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Su
Maestro José Martí
Gabriela Mistral es uno de los
intelectuales latinoamericanos más
sensibles a la difícil relación con
Estados Unidos.
Habló
con frecuencia del abismo entre el Norte
y el Sur del continente y registró el
choque en diversos campos. No es el
suyo un antiyanquismo primitivo. Confió
en que de alguna manera se pudieran
encontrar coincidencias que no fueran
las del atropello y de la dominación.
No es
socióloga, pero no puede dejar de
lamentar esa historia iberoamericana que
quiere “construir a base del encomendero
una democracia” y “reemplazar el
caciquismo con la civilidad”.
Mira
a América Latina con un sentimiento de
madre por el hijo atolondrado, aunque no
ha perdido la esperanza de enmienda.
Hablará de su masa continental,
semejante al Asia y África, con un gran
vacío en el interior del continente.
Para ella América del Sur tiene sobre
todo destino tropical. Es, por
excelencia, tierra caliente. El pedestal
templado de la América del Sur
constituye una base secundaria. El
corazón arde en el Amazonas, en los ríos
gigantes. Llega a la conclusión que en
América Latina todos somos tropicales,
sea de trópico ardiente o de trópico
frío.
Como
escritora irremediable, se vuelve a la
materia primera de su oficio, a la
meditación de las palabras y a la
defensa de alguna que a su juicio hemos
manchado, como la palabra
tropicalismo, sinónimo de verbo
excesivo.
Ella
discrepa y se pregunta: ¿dónde están
esos prosistas y poetas tropicales? En
México encuentra que los prosistas y
poetas son ceñidos, mesurados. Y también
confirma el mismo carácter en la
literatura centroamericana y en el norte
de América del Sur.
¿Qué
es, entonces, el tropicalismo? No es una
manera de hablar o de escribir propia de
las regiones tórridas. Sería, mejor
dicho, una forma de expresión de
literatura de gestación. Es una manera
de referirse mal al escritor aún
inmaduro o a la persona de mente
desordenada; pero no es culpa del sol
quemante. Anota que Italia no está tan
lejos del trópico y sus grandes
escritores son rigurosos. En cambio
Castilla, color de armadura, y la España
lluviosa del norte han sido pródigas en
poetas intolerables y en oradores
floripondiosos.
Si se
quiere hablar de tropicalismo, esto no
debe referirse a la geografía próxima a
las regiones ecuatoriales, sino al alma
caótica de los espíritus vehementes, a
los balbuceantes, a los hinchados de
palabra. Ella encuentra más trópico en
España que en Sudamérica. Además, no hay
que confundir el calor del alma con la
retórica. La primera puede generar la
obra de arte estremecida; la segunda, en
el mejor de los casos, es “un gran
papagayo tornasolado”. No hay que
igualar las palabras exceso e
intenso. Es intensa la piedra
preciosa. Ella encuentra que muchos
poetas delos trópicos son breves y
densos, como la gota de resina». Por
eso la Mistral sale espada en mano en
defensa de esta palabra tropicalismo,
“... manchada como la palabra
democracia”.
Para
ella Martí es un auténtico y magnífico
tropical. ¿Cómo se manifiesta dicho
tropicalismo?
En
primer lugar, una calidez gobernada o
suelta corre por su prosa en un clima de
efusión; marca sus arengas, los
discursos académicos, los artículos de
periódicos y las simples cartas. Yo
digo calidez y no digo fiebre. Tengo
por ahí pespunteada una vaga teoría de
los temperamentos de nuestros hombres;
los que se quedan en el fuego puro y se
secan y se resquebrajan, y los que viven
del fuego y del agua, es decir, de un
calor húmedo, y se libran del
resecamiento y la muerte. Martí fue de
estos. 151
Consideró su maestro mayor a José Martí,
el máximo revolucionario e intelectual
latinoamericano de la segunda mitad del
siglo XIX. Proyectó un libro sobre él y
prometió entregarlo a Editorial Losada.
Ella vivía a la sazón en Petrópolis,
Brasil, donde se desempeñaba como
cónsul. Como testimonia Guillermo de
Torre, encargado de la Colección El
Pensamiento Vivo, que debía publicar la
obra, Gabriela estaba entonces dedicada
a ayudar hasta el límite de sus fuerzas
a los republicanos españoles exiliados.
No pudo rematar el libro soñado sobre
Martí, pero alcanzó a enviar un
capítulo, cuya base fue una conferencia
que ella ofreció sobre el tema en La
Habana, en 1934.
Martí
y la Mistral fueron personalidades
sobradamente distintas en cien
aspectos. Sin embargo, Gabriela se
encuentra en el cubano por su entrega al
mundo, por su amor a América y también
por la potencia originalísima de la
expresión.
La
chilena se pregunta: ¿en qué consiste la
originalidad de Martí? ¿En su vitalidad
tropical? ¿En su robustez? ¿En su
comercio con los clásicos? ¿En su
conocimiento de los griegos y los
latinos? ¿En su lectura de los setenta
tomos de la Colección Rivadeneira? Todo
es agua para mover ese molino. Incluso
su lealtad a la lengua de España, pero
hablada por un antillano, que ha leído a
los escritores modernos de Francia y de
Inglaterra, “cosa muy natural en hombre
que tenía su presente y vivía
registrándolo día a día”. Queda
fascinada: “La lengua vieja, las ideas
nuevas”. Él lee todos los autores que
trascienden. Pero a sabiendas que tiene
“encargos que cumplir, trabajos que
hacer en la carne de su tiempo”, trata
sus propios asuntos y lo hace con tono,
vocabulario y sintaxis que resultan de
la originalidad más pronunciada.
¿Procede ella puramente del estilo
novedoso? No. Nace del acento, del tono
personal. Para la Mistral, Calderón
tiene un estilo, pero Santa Teresa un
tono. Y el tono criollo, de cuerpo
entero, es el que celebra en el padre de
los Versos sencillos.
Hace
tiempo que rueda el lugar común
sosteniendo que el trópico es tierra de
elocuencia. Otros la ven, despectivos,
como espuma, facundia, garrulería vana.
Pero —oigámoslo bien— Martí es el orador
por antonomasia de este continente.
Cuando se lee su prosa se le siente la
voz. No hay, sin duda, en América
española un hombre que haya dicho
sentencias más medulares, más nobles y
más bellas, tan henchidas de sentido
entrañable, de tanto amor por el hombre
y el destino de nuestros países que
aquel que confiaba el 7 de julio de 1894
a su amigo José Dolores Poyo toda una
filosofía de desprendimiento y una moral
de la responsabilidad:
La
única gloria verdadera del hombre —si un
poco de fama fuera cosa alguna en la
composición de obra tan vasta como el
mundo— estaría en la suma de servicios
que hubiese, por sobre su propia
persona, prestado a los demás. Lo que
ciega a los hombres y los hace llegar
tarde, o demasiado pronto, es la
preocupación de sí. Yo ya sé cómo voy a
morir. Lo que quiero es prestar el
servicio que puedo prestar ahora.
Hacer
el elogio del orador latinoamericano
resulta empresa equívoca, signo de mal
gusto. “La oratoria carga con una cadena
de fatalidades” certifica la Mistral,
quien se ríe del recitador de
espectáculos, regodeándose deleitado
ante su timbre, que a ratos se echa a
gritar y halaga al auditorio, que pasa
de la voz tonante, de los gestos
violentos y los secretos públicos a las
calamidades de la gesticulación y el
desprecio por el vocabulario. Ella como
que se alegra de no tener amigos
oradores y desdeña ese “lirismo
impotente que no llegó al poema”.
Un
día alguien debería estudiar el tono y
el estilo en la Mistral. Encontrará más
de una afinidad con el de Martí, no por
obra imitativa, sino porque estuvieron
animados por el ángel de la elocuencia
poética.
Nuestro
latinoamericanismo
Más
de algún investigador ha buceado ya en
el asunto. “Estirpe martiana de la prosa
de Gabriela Mistral” es el título de un
estudio de Juan Loveluck:
Sale
Gabriela Mistral de Chile y va a México,
donde empieza a codearse con el influjo
más poderoso que estilo alguno ejerció
sobre su escritura: el de José Martí.
Este pone en su mano doble don: el
nuestro americanismo, la devoción
por lo propio, el infatigable indagar en
la condición mestiza; y una concepción
de la escritura-prosa en que la búsqueda
sin fatiga de la originalidad expresiva
la hace tan creadora como el ejercicio
del verso. Si Chocano, Nervo y Vargas
Vila la extraviaron un día, será la obra
martiana —poesía y prosa— la que la
devuelva al camino. Por 1925 el culto a
Martí se alía a su madurez primera y la
llevará años después a reconocer en el
autor de Nuestra América
su maestro americano por excelencia.
152
Hablará del orador Martí. El género
tiene mala fama confirmada por tanto
vozarrón vacío y los gesticuladores de
feria. Para ella Martí es el “orador
honrado dentro de un gremio
fraudulento”. En las antípodas del
demagogo, su ardor brota verdadero. No
hace arenga sino argumentación
encendida; y la prueba suprema de sus
quilates la da la comprobación áurea, la
más difícil: la lectura de sus discursos
no deja en frío. El hielo se funde tras
la primera frase. Su majestad expresiva
no emana de una catarata retumbante,
sino que nace de la fuerza viva de la
verdad, de la razón revolucionaria, o
sea, aquella que quiere cambiar un
estado de cosas injusto. Hay una
sintaxis perfecta entre la verdad y la
fuerza, entre la claridad, la belleza,
el acto y la trascendencia del
concepto. Aunque ambos despiden
semejanzas proféticas, nunca se
desgañitan ni se pierden en el trance.
Al fin y al cabo él está hablando del
drama real de un pueblo, del suyo y los
de América Latina entera. Ella, a su
vez, en su poesía está hablando de su
tragedia y no lo hace como comediante o
bufón. Hay en ambos una aleación
preciosa de clásico y romántico. En el
discurso de Martí se cruzan rayos y
fulguran relámpagos; tiene adjetivación
rica, girando siempre en torno a un
núcleo central de ideas, que no se
empequeñece en relación con la
profundidad del deber libertador. Ella
se adentra en Su odisea personal.
Sustenta en lo social un puñado de ideas
que a retazos podrían calificarse de
martianas.
El
léxico copioso es inherente a un hombre
hecho para el pensamiento y la acción
mediante un uso vivificante del
término. Martí habla y escribe como un
castizo del idioma tanto español, como
cubano. Gabriela, una castiza española
chilena, lo siente suyo, andando por su
camino. Precediendo a Rubén Darío,
quien le reconoce el derecho a la
primogenitura, Martí es también el
adelantado de Gabriela. Se dedicó entre
otras cosas de más bulto a cubrir los
déficit lingüísticos. Realiza estos
depósitos inéditos en el diccionario
sacándolos de la cuenta corriente del
pueblo, de la vida cuotidiana, pero
conforme a la lógica y la filosofía de
la lengua castellana. Sus neologismos
no serán mera destreza o acrobacia
verbal sino necesidad de una expresión
más exacta, trátese de sustantivo,
adjetivo, verbo o adverbio funcionales.
Gabriela es asimismo una aportadora a la
lengua, colmada de voces tradicionales y
nuevas, de plebeyismos y americanismos
que traspasan la acepción peyorativa
gracias al rasero de la poesía.
