Año V
La Habana
2007

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Gramsci en el centro de la cultura cubana*
Hiram Hernández Castro • La Habana

Gramsci: Los intelectuales y la sociedad actual es el tercer título que, en el curso de cinco años, el Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello publica sobre la vida y obra de Antonio Gramsci. Este hecho, visto de forma aislada, pudiera ser interpretado como una deferencia del Centro hacia la obra del pensador sardo.
 

La recepción de Gramsci debe contextualizarse en el proceso de asimilación del marxismo en Cuba, lo que significa colocarlo en el centro del debate sobre la edificación del socialismo en nuestro país.
 

Es harto conocido que para la historiografía del Kremlin el marxista italiano era más un mártir del comunismo —pobrecito, murió en la cárcel— que un pensador con pleno derecho a intervenir en la definición de caminos revolucionarios. Sin embargo, al margen de la entrada editorial de Gramsci en Cuba, su recepción más creadora estuvo marcada por la producción intelectual de los jóvenes de la calle K, No. 507, sede del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (1963-1971).
 

Aquellos jóvenes tenían la tarea de impartir Filosofía marxista en todas las carreras universitarias, contaban con un activo mimeógrafo, una revista y compartían espacios directos de encuentro con los líderes de la Revolución. Esto significa que, a diferencia del campo socialista, en Cuba Gramsci estuvo presente en los inicios de partida de la política revolucionaria.
 

Lo que sucedió después, a saber, cierre de la revista Pensamiento Crítico, burocratización galopante de los espacios intelectuales, la imposición del marxismo dogmático, la censura, la infalibilidad de los cancerberos, la politización de la estética y la estetización de la política, etc., son hoy vox populi y recalientan nuestros espacios cibernéticos.
 

Sin embargo —nos dice Fernando Martínez— Gramsci estuvo actuante y permaneció subyacente, independientemente de su suerte inmediata. Sin embargo, esta idea también es válida en un sentido contrario, es decir, el retorno del revolucionario italiano, en relación con el proceso de rectificación de aquellos errores, ha estado signado por la permanencia, a veces subyacente, otras no tanto, de posiciones políticas que recuerdan los tiempos grises de nuestra historia revolucionaria.

Por lo mismo, ni siquiera el saldo positivo con que Gramsci hoy se renueva en nuestras bibliotecas puede hacernos olvidar esa etapa (1971-1985) en que Gramsci junto a tantos otros no menos importantes referentes de la intelligentsia marxista fueran desestimados, y sutil o burdamente acusados de heterodoxos, confusos y revisionistas, como fue el caso de Rosa Luxemburgo, León Trotsky y Walter Benjamin. Elijo a estos últimos, porque si bien ha sido sensiblemente reducido el Index, legado por el régimen soviético, su lógica se mantiene latente en ciertos espacios de obcecación ignorante.
 

Es obvio que tanto Gramsci, como los autores antes citados plasman méritos intelectuales suficientes para ocupar lugar cimero en la cultura de la humanidad. Alcanzaría con esto, solo si ingenuamente creyéramos que el saber se basta a sí mismo para hacerse verdadero, o que a la verdad aprehendida del brillo intelectual le basta con su propia luz. Si así fuera no podríamos explicarnos por qué las academias y editoriales, no incluso, sino sobre todo, aquellas que gozan de mayor prestigio internacional, escamotean o caricaturizan el nombre y el pensamiento de Marx, Lenin y el Che; con lo cual hurtan a los pueblos su memoria histórica de combate, es decir, le impiden acumular experiencia.
 

Este proceso cristaliza las relaciones entre “política” y “cultura”, entre “saber” y “poder”; que en el caso específico de los procesos culturales del socialismo histórico se nos ha revelado como la trágica contradicción entre aquellos intelectuales que enfatizan en la libertad en oposición a aquellos que ponen el acento en el orden. Superar esa “contradicción” exige recrearla de manera que ambas nociones (libertad y orden) logren una organicidad revolucionaria.
 

Cuando Carlos Marx utilizaba el concepto “Modo de producción” no se refería solo a la producción de tornillos y fierros bajo la lógica del capital, sino, también, a la producción de la verdad bajo esa estructura. Al lanzar la disyuntiva Socialismo o Barbarie, por socialismo entendía socialización del saber y por barbarie lo contrario a civilización, entendiendo por esta última la extensión y profundización social de la posibilidad de acumular experiencias para ejercerlas con sentido emancipador.
 

“Crear una nueva cultura —apunta Gramsci en sus Cuadernos— no significa solo hacer individualmente descubrimientos “originales”; significa también, y especialmente, difundir verdades ya descubiertas, socializarlas”. Ese fue el espíritu que a inicios de 1997, coincidiendo con el  aniversario 60 de la muerte del marxista italiano, se materializara en la fundación de la Cátedra de Estudios Antonio Gramsci. Los ensayos que este título pone hoy en nuestras manos recompila tres sesiones de debate en aquel evento fundacional.
 

