|
Buena parte de niñas y niños de Cuba,
más algún que otro adulto, desconoce que
una de las canciones que tararean es
fruto de una combinación de dos
maestras. Sí, porque las voces que
entonan Dame la mano y danzaremos…
olvidan —o no saben— que esa letra
pertenece a uno de los 28 poemas de la
maestra chilena Gabriela Mistral que ha
musicalizado otra maestra, pero cubana,
Teresita Fernández.
Para Tere, que así le llaman sus amigas
y amigos, conocer la obra de la poeta
mestiza fue todo un descubrimiento: “He
leído mucho desde niña, libros como
El tesoro de la juventud, luego
mucha poesía de Alfonsina Storni,
Juana de Ibarbourou,
José Ángel Buesa, pero cuando encontré a
Gabriela me di cuenta que era una poesía
distinta. No era romántica, no tenía
música… la diferencia entre una flor y
una piedra, pero una poesía con mucho
contenido, que me estremecía”.
Fue Desolación, publicado en
1922, el primer libro que leyó Teresita.
“Me gustó mucho y a partir de entonces
perseguí su obra. Para mí, junto al
peruano Cesar Vallejo y al venezolano
Aquiles Nazoa, Gabriela tiene especial
mérito en ese afán de utilizar un idioma
con palabras de los indígenas y lograr
un mestizaje en el habla. Para los tres
era una forma de impulsar el despertar
de América”.
Son numerosas las cosas de la chilena
que impresionaron a Teresita “Era
martiana y mucho, y dijo algo que se
cumplirá cuando la América despierte,
que de hecho esta despertando: ‘mis
canciones no son para hoy ni para
mañana, son para pasado mañana’”.
“Fue tan chilena como americana y
universal. Salvador Allende le puso su
nombre a una casa de cultura y Pinochet
se lo quitó, porque era todo un
símbolo”, añade la compositora de El
gatico vinagrito.
Para Tere tuvo “una vida muy dolorosa,
pero muy austera, como la piedra, y a la
vez de una ternura infinita. Ella nació
muy pobre, fue hija de vasco que tuvo
relaciones con una araucana para luego
abandonarla”.
“Después que leí a Gabriela, la otra
poesía no me interesaba: tuve mucha
afinidad con ella: fui también maestra
rural, y ambas eramos católicas,
sentimos un profundo amor por los pobres
y niños, unido a un profundo
americanismo. A eso se le añade su
sencillez en medio de su grandeza, del
premio Nóbel, de los reconocimientos…”,
dice Tere y recita versos del
Decálogo del artista: “No la
buscarás en las ferias ni llevarás tu
obra a ellas, porque la Belleza es
virgen, y la que está en las ferias no
es Ella”.
Los astros son ronda de niños
es el otro poema de Gabriela conocido a
través de la música de Teresita, para
quien la chilena “es la gran desconocida
de América, se conoce solo por
circunstancias, tuvo una visión de
futuro enorme”.
Muerta el 10 de enero de 1957, en Nueva
York, “en un país sin nombre” como
calificó a EE.UU., la madre andariega de
Chile recibió en vida y con la muerte
los más altos honores, en particular el
medio millón de coterráneos que la fue a
despedir, cuando cumpliendo su voluntad
la trasladaron para enterrarla en su
aldea natal. Otro chileno inmenso, Pablo
Neruda, así dejó escrito lo acontecido
con el funeral: “[…] hace algunos días
pasé por el sitio donde reposan los
restos de la poetisa. Todo es asombroso
en aquella tumba. Yo mismo obtuve el
terreno para que ella descansara allí,
en Monte Grande, en la aldea en que
nació. Yo mismo escogí aquel sitio en
una colina. Gabriela Mistral vivió en
todas partes, en Italia, en Brasil, en
España, en los EE.UU.. Y dentro de Chile
en el norte del desierto de Atacama y en
las soledades de la Patagonia. Pero dejó
escrito en su testamento que la
enterraran en su aldea, en Monte Grande.
Yo cumplí con sus deseos. Busqué un
rincón de tierra y los escritores
entregamos ese sitio al gobierno. Los
escritores pusimos una gran lápida de
piedra y el Estado trasladó allí la
sepultura de ella. Y allí la dejó
abandonada.”
En su lápida se leen dos de sus frases:
“Es mi voluntad que mi cuerpo sea
enterrado en mi amado pueblo de Monte
Grande del Valle de Elqui” y “Lo que el
alma hace por su cuerpo, es lo que el
hombre hace por su pueblo”.
Pero la muerte es mentira cuando se ha
cumplido la obra de la vida: mientras
niñas y niños canten felices Dame la
mano… Gabriela estará sonriendo,
mirando cómo en una pequeña isla sus
versos se trasladan de padres a hijos,
casi como si fueran anónimos, paridos
por la costumbre, la mejor manera de
perpetuar la poesía. |