Algo
quiero deciros de los americanismos.
Tuve que hablar una vez en la Sorbona, e
hice una confesión desnuda de mi
criollismo verbal. Comencé declarando
sin vergüenza alguna que no soy una
purista, ni una pura, sino una persona
impurísima en cuanto al idioma. De
haber sido purista, jamás entendiese en
Chile ni en doce países criollos la
conversación de un peón de riego, de un
vendedor, de un marinero y de cien
oficios más. Con lengua tosca,
verrugosa, callosa, con lengua manchada
de aceites industriales, de barro limpio
y barro pútrido, habla el treinta por
ciento a lo menos de cada pueblo
hispanoamericano y de cualquiera del
mundo. Eso es la lengua más viva que se
oye, sea del lado provenzal, sea del
siciliano, sea del tarahumara, sea del
chilote, sea del indioamazónico.
(Además, ustedes no van a quedarse sin
el Martín Fierro y sin los
folclors español y criollo).153
Cada
cual en su ámbito y todos en el español
de España y de América.
Gabriela estima que una de las pérdidas
que tuvo en su vida fue no haber
escuchado su voz. Cuando Martí murió
ella tenía diez años. Era una niña
perdida en el Valle del Elqui.
Seguramente no había oído nunca
mentarlo, pero con el tiempo algunos
amigos de Martí le hablaron de su voz,
que desgraciadamente no fue fijada,
según su conocimiento, en ningún disco.
No había llegado aún el tiempo de las
grabaciones, pero le supone gracia de
voz. Ella confiesa que le gusta, como a
Emerson, la voz grata. No le agradan
las que acarrean piedras. Lamenta no
haber percibido su acento y su mímica,
pero da gracias Dios porque quedó la
letra de sus discursos, que deja
constancia “de la noble anatomía [...]
de su oración cívica o militante”.
Martí, a menudo, es orador de períodos
extensos, medida que exige un control
mucho más difícil que el de la frase
corta. Pero en el cubano la oración
brevísima o largamente compuesta se
caracteriza porque está viva de cabeza a
pies.
Gabriela tiene prisa por llegar al fondo
de la cuestión y este se refiere a la
trascendencia del mensaje, que en cuanto
a su forma parece estar libre de
declamación. Ella desconfía del
enfático y del patético, del arrebatado
y del que cae en éxtasis o en trance
como orador. Prefiere más bien la buena
conversación doméstica. No recomienda a
nadie que emulo a Cicerón. Y además hay
que saber mudar de tono y turnar las
palabras solemnes con “un adjetivo de
lindo sabor popular”. Su adorada Biblia
pasa de un profeta a un evangelista. No
se puede estar echando siempre por la
boca fuego y hierro derretido.
Esas
dos dimensiones de Martí, la política y
la literaria, se complementaron
mutuamente. El tono natural, de tanta
fuerza y originalidad, se afirma y se
toma más convincente por la soltura del
vocabulario, a juicio de Gabriela, uno
de los más intensos y extensos de la
literatura y, ¿por qué no? — sin duda—
de la política latinoamericana. Es un
poseedor absoluto del castellano. A
diferencia de Montalvo, aquí en ella le
sospecha el comercio diario con el
diccionario, Martí es la expresión más
radiante y fluida del castellano
universal y del castellano cubano.
Comparándolo con Darío, la Mistral
prefiere a Martí, porque lo encuentra
más libre de galicismos, rechaza mejor
el cosmopolitismo y el prurito de
fineza. Pero que nadie se mueva a
engaño: si la lengua de Martí no es
nunca “extravagante, pirotécnica”, él sí
es un inventor del idioma, autor de
adjetivos, verbos. Y la chilena piensa
que “Nadie entre nosotros llevó más
lejos la ceñidura del apelativo de la
cosa”.
En su
elogio del buen trópico, Gabriela
compara a Martí con Bolívar:
Cuando me encuentro a un hombre
semejante a Martí o a Bolívar, que en su
Trópico, de treinta años, no se
descoyunta y se mueve en él lo mismo que
el esquimal en la nieve, trabajando sin
agobio y rindiendo la misma cantidad de
energía que el hombre de climas medios,
vuelvo a pensar en que lo elefantiásico
y monstruoso del Ecuador no existe.
José Martí cayó en el Trópico como en
molde cabal: él no rezongó nunca contra
la latitud, porque no se habla mal del
guante que viene a la mano. 154
Gabriela subraya una segunda
manifestación del trópico, que vale
tanto para Martí como para Fidel Castro,
ambos cubanos hijos de españoles: la
abundancia. “El Trópico —sostiene— es
abundante por esencia y no por recargos
de bandullos y perifollos;... la
abundancia es natural por venir de
adentro, de los ríos de su savia
interna”. Concluye que “lo hicieron en
grande”.
Manifestación específica de su
personalidad es la lengua metafórica.
La imagen no sabe a lujo ni complemento
ornamental; se desprende con verdad de
la naturaleza tropical; presta servicio
y deslumbra a la vez. Así es la
naturaleza de Martí. Sembrador de
ideas, profesor de pueblos, conductor de
hazañas libertadoras, simultáneamente se
alza como maestro total de la forma,
artista del “canto absoluto”. Así es su
poesía, así es su prosa. La Mistral
tiene la impresión de que Martí pensaba
mucho en imágenes. Pero no se trata de
la alegoría asiática, provista sobre
todo por la fantasía. La metáfora
martiana sale precisa, guardando la
relación que en el cuerpo humano tienen
el hueso y la carne.
O
sea, es verdadera. Gabriela decía:
Confesarles a ustedes mi fe en este
Martí sobrenatural viene a ser solamente
decirles que yo juro a puños cerrados
por la veracidad de su poesía. Y es que
ella, entre su cadena de virtudes, tiene
la de un tacto particular, que raramente
entrega el poeta, el tacto de lo veraz,
de una verdad de ver y tocar, aunque se
trate de lo inefable.155
Otro
rasgo que anota en Martí es su don de
entrega, lo que llama la generosidad del
hombre. Trabaja por una buena causa,
que siente también suya.
Estamos llenos de injusticias sociales,
pero ellas derivan más de una
organización torpe que de una sordidez
congenital; andamos buscando un
abastecimiento racional de nuestros
pueblos, y cuando lo hayamos encontrado,
los sistemas económicos de la América
serán mucho más humanos que los
europeos.
Naturalmente la lengua es el hombre, y
por allí Gabriela se acerca a la
persona. Rechaza el desmembramiento
entre individuo, obra y palabra. Gran
parte de Martí quedara amputada si se
desvinculara su acción política de su
escritura. Gabriela intenta el rastreo
de sus orígenes. Atribuye su fuerza
viril a la sangre catalana y la ternura
al ambiente antillano. Habla de “José
Martí el Bueno”, pero además del joven
maduro, del sujeto cenital, porque
encarna por su conjunción de cualidades
positivas un punto mágico en que se unen
“las dos mitades del cielo”. Este
hombre sabe el negocio complicado “de
vivir, de padecer, de caer y
levantarse”.
Gabriela le reserva unos párrafos para
“alabar también al luchador sin odio”:
Empujado a la cueva de las fieras,
constreñido a buscar fusil y a echarse
al campo, sin que se le pongan
sanguinosos los lagrimales [...].Todo es
agradecimiento en mi amor de Martí:
gratitud hacia el escritor que es el
maestro americano más ostensible de mi
obra, y también agradecimiento del guía
de hombres que la América produjo en una
especie de Mea culpa por
la hebra de guías bajísimos que hemos
sufrido, que sufrimos y sufriremos
todavía. Angustia siento yo, americana
ausente, cuando me empino desde la
tierra extraña hacia nuestros pueblos, a
mi gente atollada todavía en las
viscosidades acuáticas de las
componendas y en las malquerencias
fronterizas que tijerean el continente
de todos lados.
Cuando los ausentes hacemos estas
asomadas penosas al hecho americano,
necesitamos acarrear de lejos a Bolívar
para que nos apuntale la fe, y de menor
distancia a Martí para que nos lave con
su lejía las roñas de la criollidad
[...]. Hemisferios de agradecimiento son
para mí la literatura y la vida de José
Martí.157
Anónimos
La
perseguían los fantasmas de los
anónimos, que podían ser reales o
imaginarios. Chile era para ella un país
donde se cultivaba afanosamente el
género. Tal vez volvería por un rato a
su tierra, solo por un rato porque la
última vez que estuvo “no menos de
sesenta cartas "bajas y sucias" trataron
de ensuciar mi pobre vida”.
Estaba convencida de que ella era el
ejemplo vivo de la efectividad de un
dicho: el pago de Chile. En una carta
que escribió en 1938 a Laura Rodig, este
“complejo de persecución” o relato de
una cacería que no le daba tregua vuelve
a manifestarse.
Yo le
di a este país mi vida en vano. No me
quedo por no volver a vivir
defendiéndome de los odios sin cara, de
los odios hipócritas con los cuales no
es posible la lucha honrada [...]. Este
odio se llama mujer mejor que hombre.170
No
obstante su larga ausencia, sabe que los
pobres no experimentan mejoría.
He
visto, menos que usted, naturalmente, la
miseria de nuestro pueblo, pero la he
visto bastante. Y lo he dicho en
público y en privado cada día y varias
veces al día.171
Pero
antes de llegar a Siena, en junio de
1924, desembarcó en Nápoles. Como
encuentra que navega por un mar
femenino, propone llamarlo “la mar
Mediterránea”. Agua voluptuosa, gran
parte de la literatura greco-romana la
tiene por escenario. No es temible como
los grandes océanos, quizá por eso
Homero la llama “pradera de violetas”.
Las tonalidades cambian: tienden al
morado en la primera hora de la mañana y
vuelven a la misma coloración en el
atardecer. Las violetas muestran una
gota de leche durante los días nublados,
pero su pigmento habitual es un azul
alucinante, que parece inmóvil, para
volverse todavía más hermoso. Así por
este mar, que es como una mujer vestida
con un traje violeta, que nada tiene que
ver con el océano violento que baña su
tierra, ella había hecho un tiempo atrás
su entrada a Europa. Toca Sicilia. Se
encuentra más a gusto en este mar que
siente leve, hecho de superficie, como
si olvidara la dimensión de sus
profundidades. Y es tanta su alegría
que se instala sobre cubierta y escribe
una “Canción de marineros”.
Lo
surca muchas veces durante años. En
diciembre de 1930, desde Gibraltar,
escribe una “Despedida del
Mediterráneo”. (No será tampoco un adiós
definitivo). Había zarpado de Génova a
Nápoles y de allí a Cerdeña. En este
viaje de regreso a América le nota urja
cara huraña. El aire taciturno se lo da
la niebla, que no le permite divisar la
Isla de Capri ni el Vesubio ni Córcega.
O sea, ese mar que describió tan
brillante y soleado ahora la despide de
mala manera.
Gibraltar es el cuello estrecho de la
botella mediterránea. Atravesado su
corcho, llega al océano. Se acaba el
juguete, se abandona el lago antiguo.
Dice hasta luego al mar latino. Ahora
comienza el reino del agua salvaje,
que... desde esta misma noche nos
golpeará la nuca con su ritmo brusco, en
la pobre cama de dormir mal y de soñar
sueños asustados.
Las
Españas:
afinidades y conflictos
El
tratadista español Menéndez y Pelayo
estaba persuadido de que Chile no
producía poetas por razones históricas.
