Año V
La Habana
2007

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Onoloria 

CAPÍTULO VI

Miguel Collazo

Cuando Onoloria permanecía en su alcoba mucho más tiempo del que acostumbraba, Lisuarte abandonaba sus libros y subía a buscarla. Le gustaba tanto verla allí entre sus cosas que retardaba siempre el momento de entrar y tomarla en sus brazos. Muebles de ricas maderas, sillas y butacones guarnecidos de terciopelo y suaves pieles la rodeaban; sus manos se hundían en las ropas olorosas y limpias que guardaban sus armarios y sus mejillas acariciaban esas telas brillantes y multicolores. Ante el espejo peinaba y trenzaba cuidadosamente su larga cabellera. La divertía entonces encontrar en su pelo pequeñas hojas que podían ser identificadas de acuerdo con su color y tamaño por los lugares que ocupaban en la casa.

Comúnmente él podía verla allí, entre sus cofres y arcas policromadas, descalza y con el pelo suelto, moviéndose de un punto a otro como una paciente nodriza que debe atender a la vez muchos niños, probándose aquí una sortija y allá un vistoso prendedor o un collar.

Pero a veces estaba sencillamente de pie, ataviada con un lujo deslumbrante, la cabeza ladeada y una dulce expresión en el rostro, absorta, tal como si un coro de ángeles cantara para ella y solo ella pudiese oírlo. Esa imagen, por otra parte, podría ser perfectamente la que a Onoloria le hubiese gustado que él conservara de su esposa al evocarla.

Permanecer ella en su alcoba fuera de lo normal, era una suerte de invitación. Sucedían entonces las cosas más imprevistas y maravillosas y el amor era una extraña ascensión, llena de una intensidad concentrada y plácida. Pero en los últimos días Lisuarte había observado que Onoloria pasaba las tardes en alguna otra parte de la casa: la sombra de su mujer se proyectaba en las paredes y desaparecía subiendo una escalerilla.

Se trataba quizá de los cuartos abandonados de la antigua servidumbre, pero por allí había también pequeños salones y silenciosas cámaras, de techos bajos y paredes blancas, con grandes ventanales. Cierta vez, siguiendo a Onoloria, Lisuarte abrió uno de esos cuartos. En la semipenumbra vio los objetos más raros y antiguos, todo en desorden y cubierto de polvo, ya que probablemente nadie había estado allí desde hacía muchos años.

Al atravesar un oscuro pasillo vaciló un momento; luego sonrió sorprendido. No era nada extraño por lo demás que su esposa conociera aquella casa mejor que él.

A pesar de todo, no fue enteramente casual que encontrara a Onoloria en una de las cámaras del ala derecha. Se hallaba junto a la ventana, inclinada sobre un gran paño, y sus manos bordaban con una habilidad que él no hubiese imaginado. Sin que ella pudiese notarlo, Lisuarte se le aproximó y mirando por encima de su hombro pudo ver un fragmento del bordado; el resto caía y se extendía más allá de sus pies, perdiéndose en suaves ondulaciones como un paisaje que entra en el crepúsculo lentamente.

Cuando ella notó que no estaba sola, sus manos se posaron tranquilas y, al volver la cabeza y mirado, sus ojos tenían un aire distante y embelesado; parecía regresar a disgusto de un sueño largo y hermoso donde las cosas existían solo de acuerdo con sus deseos, sin que en ello mediara siquiera ningún esfuerzo de su voluntad.

Lisuarte apartó la vista de su mujer; se sentía un poco cohibido, pero no hallaba la manera de irse sin que ella lo notara. Por otro lado, aquel mundo que se abría sobre las rodillas de su esposa lo atraía, y se inclinó nuevamente.

En la tela veíase un bosquecillo florido lleno de figurillas multicolores, poblado de animales fabulosos y símbolos.

A una mirada más atenta, Lisuarte vio en un claro de ese bosque a un rey y una reina que yacían con las manos tornadas sobre la hierba cubierta de flores y mariposas. Entre ambas figuras corría un hilo de plata que en realidad parecía dividir el bordado en dos mitades. A través del follaje que rodeaba a la pareja, espiaban unas especies de duendecillos de caprichosas vestimentas. Las dos mitades se correspondían con una cierta simetría en los elementos, pero mientras en la parte de la reina predominaban los diversos matices del azul, el verde y el violeta, en la del rey resaltaban los rojos, los naranjas y los amarillos.

Hacia ambos lados el bosque se extendía, bello y misterioso. Era algo fascinante. De pronto Lisuarte pensó que una labor así debía haber requerido, aun de la más hábil bordadora, meses de entera dedicación.

Ante las amables palabras que él pronunció, Onoloria pareció halagada. Pero había en su actitud algo que Lisuarte no pudo precisar, y mientras él estuvo a su lado ella no tocó los hilos.

Al volverse para salir, sintió que su mujer se erguía en el asiento y reanudaba su labor. Ya en el pasillo se le ocurrió imaginar que aquella reina gordita y graciosa era la propia Onoloria, y que aquel rey podría ser él mismo.

Tomado del libro Onoloria y otros relatos. Editorial Letras Cubanas, 2006.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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