Ergo, al disponer de este ejemplar, no solo estamos adquiriendo un cúmulo de saber, sino que estamos participando de uno de los espacios culturales más dinámicos del pensamiento cubano contemporáneo. La Cátedra Gramsci nos propone, por una parte, develar aquellas zonas que el pensamiento dogmático tuvo a bien mantener a la sombra, y por la otra, eliminar las murallas con que la comodidad intelectual arrebata a la sociedad su derecho a tener memoria. Tales propósitos merecen el compromiso de caminar junto a ellos y practicar sus experiencias, no para reproducir patrimonios intelectuales, sino para responsabilizarnos con el imaginario social del cual formamos parte.
 

Fue, precisamente, ese carácter revolucionario el que motivó a un grupo de intelectuales cubanos a impugnar la imposición de aquellos manuales pletóricos de respuestas, manteniendo en vilo la inquietud de las preguntas, y con ellas el verdadero sentido de las alternativas: la superación. Con este carácter se expresó la sociedad cubana cuando se opuso al consenso internacional que, tras la caída de la URSS, nos aconsejaba o, más bien, nos condenaba a la sumisión y la unidimensionalidad. En todo caso de lo que se trata es también de ser radicalmente inconformes, ya que lo contrario sería renunciar a un valor cardinal de todo proyecto contrahegemónico.
 

Hace un quinquenio un grupo de atomizados jóvenes, la mayoría estudiantes de carreras de ciencias sociales y humanas, encontró su punto de encuentro en los espacios y eventos que la Cátedra Gramsci organizara en los recintos del Centro Juan Marinello. Fue allí donde Fernando Martínez, admirado por sus conocidas intervenciones en históricas batallas intelectuales; Jorge Luis Acanda, profesor que provocaba nuestra envidia hacia los privilegiados alumnos de Filosofía; y Pablo Pacheco, con el que recién descubríamos que una empresa editorial no es un cúmulo de textos dispersos, sino una relación orgánica entre cultura y política; dejaron de ser mitos intelectuales para constituirse en nuestra condición de posibilidad. 
 

Un día alguien llamó a Fernando y le hizo saber que un grupo de jóvenes “atrevidos”, “tendenciosos” e “inquietos”  querían fundar un espacio intelectual bajo el nombre de Pensamiento Crítico, a lo que este puso una sola condición: “bueno, si además de todo eso son verdaderamente críticos”. Hoy, me atrevería a decir, que la intención de la Cátedra de Pensamiento Crítico y Culturas Emergentes Haydée Santamaría se podría sintetizar en la idea-fuerza: “Educarse es Organizarse”, esto define tanto en forma, como en contenido, nuestra responsabilidad como intelectuales jóvenes en un país en revolución, es decir, en un país inmerso en la creación de una nueva cultura. 
 

Los autores de este libro, aunque desde diversos puntos de mira, corroboran una tesis cardinal: Antonio Gramsci es praxis imprescindible para la revolución. Es hora de celebrar, mas no de descansar. En nuestras aulas universitarias, Paulo Coelho y El Código da Vinci, junto a la reproducción de verdades de Bill Gates andan haciendo mella en la capacidad crítica de los jóvenes.
 

Un alumno me confesó que le era muy difícil entender a Gramsci. En ese momento solo atiné a decirle que debía volver a leer, crearse el hábito de lectura, etcétera. Leyendo este libro me encontré “de pronto” ante mi vergüenza. No es solo un problema de entender como acto de inteligencia e ilustración, sino de participar. Colocar a Gramsci en el centro de la cultura cubana es colocar a los jóvenes en los espacios de participación creativa; confiarle el debate de su propio destino es hacer que Gramsci les sea útil.
 

Persistir en ese propósito es el homenaje que debemos ofrecer hoy a la revista Pensamiento Crítico, a 40 años de fundada, a Antonio Gramsci, a 70 años de su muerte, a la Cátedra Gramsci, en su decenio de actividad intelectual revolucionaria, y a la sociedad cubana, esa que podrá no solo mantener, sino superar su proyecto revolucionario y de independencia, en la medida en que logré constituir un pensamiento desenajenante y anticapitalista, esto es, en la medida en que el pensamiento crítico, la inconformidad y el carácter revolucionario se posicionen como espacios de liberación cotidiana.
 

* Presentación en la XVI Feria Internacional del Libro, Cuba 2007 del título: Gramsci: Los intelectuales y la sociedad actual, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana, La Habana, 2006.

 

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