“Una tribu de bárbaros heroicos gastó
allí los aceros y la paciencia de los
conquistadores y manteniendo el país en
estado de perpetua guerra, determinó la
peculiar fisonomía austera y viril de
aquella colonia”. Tal base, en su
opinión, determinó el carácter de su
cultura y la pobreza de su poesía. El
chileno no está para versos. “El
carácter del pueblo chileno —agregó
Menéndez y Pelayo— como el de sus
progenitores vascongados en gran parte,
es positivo, práctico, sesudo, poco
inclinado a idealidades [...]. El
predominio del positivismo dogmático,
triunfante al parecer en la enseñanza
oficial durante estos últimos años,
contribuye a aumentar la sequedad
habitual de la literatura chilena,
sólida por lo común, pero rara vez
amena”.
Gabriela Mistral, que se decía
descendiente directo de indios bárbaros,
con apellidos originales vascos, es un
primer buen desmentido a la tesis de
Menéndez y Pelayo, para no hablar de un
segundo apellido, Reyes Basoalto, alias
Pablo Neruda. Hay terceras, cuartas y
enésimas excepciones a su teoría.
Ella
sintió a España como contradicción
seductora y anonadante. Tuvo conciencia
de que existen varias Españas. La
mediterránea tiene poco que ver con el
paisaje de Castilla que a veces percibe
de color ceniza. “Como Kempis, deprime
en un versículo”. Tremenda tierra,
propicia a la abstracción y a la
metafísica. Acude necesariamente al
Escorial, “una estrofa en la meseta”.
Se sintió absorbida por el frío de los
corredores, causándole la impresión de
que ya conocía todas las fortalezas y
que cargaba una túnica de bronce sobre
sus espaldas, extrañas a la grandeza del
poder. La piedra, el pudridero, donde
se corrompen y se deshacen las carnes
más solemnes de reyes y príncipes, le
habla del dominio final de la muerte y
la sombra. Felipe es un rey envuelto
por la tristeza. Ante el dueño
principal del mundo, ella, pequeña
sudamericana, oriunda de países
ultramarinos, que fueron parte de su
patrimonio personal, no sintió el
orgullo del poderoso sino su temor a la
muerte, el imperio de la severa religión
de la austeridad, que la inclinaban a
contemplar largamente la mesita, el
pequeño escritorio minúsculo en que el
hombre solitario firmaba el despacho y
decidía el destino de su patria lejana,
estremecida por la guerra secular contra
los indios. Luego se detiene ante el
lecho, donde el amo del orbe fue
devorado por el cáncer. El hombre que
había en el rey sintió que se
descomponía su carne. Así moría el
“demonio del mediodía”, ese pecador
antilujurioso, esclavo de un Dios hosco
y sangriento, que quemaba herejes para
salvar su alma. Hizo del cristianismo
el culto de la verdad que se abre paso
por el camino de la violencia y practicó
el poder al modo de un ejercicio tan
duro como melancólico, porque creía en
la bondad del cielo y en la maldad
humana. Gabriela se detiene ante el
hombre que se volvía cada día más
putrefacto, que tiene por trono
ambulante una incómoda silla de montar,
a horcajadas de la cual viaja desde
Madrid a la fortaleza, sintiéndose morir
en el camino por los estragos de una
enfermedad de origen aún más desconocido
entonces que hoy. La chilena siente que
Felipe II es uno de los rostros de
España, el más sombrío, el poseído por
un sentido sobrenatural de su misión en
la tierra, al estilo de los fanáticos
fundamentalistas que conciben la alegría
de vivir como un crimen. La mole de
piedra la abruma. El personaje le da
miedo y su rostro huraño le inspira
piedad.
Otra
monja escritora (bien distinta de la
mexicana) le dice que Castilla es como
un vino fuerte. Esa religiosa que
entabla con ella el diálogo imaginario
es Santa Teresa. A aquel rey lo poseía
una pasión creadora que pasaba por la
destrucción. Ella conversa con la monja
de Ávila, que tiene el semblante “rojo
como un cántaro castellano”. Compara
las tierras de ambas. Para Gabriela,
Castilla no tiene regazos; en cambio sus
cerros elquinos hacen “cobijaduras por
todas partes”. La Santa no ama las
tierras grasas, los hombres y las
mujeres blandos, habituados a la
complacencia, que se traduce en “vicio
de palabras grandes”. A su entender, la
naturalidad es hija de Castilla.
Gabriela contraataca, pero ¿el Escorial
no es un monumento a la soberbia? La
monja responde, atribuyéndole
responsabilidad al carácter de los
tiempos. España cumplió con América;
fundó a lo gigante; que los americanos
hagan lo suyo. Tal es la orden de
trabajo teresiana.
Se
trata de una conversación sostenida en
1925. Viajará a través de Castilla por
consejo de la monja castellana. Irá a
su ciudad. La Sierra de Guadarrama le
recuerda a su Magallanes, no a Manuel
sino a esa ciudad del Estrecho donde
reina largo la escarcha. Cuando llega,
Ávila también está blanca de frío. El
paisaje semeja un “cuello de buitre”.
La Santa lo sentirá como campo de
labor. Prefiere una página de Las
moradas a la iglesia dedicada a
ella. Se siente hermana de aquella
“majadera del Señor”. La fantasía de la
conversación la induce a preguntarle por
qué se puso a escribir versos, por qué
se dedicó a las rimas. “Se me cayeron de
entre los dedos —dice—, que eso
también viene del amor y no del
pensamiento con jadeo”. Penetra en
la zona explicativa del arte
poético. “Oye: en cuanto vuelves y
revuelves lo que vas a decir, se te
pudre, como una fruta magullada; se te
endurecen las palabras, hija, y es que
atajas a la Gracia, que iba caminando a
tu encuentro”.
Andalucía es distinta, no castellana;
medio española y medio árabe. Encuentra
que en Sevilla y Córdoba (dice que a
Granada no ha ido)
...
lo español retrocede; estorban un poco
sus injertos intrusos; a trechos se le
olvida. Tan impetuosa es todavía la
presencia semita. Se miran con un
impertinente cariño los rostros árabes
rezagados que encontramos.
Ella
se declara más cerca de Andalucía y de
su mezcla que de Castilla. Sentía que
lo andaluz iba más derecho a sus raíces
y a su noción de cultura. Así es
también con el habla popular chilena.
La cultura es para ella “la manera de
vivir”, pero con paralelas que se
encuentran en el camino:
redescubrimiento del mueble de la casa,
del mueble que viene del Oriente y que
le recuerda al indio mexicano; de la
lencería, del manto árabe, del labrado
de los materiales finos, de la
talabartería cordobesa. Esto la hace
decir que el gaucho y el huaso han
acariciado en su montura, sin saberlo,
una “cosa árabe”; la lleva a acentuar
esa idea casi doméstica de la cultura.
Raza
más acendradamente culta que las del
árabe-español y del judío-español, que
aquí se enderezaron, no las ha repetido
el Oriente en ninguna de sus acampaduras
geográficas. Ni en África, donde se
quedó, ha conseguido duplicarla. Con
razón se ha dicho que, lo mismo árabes
que judíos, en España lograron sus
generaciones mayorazgos y que su
aristocracia aquí se obtuvo como una
gota de esencia, de cuya destilación se
hubiese perdido el secreto.172
La
aproxima su pasión por el agua, su
cultivo del lenguaje de la fuente,
metido dentro de sus salas; los patios
con espíritu de jardines, donde siempre
está sonando suavemente el líquido como
una música que sale de los aljibes.
También siente cercano el parentesco por
el oficio hortelano, que le recuerda su
tierra, la selección de las especies
botánicas, el sentido de la fruta dulce,
ese amor por la pulgada de tierra que la
traslada a Elqui. La interpreta como
una lucha contra la sed de tata gente
suya que recorre el desierto.
La
música de la fuente. El joven García
Lorca, en esos años tiene la revelación
de lo árabe-español. Forma el cuerpo y
el alma de su poesía.
Un solo pez en el agua
dos Córdobas de hermosura
Córdoba quebrada en chorros
Celeste Córdoba enjuta.
Gabriela Mistral alcanza a nombrarlo.
Siendo escritora contumaz hablará, por
cierto, de sus colegas españoles y
portugueses. Y sobre todo de los que
pertenecen a su gremio por partida
doble: los poetas inevitables y
necesarios. Para ella, el misterio de
la península lo ahondan Maragall, Carner,
Unamuno, el que denomina segundo Valle
Inclán, Guerra Junqueiro, Eugenio de
Castro, García Lorca, Alberti, Gerardo
Diego y los demás. Es una lista justa y
arbitraria a la vez. Tiende a
compararlos con los de su ultramar
americano. Los llama alumbrados
de la lengua. Invoca algunos nombres:
“José Martí, Alfonso Reyes, Eduardo
Barrios, Vicente Huidobro, Teresa de la
Parra y otras gentes queridas...” o no
tan queridas.
Advirtamos que nombra en buena compañía
internacional a Vicente Huidobro, quien
no la respeta. Un día, Mathilde Pomes,
traductora de la Mistral al francés,
conversando con el autor de
Ecuatorial, llama grande a la
chilena. Su compatriota
“creacionalista” discrepa: “Grande por
la talla —ironiza. No es más que una
maestra de aldea”.
Huidobro escribe a Rosamel del Valle:
“Esa pobre Mistral, lechosa y dulzona,
tiene en los senos un poco de leche con
malicia”.
La
preceptora de villorrio perdido
no se inmuta. Anota que:
Pedro
Salinas tiene leídos su Max Jacob y su
Apollinaire y su Huidobro; le gustan;
seguramente les reconoce, como yo les
reconozco, que nos han sacado las manos
del caramelo por fundido intolerable, de
la falsa sentimentalidad, y nos
han curado del alarido.173
Rememora a los que se quedaron allá, en
el áspero terruño y constata lo que
estima un período estéril:
Vuelvo a sentir hacia Chile lo rijoso y
lo voluntariamente amojamado. Parece
que se escriben menos versos que en los
buenos tiempos de Cruchaga (¡tan
aristocráticamente desconocido!), de
Hübner, de De la Vega, de Guzmán y los
otros de su Cábala. Parece, digo, que
volvemos a la tradición fea del pueblo
que no quiere aventuras con la poesía y
se ha casado, para toda la vida y no por
un matrimonio a plazo, a lo yanqui,
mientras le convenía, con la historia y
el folclor."
Sin
quererlo, parece que le diera un poquito
de razón a Menéndez y Pelayo
Mantuvo larga admiración por don Miguel
de Unamuno. La conmueve el desterrado.
Me
han contado que su casa de París (de su
apartamento sobrio y casi pobre) se iba
por el Metro a un café en que tenía
españoles e hispanófilos franceses.
Para conversar, y que de ahí volvía a su
casa por el mismo camino sin ver París,
sin pedir noticias de music-halls, con
una indiferencia fabulosa de la “Ciudad
de las Complacencias”. Y un día no pudo
más con los bulevares y la Plaza del
Carrusel, y se fue a su Hendaya casi
española. Hendaya le ha dado, entre
otros, un poema que no he podido leer
sin llorar, desgarrón de ese corazón
sesentañero, tan robusto como el
algarrobo chileno...
