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Gramsci: Los intelectuales y la sociedad
actual
es el tercer título que, en el curso de
cinco años, el Centro de Investigación y
Desarrollo de la Cultura Cubana Juan
Marinello publica sobre la vida y obra
de Antonio Gramsci. Este hecho, visto de
forma aislada, pudiera ser interpretado
como una deferencia del Centro hacia la
obra del pensador sardo.
La
recepción de Gramsci debe
contextualizarse en el proceso de
asimilación del marxismo en Cuba, lo que
significa colocarlo en el centro del
debate sobre la edificación del
socialismo en nuestro país.
Es
harto conocido que para la
historiografía del Kremlin el marxista
italiano era más un mártir del comunismo
—pobrecito, murió en la cárcel—
que un pensador con pleno derecho a
intervenir en la definición de caminos
revolucionarios. Sin embargo, al margen
de la entrada editorial de Gramsci en
Cuba, su recepción más creadora estuvo
marcada por la producción intelectual de
los jóvenes de la calle K, No. 507, sede
del Departamento de Filosofía de la
Universidad de La Habana (1963-1971).
Aquellos jóvenes tenían la tarea de
impartir Filosofía marxista en todas las
carreras universitarias, contaban con un
activo mimeógrafo, una revista y
compartían espacios directos de
encuentro con los líderes de la
Revolución. Esto significa que, a
diferencia del campo socialista, en Cuba
Gramsci estuvo presente en los
inicios de partida de la política
revolucionaria.
Lo
que sucedió después, a saber, cierre de
la revista Pensamiento Crítico,
burocratización galopante de los
espacios intelectuales, la imposición
del marxismo dogmático, la censura, la
infalibilidad de los cancerberos, la
politización de la estética y la
estetización de la política, etc., son
hoy vox populi y recalientan
nuestros espacios cibernéticos.
Sin
embargo —nos dice Fernando Martínez—
Gramsci estuvo actuante y permaneció
subyacente, independientemente de su
suerte inmediata. Sin embargo, esta idea
también es válida en un sentido
contrario, es decir, el retorno del
revolucionario italiano, en relación con
el proceso de rectificación de aquellos
errores, ha estado signado por la
permanencia, a veces subyacente, otras
no tanto, de posiciones políticas que
recuerdan los tiempos grises de nuestra
historia revolucionaria.
Por lo mismo, ni siquiera el saldo
positivo con que Gramsci hoy se renueva
en nuestras bibliotecas puede hacernos
olvidar esa etapa (1971-1985) en que
Gramsci junto a tantos otros no menos
importantes referentes de la
intelligentsia marxista fueran
desestimados, y sutil o burdamente
acusados de heterodoxos, confusos y
revisionistas, como fue el caso de Rosa
Luxemburgo, León Trotsky y Walter
Benjamin. Elijo a estos últimos, porque
si bien ha sido sensiblemente reducido
el Index, legado por el régimen
soviético, su lógica se mantiene latente
en ciertos espacios de obcecación
ignorante.
Es
obvio que tanto Gramsci, como los
autores antes citados plasman méritos
intelectuales suficientes para ocupar
lugar cimero en la cultura de la
humanidad. Alcanzaría con esto, solo si
ingenuamente creyéramos que el saber se
basta a sí mismo para hacerse verdadero,
o que a la verdad aprehendida del brillo
intelectual le basta con su propia luz.
Si así fuera no podríamos explicarnos
por qué las academias y editoriales, no
incluso, sino sobre todo, aquellas que
gozan de mayor prestigio internacional,
escamotean o caricaturizan el nombre y
el pensamiento de Marx, Lenin y el Che;
con lo cual hurtan a los pueblos su
memoria histórica de combate, es decir,
le impiden acumular experiencia.
Este
proceso cristaliza las relaciones entre
“política” y “cultura”, entre “saber” y
“poder”; que en el caso específico de
los procesos culturales del socialismo
histórico se nos ha revelado como la
trágica contradicción entre aquellos
intelectuales que enfatizan en la
libertad en oposición a aquellos que
ponen el acento en el orden. Superar esa
“contradicción” exige recrearla de
manera que ambas nociones (libertad y
orden) logren una organicidad
revolucionaria.
Cuando Carlos Marx utilizaba el concepto
“Modo de producción” no se refería solo
a la producción de tornillos y fierros
bajo la lógica del capital, sino,
también, a la producción de la verdad
bajo esa estructura. Al lanzar la
disyuntiva Socialismo o Barbarie,
por socialismo entendía socialización
del saber y por barbarie lo contrario a
civilización, entendiendo por esta
última la extensión y profundización
social de la posibilidad de acumular
experiencias para ejercerlas con sentido
emancipador.
“Crear una nueva cultura —apunta Gramsci
en sus Cuadernos— no significa
solo hacer individualmente
descubrimientos “originales”; significa
también, y especialmente, difundir
verdades ya descubiertas,
socializarlas”. Ese fue el espíritu que
a inicios de 1997, coincidiendo con el
aniversario 60 de la muerte del marxista
italiano, se materializara en la
fundación de la Cátedra de Estudios
Antonio Gramsci. Los ensayos que este
título pone hoy en nuestras manos
recompila tres sesiones de debate en
aquel evento fundacional.
