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¿Áspera? ¿Difícil? ¿Apartada? Quienes
no estuvieron cerca de la defensora de
los indígenas americanos, mujer que
arrancó los secretos a la poesía para
alcanzar la cima de los imprescindibles,
pudieran dar la afirmación a tales
preguntas.
La
cubana Serafina Núñez, poetisa,
educadora y conferencista, niega estas
interrogantes y, por el contrario,
testimonia la gran ternura de Gabriela
Mistral —a quien conoce durante su
visita de 1938 a La Habana—, dotada de
una exquisita sensibilidad y despojada
de atavíos pueriles.
Una
fuerte tensión domina entonces a la
escritora de 25 años en aquel
inolvidable otoño, cuando se encuentra
presente en el recibimiento de esta
figura universal que viaja a La Habana
invitada por la Institución
Hispano-Cubana de Cultura, entidad
auspiciadora de este encuentro de la
chilena con los intelectuales del país.
Con
cierto temor, Serafina se aparta en la
cubierta del barco; solo lleva como
presentación su segundo volumen, Isla
en el sueño, recién publicado por la
editora habanera Hermes, y una honda
admiración hacia a la autora a la que en
noviembre de 1945 se le otorgaría el
Premio Nóbel de Literatura, primer
galardón de este nivel concedido a
América Latina.
De
pronto, mientras baja por la
escalerilla, entre los saludos de viejos
conocidos y muestras de afecto y
satisfacción por su nueva estancia en
Cuba, Gabriela mira a Serafina y dice:
¿Y qué hace mi niña tan apartada?
Responde que le traía éste, su libro,
para cuando pudiera hojearlo. Con suma
bondad, Gabriela declara que lo leería
lo antes posible.
Días
después, en el Anfiteatro de La Habana,
asiste Serafina Núñez al acto en que
entregan a la visitante las Llaves de la
Ciudad y en el que interviene la
creadora de Desolación a
propósito del aniversario 446 del
descubrimiento de Cuba. Para ella, la
aventura del descubrimiento del Nuevo
Mundo fue algo criminal por la barbarie
de la conquista, rememora.
Al
finalizar la ceremonia, acude a
saludarla. Por los caprichos del clima
tropical, predomina un aire helado y la
escritora reconocida mundialmente se
quita el abrigo para que Serafina, quien
tirita, no se resfriara. Usted se va a
enfermar, no está acostumbrada, como yo,
al frío. No le dé vergüenza, póngase mi
chaqueta.
Los
críticos tienden a describir a Gabriela
Mistral como taciturna y poco tierna;
sin embargo, ese gesto constituye una
demostración de la enorme ternura que en
sus versos brota por los indios de
América, explica la cubana.
“Tampoco era persona dada a las
formalidades sociales. Se retiraba
temprano en la noche y había días en que
apenas bajaba unas horas de su
habitación, en el primer piso del hotel
Park View, casi al final del Paseo del
Prado, muy cerca del Malecón habanero,
por donde juntas paseamos en varias
oportunidades.”
Serafina Núñez había concluido sus
estudios en la Escuela Normal de La
Habana. Aparecen sus primeras estrofas
en la colección La poesía cubana
en 1936, con prólogo y apéndice
de Juan Ramón Jiménez, y un año después
publica Mar cautiva.
La
creadora chilena de aliento
imperecedero, nacida en Vicuña, Valle de
Elqui, gana los Juegos Florales con sus
Sonetos de la muerte en 1914.
Permanece cerca de dos años en México,
etapa decisiva en su existencia. Ha sido
cónsul en Madrid, Lisboa y Guatemala,
mientras sus cuadernos Desolación
(1922), Ternura (1924) y Tala
(1938) son alabados por la crítica
internacional.
MONÓLOGO INTERIOR
Serafina almuerza con frecuencia con
Gabriela.