175
La
bomba
Gabriela era muy susceptible. Según su
traductora Mathilde Pomes sufría a ratos
delirios de persecución. Durante una
comida de escritores en Madrid, le
pareció que alguien pronunció un
discurso “muy especialmente endilgado a
mí”. Escucha decir —según explicó más
tarde— que ella siente gratitud porque
los conquistadores españoles entraron en
contacto con las indias, cosa que
efectivamente no solo había dicho sino
también escrito. Algún exagerado —que
los hay no solo en Andalucía— o algún
chusco que sobran en España o un mal
pensado —que tampoco faltan— hizo en voz
alta una aclaración muy específica: “Lo
que sucede es que esta señora no sabe
que si los españoles tomaron indias, fue
porque allí no había monas”. Gabriela
se pone fuera de sí. Pretende replicar.
¡Imposible! Todo es risotada, burlas,
chistes, comentarios jocosos y picantes.
No
puede decirlo que piensa y lo que
siente. Enardecida, se dirige al que le
parece el más noble de los presentes,
moral e intelectualmente hablando, la
“conciencia de España”, don Miguel de
Unamuno. Este no le da la razón. Ella
quiere argumentar pero la atmósfera ha
perdido toda seriedad. Dice algo en
favor de los indios y de los mestizos de
América; nadie la escucha; alguien (ella
lo atribuye a Unamuno, lo cual resulta
casi inverosímil) responde: “¡Que
mueran!”
Después confesó que en ese momento
preciso sintió que se le cortaba el
cordón umbilical que la unía a España.
Amargadísima, escribió cartas a Chile
contando lo sucedido. Su decepción se
agravaba por la persecución y las
groserías que le llovían en ese último
tramo de la dictadura. En su
correspondencia a Armando Donoso le
confidencia su desengaño. Esa carta no
estaba destinada a la publicidad, pero
se filtró. Una mujer alta, maciza,
cegatona, de torpe andar y voz de
niñita, que entonces era considerada una
escritora significativa y dirigía la
revista Familia, Marta Brunet,
tiene tal vez involuntariamente algo que
ver con el asunto. Conversaba entonces
amable conmigo por los corredores de la
empresa Zig-Zag, en los tiempos que allí
se editaba nuestra Antología de la
poesía chilena nueva (en
colaboración con Eduardo Anguita), que
injustamente, por prurito de extremismo
literario o vanguardismo poético,
excluía a Gabriela Mistral. Supongo que
no figuraba en los planes de Marta
Brunet desatar una tormenta eléctrica;
el caso es que ella encargó a Miguel
Munizaga —un crítico de cine, oriundo de
la misma región de Gabriela— que
escribiese un artículo sobre su
coterránea. Solicitó aquel antecedente
nuevo a Armando Donoso; este lo entregó
un cartapacio donde iba la carta
dinamita.
Era
dable suponer que ese artículo no
llegaría a España. (Aunque, al parecer,
había en Santiago gente que despachaba
rápido toda información explosiva.
Gabriela se refiere a una española
santiaguina que “me hizo dejar los
Madrides”).
En
España vivía el almirante del barco
fantasma, el Hermano Errante, a quien
Gabriela no había escatimado la palabra
acogedora, llamándolo por escrito
“nuestro compañero ilustre”.
A mi
paso por Madrid, él me dio una tarde
inolvidable en la Residencia de
Estudiantes con la lectura de su Milosz
familiar. Pocas veces el poeta de Kabala
ha encontrado garganta digna de él en un
Augusto d'Halmar, que nos trajo de la
India una voz extraordinaria, ensayado
en un yo no sé qué de grutas de cuarenta
ecos. Me preparaba a la lectura con un
exordio de comentaristas del Zohar:
“Esta vez será verdad, Gabriela; usted
va a oír a un poeta que maneja
materiales inéditos del misterio Y cuya
palabra de cuarenta años podría ser de
setecientos. La promesa esta vez le
será cumplida, cumplida con superación”.
Y empezó la jornada, que duró tres horas
generosas, que yo le agradeceré siempre,
porque quiso, como el huésped antiguo,
llevar a su mesa, para mí, su faisán más
dorado... 176
En el
trance, el Hermano Errante le sirvió un
plato indigesto. D'Halmar abrió los ojos
de par en par. No sabemos si sonrió o
dijo ¡Eureka! ante el descubrimiento
sensacional. Pero sí se sabe que pegó
el grito escandalizado y lo extendió por
España. El notición saltó a la
publicidad. Todo el nacionalismo
hispano estalló como pinchado en el
sacro. La indignación compuso una
furibunda partitura de orquesta. La
dignidad española estaba en juego.
Ella
quiso de nuevo recordar que no aprobaba
la Leyenda Negra.
Durante dos años yo he escrito una
sesentena de artículos sobre asuntos
europeos, destinados a cuatro diarios de
capitales americanas. Entre ese
conjunto, una veintena fue dedicada a
actualidades españolas...
177
Dicho
antecedente no le valió de nada.
Se
pedía la cabeza de la sacrílega. Tuvo
que partir de Madrid y refugiarse en
Lisboa. Nunca ella olvidaría el asunto;
nunca perdonaría a ninguno de los que
tuvo participación pequeña o grande,
directa o de soslayo, en aquella que
juzgaba “conspiración alevosa”. Seguiría
denunciándolos.
¿De
quién fue la idea?
El
tramo que antecede a la concesión del
Nobel a Gabriela puede arrojar
clarificadores destellos sobre ese
espacio secreto, que gira en sordina por
pasadizos oscuros y despliega en la
sombra una serie de movimientos
escondidos antes que estalle la luz
espléndida en el Concert Husset, la gran
sala de Estocolmo donde se hace la
entrega solemne.
¿De
quién fue la idea de proponer el Premio
para la escritora chilena? ¿De un
compatriota movido por la admiración?
¿Se le ocurrió a un político criollo,
buscador de nombradía o amante de la
justicia literaria?
Ni
por pienso. El proyecto no brotó en el
magín de un chileno. Fue la escritora
ecuatoriana Adela Velasco la madre del
empeño. El hecho revela que si nadie es
profeta en su tierra, puede serlo un
poco más en la casa grande. Gabriela
Mistral por ese entonces gozaba de mayor
reconocimiento en el resto de América
Latina que en su país.
Pero
había un chileno bien puesto para el
cual el nombre de Gabriela Mistral no
era desconocido ni indiferente: el
Presidente de la República. Pedro
Aguirre Cerda recibió una carta fechada
en Quito solicitándole que auspiciara la
candidatura de su antigua amiga para el
Nobel. La proposición le pareció lógica
y merecida; puso en movimiento el
aparato del Estado; instruyó al servicio
diplomático; solicitó a Carlos Errázuriz,
embajador de Chile en Suecia, que
dedicara sus mejores desvelos a esa
misión. Este respondió que era amigo de
Gabriela hacía diez años y nada le sería
más grato. El Presidente pidió un plan,
previo informe sobre los requisitos,
usos y costumbres del jurado para
discernirlo. Vale decir, se convirtió
en tarea oficial del gobierno chileno,
sobre cuyos pasos, naturalmente, debía
guardarse estricto sigilo. Ella, al
parecer, no era consultada de antemano,
o tal vez se hacía la desentendida, la
que no sabía, aunque vigilara de reojo
los movimientos y estallaba en rabietas
cuando se hacía una gestión que le
disgustaba o juzgaba torpe.
Sin
embargo, no todo es silencio. En El
Mercurio del 17 de agosto de 1939,
aparece un suelto de crónica en que se
informa que se ha iniciado en Chile un
movimiento a fin de obtener el premio
Nobel de Literatura para Gabriela
Mistral. Se anota que el ministro de
Educación Pública, don Rudecindo Ortega,
ha dado ya los primeros pasos en tal
dirección.
Por
aquel tiempo Gabriela Mistral trabajaba
como cónsul en Niza, donde una
comunicación oficial le anunció el
interés del gobierno chileno. La leyó
con cierta turbación. Se demoró en
contestarla. En la respuesta se muestra
reticente. Sí, ha sabido algo La
iniciativa surgió en Ecuador. Luego
tuvo acogida en Argentina. Hubiera
preferido que en primer término le
informan desde Santiago. Pero esto no
le extraña. Las cosas son así. Lo que
sí le importa es que nadie piense que
ella anda detrás de dicha petición.
Algo la inquieta aún más: ¿los que
proponen la tarea sabrán enfrentarla? A
continuación Gabriela Mistral explica el
procedimiento con soltura de experta en
la materia, lo cual indica que, pese a
su proclamado desinterés, está
perfectamente enterada. Recomienda que
no se peque por ingenuidad o
ignorancia. La Academia Sueca no premia
autores desconocidos, que no estén
traducidos al idioma del Nobel o, al
menos, a lenguas de uso común en el
sector culto de la sociedad, inglés o
francés. Ella conoce tan bien el
modus operandi que incluso
proporciona ejemplos. Recuerda que
cuando la escritora española Concha
Espina quiso lograr el Premio encargó
traducciones de alguna de sus obras al
sueco. Gabriela se sabe casi inédita en
otras lenguas. Uno que otro poema
suelto ha sido traducido en revistas.
(No se ha descargado todavía el aluvión
de traducciones de su compatriota
Neruda). Es raro que se editen poetas
extranjeros. Por ahora en Francia solo
registra el caso de libros publicados de
Rabindranath Tagore y Rainer María Rilke.
En cuanto a su poesía, cuatro
traductores franceses han manifestado
interés, Mathilde Pomes, Francis
Miomandre, Pillenient, Max Daircaux.
Por el momento en París, no hay ningún
libro suyo publicado. Repetirá que
nunca hará nada por promoverse. Como
diciendo “esto no lo veo para mí”,
nombra a tres escritores
latinoamericanos que, a su juicio,
merecen el Premio: el venezolano Rómulo
Gallegos; el mexicano Alfonso Reyes y el
brasileño Casiano Ricardo.
Se
manifiesta escéptica en cuanto al éxito
de la gestión. Habla sin entusiasmo
respecto a tres o cuatro biografías
escritas sobre ella, amén de un
“panfleto” —agrega— que una editorial
chilena publicó... a la mala persona que
se llama en Santiago don Raúl Silva
Castro y que él ha distribuido en el
extranjero en una empresa de denigración
literaria.
Un
plan de operaciones
Pese
al examen de los reparos o enumeración
de dificultades, Gabriela pasará a
exponer, como un general en campaña, el
plan de batalla.
La
segunda movida táctica acostumbrada por
los gobiernos que se embarcan en la
aventura del Nobel es subvencionar
editoriales francesas o inglesas para
que publiquen al escritor que desean
auspiciar. Un escritor chileno que
trabajaba entonces en la Legación en
Francia, Salvador Reyes, se permite
deslizar tímidamente a Gabriela una
insinuación: ojalá diga en su apoyo una
palabra favorable el Instituto de
Cooperación Intelectual de París. Ella
aclara enfática que conoce la
institución por dentro —porque trabaja
en ella— y conmina a no cometer tal
error. Es territorio neutral y se
cuidará de no recomendar a nadie. Sería
preferible que el gobierno chileno se
preocupara de cualquier otro escritor
aceptable. A su entender hay no menos
de cinco o siete que lo merecen. Ella
misma ha conseguido que el Instituto
publique un libro de historiadores
chilenos y otro sobre el folclor
nativo. Pero el principio institucional
es trabajar con muertos, omitir a los
vivos, para qué meterse en líos ni
correr el albur de la corrupción que
desata el olor del dinero.
