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Cuando Onoloria permanecía en su alcoba
mucho más tiempo del que acostumbraba,
Lisuarte abandonaba sus libros y subía a
buscarla. Le gustaba tanto verla allí
entre sus cosas que retardaba siempre el
momento de entrar y tomarla en sus
brazos. Muebles de ricas maderas, sillas
y butacones guarnecidos de terciopelo y
suaves pieles la rodeaban; sus manos se
hundían en las ropas olorosas y limpias
que guardaban sus armarios y sus
mejillas acariciaban esas telas
brillantes y multicolores. Ante el
espejo peinaba y trenzaba cuidadosamente
su larga cabellera. La divertía entonces
encontrar en su pelo pequeñas hojas que
podían ser identificadas de acuerdo con
su color y tamaño por los lugares que
ocupaban en la casa.
Comúnmente él podía verla allí, entre
sus cofres y arcas policromadas,
descalza y con el pelo suelto,
moviéndose de un punto a otro como una
paciente nodriza que debe atender a la
vez muchos niños, probándose aquí una
sortija y allá un vistoso prendedor o un
collar.
Pero
a veces estaba sencillamente de pie,
ataviada con un lujo deslumbrante, la
cabeza ladeada y una dulce expresión en
el rostro, absorta, tal como si un coro
de ángeles cantara para ella y solo ella
pudiese oírlo. Esa imagen, por otra
parte, podría ser perfectamente la que a
Onoloria le hubiese gustado que él
conservara de su esposa al evocarla.
Permanecer ella en su alcoba fuera de lo
normal, era una suerte de invitación.
Sucedían entonces las cosas más
imprevistas y maravillosas y el amor era
una extraña ascensión, llena de una
intensidad concentrada y plácida. Pero
en los últimos días Lisuarte había
observado que Onoloria pasaba las tardes
en alguna otra parte de la casa: la
sombra de su mujer se proyectaba en las
paredes y desaparecía subiendo una
escalerilla.
Se
trataba quizá de los cuartos abandonados
de la antigua servidumbre, pero por allí
había también pequeños salones y
silenciosas cámaras, de techos bajos y
paredes blancas, con grandes ventanales.
Cierta vez, siguiendo a Onoloria,
Lisuarte abrió uno de esos cuartos. En
la semipenumbra vio los objetos más
raros y antiguos, todo en desorden y
cubierto de polvo, ya que probablemente
nadie había estado allí desde hacía
muchos años.
Al
atravesar un oscuro pasillo vaciló un
momento; luego sonrió sorprendido. No
era nada extraño por lo demás que su
esposa conociera aquella casa mejor que
él.
A
pesar de todo, no fue enteramente casual
que encontrara a Onoloria en una de las
cámaras del ala derecha. Se hallaba
junto a la ventana, inclinada sobre un
gran paño, y sus manos bordaban con una
habilidad que él no hubiese imaginado.
Sin que ella pudiese notarlo, Lisuarte
se le aproximó y mirando por encima de
su hombro pudo ver un fragmento del
bordado; el resto caía y se extendía más
allá de sus pies, perdiéndose en suaves
ondulaciones como un paisaje que entra
en el crepúsculo lentamente.
Cuando ella notó que no estaba sola, sus
manos se posaron tranquilas y, al volver
la cabeza y mirado, sus ojos tenían un
aire distante y embelesado; parecía
regresar a disgusto de un sueño largo y
hermoso donde las cosas existían solo de
acuerdo con sus deseos, sin que en ello
mediara siquiera ningún esfuerzo de su
voluntad.
Lisuarte apartó la vista de su mujer; se
sentía un poco cohibido, pero no hallaba
la manera de irse sin que ella lo
notara. Por otro lado, aquel mundo que
se abría sobre las rodillas de su esposa
lo atraía, y se inclinó nuevamente.
En la
tela veíase un bosquecillo florido lleno
de figurillas multicolores, poblado de
animales fabulosos y símbolos.
A una
mirada más atenta, Lisuarte vio en un
claro de ese bosque a un rey y una reina
que yacían con las manos tornadas sobre
la hierba cubierta de flores y
mariposas. Entre ambas figuras corría un
hilo de plata que en realidad parecía
dividir el bordado en dos mitades. A
través del follaje que rodeaba a la
pareja, espiaban unas especies de
duendecillos de caprichosas vestimentas.
Las dos mitades se correspondían con una
cierta simetría en los elementos, pero
mientras en la parte de la reina
predominaban los diversos matices del
azul, el verde y el violeta, en la del
rey resaltaban los rojos, los naranjas y
los amarillos.
Hacia
ambos lados el bosque se extendía, bello
y misterioso. Era algo fascinante. De
pronto Lisuarte pensó que una labor así
debía haber requerido, aun de la más
hábil bordadora, meses de entera
dedicación.
Ante
las amables palabras que él pronunció,
Onoloria pareció halagada. Pero había en
su actitud algo que Lisuarte no pudo
precisar, y mientras él estuvo a su lado
ella no tocó los hilos.
Al
volverse para salir, sintió que su mujer
se erguía en el asiento y reanudaba su
labor. Ya en el pasillo se le ocurrió
imaginar que aquella reina gordita y
graciosa era la propia Onoloria, y que
aquel rey podría ser él mismo.
Tomado del libro
Onoloria y otros relatos. Editorial
Letras Cubanas, 2006. |