Ergo,
al disponer de este ejemplar, no solo
estamos adquiriendo un cúmulo de saber,
sino que estamos participando de uno de
los espacios culturales más dinámicos
del pensamiento cubano contemporáneo. La
Cátedra Gramsci nos propone, por una
parte, develar aquellas zonas que el
pensamiento dogmático tuvo a bien
mantener a la sombra, y por la otra,
eliminar las murallas con que la
comodidad intelectual arrebata a la
sociedad su derecho a tener memoria.
Tales propósitos merecen el compromiso
de caminar junto a ellos y practicar sus
experiencias, no para reproducir
patrimonios intelectuales, sino para
responsabilizarnos con el imaginario
social del cual formamos parte.
Fue,
precisamente, ese carácter
revolucionario el que motivó a un grupo
de intelectuales cubanos a impugnar la
imposición de aquellos manuales
pletóricos de respuestas, manteniendo en
vilo la inquietud de las preguntas, y
con ellas el verdadero sentido de las
alternativas: la superación. Con este
carácter se expresó la sociedad cubana
cuando se opuso al consenso
internacional que, tras la caída de la
URSS, nos aconsejaba o, más bien, nos
condenaba a la sumisión y la
unidimensionalidad. En todo caso de lo
que se trata es también de ser
radicalmente inconformes, ya que lo
contrario sería renunciar a un valor
cardinal de todo proyecto
contrahegemónico.
Hace
un quinquenio un grupo de
atomizados jóvenes, la mayoría
estudiantes de carreras de ciencias
sociales y humanas, encontró su punto de
encuentro en los espacios y eventos que
la Cátedra Gramsci organizara en los
recintos del Centro Juan Marinello. Fue
allí donde Fernando Martínez, admirado
por sus conocidas intervenciones en
históricas batallas intelectuales; Jorge
Luis Acanda, profesor que provocaba
nuestra envidia hacia los privilegiados
alumnos de Filosofía; y Pablo Pacheco,
con el que recién descubríamos que una
empresa editorial no es un cúmulo de
textos dispersos, sino una relación
orgánica entre cultura y política;
dejaron de ser mitos intelectuales para
constituirse en nuestra condición de
posibilidad.
Un
día alguien llamó a Fernando y le hizo
saber que un grupo de jóvenes
“atrevidos”, “tendenciosos” e
“inquietos” querían fundar un espacio
intelectual bajo el nombre de
Pensamiento Crítico, a lo que este puso
una sola condición: “bueno, si además de
todo eso son verdaderamente críticos”.
Hoy, me atrevería a decir, que la
intención de la Cátedra de Pensamiento
Crítico y Culturas Emergentes Haydée
Santamaría se podría sintetizar en la
idea-fuerza: “Educarse es Organizarse”,
esto define tanto en forma, como en
contenido, nuestra responsabilidad como
intelectuales jóvenes en un país en
revolución, es decir, en un país inmerso
en la creación de una nueva cultura.
Los
autores de este libro, aunque desde
diversos puntos de mira, corroboran una
tesis cardinal: Antonio Gramsci es
praxis imprescindible para la
revolución. Es hora de celebrar, mas no
de descansar. En nuestras aulas
universitarias, Paulo Coelho y El
Código da Vinci, junto a la
reproducción de verdades de Bill Gates
andan haciendo mella en la capacidad
crítica de los jóvenes.
Un
alumno me confesó que le era muy difícil
entender a Gramsci. En ese momento solo
atiné a decirle que debía volver a leer,
crearse el hábito de lectura, etcétera.
Leyendo este libro me encontré “de
pronto” ante mi vergüenza. No es solo un
problema de entender como acto de
inteligencia e ilustración, sino de
participar. Colocar a Gramsci en el
centro de la cultura cubana es colocar a
los jóvenes en los espacios de
participación creativa; confiarle el
debate de su propio destino es hacer que
Gramsci les sea útil.
Persistir en ese propósito es el
homenaje que debemos ofrecer hoy a la
revista Pensamiento Crítico, a 40
años de fundada, a Antonio Gramsci, a 70
años de su muerte, a la Cátedra Gramsci,
en su decenio de actividad intelectual
revolucionaria, y a la sociedad cubana,
esa que podrá no solo mantener, sino
superar su proyecto revolucionario y de
independencia, en la medida en que logré
constituir un pensamiento desenajenante
y anticapitalista, esto es, en la medida
en que el pensamiento crítico, la
inconformidad y el carácter
revolucionario se posicionen como
espacios de liberación cotidiana.
Presentación en la XVI
Feria Internacional del Libro, Cuba 2007
del título: Gramsci: Los
intelectuales y la sociedad actual,
Centro de Investigación y Desarrollo de
la Cultura Cubana, La Habana, 2006. |