Más
influyentes, por supuesto, serán las
voces premunidas de autoridad literaria
que apoyen la sugerencia de su nombre.
No necesitaba ella pedir que lo
hicieran. Contaba con el apoyo de
admiraciones tan intensas como
espontáneas. Un puñado de entusiastas
creía a pie juntillas que Gabriela
Mistral merecía este reconocimiento.
Comenzaron a movilizarse. Alguien
organizaba el movimiento desde
bambalinas. Cartas iban y venían. La
campaña se puso en marcha. Duró años,
tiempo suficiente para que Gabriela
sufriese, desesperase, olvidase, se
preocupara de otras cosas, maldijera a
su manera, agradeciese, rectificase,
aprobara o desautorizara iniciativas que
la sacaban de quicio.
A
partir de 1938, el movimiento entró en
su fase más alta. Se trataba de
conseguir esta distinción por primera
vez para un latinoamericano. Se
gestiona el respaldo de las
cancillerías. No es fácil. Competían
17 países. El apoyo de América Latina
es unánime, inclusive del Brasil.
Repite que para ganar el Premio Nobel es
requisito indispensable —la primera
movida táctica— estar traducido al
francés, lengua puente para una
posterior versión sueca. La versión
francesa se encarga a Mathilde Pomes.
Ella le pone punto final en junio
de 1940, cerca de París, bajo los
bombardeos de la aviación nazi. Horas
después la traductora emprende el éxodo.
Decidieron solicitar la introducción
consagratoria a Paul Valéry. El autor
de Cementerio marino dijo con
toda franqueza, literalmente, que no
conocía la literatura chilena ni la de
Gabriela Mistral. Le dejaron unas
traducciones para que supiera sobre
quién escribida. Cuando las leyó hizo
una segunda confesión: esa poesía le
resultaba completamente lejana; nada más
extraño a su temperamento. Él
representaba el orden, también en el
reino de la literatura. Era como esos
mandarines chinos que dibujaban sus
ideogramas en una pintura refinada, con
una caligrafía artística y pulcra
trazada a pincel, a semejanza de esos
orfebres que ensartaban versos bien
unidos como si fueran perlas legítimas,
previamente mordidas y confirmadas en su
verdad y espesor, deslizadas en el hilo
de bramante de un collar milenario. Y
ahora le pedían un prólogo sobre una
escritora de las antípodas, oriunda de
un país a medio hacer, saturado de
volcanes, terremotos, maremotos,
inundaciones, desórdenes no solo de la
naturaleza sino de la conducta cívica y
literaria. Él pertenecía a un espíritu
diametralmente distinto.
A
Valéry se le consideraba cabeza de serie
de la poesía pura. Y ahora venían a
solicitarle que escribiera una
presentación que sirviera de abrepuertas
ante la Academia Sueca a esta escritora
chilena que era exactamente un reverso
de todo lo que él personificaba.
Sin
embargo, entregaría su prefacio en el
plazo convenido. Exacto como el
pensamiento de su padre. Y además
verídico, hasta sincero. No diría nada
que su autor no sintiera. Dejaría
estampado de entrada que la poesía de
Gabriela Mistral le resultaba tan remota
como Los Andes, hecha con peñascos de
montaña, No es la mía. Tal vez no la
entiendo a fondo porque está integrada
por abismos que nunca he visto. Sin
embargo, la respeta. Intuye su valor
intrínseco como representante de un
continente que está en el segundo o
tercer día de la creación.
Valéry pertenece a una civilización
madura, siglos de pensamiento cartesiano
avant Descartes, madurado no solo
en la cabeza sino en el cuerpo, en la
mirada, en las costumbres, en la forma
de apreciar la vida y también de
concebir la literatura. Europeo, hijo
del viejo mundo, se encuentra un poco
perplejo y desconcertado ante tanta
expresión primitiva, ante coordenadas
que se rigen por leyes sicológicas y
mentales diferentes.
El
poeta francés descubría en ella —a
partir del “Poema de la sangre” — una
“mística fisiológica en estado puro,
exaltándose, en términos líricos y
realistas”. Subraya que la intimidad
con la materia es sensible en toda su
obra. Esto es la purísima verdad, pero
como Gabriela sabe que Paul Valéry es el
pontífice de la poesía pura, desdeñoso
de la materia, dicha certificación le
sabe a injuria.
Valéry le había caído mal en el
Instituto de Cooperación Intelectual,
donde compartían sillones contiguos.
Valéry era amante de la parodia, le
gustaban las caricaturas y bromear.
Riéndose trató en cierta oportunidad de
corregir el castellano de Unamuno.
Gabriela no le perdonó su falta de
respeto.
Para
Neruda, tan plebeyo como Gabriela, la
materia era una esencia fundamental de
la poesía. Ambos están de acuerdo en la
premisa. Siente que tanto ella como el
autor de Residencia en la tierra
son el contratipo del poeta puro, por
excelencia, Paul Valéry. Este otro
Pablo chileno se propone —como ella— la
poesía impura, “rodeada y gastada como
los útiles, impregnada de sudor,
manchada de alimentos y de gestos
vergonzosos, una poesía que no excluya
nada”.
¿Qué
tiene que ver con ella el autor de
Monsieur Teste?
La
actitud de la Mistral respecto a Valéry
está hecha de distancia.
El
gobierno chileno ha financiado la
traducción de sus poemas al francés.
Valéry no olvida que aceptó escribir el
prólogo solicitado y que fijó de entrada
sus honorarios en cincuenta mil francos,
con un anticipo. Es hombre honesto.
Cumplirá su compromiso.
Poco
después que recibe el cheque, con cargo
a los fondos reservados de la Legación,
envía la introducción prometida. Texto
de noble factura, no omite, como se
sabe, la confesión de sus radicales
diferencias con la escritora, que
presenta a conciencia fría. Para
destacar el relieve de las diferencias,
habla de cuán remota le resulta la
sensibilidad de la chilena; pero a
renglón seguido ratifica su deber de
comprender a los ajenos.
Tenemos el imperativo de vivir también
la vida de los otros. Y si esto no es
posible, al menos hagamos un esfuerzo
por sentirla y respetarla. Nadie, sin
duda, parecerá menos calificado que yo
para presentar al lector una obra tan
distante como esta de los gustos,
ideales y hábitos que se me conocen en
materia de poesía. Lo que he dicho y he
vuelto a decir sobre este tema, lo que
he podido hacer, las condiciones que he
creído mi deber imponerme, los ensayos
que he publicado, todos ellos frutos de,
un espíritu nutrido por la más vieja
tradición literaria europea, parecen
designarme lo menos del mundo para
apreciar una producción esencialmente
natural, abierta más allá del océano,
por el solo llamado, choque o designio
de lo que es. Mas, ¿qué valdría la
cultura si no enseñara por fin a volver
sobre ella misma y si, por la
generalidad de sus ambiciones, nos
hiciera perder la fuerza de considerarla
como un caso muy particular? Creo que
un hombre no podría vivir su vida si no
fuera capaz de vivir también una
infinidad de otras, completamente
diversas, y siento que algunas
circunstancias, del todo externas, me
habrían llevado a producir ciertamente
obras muy distintas a las que he
escrito. Nos empobreceríamos cruelmente
si quisiéramos ser nosotros mismos hasta
el punto de no ser sino nosotros mismos.191
La
autora y su prologuista se conocen
personalmente. Como se ha dicho, suelen
coincidir en las reuniones del Instituto
de Cooperación Intelectual, una especie
de Ateneo, con ciertas facultades
resolutivas, antesala de lo que más
tarde sería la UNESCO. Valéry recordará
con cortesía a su colega de sesiones.
Madame Mistral representaba a su país
con una gracia y una simplicidad que la
rodearon del respeto y de la simpatía de
todos los que participábamos en nuestros
trabajos. Me daba cuenta de que había
en ella esa alianza de atención y de
ensueño, de ausencias externas y de
luces inmediatas, que son
características de la naturaleza de los
poetas, pero debo confesar que entonces
no conocía nada de su obra, y que he
debido esperar hasta la presente
traducción para apreciar en ella lo que
se puede apreciar de una poesía en su
traducción a una lengua extraña.
192
El
poeta francés apunta al eterno drama de
la traición implícita en las
traducciones poéticas. Envuelven un
riesgo muchas veces “mortal”. En la
prosa el peligro no parece tan grave,
pero es raro, excepcional, el verso que
sobrevive a la prueba de fuego al mudar
el vino de la vasija.
¿Cuál
es la imagen que el prologuista traza de
esa mujer que declara extraña? ¿Por qué
le resulta tan excéntrica? Pertenece,
para comenzar, a una nación lejana. Por
su padre le circula sangre vasca, negra
y también indígena. Ello explicaría que
la sensación inicial provocada por el
texto sea descubrir un objeto
misterioso, digamos un sujeto exótico,
aunque animado de verdad. No se la
confunda con una extravagancia
literaria, en la cual se especializan
ciertos poetas. Simplemente responde a
una naturaleza diversa. El asombro
deriva de un mundo y de una vida muy
intensa, regida por coordenadas
insólitas. Subraya un rasgo
característico esencial: la fuerza de
una sensibilidad que puede llegar al
paroxismo, hasta extremos celosos,
excluyentes, salvajes.
En
ella es visible —hasta chocante— la
rudeza hacia el hombre, que se toma
dulzura cuando se vuelve al niño.
Denota algo muy prolijo y de otro mundo
cuando habla de las formas de la
materia, de la humanidad. Tiene el don
de penetrarlas. Ella establece con su
entorno y las entrañas de las cosas una
relación de secreta intimidad.
Valéry no puede ni quiere ocultar que
los separa un muro. Advierte que el
material de construcción de este
edificio a ratos enigmático y abigarrado
le debe muy poco a la tradición europea,
aunque está escrito en una vieja lengua
del continente central. Ella maneja ese
idioma como si viniera de otra matriz, o
de un laboratorio primitivo donde el
barroco latinoamericano y la
cristalización de los sueños en palabras
se fraguan con elementos vírgenes
naturales de una tierra inédita.
Por
eso la obra que introduce Valéry ante el
público francés le causa entre
deslumbramiento y pavor. Culminará su
diálogo confesando miedo y atónita
sorpresa:
La
poesía tierna y a veces feroz de
Gabriela Mistral, se me aparece, en el
horizonte de Occidente, ataviada con sus
singulares bellezas, pero, por otra
parte, cargada con un sentido que le da
o que le impone el estado crítico de las
más nobles cosas del mundo.193
Nobeles y
Antinobeles
Con
el Nobel se acordaron de ella en Chile.
Se apresuraron a invitarla. No quería
ir. El Presidente, su tocayo y
coterráneo González Videla, no le era
grato. No fue él, sino el ministro de
Educación de entonces, Bernardo Leighton,
quien le extendió el convite. Le
contestó declinándolo a través de su
compadre Tomic:
Esta
carta es para el ministro Leighton, pero
va a usted con el ruego de leérsela: mi
letra es mala y uso el lápiz por la
vista que se irrita un poco. Además
Doris no está para copiarla a máquina y
la secretaria italiana no entiende
español... son tres calamidades. Estimo
mucho el convite del Ministerio por el
valor de quien convida y por la fineza
que es el recuerdo de los ausentes.
