondequiera que vayas, pese a todas las distancias, tu alma seguirá estando dentro de la tierra que abandonaste. Y hablarás sobre ella interminablemente, como un tema venturoso o torturante que no te dejará nunca en paz, volviendo por la mañana y por la noche a reiterarlo en variaciones infinitas o con majadería quijotesca.

Así, como otros desterrados de Chile, como los jesuitas Ovalle o Lacunza en la época colonial, sentirá en medio del corazón y en las circunvoluciones cerebrales esa herida que nunca se cierra, por donde manan el recuerdo, la nostalgia, la execración del solar querido Y odiado.  Ella adora su tierra y tiene poca confianza en el hombre.  No los meterá a todos en el mismo saco del desliz original, de la inmundicia del alma.  Perdonará a los niños, a los limpios de boca.  Morirá en suelo ajeno como su admirado Alighieri.  Lo reverencia porque escribió un libro que le hubiera gustado escribir a ella, donde castiga con tormentos en diversos círculos del infierno a sus enemigos personales y a las abominables categorías de individuos falsos y deleznables, traidores, mercenarios y maledicentes.  Nunca remitió la pena que impuso a los lenguaraces de su país.  No les concedió indulto.  Aborreció a los hombres malandrines.  También quiso a otros.

Pero sobre todo amó su territorio quebrado.  Gastó mucho ojo, pulso y lápiz de mina en describirlo.  En verdad se trata de una tierra estrafalaria.  Benjamín Subercascaux la llamó “loca geografía”.  Más que un país es una playa.  Al fondo la cordillera y en plano inclinado hasta el mar, delgado como una lanza, flaco como un hombre famélico, que está en los huesos, como recién salido de un campo de concentración o de las hambres de Biafra.  Al sur se hace pedazos, atomizado en archipiélagos, o se extiende por una deshabitado Patagonia donde el personaje principal es la nieve, punteada alo lejos por rebaños de corderos, por estancias perdidas o por pequeñas ciudades del fin del mundo donde a la noche blanca sucede una noche de tinta negra, en las huracanadas vecindades del Polo Sur.

Pero ella, para su fortuna, es nortina media, nota, del Norte Chico.  Porque el Norte Grande sería la otra cara de la desolación, el desierto del Tamarugal, que se parece al Sahara.  Oriunda de unos valles transversales de transición, donde el desierto se suaviza, acaba y deja paso a la faz amable de la naturaleza, ella la reconocerá más frutal, pero sin perder lo que llama “sobriedad austera del paisaje, un como ascetismo ardiente de la tierra”.  Sostiene que esa área ha dado a la raza sus tipos más vigorosos.

Después el panorama insiste en la acogida benévola.  La agricultura extensiva confiere color verde a la tierra, pero las ciudades mayores se vuelven grises, acumulando asfalto y muchedumbres.  En la capital se concentra un tercio de la población y en la zona central, tres cuartos de todos los chilenos.

Más allá se impone el imperio de la lluvia y de la selva oscura, lo que ella denomina el trópico frío.

Le sale al recuerdo el pequeño y diferenciado territorio patrio con su figura de hilo extendido de norte a sur a lo largo de más de cuatro mil kilómetros.  En relación con los gigantes del globo, su dimensión física es reducida y su población exigua.  Ella se resiste a aceptar esto como un signo de inferioridad.  Si el tamaño del suelo es menguado, el porte de su voluntad —murmura, dando rienda suelta a un orgullo raramente dicho— o la “índole heroica de su gente” es mayor.  Se consuela diciendo que la casa chica tiene una puerta grande: el mar.

Notas.

151. R. E, Scarpa, Gabriela piensa en... "La lengua de Martí", pág. 171.

152. Juan Loveluck, Estirpe martiana de la prosa de Gabriela Mistral, Universidad Veracruzana, pág. 124.

153. Gabriela Mistral, Páginas en prosa, Ed.  Kapeluz, Buenos Aires, Argentina, 1962, pág. 78.

154. R. E. Scarpa, Gabriela piensa en... "La lengua de Martí, pág. 170.

155Cuadernos de Cultura, N' 5, La Habana, Cuba, 1939, "Los versos sencillos de José Martí", pág. 27.

156. R. E. Scarpa, Gabriela piensa en... "La lengua de Martí", pp. 173 – 174.

157. Ibid., pp. 175 – 176.

170. Ibid., "Carta a Laura Rodig", pág. 54.

171. Ibid.

172. R. E. Scarpa, Gabriela anda por... "Recuerdo del árabe - español",  pág. 223.

173.  R. E. Scarpa, Gabriela piensa... "Página para Pedro Salinas", pág. 255.

174. Ibid., pág. 256.

175. Ibid., "Cinco años de destierro de Unamuno", pág. 247.

176. Ibid., "Sobre el extraño poeta lituano Oscar de Lubicz Milosz", pág. 370

177. Gabriela Mistral, Poesías completas, pág.  XCII

191. Augusto Iglesias, Gabriela Mistral y el modernismo en Chile, Ed.  Universitaria, Santiago de Chile, 1950, Prólogo de Valéry, pág. 386.

192. Ibid. pág. 387.

193. Ibid.: pág. 390.

205.   Centenario de Gabriela Mistral,"Cartas a Radomiro Tomic", Diario La Época, Santiago de Chile, 9 de abril de 1989.

206. Gabriela mistral, Croquis mexicanos, "Reloj de sol.  Simpatías y diferencias", pág. 30.

207. Ibid., pág. 31.

208. Alfonso Reyes, Himno a Gabriela, Anales de la Universidad, op. cit., pág. 19

209. Gabriela Mistral, Cartas de Gabriela a J. R. Jiménez.

210. Enrique Gajardo, "La Gabriela que yo conocí III". El Mercurio, Santiago de Chile, 18 de junio de 1989.

211. Ibid.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600