“Así
como el mar por momentos es risueño y
juguetón, enseña un rostro feliz, a
veces la tristeza, el dolor de los
hombres, la derrumbaba. En esos
momentos, pienso, monologaba con su
espíritu y volvía los ojos hacia su
mundo interior.
“Tenía un gran sentido, diría, de
religiosidad trascendente, no de dogma.
Ella mencionaba a Dios Padre aunque
generalmente no hablaba de religión ni
conmigo fue a ninguna iglesia. Era un
sentido de comunicación con lo divino,
incluso su oración favorita era el Padre
Nuestro porque unificaba al ser terrenal
con el Todopoderoso.”
Cuenta, a 57 años de los memorables
encuentros, que Gabriela permanecía en
su habitación hasta después de las nueve
de la mañana, cuando pedía té o jugo.
“Hacía almuerzos frugales, sobre las 13
y 30, y le gustaba la comida bien
cocinada, pero ni con picante ni con
mucha salsa. Tampoco era golosa, le
interesaba sobre todo paladear un plato
determinado, algún dulce. Había veces
que no sentía deseos de comer.
“Después del almuerzo reposaba un poco o
se acostaba. En otras ocasiones se
sentaba y miraba al mar o permanecía en
el jardín silenciosa, mirando el
paisaje, los manantiales, las corrientes
de agua.
“Vestía casi siempre chaqueta y falda
grises, su color predilecto, o verde
oscuro, que correspondía con el tono de
sus ojos. Quizás alguna vez usó chaqueta
negra. Nunca le vi pintura en la cara.
Para salir, casi siempre usaba una
boina, colocada con gracia.”
Al
referirse a la autora chilena que
impartió conferencias acerca de José
Martí y dio a conocer sus últimos textos
durante este viaje a Cuba, asegura: “Fue
una mujer excepcional, uno de esos seres
que existen solo una vez en un siglo,
una lección viva por su lealtad a los
principios del existir, de la esencia
del ser humano. ¿Y qué pudiera agregar
sobre su obra? Una cumbre del idioma, de
una belleza imperecedera, reveladora del
origen y de una recia personalidad de
mujer americana”.
CLAVOS DE OLOR
Antes
de la partida, entrega a Serafina Núñez
una carta sobre el libro recibido a su
llegada, Isla en el sueño.
Escribe Gabriela Mistral: “Lo he leído
varias veces con respeto, es cosa seria
su arte y dan ganas de decirle pasando
un ¡aleluya! sí, se lo digo, y además un
¡alabado!”
Y con
esa expresividad que la caracteriza, que
lleva a sus versos y textos en prosa
magistrales, agrega: “Parecen clavos de
olor, y también nuez moscada o pimientas
quemadoras ¡Lindo libro!”
Estos
juicios no deben extrañar, toda vez que
el español Juan Ramón Jiménez había
reconocido la lírica de la cubana y
puntualizaría en 1941: “Tiene, digo,
Serafina Núñez, impulso de palmera sola
que sube en surtidor de tronco plata,
cuaja en verdes senos apretados y se
derrama en danza de espinas”.
Ella
considera una dicha haber tratado a
Gabriela Mistral, con quien conversa
solo por teléfono en otra de sus
estancias posteriores en Cuba, poco
antes de que la chilena partiera hacia
La Florida.
Como
si dialogara consigo misma, sin mediar
ninguna pregunta, la poetisa de 82 años
señala: “Gabriela amaba mucho el mar,
como los grandes solitarios. El signo de
ella, al parecer, era la soledad, que la
acompañó hasta la muerte”.
Sabe
que los verdaderos creadores se adueñan
de la eternidad y por eso en su última
imagen la devuelve viva: “Cuando
sonreía, el rostro se le iluminaba;
sonreía con los ojos, con la boca, con
el rostro y era como una luz
sobrenatural”.
Entrevista realizada a
propósito de los 50 años del
otorgamiento del Premio Nobel de
Literatura a Gabriela Mistral. Publicada
en Punto final, Santiago de
Chile, Octubre de 1995.
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