Compadre, yo vivo con una especie de
“corazón de vidrio”. En subiendo el
calor hacia el mediodía yo llevo un paño
al corazón que entra en taquicardia.
Por esto solo he bajado en un mes tres
veces a Nápoles. Tengo abajo la oficina
y la empleada me llama cuando hay un
asunto oficial. En invierno, la
taquicardia amaina, pero la simple
marcha a pie, aunque un poco rápida, me
pone los pulsos al vuelo. Una persona
así de achacosa no sirve para viajar un
mes. Usted sabe también que mi interés
mayor de ir a Chile, después del de ver
a los pocos que son míos de frontera
adentro y hablar con ellos unas semanas,
es el interés, más la necesidad de
acabar con ese larguísimo “Recado
descriptivo sobre Chile”. Sé que no me
dejarán verlo; sé que tengo que
entregarme a la gente por no herirla; sé
que solo veré hoteles y casas de
señoras.
No el paisaje, no los pastos cuyos
nombres me faltan, no las cosechas, no
la cordillera a la cual no puedo subir,
no a los indios, no mi Patagonia
querida, no las minas del carbón, no el
desierto de sal.
El chileno ve siempre en la negativa una
excusa o una hostilidad, y yo tengo allá
demasiados seres que me odian, una
verdadera riqueza de antipatías sin
causa.205
Andará por muchos lados, pero a Chile no
va, a pesar de que casi todo el país
quiere festejarla. Vuelve solo en 1954,
cuando le dan, con tonto retardo, el
Premio Nacional de Literatura.
A
principios de 1960 encontramos al agente
presidencial mexicano en el tren
nocturno, en viaje de Santiago a
Concepción, donde debía realizarse un
encuentro de escritores. Nos explicó su
plan de guerra contra la Academia
Sueca. Los frutos de la tierra
americana no son gustados en Europa,
salvo si son plátanos, piñas, si tienen
el dulzor del trópico o la finura de la
zona templada. La primera naturaleza
latinoamericana puede ser devorada con
fruición, hasta con gula. Pero los
frutos de la segunda naturaleza —o sea
las ideas de los hombres, los hijos del
espíritu, los libros, las obras de arte—
parecen productos de otro planeta, aptos
para respiraciones que no son las de su
pecho. De allí el desdén, de allí la
ignorancia enciclopédica del continente
que lo sabe todo y lo que no sabe carece
de importancia. Que los chilenos no se
dejen engañar por el merecido Premio
Nobel a Gabriela Mistral. No podían
hacer menos, pero es la excepción que
confirma la regla. ¿Cómo van a
comprender entonces esos libros límpidos
del maestro, esa cátedra que no entiende
Europa? Es una criatura de la vida
americana. En el Viejo Mundo será
siempre un extranjero. Él cree que
América tiene un mensaje que dar a la
humanidad y México en particular. Cómo
va a entenderse en Europa a un hombre
que confía en el valor de las pirámides
mayas y de las civilizaciones
aborígenes, que incluso propone una
doctrina propia para la nueva literatura
latinoamericana, la cual, a su juicio,
debería buscar el pulso de la Patria en
todos los momentos y en todos los
hombres en que parece haberse
intensificado; pedir a la brutalidad de
los pechos un sentido espiritual;
descubrir la misión del hombre mexicano
en la tierra, interrogando pertinazmente
a todos los fantasmas y las piedras de
nuestras tumbas y nuestros monumentos.
Un pueblo se salva cuando logra
vislumbrar el mensaje que ha traído al
mundo.206
La
incompatibilidad es total. Hay que
retomar —propuso el apasionado emisario
del mandatario mexicano— la Declaración
de Independencia Intelectual de América
Latina, formulada ya de algún modo,
desde Europa, en 1823, por Andrés
Bello. Hay que dejar de ser vasallo
cultural. Había sonado la hora de la
libertad. Él tocaría su trompeta en la
reunión de Concepción. Debemos sumar a
la emancipación política, no dijo la
emancipación económica, sino la
independencia cultural. Pero se declaró
autorizado para ir más allá del rechazo
y la negación del Nobel y de la
arrogante superioridad del Occidente
europeo y anunciar una respuesta de tono
afirmativo. México crearía un Premio
que no sería el Nobel americano sino el
laurel máximo con que estas tierras
coronarían la excelencia de un
escritor. Este premio se llamaría
Alfonso Reyes. Lo propuso, lo voceó en
la asamblea, haciendo sonar todos los
timbales. Y luego el asunto quedó en
nada.
Por
ironía irreverente y positiva de la
historia, esta mujer que gozó haciendo
el ditirambo de Alfonso Reyes —a quien
el jurado ignoró desde su Monte Olimpo
en Estocolmo— fue el primer
latinoamericano que recibió el Premio
Nobel de Literatura. Alfonso Reyes
todavía vivía. Seguramente no sintió
amargura, sino más bien alegría
melancólica porque lo estimó justo,
porque no parecía hombre para hundirse
en menesteres minúsculos ni deambular
por los lúgubres pasadizos donde se
urden maquinaciones a fin de obtener
distinciones y medallas.
Gabriela lo recuerda haciendo su
discurso de despedida a José Vasconcelos.
Es casi un diálogo entre los dos
mexicanos que estima más admirables.
Como hemos visto, Vasconcelos, el hombre
que la trajo a México y en algún sentido
le cambió la vida, había tenido la gran
caída, resbaló por el piso de la
política de los señores de la guerra o
de los traficantes de la revolución y
debía partir al destierro que él mismo
se había impuesto. En esa tristeza,
para decirle la cordialidad que ese
hombre en desgracia le inspira, pero
también para trazar su fisonomía oculta,
su silueta sicológica y la definición
del varón dinámico para el cual, sin
embargo, su reino no es este mundo:
“En
el ocio todos somos iguales. Tú, hombre
activo por excelencia, has tenido que
acentuar tus perfiles, que provocan
entusiasmos y disgustos. Te has dado
todo a tu obra —buen místico al cabo—
poseído seguramente de aquel sentido
teológico que define san Agustín al
explicarnos que Dios es Acto Puro. Te
has desenvuelto en un ambiente
privilegiado en cierto modo, pero en
otro funesto y peligrosísimo: removidas
profundamente las entrañas de la nación,
parece que toda nuestra sangre refluye a
flor de la piel, que todas las fuerzas
están movilizadas, que se puede hacer
todo el Bien y todo el Mal. Pero cuando
se puede hacer todo el Mal, ya no es
posible —a pesar de la tentación
apremiante—, ya no es posible hacer todo
el Bien. Ese es el dolor de la patria y
esos han sido, asimismo, tus propios
tropiezos."
Hay
escritores que no son profetas en su
tierra y menos fuera de ella. Alfonso
Reyes nunca conocerá siquiera la sombra
de esas luces de reflectores a neón que
proyectan sobre la marquesina las obras
del boom. No es que pertenezca a
la línea de los autores herméticos. Su
descubrimiento se hará lento, empezará
por América y cuando llegue a su máxima
extensión será siempre el de un país
generoso y reservado que jamás ingresará
en la lista de los best sellers de la
semana. En este orden Gabriela es un
poco su hermana. Con Premio Nobel y
toda la algarabía que el hecho supone,
también ella pertenece a la categoría de
los latinoamericanos esenciales que
viven ocultos como una mina (así la
llamó Neruda). Sus metales preciosos
brillan más en la oscuridad y en el
recinto de espíritus discretos y
recogidos que en una calle tumultuoso
del marketing contemporáneo.
Eran
admiraciones correspondidas. Alfonso
Reyes, hombre de honda mesura, escribe
en prosa un “Himno a Gabriela”:
Gabriela es un índice sumo del
pensamiento y del sentimiento
americanos. En ella se da la ira
profética contra los errores amontonados
por la historia; se da la fe, la
esperanza y la caridad; la promesa de
una tierra mejor para el logro de la
raza humana; la mano traza en el aire
los pases mágicos, a cuyo prestigio
relampaguea ya la visión de un mundo más
justo [...]. ¿Qué sufrimiento, qué
alegría la encontraron nunca
indiferente? ¿Qué latido de nuestra
América no ha pasado por su corazón? Su
inmensa poesía está tejida con todos los
estambres que hilan el trabajo y la
virtud de los hombres. Así creían los
antiguos que Heracles había construido
el ara de Dídima, con la sangre, los
huesos, la sustancia misma de las
víctimas ofrecidas. Yo no suelo hablar
con tanto arrebato. Yo reservo mis
entusiasmos para quienes creo que lo
merecen.
208
El
miedo a publicar libros
En
cierta ocasión esta mujer de pies
movedizos —como un Mercurio desgreñado y
sin dinero— rehusó (cosa extraña) la
tentación de una nueva mudanza. Para
otro hubiera sido un ofrecimiento
irresistible. El presidente Miguel
Alemán dictó un decreto donando a
Gabriela Mistral cuarenta hectáreas de
tierras fiscales en el estado de
Veracruz, en el lugar que ella deseara,
posiblemente cerca de
Hermosilla. Rechazó el regalo
cortésmente. Las razones de su negativa
confirman arraigados temores de su
espíritu, el miedo a la envidia y su
odio a la maledicencia. Nunca un
escritor mexicano había recibido un
presente semejante. Además ella se
imaginaba el pelambre en los corrillos
santiaguinos. Por otra parte no faltaría
quien, si aceptaba el obsequio
excepcional, pensara que ella había
dicho de palabra o por escrito su amor a
México tantas veces por vulgar interés y
no por un sentimiento que no se cotizaba
en tierras ni dinero.
Posiblemente en la declinación del
donativo terciara otro motivo. La
errabunda impenitente sentía la comezón
del traslado subiéndole a las rodillas,
hormigueándole el desasosiego y
volviéndole los ojos hacia un país fino,
locuaz y querido. Confía a su amigo, el
embajador Enrique Gajardo:... me llamó
la Loba y allá voy. De mis catorce años
en Europa es a Italia y solo a ella a
quien llevo en el corazón. Y mi mal
sigue, me han dado algunas sorpresas;
los pies se hinchan bastante. Quiero
vivir a orillas del mar, este siempre me
alivió el corazón.211
Decía
a su corresponsal Gastón von dem Busche
que bastaba con escribir en la vida tres
libros que fueran verdaderos. Ella
autorizó solo cuatro: Desolación,
Ternura, Tala, Lagar. Después de su
muerte han proliferado nuevas
obras. Sobre todo son recolecciones de
artículos y de cartas suyas.
Tenía
temor a publicar libros, tal vez por
manía perfeccionista, pero el primero no
encontraba editor hasta que apareció
bajo el título Desolación, en
Nueva York. Le sucedió a la edad en que
murió Cristo, coincidencia que subraya
en ciertos recodos ápices de su vida
como signo de crucifixión o de
ascendimiento. ¿O era descendimiento?
Tanto
desconfiaba de sí misma después de aquel
volumen, que tuvo que pasar un par de
años antes que se diera a la estampa el
segundo, Ternura, poesía para
niños, aparecido en Madrid. Esta vez no
fue por falta de editores. Tras
Desolación podían hasta sobrarle,
aunque nunca lloverle. ¿Qué la inhibía
entonces? ¿Una autoexigencia
paralizante? ¿O quizá la contenía la
amarga convicción que no podría escribir
una obra superior?
