Año V
La Habana

3 al 9 de MARZO
de 2007

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SERAFINA NUÑEZ:

Era una luz sobrenatural

Amelia Roque • La Habana

 
¿Áspera? ¿Difícil? ¿Apartada?  Quienes no estuvieron cerca de la defensora de los indígenas americanos, mujer que arrancó los secretos a la poesía para alcanzar la cima de los imprescindibles, pudieran dar la afirmación a tales preguntas.

La cubana Serafina Núñez, poetisa, educadora y conferencista, niega estas interrogantes y, por el contrario, testimonia la gran ternura de Gabriela Mistral —a quien conoce durante su visita de 1938 a La Habana—, dotada de una exquisita sensibilidad y despojada de atavíos pueriles.

Una fuerte tensión domina entonces a la escritora de 25 años en aquel inolvidable otoño, cuando se encuentra presente en el recibimiento de esta figura universal que viaja a La Habana invitada por la Institución Hispano-Cubana de Cultura, entidad auspiciadora de este encuentro de la chilena con los intelectuales del país.

Con cierto temor, Serafina se aparta en la cubierta del barco; solo lleva como presentación su segundo volumen, Isla en el sueño, recién publicado por la editora habanera Hermes, y una honda admiración hacia a la autora a la que en noviembre de 1945 se le otorgaría el Premio Nóbel de Literatura, primer galardón de este nivel concedido a América Latina.

De pronto, mientras baja por la escalerilla, entre los saludos de viejos conocidos y muestras de afecto y satisfacción por su nueva estancia en Cuba, Gabriela mira a Serafina y dice: ¿Y qué hace mi niña tan apartada? Responde que le traía éste, su libro, para cuando pudiera hojearlo. Con suma bondad, Gabriela declara que lo leería lo antes posible.

Días después, en el Anfiteatro de La Habana, asiste Serafina Núñez al acto en que entregan a la visitante las Llaves de la Ciudad y en el que interviene la creadora de Desolación a propósito del aniversario 446 del descubrimiento de Cuba. Para ella, la aventura del descubrimiento del Nuevo Mundo fue algo criminal por la barbarie de la conquista, rememora.

Al finalizar la ceremonia, acude a saludarla. Por los caprichos del clima tropical, predomina un aire helado y la escritora reconocida mundialmente se quita el abrigo para que Serafina, quien tirita, no se resfriara. Usted se va a enfermar, no está acostumbrada, como yo, al frío. No le dé vergüenza, póngase mi chaqueta.

Los críticos tienden a describir a Gabriela Mistral como taciturna y poco tierna; sin embargo, ese gesto constituye una demostración de la enorme ternura que en sus versos brota por los indios de América, explica la cubana.

“Tampoco era persona dada a las formalidades sociales. Se retiraba temprano en la noche y había días en que apenas bajaba unas horas de su habitación, en el primer piso del hotel Park View, casi al final del Paseo del Prado, muy cerca del Malecón habanero, por donde juntas paseamos en varias oportunidades.”

Serafina Núñez había concluido sus estudios en la Escuela Normal de La Habana. Aparecen sus primeras estrofas en la colección La poesía cubana en 1936, con prólogo y apéndice de Juan Ramón Jiménez, y un año después publica Mar cautiva.

La creadora chilena de aliento imperecedero, nacida en Vicuña, Valle de Elqui, gana los Juegos Florales con sus Sonetos de la muerte en 1914. Permanece cerca de dos años en México, etapa decisiva en su existencia. Ha sido cónsul en Madrid, Lisboa y Guatemala, mientras sus cuadernos Desolación (1922), Ternura (1924) y Tala (1938) son alabados por la crítica internacional.

MONÓLOGO INTERIOR

Serafina almuerza con frecuencia con Gabriela.

“Así como el mar por momentos es risueño y juguetón, enseña un rostro feliz, a veces la tristeza, el dolor de los hombres, la derrumbaba. En esos momentos, pienso, monologaba con su espíritu y volvía los ojos hacia su mundo interior.

“Tenía un gran sentido, diría, de religiosidad trascendente, no de dogma. Ella mencionaba a Dios Padre aunque generalmente no hablaba de religión ni conmigo fue a ninguna iglesia. Era un sentido de comunicación con lo divino, incluso su oración favorita era el Padre Nuestro porque unificaba al ser terrenal con el Todopoderoso.”

Cuenta, a 57 años de los memorables encuentros, que Gabriela permanecía en su habitación hasta después de las nueve de la mañana, cuando pedía té o jugo. “Hacía almuerzos frugales, sobre las 13 y 30, y le gustaba la comida bien cocinada, pero ni con picante ni con mucha salsa. Tampoco era golosa, le interesaba sobre todo paladear un plato determinado, algún dulce. Había veces que no sentía deseos de comer.

“Después del almuerzo reposaba un poco o se acostaba. En otras ocasiones se sentaba y miraba al mar o permanecía en el jardín silenciosa, mirando el paisaje, los manantiales, las corrientes de agua.

“Vestía casi siempre chaqueta y falda grises, su color predilecto, o verde oscuro, que correspondía con el tono de sus ojos. Quizás alguna vez usó chaqueta negra. Nunca le vi pintura en la cara. Para salir, casi siempre usaba una boina, colocada con gracia.”

Al referirse a la autora chilena que impartió conferencias acerca de José Martí y dio a conocer sus últimos textos durante este viaje a Cuba, asegura: “Fue una mujer excepcional, uno de esos seres que existen solo una vez en un siglo, una lección viva por su lealtad a los principios del existir, de la esencia del ser humano. ¿Y qué pudiera agregar sobre su obra? Una cumbre del idioma, de una belleza imperecedera, reveladora del origen y de una recia personalidad de mujer americana”.

CLAVOS DE OLOR

Antes de la partida, entrega a Serafina Núñez una carta sobre el libro recibido a su llegada, Isla en el sueño. Escribe Gabriela Mistral: “Lo he leído varias veces con respeto, es cosa seria su arte y dan ganas de decirle pasando un ¡aleluya! sí, se lo digo, y además un ¡alabado!”

Y con esa expresividad que la caracteriza, que lleva a sus versos y textos en prosa magistrales, agrega: “Parecen clavos de olor, y también nuez moscada o pimientas quemadoras ¡Lindo libro!”

Estos juicios no deben extrañar, toda vez que el español Juan Ramón Jiménez había reconocido la lírica de la cubana y puntualizaría en 1941: “Tiene, digo, Serafina Núñez, impulso de palmera sola que sube en surtidor de tronco plata, cuaja en verdes senos apretados y se derrama en danza de espinas”.

Ella considera una dicha haber tratado a Gabriela Mistral, con quien conversa solo por teléfono en otra de sus estancias posteriores en Cuba, poco antes de que la chilena partiera hacia La Florida.

Como si dialogara consigo misma, sin mediar ninguna pregunta, la poetisa de 82 años señala: “Gabriela amaba mucho el mar, como los grandes solitarios. El signo de ella, al parecer, era la soledad, que la acompañó hasta la muerte”.

Sabe que los verdaderos creadores se adueñan de la eternidad y por eso en su última imagen la devuelve viva: “Cuando sonreía, el rostro se le iluminaba; sonreía con los ojos, con la boca, con el rostro y era como una luz sobrenatural”.

Entrevista realizada a propósito de los 50 años del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura a Gabriela Mistral. Publicada en Punto final, Santiago de Chile, Octubre de 1995. 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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