Esto
acontece con algunos autores que han
tocado divinamente la flauta con un
libro y desconfían de su capacidad de
reeditar la hazaña haciendo otra vez el
milagro, un milagro diferente, desde
luego, porque nunca segundas partes
fueron buenas. No son pocos los que
predijeron que García Márquez nunca
podría repetir la proeza de Cien
años de soledad. Pero el escritor
colombiano no se amilanó, aunque supiera
que todas las obras que procreara
después serían distintas de la primera,
versión caribeña de la Biblia, dotada de
una pecaminosa y turbadora aura
diabólico-celestial.
A
Neruda le dijeron en su hora que jamás
podría volver a escribir un libro tan
bello, un manual de enamorados tan bueno
para copiar descaradamente declaraciones
sentimentales como Veinte poemas de
amor y una canción desesperada. El
poeta se abanicó. Su obra siguiente fue
de ruptura escandalosa. Tentativa del
hombre infinito señaló un absoluto
fracaso de público y ventas. Casi nadie
la aplaudió. Quiso escribir un libro
iconoclasta, que remeciera la casa de
las musas y la terremoteara por dentro.
No solo se dio el gusto de arrasar con
los puntos y las comas, sino de
incendiar su propio templo en Efeso,
pues su divisa de autor y su norma de
vida fue quemar con cada nuevo libro su
poesía anterior, porque, a su juicio,
repetirse es morir.
Gabriela Mistral publica en 1938 Tala.
Como sucedió con Desolación, más
bien se lo publican. Si con el
libro inicial el padrino que se encargó
de todo fue Federico de Onís, en el
citado caso asumió esa misión la
argentina Victoria Ocampo, directora de
la revista Sur, en quien la
Mistral percibe una “tragedia
idiomática”, el “ambidextrismo” de
hablar en español y escribir en francés.
“¿En qué zona del seso y del alma ella
padece su bigamia lingüística?”, se
pregunta en febrero de 1942. Tala
tampoco apareció en Santiago sino en
Buenos Aires. El producto de su venta
lo entregó a entidades catalanas,
especialmente a la Residencia Pedralbes,
refugio de niños vascos víctimas de la
Guerra Civil Española.
Tala
también desconcertó. ¿Y esta es
Gabriela? ¿Dónde están las nieves de
antaño? ¿Dónde quedó Desolación,
esa poesía clara y fuerte como un
torrente, iluminadora como un incendio,
salvaje, filuda como un cuchillo que
pega puñaladas al alma, violenta como
una guerra, desesperada como la mujer
vuelta loca de amor? ¿Dónde está?
Alguien hubo que gritó: “Perdimos a
Gabriela”.
No.
Era Gabriela. No una Gabriela perdida
sino una Gabriela distinta. O la misma
Gabriela en otra etapa de su vida.
¿Había cambiado en “pathos”, en furor de
sentimiento, en el grito de animal
acorralado? Habían cambiado la forma,
el tono, la nitidez alucinante. Ahora
abandonaba el ascetismo de la palabra
precisa, penetraba al reino barroco del
mistralismo, a una poesía donde se
pasean fantasmas, donde la imagen se
sublima, cobrando distancia respecto del
objeto, envuelta a menudo en los
primores del arcaísmo y en las neblinas
de un amanecer que no termina por
admitir la cristalina claridad de la
mañana.
¡Por
fin en Santiago de Chile! Allá por 1954
apareció primero la última obra que
publicó en vida. El editor se dio un
pequeño placer sádico o módico: la
publicó amputada. Lagar. Le
gustaba esa palabra. Como el vocablo
Tala. Ambos poseen un sentido cortante,
terminal, mortuorio, en una de sus
acepciones. La escogió tal vez porque en
su valle nativo vio el lagar como un
lugar de esencias, donde la gente baila
sobre la uva dulcísima de la zona para
exprimirle con los pies desnudos el zumo
que sublimará en un pisco de
vértigo. Tal vez era el lagar la imagen
que mejor podía representar su
suerte. Ella se sentía uva pisoteada por
las patadas de la vida y macerada por la
muerte. Mortificada. Golpeada. En sus
páginas alguien muere, asesinado o
suicida. Y ese alguien pisado en el
lagar de la vida y de la muerte, vuelto
vino primordial de la memoria,
embriagado de pena, era uno de su
familia, ese sobrino o hijo único, en el
cual ella había concentrado toda la
ternura de madre o de tía. La muerte de
Yin-Yin la enloqueció mucho. Con él
había recibido su reino maternal.
Y Lucila, que hablaba a río,
a montaña y cañaveral,
en las lunas de la locura
recibió reino de verdad.
212
Lagar
era para ella una metáfora personal,
donde sus deudos queridos entregaban su
sangre. No olvidaba tampoco a su sobrina
Graciela: “Y las pobres muchachas
muertas, escamoteadas en abril...”.
Piensa que la evocación de su infancia
le viene porque se siente vieja.
Incurre en la coquetería de las
afligidas: se duplica la edad.
Ciento veinte años tiene, ciento veinte,
y está más arrugada que la tierra.
Se le olvidó la muerte inolvidable,
como un paisaje, un oficio, una lengua.213
Cuando se publicó Desolación
—orgullosa de su aparente humildad y
pesimista sobre el juicio ajeno—,
escribió a Eduardo Barrios: “Todo lo
malo que pueden decir de mi libro me lo
he dicho yo antes”. En carta anterior
le había manifestado que se mantenía en
pie “El poema del hijo”.
Abomina de sus versos que andan por
demasiadas bocas. Cita entre los
condenados “El ruego”, “Los sonetos de
la muerte”. Son cursis, dulzones
—exclama. ¿Dulzones “Los sonetos de la
muerte”? Opinión personalísima,
extraña. Porque era una mujer extraña,
cuyas reacciones a veces respondían a
una lógica o ilógica muy particular,
proclive a desampararse.
Una
poesía que cambia y
permanece
En su
obra posterior a Desolación,
Gabriela Mistral trata de cumplir con el
voto que formula al final del libro. Se
esforzará por reemplazar el dolor por la
esperanza. Para ello se vuelve a los
niños en Ternura. (La edición
Aguilar hace una reordenación distinta,
temática de sus poemas). Comprende
“Canciones de cuna”, “Rondas”, “La
desvariadota”, “Jugarretas”,
“Cuenta-mundo”, “Casi Escolares”,
“Cuentos”. Allí pide:
Dame la mano y danzaremos,
dame la mano y me amarás
Como una sola flor seremos,
como una flor y nada más...
214
En su
“Tierra de Chile”, hace a Radomiro Tomic
la ofrenda de su “Salto del Laja”:
“Viejo tumulto, hervor de las flechas
indias... “. A su tocayo Gabriel Tomic
le entrega en la mano una fucsia
convertida en “Ronda de fuego”:
Esta roja flor la dan
en la noche de San Juan.
Flor que mata a los fantasmas;
¡Voladora flor de fuego! 215
No
están mal escogidas estas dedicatorias
premonitorias para la estirpe de un
hombre que en años de dictadura luchó
con denuedo “contra bestia y miedo”.
Trata de conseguir esa flor y de apretar
esa mano. Lo necesita.
"La
desvariadora", la que dice cosas
febriles y hace conjuros para que Yin-Yin
no se le aleje, es naturalmente una
Gabriela trastornada. Que no crezca el
niño.
¡Dios mío, páralo!
¡Que ya no crezca!
Páralo y sálvalo:
mi hijo no se muera! 216
La
Cuenta-mundo le narra, le traspasa y le
comunica al hijo un universo suyo, de
magia.
Tala
encierra un retorno al duelo. Se abre
con la “Muerte de mi madre”. Se
convierte en perjura. Mucho le costará
guardar fidelidad a su palabra de
desterrar el dolor de su poesía.
Escribe una nota reveladora:
Ella
se me volvió una larga y sombría posada:
se me hizo un país en que viví cinco o
siete años, país amado a causa de la
muerta, odioso a causa de la volteadora
de mi alma en una larga crisis
religiosa. No son ni buenos ni bellos
los llamados “frutos del dolor”, y a
nadie se los deseo. De regreso de esta
vida en la más prieta tiniebla, vuelvo a
decir, como al final de Desolación,
la alabanza de la alegría. El
tremendo viaje acaba en la esperanza de
las Locas Letanías y cuenta su remate a
quienes se cuidan de mi alma y poco
saben de mí desde que vivo errante.217
En
"Nocturno de la consumación", dedicado a
Waldo Frank, confiesa: hace "tantos años
que muerdo el desierto/ que mi patria se
llama la sed".
Tala
es como una prima hermana de
Desolación. Pero la forma se ha
modificado. En otra advertencia sobre
“Nocturno de la consumación”, explica un
aspecto de esta mudanza.
Cuantos trabajan con la expresión
rimada, saben que la rima, que escasea
al comienzo, a poco andar se viene sobre
nosotros en una lluvia cerrada,
entremetiéndose dentro del verso mismo,
de tal manera que, en los poemas largos,
ella se vuelve lo natural y no lo
perseguido... En este momento, rechazar
una rima interna llega a parecer
rebeldía artificiosa. Ahí he dejado
varias de esas rimas internas y
espontáneas. Rabia con ellas el de oído
retórico, que el niño o Juan Pueblo,
criaturas poéticas cabales, aceptan con
gusto la infracción.218
En la
nota al “Nocturno de la derrota” toca un
problema arduamente debatido a propósito
de la poesía y la prosa mistralianas: su
mentado “arcaísmo”.
No
solo en la escritura, sino también en mi
habla, dejo por complacencia mucha
expresión arcaica, sin poner más
condición al arcaísmo que la de que esté
vivo y sea llano. Muchos, digo, y no
todos los arcaísmos que me acuden y que
sacrifico en obsequio de la persona
antiarcaica que me va a leer. En
América esta persona resulta siempre ser
una capitalina. El campo americano —y
en el campo yo me crié— sigue hablando
su lengua nueva veteada de ellos. La
ciudad, lectora de libros doctos, cree
que un tal repertorio arranca en mí de
los clásicos añejos, y la muy urbana se
equivoca.219
A
ratos el lenguaje de sus recados exhala
un aroma de antiguo sabor. Sugiere una
misteriosa continuidad de los textos
clásicos, pasados por el cedazo del
folclor pero también por el filtro de
una personalidad tan enraizada a la
tierra como un árbol de los valles
transversales.
En su
seguidilla de Nocturnos se vuelve a la
figura incoercible de José Asunción
Silva, poeta suicida, como la atrajo
otro del mismo fin, Anthero de Quental.
El gremio de los que se dan muerte
ejerce sobre ella un hechizo turbador.
La muerte solitaria o la muerte en
grande la obsesiona. Hace expresa
mención que en “Año de la Guerra
Española” escribe el “Nocturno del
descendimiento” con ruego al “Cristo del
calvario”.
Sus
“Historias de loca”, al igual que
“Alucinaciones”, ceden a la parte
nocturna y fantasioso de su carácter
nebuloso. “Materias” encarna la realidad
que la salva de la locura completa: el
pan que “huele a mi madre cuando dio su
leche”; la sal, “que nos conforta y nos
penetra/ con la mirada enjuta y blanca”;
el agua: “Quiero volver a tierras
niñas,/ llévenme a su blando país de
aguas”; el aire: “Entro en mi casa de
piedra/ con los cabellos jadeantes,/
ebrios, ajenos y duros/ del Aire”.
Mujer
de geografías vivas, americana del Sur
total, dedicará primero su himno al “Sol
del Trópico”, tan predilecto. Luego a
la impredecible Cordillera de los Andes.
“Especie eterna y suspendida/
Alta-ciudad-Torres-doradas...”. Retorna
a su mitología regional. El canto al
maíz, pan y Dios de los indios. “Y al
sueño, en vez de Anáhuac/ le dejo que
me, suelte/ su mazorca infinita/ que me
aplaca y me duerme”. Toda la naturaleza
contemplable y comestible pasa por sí
misma.
Ilustrando el porqué de los dos himnos,
al “Sol del Trópico” y “A la
Cordillera”, escribe una nota
sustanciosa sobre la necesidad del
regreso “hacia el himno largo y ancho,
hacia el tono mayor”.
El
que discuta la necesidad de hacer de
tarde en tarde el himno en tono mayor,
sepa a lo menos que vamos sintiendo un
empalago de lo mínimo y lo blando, del
“mucílago de linaza”...
Si
nuestro Rubén, después de la “Marcha
Triunfal” (que es griega o romana) y del
“Canto a Roosevelt”, que es ya
americano, hubiese querido dejar los
Parises y los Madrides y venir a
perderse en la naturaleza americana por
unos largos años —era el caso de
perderse a las buenas—, ya no tendríamos
estos temas en la cantera; estarían
devastados y andarían entonando el alma
del mocerío. Llega el escuadrón de
mozos sin mucho gusto que digamos del
“Aire Suave” o de la marquesa
Eulalia. Tienen razón: el aire del mundo
se ha vuelto un puelche violento [su
viento de la Patagonia] y el mar de
jacintos se muda de pronto en el otro
mar que los marinos llaman acarnerado.
220
“Saudade” es una provincia importante en
su territorio de añoranzas, que se
reparte por debajo de toda la superficie
de su obra. “País de la ausencia”, con
obsesión del fin: “...y en país sin
nombre/ me voy a morir”. Como “La
extranjera” o “Beber”: “Recuerdo gestos
de criaturas, y son gestos de darme el
agua”. Su mentada “Todas íbamos a ser
reinas” merece una nota, que también es
nostalgia pura: “...y siendo grandes
nuestros reinos, / llegaremos todas al
mar...”
“Locas mujeres”, con diversas clases de
demencias, “la que camina
interminablemente... Ella camina siempre
hasta cuando ya duermen los otros”.
Amén de sus enajenaciones: “Donde estaba
su casa sigue/ como si hubiera ardido”.
O la
sin razón que imponen las cárceles,
aquella que padece la “Mujer del
prisionero”: “Yo tengo en esa hoguera de
ladrillos, / yo tengo al hombre mío
prisionero...”
En su
poema de la “Naturaleza”, habla —así era
siempre— de sí misma como parte de la
arboleda del mundo. “Mi pecho da al
almendro su latido/ y el tronco oye, en
su médula escondidos mi corazón como un
cincel profundo”.
El
árbol es su hijo. Y vuelta “al
desvarío”. Y a la guerra insensata que
trajo la caída de Europa. No acepta a
Hitler. Siente como suya la muerte en
Finlandia. Condena a Stalin. La
Segunda Guerra Mundial es un luto
personalísimo.
Eterno luto. Pasan los años. Y escribe
“Aniversario” por Yin-Yin. “Todavía
somos el tiempo... sin saber tú que vas
yéndole/ sin saber yo que no te
sigo...”.
Alone
afirma que Gabriela Mistral “tiene la
palabra siempre lenta, pero segura. Y
larga. No se cansa uno de oírla”.
Quería a su Elqui, pero no quería a
Chile:
La
apoteosis de Gabriela Mistral permitirá
decir sobre ella ciertas verdades,
particularmente una, que antes habría
debido dejarse en silencio: más allá de
cualquier crítica hállase fuera de todo
posible daño: los altares son
intangibles.
Digámoslo, pues, sin reticencias.
Gabriela Mistral no amaba a Chile. Amaba su Monte Grande natal y, por
extensión, el Valle de Elqui, el campo y
la montaña, la gente montañesa y
campesina, sus días infantiles [...].
Este hecho presentido por muchos, que
solían lanzarle como acusación de
ingratitud, algunos pudieron comprobarlo
personalmente y lo escucharon, no sin
violencia, de sus propios labios. Amaba
singularmente la tierra de Sarmiento
(sin Perón), y don Andrés Bello nunca le
inspiró bastante consideraciones...
221
Mujer
más individual que inexplicable o
extravagante; tras la rumia de una mente
atormentada, alimentada por el ir
sumando muchas iras, sinsabores y enojos
ante desaires y “desconocidas”,
anhelante de esconder algún secreto o
pecado capital, ansía iniciar una
existencia distinta en otra tierra, como
para intentar un nuevo camino. Así —se
ha visto— decidió abandonar su patria y
convertirse para siempre en una chilena
vagabunda.
Esta
autodesterrada, quien decidió
sentenciarse voluntariamente a exilio
perpetuo, anotó por sí misma en su libro
de bitácora la pena del ostracismo, sin
revocarla jamás. Deambuló de un país a
otro, con escasos y brevísimos
retornos. Desde su salida a México
vivió virtualmente toda su vida en el
extranjero. Sin embargo, estuvo
condenada a transportar siempre dentro
de sí en el país que había dejado. La
estampa de una maldición bíblica. Ella
fue Caín y Abel, juntos. Dondequiera
que vayas, pese a todas las distancias,
tu alma seguirá estando dentro de la
tierra que abandonaste. Y hablarás sobre
ella interminablemente, como un tema
venturoso o torturante que no te dejará
nunca en paz, volviendo por la mañana y
por la noche a reiterarlo en variaciones
infinitas o con majadería quijotesca.
Así,
como otros desterrados de Chile, como
los jesuitas Ovalle o Lacunza en la
época colonial, sentirá en medio del
corazón y en las circunvoluciones
cerebrales esa herida que nunca se
cierra, por donde manan el recuerdo, la
nostalgia, la execración del solar
querido Y odiado. Ella adora su tierra
y tiene poca confianza en el hombre. No
los meterá a todos en el mismo saco del
desliz original, de la inmundicia del
alma. Perdonará a los niños, a los
limpios de boca. Morirá en suelo ajeno
como su admirado Alighieri. Lo
reverencia porque escribió un libro que
le hubiera gustado escribir a ella,
donde castiga con tormentos en diversos
círculos del infierno a sus enemigos
personales y a las abominables
categorías de individuos falsos y
deleznables, traidores, mercenarios y
maledicentes. Nunca remitió la pena que
impuso a los lenguaraces de su país. No
les concedió indulto. Aborreció a los
hombres malandrines. También quiso a
otros.
Pero
sobre todo amó su territorio quebrado.
Gastó mucho ojo, pulso y lápiz de mina
en describirlo. En verdad se trata de
una tierra estrafalaria. Benjamín
Subercascaux la llamó “loca geografía”.
Más que un país es una playa. Al fondo
la cordillera y en plano inclinado hasta
el mar, delgado como una lanza, flaco
como un hombre famélico, que está en los
huesos, como recién salido de un campo
de concentración o de las hambres de
Biafra. Al sur se hace pedazos,
atomizado en archipiélagos, o se
extiende por una deshabitado Patagonia
donde el personaje principal es la
nieve, punteada alo lejos por rebaños de
corderos, por estancias perdidas o por
pequeñas ciudades del fin del mundo
donde a la noche blanca sucede una noche
de tinta negra, en las huracanadas
vecindades del Polo Sur.
Pero
ella, para su fortuna, es nortina media,
nota, del Norte Chico. Porque el Norte
Grande sería la otra cara de la
desolación, el desierto del Tamarugal,
que se parece al Sahara. Oriunda de
unos valles transversales de transición,
donde el desierto se suaviza, acaba y
deja paso a la faz amable de la
naturaleza, ella la reconocerá más
frutal, pero sin perder lo que llama
“sobriedad austera del paisaje, un como
ascetismo ardiente de la tierra”.
Sostiene que esa área ha dado a la raza
sus tipos más vigorosos.
Después el panorama insiste en la
acogida benévola. La agricultura
extensiva confiere color verde a la
tierra, pero las ciudades mayores se
vuelven grises, acumulando asfalto y
muchedumbres. En la capital se
concentra un tercio de la población y en
la zona central, tres cuartos de todos
los chilenos.
Más
allá se impone el imperio de la lluvia y
de la selva oscura, lo que ella denomina
el trópico frío.
Le
sale al recuerdo el pequeño y
diferenciado territorio patrio con su
figura de hilo extendido de norte a sur
a lo largo de más de cuatro mil
kilómetros. En relación con los
gigantes del globo, su dimensión física
es reducida y su población exigua. Ella
se resiste a aceptar esto como un signo
de inferioridad. Si el tamaño del suelo
es menguado, el porte de su voluntad
—murmura, dando rienda suelta a un
orgullo raramente dicho— o la “índole
heroica de su gente” es mayor. Se
consuela diciendo que la casa chica
tiene una puerta grande: el mar.
Notas.
151. R. E, Scarpa,
Gabriela piensa en... "La lengua de
Martí", pág. 171.
152. Juan Loveluck,
Estirpe martiana de la prosa de Gabriela
Mistral, Universidad Veracruzana,
pág. 124.
153. Gabriela Mistral,
Páginas en prosa, Ed. Kapeluz,
Buenos Aires, Argentina, 1962, pág. 78.
154. R. E. Scarpa,
Gabriela piensa en... "La lengua de
Martí, pág. 170.
155. Cuadernos de Cultura,
N' 5, La Habana, Cuba, 1939, "Los
versos sencillos de José Martí", pág.
27.
156.
R. E. Scarpa, Gabriela piensa en...
"La lengua de Martí", pp. 173 – 174.
157. Ibid., pp. 175 – 176.
170. Ibid., "Carta a Laura
Rodig", pág. 54.
171. Ibid.
172. R. E. Scarpa,
Gabriela anda por... "Recuerdo del
árabe - español", pág. 223.
173. R. E. Scarpa,
Gabriela piensa... "Página para
Pedro Salinas", pág. 255.
174.
Ibid., pág. 256.
175. Ibid., "Cinco años de
destierro de Unamuno", pág. 247.
176. Ibid., "Sobre el extraño
poeta lituano Oscar de Lubicz Milosz",
pág. 370
177. Gabriela Mistral,
Poesías completas, pág. XCII
191. Augusto Iglesias,
Gabriela Mistral y el modernismo en
Chile, Ed. Universitaria, Santiago
de Chile, 1950, Prólogo de Valéry, pág.
386.
192. Ibid. pág. 387.
193. Ibid.: pág. 390.
205. Centenario de Gabriela
Mistral,"Cartas a Radomiro Tomic",
Diario La Época, Santiago
de Chile, 9 de abril de 1989.
206. Gabriela mistral,
Croquis mexicanos, "Reloj de sol.
Simpatías y diferencias", pág. 30.
207.
Ibid., pág. 31.
208. Alfonso Reyes, Himno
a Gabriela, Anales de la
Universidad, op. cit., pág. 19
209. Gabriela Mistral,
Cartas de Gabriela a J. R. Jiménez.
210. Enrique Gajardo, "La
Gabriela que yo conocí III". El
Mercurio, Santiago de Chile, 18 de
junio de 1989.
211. Ibid.
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